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A propósito de Lo que la mano da de Marcela Rivera

Antes de sumergirme en el libro, porque una verdadera experiencia de lectura implica una sumersión que, de a ratos, también requiere de aquello que decía Barthes de levantar la cabeza, de leer levantando la cabeza. Levantar la cabeza para ver cómo eso que uno lee pega en el horizonte, cómo el horizonte pega en lo que uno lee, pero también para tomar aire de la sumersión que implica una verdadera lectura. En este caso, también, leer para, de a ratos, levantar la cabeza y mirarse las manos. Decía que antes de sumergirme en el libro estuve pensando mucho a partir del muy sugerente título del libro, Lo que la mano da. Pensaba, ¿qué es lo que la mano nos da? Y, al mismo tiempo, imaginaba que no se trataba meramente de algo que la mano nos da, en el sentido de pensar qué objeto la mano podría darnos, sino por el contrario, lo que la mano da en tanto mano. Es decir, que la mano en primer lugar es un don y hay que pensarla como tal, como un regalo, pero también que hay que pensarla dando más que recibiendo. No porque la mano también no pueda recibir, sino porque es preciso prestar atención al momento en que ella da. Este modo de pensar la mano, como siempre dando, me resulta atractivo. Hay en algún sentido una ética escondida en ese título, en la imagen de una mano dando más que recibiendo. La generosidad de una mano que da y que se brinda a sí misma en ese dar.


¿Qué nos da la mano en tanto tal? En primer lugar, creería que no hay mano en abstracto, sino, cada vez, una mano. Hay algo en el singular de la mano que me gusta, una mano que no es un par de manos, sino la singularidad de una mano que se nos entrega primeramente como imagen. Mano imaginada, mano mentada, mano fantaseada, mano fantasiosa, mano juguetona, mano perversa, mano erótica, mano erógena, mano erguida, mano tendida. Mano, mano, mano.


Pero también la palma y el dorso de la mano. La palma suspendida en el aire o tomada por otra mano. La abuela Mari que, de niño, te toma la mano por el dorso y te dice: “qué lindas manos, tenés manos de pianista”. La gitana a la que le convidás un cigarrillo y mirando las nervaduras de la palma te dice que vas a tener una buena vida. La mano puede ser así la imagen de una vida, pasada o futura. Una vida imaginada por la que la mano habla.


Man Ray [1927]


En filosofía, si pienso en la mano, lo primero que se me aparece, curiosamente, tal vez porque leí ese texto muchas veces, porque en una época lo daba todos los cuatrimestres en Puán, es la Política de Aristóteles. Y ustedes me dirán que sería más razonable que refiera al texto Las partes de los animales y la inversión que Aristóteles hace del dictum de Anaxágoras, ése que dice que el hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos. Pues bien, no, lo que primero se me aparece sobre la mano en filosofía es lo que Aristóteles dice de la mano para justificar la superioridad del Estado en relación al individuo. “La mano separada del cuerpo, dice Aristóteles, no es una mano real”. Del mismo modo, el individuo sin ser parte del Estado, no sería tal, sino solo una bestia o un Dios. El supuesto que está operando aquí, por supuesto, es que el todo es superior a las partes y que destruido el todo ya no hay partes.


Volvamos entonces sobre esa frase de Aristóteles, “La mano separada del cuerpo no es una mano real”. La mano como parte de un cuerpo, como función en un cuerpo, es lo que, para Aristóteles, le da sentido a la mano. La mano sin un cuerpo no tendría sentido sino por lo que él llama “una pura analogía de palabras” y solo así se podría entonces decir “una mano de piedra”.


Por lo cual, la única mano que puede concebir Aristóteles es una mano instrumental, el mayor instrumento para un animal racional, que entonces no puede pensarse separada de un cuerpo. La mano está ahí como parte de un cuerpo para ser operada. La mano es simplemente un instrumento y se sirve de las cosas en su ser instrumental.


Entre otras cosas, esa instrumentalidad, será también la del intercambio. Doy una mercancía con una mano para recibir otra mercancía en la otra. Y nunca quedarme con las manos vacías. Ése es el principio del intercambio.


Bueno, es así que Lo que la mano da, desde su título, se me aparecía como lo contrario a esta concepción de una mano instrumental y operativa. Y al abrir el libro uno confirma, desde la primera página, lo que antes era una intuición: la figura del animal laborioso abandonando sus útiles, la mirada que se pierde en el mapa impreciso de una palma extendida.


