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De fake news, espíritu crítico y otras obviedades


Me da un poco de vergüenza que alguien crea que tengo algo nuevo que decir en un tema que ha ocupado a filósofos y otros desde hace miles de años, pero en estos tiempos de fakenews, terraplanistas y Alienígenas Ancestrales, creo necesario reiterar lo obvio sobre la naturaleza de la ciencia y otras formas de conocimiento.


Se dice que “lo obvio se calla y por callado, se olvida” y lo que es obvio es que aquello que ignoramos es infinitamente más grande que lo que sabemos. Pero, como animales curiosos que somos, los seres humanos no podemos evitar hacernos preguntas y tratar de acorralar la ignorancia.


La ciencia moderna y occidental es la expresión máxima de un pensamiento práctico y materialista que existe y ha existido siempre y en todo lugar, pero los misterios esenciales eluden el método de buscar evidencias empíricas. Sabemos muy poco, por ejemplo, acerca de qué pasa después de la muerte, del origen del universo o de si hay vida inteligente en otros planetas. Cómo es inquietante convivir con estos misterios, buscamos una sensación de control y seguridad en la religión, la mitología o formas de conocimiento que no dependen de observaciones empíricas. Es posible que a medida que se perfeccionen nuestras técnicas para detectar y medir fenómenos sutiles, la ciencia vaya reemplazando estos otros acercamientos a la realidad, como ya ha pasado. Pero siempre va a haber misterios, cosas que existen y no comprendemos.


La ciencia es la paradoja de no cejar en el esfuerzo por conocer el universo sabiendo que nunca vamos a lograr conocerlo. No podemos perder de vista que es sólo uno de varios modos de conocer y menos aún creer que lo que no se puede explicar científicamente no existe.


A menudo se cree que existen “verdades” sobre las que la ciencia está totalmente de acuerdo (cosas “científicamente probadas”) siendo que precisamente la ciencia consiste en dudar de todo y a lo más podemos hablar de “explicaciones” acerca de las cuales la ”mayoría” de los científicos está de acuerdo con la evidencia disponible “hasta el momento”. Lo que diferencia a este acercamiento de otros es que precisamente entrena el escepticismo, huyendo de formulaciones hegemónicas y permanentes. Es un método autocorrectivo y avanza justamente por las posturas marginales y disidentes. Por lo demás, siempre hay gente más escéptica o crédula que otras y las personas difieren respecto a cuánta evidencia necesitan para convencerse de algo.


El que haya dudas y conflictos es síntoma de una ciencia sana. Como decía una polera: “Llévenme en compañía de quienes buscan la verdad y por favor aléjenme de los que la han descubierto”. Sin embargo, muchos planteamientos “alternativos” o simplemente no científicos, recurren a las armas de esta línea de búsqueda, convencidos tal vez de que es el único método “serio”. Paradójicamente, llegan a atacar la ciencia recurriendo a argumentos empíricos o -peor aún- a argumentos de autoridad (“un científico prestigioso….”). Algunos de estos planteamientos marginales son una especie de “piedra en el zapato” que incomoda a la mayoría y puede eventualmente ayudar al sano desarrollo de la ciencia, pero aunque no apunten a nuevas observaciones ni contribuyan a la “ciencia”, son absolutamente necesarias y respetables por sí mismas. Reconocer que un acercamiento es “no científico” es tan ofensivo como decir que una montaña no es un ser vivo. Hay muchas otras formas de conocer.


El principal problema con caminos que no contemplan crítica autocorrectiva ni observaciones empíricas es que es difícil decidir entre diferentes afirmaciones acerca de la realidad. Enfrentados a la pregunta sobre si después de la muerte existen el cielo y la vida eterna o -por el contrario- los muertos son solo cuerpos materiales que se descomponen y se integran a la tierra, no hay forma de responder más allá de la fe o experiencias subjetivas.


Caminos como el arte, la religión o la espiritualidad individual ponen poco o ningún énfasis en fomentar la duda y la crítica, por lo que son presa fácil de los infaltables líderes carismáticos que crean su propio movimiento y atraen seguidores. Sin negar que hay líderes honestos, como en todo lo humano, abunda la charlatanería y el afán de lucro. Estos movimientos responden a la necesidad de seguridad y sentido de los seres humanos y por lo tanto pretenden dar respuestas certeras y evitarnos pensar que vivimos en un universo misterioso.


Es más cómodo declarar que los que piensan distinto a nosotros están equivocados (lo que en su expresión más extrema subyace al fascismo, el clasismo, racismo, guerras, etc) que hacerse una opinión personal e independiente. Esta actitud investigativa – la necesidad de informarse por diversos medios y estar abiertos a cambiar de opinión- es especialmente necesaria en estos tiempos de explicaciones simplistas.


Francisco Mena es arqueólogo y doctor en Antropología por la Universidad de California.

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Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.



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