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Contra la postmodernidad

Estamos en la modernidad tardía, no en la posmodernidad. Este término, tan utilizado, parte de un error conceptual que consiste en identificar lo moderno con aquello que llamamos ilustración. La modernidad es un largo proceso que aparece en el siglo XVI en Europa, que todavía no ha acabado y que implica una profundización globalización progresiva de sus tendencias. Básicamente es una ruptura con lo que podríamos llamar las comunidades tradicionales, que van desde las más primitivas hasta el medievo cristiano, pasando por el judaísmo, la civilización india o la china. Solamente en Grecia y en Roma aparecieron algunos gérmenes de lo que será esta sociedad moderna. En la Polis griega la filosofía y la democracia, como expresiones de una cierta separación del individuo de la comunidad, de su capacidad crítica y de la idea de que son los ciudadanos los que hacen las creencias y las leyes, no los que se someten a ellas. En Roma, con la idea de un derecho universal para una ciudadanía global. Pero luego vinieron los tiempos tradicionalistas del cristianismo medieval.

Todas las comunidades tradicionales, grandes o pequeñas, se caracterizan por el dominio de lo particular (el grupo) sobre lo singular (individuo) y lo universal (lo común entre humanos). La identidad de grupo, siempre cohesionada en torno a unas tradiciones que conforman la comunidad, son lo principal. Son tradiciones que hacen referencia a modos de pensar y de vivir compartidos, con sus creencias, sus valores, sus ritos y sus costumbres. Cada cual tiene un lugar y un papel en la estructura jerárquica de su comunidad. La identidad es social, simbólica en el sentido originario del término “persona”, que significa máscara. La modernidad supone, en cambio, el dominio de la combinación de lo singular y de lo universal frente a lo particular. Es decir, de lo que cada cual tiene de propio y de común con los otros humanos.


Pero en Europa, a partir del siglo XVI, aparecerán varios procesos conectados entre sí que se irán desarrollando y darán lugar a esta transformación radical que es lo que llamamos “la modernidad”. Los cambios estructurales siempre lo son de largo recorrido y aún estamos en ello. El primero es la aparición de lo que Immanuel Wallerstein llama una economía-mundo capitalista. Es decir, una mercantilización progresiva de todos los bienes y un intercambio a partir de la moneda. Los bienes pierden su valor cualitativo y se transforman en algo con un valor de cambio, al igual que ocurre con el trabajo y, sobre todo, con la tierra. Todo tiene un precio. Esta economía es mundial en la medida que se configura a partir del intercambio desigual entre países centrales, periféricos y semiperiféricos. Este proceso tiene que ver con otro que es de la revolución científica de Galileo y Newton, que supone la universalización de un lenguaje (las matemáticas) y un método (el experimental). Si hasta el siglo XVII China había sido el país más avanzado a nivel científico y tecnológico (tal como afirma el biólogo e historiador de la ciencia Josep Needham) a partir de aquí las cosas cambiarán. Se dará así una unidad entre la lógica del capitalismo y la de la tecnología que se aplicará. Esto es lo que se va globalizando y es uno de los elementos clave de la modernidad.: el saber depende del método y está al alcance de cualquiera: el sujeto es un sujeto vacío. Es un saber objetivo de un mundo físico que funciona por sus propias leyes. Hay una crítica a la Autoridad y esto, a la larga supondrá, como vio Nietzsche, la Muerte de Dios.

Hay luego otra universalidad, que es la del Derecho, que hace aparezcamos todos como iguales. Implica progresivamente la Muerte del Rey y la Muerte del Padre, que están en la cúspide de unas jerarquías que se van desvaneciendo. En el capitalismo todo lo sólido se irá disolviendo, ya vaticinó Marx. Pero esta segunda lógica entra en contradicción con las discriminaciones (sexo, raza, etnia, clase social) sobre las que se asentó el capitalismo naciente. La idea de Estado de Derecho y la propia declaración Universal de Derechos Humanos, que lo que reclama es un Estado al servicio de la lógica del Mercado de los oligopolios. Surge entonces una tensión entre el Estado entendido como garante de los derechos de todos los humanos o el Estado como un instrumento al servicio del Capital. A esto le añadimos algo que señaló Castoriadis de manera muy lúcida, que es la aparición de un poder burocrático con sus intereses y privilegios. En estas contradicciones todavía nos movemos. Finalmente está la aparición del sujeto como el referente: el individuo reflexivo y responsable. Ahora lo que hay, en lugar de la comunidad orgánica es la sociedad, término que es totalmente moderno y que presenta un conjunto de sujeto que interactúan entre ellos a través de unas instituciones. La sociedad está formada por sujetos que son ciudadanos, mientras que la comunidad es orgánica.