Uno se maravilla y se informa, a través del texto de Marcela, sobre la obsesión de Valéry con las manos y sobre un imaginario “Tratado sobre la mano“ que, de existir, no tendría límites, hasta llegar al ensayo Elogio de la mano del amigo y cómplice de Valéry, Henri Focillon, que pone en palabras algo fundamental y muy en la línea de lo que veníamos diciendo: la relación entre espíritu y mano no es unidireccional, la mano no sirve simplemente al espíritu, sino que el espíritu hace a la mano y la mano al espíritu.


Los pensamientos y ensayos sobre la mano se van encadenando sutilmente en la pluma de Marcela hasta que de pronto llegamos al poema de Hanna Arendt, que de alguna manera es enseña y sello, creo, de lo que el libro intenta decir. “Cuando contemplo mi mano / una cosa ajena pero emparentada conmigo / de pronto no estoy en ningún país / no quedo sujeta a ningún aquí ni a ningún ahora, / ni quedo ligada a ningún qué” Y hacia el final se pregunta: “¿Es más de lo que yo soy? ¿Tendrá un sentido superior?”. Desconocía este poema de Arendt, pero esas líneas finales se me aparecen justamente, como la perfecta inversión del pensamiento aristotélico de la mano. Mano incivilizada, errante, anárquica, sin- Estado.


Luego, la mano laboriosa de Spinoza en el poema de Borges es el inicio de una meditación central en relación a la labor de una mano artística que, a su vez, pienso yo, es equivalente a la de la mano que trabaja cuando el trabajo no está alienado, eso es, cuando la mano puede encontrarse a sí misma en el trabajo en el que se encamina. Spinoza puliendo cristales, escribiendo o dibujando. Tres modos en los que la mano trabaja y se encuentra o acaso se pierde, como manera de encontrarse.


La mano como algo ancestral, conocido pero a la vez secreto y misterioso, tiene su momento con las manos de la cueva de Lascaux, y es ocasión para volver sobre unos pensamientos de Jean-Luc Nancy a partir del célebre texto de Bataille. Debo decir que junto con la frase de Aristóteles que ya cité como lo primero que se me aparecía en filosofía al pensar la mano, por supuesto también se me aparecieron los diversos textos de Nancy sobre el tacto y el tocar, junto con el monumental Le touché de Derrida sobre el pensamiento de Nancy y el haptocentrismo, textos en los que no se detiene la mano de Marcela, pero que de alguna manera creo que la guían espiritualmente. También recordé ciertos pasajes de Totalidad e infinito de Levinas sobre la caricia, muy bellos y a la vez de enorme sutileza, que podrían congeniar muy bien con los del poema de Hannah Arendt: “La caricia no se dirige ni a una persona, ni a una cosa. Se pierde en un ser que se disipa ya por completo en la muerte, en un sueño impersonal sin voluntad y aun sin resistencia, una pasividad, un anonimato ya animal o infantil”. En Levinas no es una apelación a la sensibilidad, sino a lo tierno, a la ternura, idea que me parece de enorme relevancia para el pensamiento.


Pero es interesante ver cómo la mano puede y debe ser pensada más allá del cuerpo y de la razón, como una mano singular que, en la caricia, fuera de toda utilidad, se desprende de todo quién y qué, y se dirige en una búsqueda loca de libertad.


Marcela nos regala hacia el final del libro una imagen bellísima, la de una mujer que mirando la desnudez de sus palmas, “por un instante ve posarse en ellas las pequeñas manos trémulas e inoperantes del infante que fue”. Y que ése es el comienzo de la escritura, el pensamiento va detrás.


La infancia, el sueño, la escritura como el destino de una mano errante que va a tientas enhebrando el reverso de un pensamiento.


Cada quien tiene su imagen de la mano, más de una seguramente, y el libro de Marcela me inspiró a recordar la imagen de la gitana profetizándome una buena vida a través de mi mano, y a mi abuela y mis supuestas manos de pianista que me llevan imaginariamente a un destino que nunca ejecuté, el de ser pianista, ni siquiera como hobbie, pero que acaso algo haya tallado porque en mi casa ahora hay un piano, el que toca mi mujer.


Pero además de las propias, pensaba que cada uno debe tener una imagen fundamental de la mano, de las manos, en la cultura, la mía es una que siempre me pareció muy poderosa, que me conmueve desde chico como la concentración de un enorme poder a partir del dolor que desencadena la muerte. Es la imagen de las manos de Miguel Hernández, en su Elegía a Ramón Sijé, frente a la injusticia de una muerte repentina. No hay ninguna utilidad en esas manos, es pura furia destructiva. Demoledora. Pierden fuerza esos versos leídos por fuera de la elegía completa. Pero de todos modos los transcribo: “En mis manos levanto una tormenta/ de piedras, rayos y hachas estridentes/ sedienta de catástrofes y hambrienta”.


Alejandro Boverio



Lo que la mano da

Marcela Rivera

Editorial Mundana


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