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Drácula, de Luc Besson: un cuento de amor

Hoy fui al cine, a ver Drácula A Tales of Love, de Jean Luc Besson. Fui porque me lo impuse, porque era una nueva versión de Drácula de Bram Stoker, y porque, la verdad, es que siempre he encontrado a Besson pura “superficie”, nada digno de una buena película, entendiendo por eso una cinta que te haga dialogar contigo mismo a la salida de la sala oscura, pensarla, recrearla mientras caminas por la calle y se va esfumando la magia, si la había. 


Antes de considerar si perdería dos horas y tanto de mi vida en este Drácula, leí en un comentario de Ascanio Cavallo, que suele ser objetivo y certero que en el cual afirmaba que, “a pesar de todo”, habría que darle una oportunidad. Así que le di una oportunidad al Drácula de Besson. Y porque he visto todas las películas basadas en Drácula, dado que creo que Drácula de Stoker es un libro mítico y fundamental.


Como dos horas y algo. Y confieso que no me arrepiento, porque lo pasé bien viendo la peli, me divertí, sobre todo me reí, y me pareció muy lograda su cinematografía, su fotografía, su ambientación, su excelente banda sonora, su vestuario, y su propuesta narrativa, poque la tiene. Por los comentarios que había leído en las páginas electrónicas que hablaban de la obra, era una versión distinta, destinada a un público millenian o muy joven, que hacía hincapié en el romanticismo del Príncipe Vlad, y en la actuación de  Caleb Landry Jones que lograba humanizar al vampiro y que todo se centraba más que en el terror, en esa fábula de amor romántica -que sí lo es por el género-  y claro, esperaba ver una cinta como algo así tal “Romeo y Julieta” con colmillos, o una versión de Drácula de Zefirelli, si se hubiese animado el realmente relamido director italiano con una inverosímil versión del clásico de Stoker. Pero la primera secuencia era una bella y fragmentada escena de amor de dos cuerpos deseantes y felices a la vez: el príncipe Vlad, guerrero por naturaleza, y Elisabeta, su princesa, interpretados por, como decía un notable Caleb Landry Jones y Zoë Bleu Sidel, como Elizabeta/Mina Harker, hija de Rossana Arquette (musa sensual de los años 80) tan bella como su madre, y con una química notable entre ambos. Un punto para Besson, pensé.


El comienzo de la película es más erótico que gótico, basado en la premisa de la versión de Coppola, del guerrero valaquio que reniega de Dios porque este no cumple con la promesa de salvar de la muerte a su amada cuando él estaba combatiendo contra los musulmanes, en el último bastión cristiano que quedaba en Europa del Este. Pero cuando después de una cruenta batalla va a salvar a su amada en un campo de nieves minado con trampas para lobos, está a punto de arrebatarla del último musulmán que la perseguía, le arroja su espada y los mata a ambos, su espada atraviesa al musulmán, pero también a su princesa. Me gustó la paradoja. Ese muy gótico y romántico destino inexorable. Pero cuando va a pedir cuentas al sumo Obispo, que le había prometido orar por su princesa, este le responde que su promesa fue orar, pero no asegurar su vida. Y que los designios de Dios son inexorables y contra ellos no podemos nada sino aceptar su voluntad. Entonces Vlad le espeta que no le venga con argumentos divinos, que le había prometido no orar, sino obrar y salvar a su princesa, y como en pocas versiones, atraviesa al Obispo, representante de la Palabra de Dios en la Tierra, con su espada ya ensangrentada en la batalla con sangre musulmana, y abjura de Dios y de toda le religión cristiana e incluso de la matanza que había protagonizado. Nada nuevo quizá, pero la ferocidad con que mata al Obispo y el gesto de ira y de negación del Destino prometido, la ira contra Dios en su representante en el Mundo, no lo había visto antes. Creo que ni siquiera en la romántica avant la lettre y a la vez casi textual versión de Coppola con tantos puntos a su favor, como el cine dentro del cine y la fidelidad de los protagonistas con la novela de Stoker y la incomparable sensualidad entre los actores principales: Gary Oldman y Winnona Ryders. Otro punto a favor de Besson y de su estilo manierista posmo. 


