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Arriesgar la vida

La idea de riesgo quizás evoca familiarmente la noción de muerte. Pero vale la pena leerlo precisamente en su opuesto, como señala Anne Dufourmantelle. Se trata de pensar el riesgo por la vida. Ya no en el sentido del peligro a propósito de la posibilidad de rozar la muerte, sino una dirección que pareciera más bien apuntar, por ejemplo, hacia la cuestión del deseo. Si ello, eventualmente, pudiera implicar la muerte, sería más bien como consecuencia o efecto, y no objetivo. Ella pregunta cómo pensar el riesgo a propósito de la vida y dice: “Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir”[1]. Yo me pregunto qué es, en todo caso, el riesgo. Parte por decir aquello que no sería: ni un acto heroico, ni locura, ni conducta que se aleja de las normas. Tampoco tiene que ver con un saber; al contrario, de hecho, el riesgo es posible ahí donde no se sabe, no de momento al menos. Es acto.

 

¿Qué constituye que reconozcamos un acto como de riesgo? Quizás del riesgo no podamos decir lo que es propiamente, porque justamente su naturaleza tiene que ver con ello: con algo no definible, no sabido, inédito. Esto no puede ser una excusa para no intentar conceptualizarlo, pero pareciera que se delimita diferenciándose, es decir, señalando, al menos en un primer momento, aquello que no es. El riesgo, me parece, tiene que ver con un vivir a pesar de la pregunta, de no saber. O más bien, un vivir por y en la pregunta. Que ello –el no saber– no suscite paralizarse o elegir una ruta aparentemente conocida. En palabras de Jaime Coloma, “la opción ética reside en correr el riesgo de la equivocación”.[2] 

 

Hay algo sí, de decidir, pero no al modo cognitivo ni de la voluntad. Se decide quizás solo el no elegir lo sabido. La posibilidad de dar lugar a algo inesperado; dejar de vivir en la idea calma –aunque infeliz, pero calma al fin y al cabo– del destino. No por nada se le llama fatalidad. Porque hay cierta renuncia que resta miedos, al modo de la neurosis.

 

Quiero referir brevemente un caso de Anne. Una paciente, Mina Tauher, llega a la psicoanalista y le dice: “Yo querría que usted me sacara de encima el amor”.[3] Dufourmantelle la describe como una mujer sin edad, “su rostro porta los rasgos de la ausencia como si no estuviera allí, de belleza formal, sin ningún signo que desde el exterior pudiera identificarla. Atrincherada”. La paciente no quiere que el amor vuelva, le parece insoportable. En sus palabras: “No, para mí no es tan grave… Yo amé a un hombre y yo creí sí, morir cuando él me dejó. Eso pasa todos los días, ¿no es así? Solamente que esto fue hace 25 años y no me recupero”. Desde entonces, no ha vuelto a amar, no ha vuelto a tener una relación más allá de algunas salidas y declara que no quisiera hacerlo.

 

En el caso de Mina, la falta de riesgo tendría que ver con poder vivir en cierta certeza, en la tranquilidad, aunque padeciente, de que la posibilidad de amor ya había sido para ella. Ya no más riesgos; confiando en que en ello habría menos dolor. Y quizás sí. O quizás la cuestión es que sea un dolor conocido.

 

El riesgo no constituye una apología a la ausencia de miedos. Tiene probablemente más que ver con un actuar en el miedo, o aun cuando. La autora dice a propósito de otro caso, de un paciente que siente temor: “Ahora había que hacer algo con él para que le ayudara a probar la vida. A entender lo que era estar en vida (…) Esa vida llegada con ese miedo”.[4] Podemos imaginarlo, ¿no?: sólo aquellos que de algún modo ya han renunciado a la vida, tienen la serenidad de no sentir ningún miedo. Puede que sea grato.

 

El riesgo, en psicoanálisis o en la vida, tendría que ver con poder soportar que el pasado que nos hemos contado sobre nosotros no sea tal. Quizás suena a algo evidente, algo simple de decir, pero realmente concebir que esa historia ha sido una historia, no es un acto voluntarioso. Y puede que sea insoportable. Es un poco insoportable. Como es insoportable para Mina Tauher, más allá de lo cognitivo, pensar, saber, que esa historia de amor fue también una excusa para suspender la vida. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez no se juega en el registro del porqué. Del para qué algo se pudo decir. 

