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Documentos de cultura


En los últimos años, y a propósito de los grandes cambios que ha protagonizado la familia como terreno de disputa política y cultural, el panorama literario ha experimentado un auge en las obras que abordan las relaciones de parentesco en una dirección mayoritaria: la descendente. Hijos e hijas han sido puestos en medio del banquillo para ser diseccionados ante la escrutadora mirada de sus padres, una suerte de rendición de cuentas de los progenitores, los que, a la hora de analizar y hablar de su presente, buscan en la descendencia explicaciones que los ayuden a comprender el pasado en relación a lo que hoy los define como individuos y sujetos.


Aunque suena obvio a estas alturas, sabemos que nuestra sociedad aún tiene una deuda pendiente con las personas que ejercen labores de cuidado en el hogar. La literatura por supuesto que ha acusado recibo de esta deuda y ha producido obras donde la centralidad de los hijos es clave para entender el poder, la cultura y los afectos. Sin embargo, y a pesar de este auge, hemos visto más bien textos dados a la brocha gruesa, a la mirada con vocación de universalidad, que descuidan con negligencia palmaria los reveses y las sutilezas que cualquier relación afectiva lleva consigo.


Lo que se ha visto entonces es que, con frecuencia, esa mirada escrutadora se inclina hacia la querella absoluta o, en su defecto —y con mucha menos regularidad—, hacia la benevolencia ingenua. Contra los hijos (2014) de Lina Meruane es de aquellos textos con vocación de universalidad que se inscriben en la querella casi absoluta. El ensayo no puede dar dos pasos sin antes entregarnos alguna reflexión generalizante y esencialista. Los hijos, para la autora, son los causantes de la mayoría de los males, las frustraciones y las derrotas de las mujeres. ¿Conclusión? No tenerlos. La estructura cultural y social no es la causante principal de lo que puede ser percibido como —y muchas veces lo es, en efecto— una carga inhabilitante. No, son unos individuos, los hijos, sujetos concretos y claramente identificables, los culpables de ese perjuicio sobreviniente. Una mirada más restringida y clasista es difícil de encontrar al día de hoy. Contra los hijos es una buena contribución a la ideología liberal que nos ha entregado la literatura chilena del siglo XXI.


Pero no es sobre esta obra de lo que trata el presente texto. Tal vez por razones opuestas, y por supuesto atendibles, una producción que se inclina hacia el otro extremo es Literatura infantil (2023) de Alejandro Zambra. La estructura del texto obliga a realizar una diferencia: en lo que respecta a los cuentos que hay en la obra, es preciso constatar que escapan a la lógica antes descrita. Zambra es un gran cuentista, salvo algunas excepciones. En estos cuentos hay sutilezas, contradicciones humanas, miradas que auscultan sin encasillar. Las relaciones entre padres e hijos son puestas de relieve no para juzgarlas sino para entenderlas. Lo más rescatable de esta obra son los cuentos, sin lugar a dudas. Lástima que para llegar a ellos hay que pasar antes por el diario de paternidad y otros textos de corte ensayístico. Es allí precisamente, donde se encuentran los mayores problemas de esta producción.


Como decíamos, el texto comienza con un diario de paternidad. Son una buena cantidad de fragmentos (365, para ser precisos) que nos aproximan a una especie de anatomía de la crianza. La mirada es guiada por el asombro y la perplejidad de un padre cuyo entusiasmo se deja ver en los gestos más inmotivados del hijo. Sin embargo, a poco andar, la ausencia de reveses en este diario de paternidad hace de aquella mirada una cuestión monocorde. Da la impresión de que, quien vive estos episodios, ha sido afectado por algún tipo de hechizo que lo tiene demasiado encandilado, demasiado obnubilado, y esa ceguera estacional impide que sea un relato sincero y honesto. Incluso, en los momentos donde algo de estos reveses se enuncia, el autor (el padre) prefiere transformarlos de inmediato en pequeños detalles, meros gajes del oficio. Las dificultades cotidianas están lejos de remover las tranquilas aguas de una voluntad de hierro a prueba de cualquier tipo de catástrofe.


¿Cuál es el principal problema de esto? El problema, además de lo ya expuesto, guarda relación con el vínculo que cualquier obra literaria establece con el mundo en el que fue producida. Es decir, con el carácter de documento de cultura que todo texto posee. La crianza, que históricamente ha sido ejercida por un sector específico de la sociedad, queda reducida a una actividad amable, cándida, en último caso lúdica. Todo testimonio que dé cuenta de las dificultades que implica la crianza suena exagerado al lado del diario de paternidad de Literatura infantil. Es importante resaltar la importancia de las frustraciones y complejidades de la crianza no tan sólo porque es preciso un texto con matices; también, porque realza mucho más aquello que corre por debajo de las aguas de una obra de estas características: la importancia del amor. ¿Cómo se puede poner a prueba el amor si nunca, en efecto, se muestran las reales dificultades? ¿Es realmente un diario de paternidad un gexto que no le da el peso a estos aspectos menos amables? En este diario, pareciera ser que las pocas dificultades de crianza que se mencionan están ahí sólo para que el autor nos muestre sus grandes dotes aforísticos, frases inteligentes bien construidas (Zambra es muy bueno en esto), pero no para mostrar la otra cara de la crianza, el lado menos amable del rol de cuidado.


Si algunos textos incurren en la querella absoluta, este se inclina hacia la benevolencia ingenua. Ambos pintan con brocha gruesa una experiencia que requiere de matices tanto para quienes deciden asumir la función de padres, como para quienes, y sobre todo en estos casos, se les impuso dicha labor sin muchas opciones en su trayectoria de vida.










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