Así como en la fábula insinuada, pero no explicitada en la novela de Stoker y en la versión de Coppola, para mí gusto, más que adulcorada, como dicen algunos críticos, operística, pasan 400 años. Entonces, me salto la genial secuencia de María (Matilda de Angelis), una vampira sedienta más que de sangre, de sexo y placer, Jonatan Harker, (Ewens Abid) excelente en su papel de marido ingenuo y abogado en busca de un buen negocio inmobiliario, llega al actual castillo ya del Conde Drácula, reiterando secuencias de cocheros temerosos de la noche y la maldición de esos páramos rumanos que lo abandonan a su suerte en un sendero nevado y tenebroso. Todo hasta ahí, como siempre en las diversas versiones de Drácula, hasta que llega al gótico castillo y es recibido por una suerte de copia degradada del vampiro interpretado anteriormente, en 1992, por Gary Oldman, Digámoslo, una parodia involuntaria de un vampiro envejecido y con un peinado ancestral casi risible. Entonces pensé, cómo tan cara dura Luc Besson para colgarse de una película ya digamos “clásica” en su romanticismo vampírico. Pero cuando poco a poco comienzan a dialogar el Conde y Harker, uno va percibiendo que la cosa va por otro lado. El Drácula de Besson, que cuenta su historia con desenfado y rodeado de gárgolas que no se sabe de dónde aparecen, y sin disimulo de su apetito de sangre, atrapa una rata que corre por la mesa larga y atestadas de alimentos putrefactos, y la revienta entre sus dedos y la estruja sobre una copa de cristal sin inmutarse y se bebe la sangre del roedor. 


Uno tiende a comparar, claro, y sonríe: otro punto a favor de Besson: esto da risa o te saca una sonrisa, cuando deberías sentir estupor y miedo. Los mismos gestos y la peluca del Conde, dan risa. O sea, ¿es tan burda la relación intertextual o es otra cosa, es decir una desenfadada parodia? Yo creo que es lo segundo, gárgolas de efectos especiales incluidas. También los gemidos y el dialecto del vampiro -que podía también estar remitiéndose al Nosfertu de Robert Eggers- y la desfachatez con que Caleb Landry Jones reinterpreta al Drácula de Coppola, que se la cree. Esos gestos, diría rocambolescos, nos remiten a otra cosa: estamos sin lugar a duda frente a una parodia, pero aún no sabemos si bien lograda o lamentable. Ahora bien, tras el relato del vampiro anciano, vamos suponiendo y, después, evidenciándose, que es lo segundo. 


Al comienzo del filme, antes que lo arrebaten de los brazos de su amada Elisabeta, hay una bella secuencia erótica, donde Blad y Elisabeta hacen el amor desenfrenadamente, con una secuencia de erotismo muy humano, muy apasionado, con gemidos temblorosos y tiernos a la vez, sin ser tan explícitos, pero donde los cuerpos jóvenes y ansiosos se embisten con desenfreno y piel, cabello, belleza y plétora a la vez: un coito muy humano, demasiado humano (otro punto más para Besson y sus actores) escena que se va reiterando mediante flasch-bak a medida que ya Drácula le cuenta su pasión a Harker. Elisabeta murió para los humanos, pero no para el Príncipe Vlad que sabe que está en un lugar del Mundo, esperándolo, confundida entre las mujeres bellas que lo pueblan; pero para encontrarla y para que ella lo reconozca, debe hallar la manera de seducir a la mujer exacta, precisa, única, su Elisabeta. El vampiro, como buen licántropo inmortal, tiene a su haber muchas formas de seducción, que ya las conocemos por la novela de Stoker y por sus tantas versiones cinematográficas: ya sea la mirada profunda y enigmática de Bela Lugosi en el Drácula de Tod Browning: ya sea por el metro 90 y la ferocidad de Christopher Lee en las dos primeras versiones que filmó Terence Fisher, ya sea por la versión cool de Gary Oldman/Copola, o por las más fantasmagórica de Nosferatu, una sinfonía de horror de Murnau, con el espectro inabarcable de Max Shreck, o el metafísico y atormentado vampiro de Herzog en su Nosferatu con Klaus Kinsky; o el más brutal y naturalista, interpretado por Bill Skarsgård de la versión de Robert Eggers. Pero el Vlad de Besson busca otra forma de seducción, una manera infalible, y la encuentra en el olfato, ser reconocido por el olfato de su cuerpo en la pasión con Elisabeta: es decir en un perfume. Imposible no pensar en la famosa novela de Patrick Süskind. Aunque acá se trata de oler y no carecer de aroma, de oler la pasión que los ataba. Entones, busca en el Oriente una mezcla de olores que sea una suerte de aroma de la seducción que finalmente de con su princesa.  