Este sigue siendo hoy el juego en el que nos movemos y aún nos movemos en el conflicto de los mismos procesos que han configurado su aparición. Esto no pasa por establecer ninguna comunidad, que me parece un retorno a lo tribal. Claude Lefort lo dijo muy claro: lo moderno nos libera de la determinación de lo tradicional y nos enfrenta a dos opciones. O bien asumimos la incertidumbre de la libertad sin fundamentos y desde aquí construimos una sociedad democrática; o buscamos nuevas certezas y optamos por el totalitarismo y la servidumbre voluntaria. Freud ya lo analizó en su análisis de la psicología de masas y Erich Fromm en su reflexión sobre el miedo a la libertad como condición para la aparición del nazismo. Tenemos la posibilidad de emanciparnos de los tutores, como proponía Kant en su magnífico texto “¿Qué es la ilustración?”. Piensa por ti mismo, decide por ti mismo y responsabilízate de tus decisiones. Pero es el Estado el único que puede garantizar que los derechos sean efectivos para todos. Es con el Estado con quien hemos de ser exigentes, no con instituciones alternativas que nadie sabe lo que son. Al mismo tiempo hay que defender elementos de la democracia liberal como las elecciones y la separación de poderes. La Constitución que protege los derechos de todos frente a posibles derivas de la voluntad mayoritaria. Los planteamientos populistas son tan peligrosos como los anti estatistas. El populismo siempre se refiere a una comunidad idealizada a la que se le da este nombre. Es un “nosotros” contra “ellos” en el que perdemos singularidad y universalidad. Todos los planteamientos identitarios lo que hacen es reforzar lo identitario. Pero hay que considerar la dimensión política de la ética, entendida siempre como relación, como cooperación.


Pero el capitalismo es el resultado del liberalismo económico, la idea de una sociedad individualista y competitiva en una economía de mercado autorregulada. Lo cual nos lleva a una contradicción: el papel emancipador del liberalismo social y político se enfrenta como uno de sus principales obstáculos al liberalismo económico. Políticamente esto se traduce en lo que hoy pueden considerarse las opciones de derecha y de izquierda sin salir del marco del liberalismo. Una sería el neoliberalismo como modo de vida, basado en la confianza en esta autorregulación de la economía de mercado. La otra opción es la de un liberalismo de izquierda, que puede llamarse también socialismo liberal o socialdemocracia. Esta pasa por hacer del Estado “la mano invisible” que regula la economía. El Estado se convierte no en un instrumento al servicio de esta ilusoria economía de mercado sino en el esfuerzo del Estado por garantizar los derechos de todos para que puedan desarrollar los derechos.


Los humanos hemos inventado los derechos y hemos de empezar por hacerlos posibles en nuestra especie, que es la única que tiene capacidad subjetiva. Yo no hablaría de derechos de los animales sino de una actitud ética de respeto a los seres vivos. Otra cosa es la novedad introducida por la ecología, que es una problemática nueva. Pero no se trata de defender los derechos de la Tierra (que no deja de ser otra de las ficciones que nos hemos creado) no de comulgar con discursos delirantes como los de Emmanuel Coccia donde los árboles también son sujetos. Se trata de vivir en un mundo habitable.


En el último cuarto del siglo XX una serie de pensadores (Lyotard, Habermas, Jameson) inventan y teorizan sobre la supuesta modernidad. Su análisis crítico tuvo un sentido en la medida en que reflexionaban sobre un momento específico de la modernidad, aunque el término fue inadecuado y confuso. Luego se convirtió en un tópico, que como sabemos lo que hace es establecer lugares comunes para los prejuicios. Estamos en el horizonte de la modernidad y defender desde esta etapa la emancipación pasa por potenciar dos de sus inventos: el sujeto ético y la universalidad de los derechos. Sus obstáculos son los mismos que en sus inicios: la lógica del capitalismo que lleva a la mercantilización y a la lógica del beneficio sin límites. Ello unido a todas las desviaciones del Estado moderno como poder burocrático: autoritarismo, privilegios corrupción. Y su peligro que se desencadene una cultura de masas predispuesta al totalitarismo. De todo ello se deriva que nos olvidemos ya de la postmodernidad, en la medida que es una idea que confunde más que aclara en nuestro análisis de la actualidad y su salida.


Luis Roca Jusmet


Pulp Fiction - John Travolta y Samuel L. Jackson. El graffiti realizado con stencil por Banksy en una pared cerca de la estación de metro Old Street de Londres, se mantuvo en esa ubicación entre 2002 y 2007.

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