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Árbol

El tono espiritual de nuestro pensamiento está en estrecha relación con los árboles, o por cercanía o por rechazo.

En la India antigua los vedas se estudiaban en los bosques. El Araniaka es uno de los textos sagrados hindúes que forman parte del Upanishad, aquel era considerado el libro del bosque, específicamente "lugar desde donde no se pueden ver los techos".


"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida" escribe Thoreau desde la laguna Walden, mientras Baudelaire se enamora de la multitud urbana. Sí al árbol. No al árbol.


Por otro lado, en la cima del pensamiento occidental, Sócrates se pregunta: "¿Pero qué pueden enseñarme a mí los árboles ...?" El Fedro de Platón señalaba un programa novedoso, el filósofo ya no se internaría en la naturaleza para buscar la verdad, ahora se pasearía en medio de los hombres. El "escenario árbol", lleno de sentido en la sabiduría India, en la Grecia clásica se volvía invisible, inútil.


Dante entra horrorizado al bosque , que para su época era la oscuridad misma a rechazar. Siglos más tarde, los artistas románticos se obsesionan con los árboles, pintan siempre a los hombres como diminutos invitados al costado de la majestuosidad del bosque.


El Buda se ilumina debajo de un árbol, el paraíso cristiano surge de la decisión frente a un árbol.


Se contrapone entonces el pensamiento pro-árbol del hindú, frente al pensamiento anti-árbol de Sócrates.

Escribe Nietzsche en un aforismo:"Aquí hay un héroe que no ha hecho otra cosa sino remecer el árbol cuando los frutos estaban maduros ¿Les parece muy poco? Pues primero miren el árbol que ha remecido"


Otros contrapuntos arbóreos ahora en la filosofía contemporánea, Deleuze, Guattari: la raíz frente al rizoma. El pensamiento clásico frente al pensamiento orgánico , múltiple. El árbol todo lo rodea.


George Perec escribe en un hombre que duerme:


"Te parece que podrías pasarte la vida ante un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, porque no hay nada que comprender, sólo hay que mirar: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; ... No puedes esperar de él otra verdad. El árbol carece de moral que proponente, de mensaje que proporcionarte...Por esto el árbol te fascina o te sorprende, o te calma, debido a esta evidencia insospechada, insospechable, de la corteza y las ramas, las hojas. Por eso, quizá, no paseas nunca con un perro, porque el perro te mira, te suplica, te habla... No puedes permanecer neutro frente a un perro, no más que frente a un hombre. Pero no dialogarás nunca con un árbol. No puedes vivir con un perro porque el perro a cada rato te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo elogies, que seas hombre para él, que seas su amo, que seas el Dios que truene ese nombre de perro que le haga someterse de inmediato. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser el Dios de los perros, el Dios de los gatos, el Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunas sobras, algo de riqueza, pero nunca serás el dueño del árbol. Lo único que podrás será querer ser tu mismo árbol..."


¿Cómo pienso ahora? ¿Como escribo? De frente o de espalda al árbol. Y todo este desordenado escrito, nada más que para contar que hice a mi hijo, de pocas semanas, tocar la corteza de un árbol, primero que al pan, primero que el agua del mar, incluso antes del papel de un libro. Inicie en él quizás una senda de pensamiento novedosa. Quité, al menos, su primera neutralidad intelectual...


Tacita Dean, Study for purgatory

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