 

El riesgo tampoco es tener más presente la muerte. Eso no asegura vivir en riesgo. No se puede planear, porque allí donde pudiere medirse se trataría de algo ya conocido. Esta posibilidad de acto no está necesariamente del lado de la exaltación o sobresalto, pero tampoco debe leerse como una espera. Sin embargo, el riesgo puede también implicar un estar en suspenso, arriesgarse a no actuar. En tal sentido, aun en suspenso, el riesgo tiene que ver con la pasión; dejarse afectar, concibiendo que este registro circula por un carril que no es el de la identidad. Elegir, sí, pero como distinto de un acto voluntario o yoico.

 

Tal vez correr el riesgo no sea la apuesta por no arrepentirse. Quizás precisamente es la apuesta de que arrepentirse sea parte. Uno preferiría que no, pero puede que sea el único modo de dar posibilidad a lo otro; no morir en vida. En el caso de Mina, podemos decir que riesgo fue confrontarse a sí misma en esa historia del amor de su vida. Y me pregunto si tal vez para el otro personaje riesgo hubiese sido quedarse. Relata la paciente: “Me dejó el día que cumplí veinte años, porque no quería arruinarme la vida, dijo él”.[5] Concebía tal vez que ya la dañaba el ser a quien ella ama y lo que esto pudiera implicar o, más bien, lo que él creía saber que implicaba. Se va por el temor a dañarla.

 

Hoy en día y ya desde hace un tiempo, se escucha bastante el discurso de que amar es soltar, dejar ir. La idea de que un acto de amor pueda ser alejarse cuando uno teme estar dañando o llegar a dañar al otro. Pero pienso que quizás riesgo sea más bien soportar arriesgarse al daño, no tanto de ser dañado, que es más fácil, sino soportar el temor, la posibilidad de dañar a quien se ama. Es terrible pensarlo.

 

“Renunciar al síntoma es exponerse a la vida desnuda”.[6] Pero renunciar al síntoma no es algo que se pueda elegir. Quizás sólo se puede decidir tomar el riesgo. ¿Cómo apuntar hacia allá, si no se sabe cuál es el allá? Es apuntar a pesar de; apuntar a eso. Puntuar una apuesta, sin un objeto.

 

Arriesgar la vida, vivir en riesgo, no es saltar desde una roca de tres metros, no se trata de ponerse en peligro, de realizar hazañas que llamen a la muerte. Pero tal vez lo sea. También puede serlo. Digo, vivir en riesgo supone tomar unos pasos fuera del camino que creemos conocido o que se puede más o menos concebir. Y en eso, en lo inédito puede que aparezca un salto, podría también aparecer la muerte. Pero no porque de por sí la implique, no porque eso lo constituya, sino en tanto apertura a posibilidades. Incluso probabilidades, puesto que es plausible pensar que la vida se ha planeado para estar lejos de aquellas situaciones (peligros). En palabras de Dufourmantelle, “Un encuentro. ¿Por qué tenemos tanto miedo? ¿Qué le va a suceder a usted?”.[7] 

Para terminar, dejo un fragmento del libro Elogio del riesgo. “El amor –aquí me arriesgo a usar la palabra, ciertamente con aprensión– es un arte de la dependencia. Supone, pues, que uno se arriesgue. Admitir su derrota, su espera insensata, su desesperanza ante el rechazo brusco del otro, dejarse devastar por un dolor del que parece entonces que nunca tendrá fin”. Es también el riesgo de que no tenga fin.[8]


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[1] Dufourmantelle, A. (2019). Elogio del riesgo. Buenos Aires: Editorial Nocturna.

[2] Coloma, J. (2012). El oficio en lo invisible. Los derechos del paciente en la práctica psicoanalítica. Santiago: Ocho Libros Editores.

[3] Dufourmantelle, A. (2021). En caso de amor: psicopatología de la vida amorosa. Buenos Aires: Editorial Nocturna.

[4] Dufourmantelle, A. (2019). Elogio del Riesgo. Op. cit.

[5] Dufourmantelle, A. (2021). En caso de amor: psicopatología de la vida amorosa. Op. cit.

[6] Íbid.

[7] Íbid. 

[8] En su doble acepción en español (término y sentido, objetivo).

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