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Conversación con un amigo: Las lágrimas del nacimiento adulto


El otro día me encontré con un amigo por casualidad. Como ha ocurrido otras veces, nos sentamos a almorzar. Conversamos de ese momento extraordinario que ocurre después de una separación, cuando uno tiene que volver a nacer. Hablamos del hecho de que lo que pasa tras una separación, es lo mismo que lo que pasa en un proceso de duelo, tras una muerte. La muerte es inasimilable porque la otra persona no volverá. Pero si nos afecta tan profundamente es porque la persona o el ser, ahora difunto, de alguna manera nos constituía. Nos acogió o nos habló. La muerte, la muerte de una madre, por ejemplo, es como cuando se corta el cordón umbilical. Se produce un desapego de la forma en la cual nos habíamos construido, incluso aguantando muchas dificultades. Pues aun en la vida adulta creamos formas de apego. Son apegos internos. Estamos apegados a nosotros mismos. Nos apegamos a lo que nos permite avanzar, a nuestras fuerzas y fragilidades, que vamos generando. En un duelo, este castillo interno que construimos empieza a vacilar. Cae un pedazo, luego otro. Pedazos que teníamos sin saber. Caen, y cuando se van nos damos cuenta de que los teníamos. Por eso, cuando muere una persona realmente cercana, no seguimos avanzando, perdemos un centro. Nos tenemos que reterritorializar por completo. Nos toca volver a nacer, reconfigurar nuestros afectos, nuestras formas de sentir, incluso de sentir el aquí.


Separarse de alguna manera es morir, esto lo sabemos. El encuentro amoroso, cuando dura un poco, crea un ambiente vital y nos apegamos a él. Volvemos al interior, al vientre. Olores, ritos, humores, recuerdos comunes, lazos comunes, emociones comunes. En el encuentro amoroso construimos otro castillo, el de los nutrimentos que generan condiciones para la vida. Separarse no es cualquier cosa. Es morir en el sentido de que experimentamos un desensamblaje radical. Podríamos llamar a esto muerte lenta si no fuera justamente el revés de la muerte: un nacimiento. En Infancia y ceguera, Carlos Casanova dice esto: nacer es desapegarse. Dice que es un primer abandono. Nacer es estar afuera. Fuera de la vida, o de un constructo, de un castillo. Pero a la vez dice otra cosa que debe haberme atravesado después de este almuerzo rápido, amistoso, intenso en la conversación, pero también breve, como una burbuja de jabón. Carlos Casanova insiste sobre el hecho de que nacer es experimentar la dependencia y por ende la vulnerabilidad. Estamos desapegados y dependientes. Es una situación muy difícil. Ser guagua es un primer trauma. Estamos solos sin poder asumirlo. Ser adulto supongo que es asumirlo. Lo asumimos un montón. Asumimos mucha soledad, toda la soledad del mundo. Pues estar solo no es que falte alguien, es estar remitido a uno mismo. Es llevar la carga de uno mismo.


La guagua nace a esta situación traumática, y de alguna forma, dentro de ciertas condiciones, sobrevive al trauma. Cuando el almuerzo se terminó, volví a mi trabajo, a mi silla, a mi mesa. Empecé a llorar. Habíamos hablado de los márgenes del asunto. Habíamos comentado que tras una separación algunas personas se quedan como muertas (creo que esto debiéramos matizarlo), no vuelven a nacer, y que otros viven este proceso extraordinario de volver a nacer. Pero no hablamos del tiempo del nacimiento, de nuestra vulnerabilidad en este proceso, de esta situación imposible de ser un adulto que sin embargo está desnudo, sin seguridades sobre sus nutrientes, los que generamos nosotros, los seres humanos. Generamos el mundo de las percepciones, archivos para memorizar, formas de olvidar, de taparse los oídos, o al revés, las perturbaciones oníricas que nos permitirán escuchar un llanto o una queja en la noche. Producimos el mundo de la vida. Lo producimos amando, trabajando, soñando. Nacer, entonces, puede ser un proceso muy largo e incierto. Es a veces parecido a estar cesante. No es que no hagamos nada, al contrario, lo intentamos todo, trabajamos, pero en negro, de forma irregular, clandestina, sin prever ningún tipo de cosecha, sin pago de cotizaciones.


¿Por qué lloramos?

Porque es verdad, lloramos. Algunos más que otros, pero en una vida, una lágrima ha de salir. Al menos una. Hay llantos de miedo, de alegría, llantos desconsolados. Lloramos en virtud de lo increíble, lo inesperado (una muerte, un nacimiento, un adiós, un reencuentro). Pero hay otro llanto, más bien otras lágrimas. Hay lágrimas que no son de niños, solo de adultos. Lágrimas que corren más lentamente, sin nadie a la vista. Estas son las lágrimas del nacimiento adulto. Cuando no hay brazos para nacer. Cuando nacer no es fruto del parto de otra persona, ni siquiera de uno mismo. Cuando nacer es lo único que hay que hacer para sobrevivir, para seguir, para convivir con estas partes de uno que se van (en el envejecimiento también hay una separación, una muerte). Estas lágrimas saben que el nacimiento es doloroso, incierto, y a cargo de uno, solamente de uno.


En La Iliade o el poema de la fuerza, me parece que Simone Weil dice que los esclavos no lloran. O, más precisamente, que no lloran hasta que muere su amo. No lloran porque lo echen de menos. Lloran porque descubren la libertad. Lloran porque se les abre el camino del nacimiento. Creo que es lo que leí, o lo que terminé pensando tras leer estas páginas sobre lágrimas que solo ocurren cuando muere el amo. Que podrían entonces no ocurrir. Es como si lloráramos porque somos libres de nacer. Es como si solo un ser libre pudiese llorar, y como si llorara por lo que implica la libertad. Estas lágrimas no sé si son de felicidad, pero no son de mera infelicidad. Surgen del dolor, pero también de lo que sentimos cuando hemos de darnos a nosotros mismos una acogida, un lugar en este mundo, para lo cual se requiere nacer – y que esto no sabemos cuánto tiempo dura, cuánta soledad demanda, qué amistad o nuevo amor posibilitará.




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