Otro punto a favor de Besson: es francés, por lo tanto, la acción (y el humor) transcurre en Francia, desde un Luis de “número” indeterminado (¿Luis XV?), pero en la corte pre revolucionaria hasta la actualidad de la acción, que notablemente, se desarrolla a finales del siglo XIX en París, en las fiestas del cambio de siglo en la ciudad luz. Pero antes de llegar a este punto, Vlad, impregna su cuerpo del perfume seductor y, con su estampa Valaquia, se introduce furtivamente en el Palacio de Versalles, suponiendo que en la corte de ese Luis “sin número” podría estar su amada Elisabeta: por supuesto todas las damas y no tanto de la corte caen seducidas por el perfume del Vlad, y como él ya es un “homófago”, es decir un vampiro, la única manera de “probar” el sabor de Elisabeta es succionando a todas las damas de la corte -todas además deseosas de placer por efecto del perfume afrodisíaco del vampiro- lo que produce una matanza indiscriminada de damas y damiselas y también miembros de la aristocracia en el palacio de la monarquía de la época: otra reminiscencia cinematográfica: Adicción de Abel Ferrara, donde una estudiante de Filosofía (Lily Taylor) mordida por un vampiro extravagante da cuenta de toda la facultad a mordiscos de vampira que cobra venganza de los catedráticos y su prepotencia intelectual. 


Pero la más desopilante masacre de Vlad Dracul, la lleva a cabo en un convento de monjas, donde entra disfrazado de mendigo pidiendo cobijo, y cuando rebela su condición vampírica, a través del perfume en cuestión, queda a la cabeza de una montaña de monjas sedientas de placer que ofrecen sus cuellos con devoción. Como venganza anti cristiana: ¿cómo no recordar esa tremebunda película de Ken Russel Los demonios del Convento? Creo que, para ser azarosas, son bastantes y bien escogidas las citas, homenajes e intertextualidades fílmicas, como para no darle a Luc Besson otro punto por sus citas cinematográficas y su pertinencia. Y hay más: la secuencia donde las gárgolas se resbalan y caen en un lago de hielo: Drácula, príncipe de las tinieblas de la Hammer Films, y el mismo hecho que el cazador por siglos de Drácula sea un cura, (un sobrio y como siempre efectivo Christoph Waltz. en este papel) y no el filósofo profesor Van Helsing, también como un cura es el cazavampiros de la notable ya citada cinta de Terence Fisher, Drácula, príncipe de las tinieblas: el Padre Sandor. Y todo esto, siempre, con un sesgo de humor, o no tan sesgo, a veces descaradamente humor negro, del más descabellado, pero siempre preciso en el momento en que Luc Besson echa mano de él. Porque, si visionamos este Drácula, I Tale History, más que sobrecogernos por una historia de amor romántica u horrorizarnos por la ominosidad del vampiro y su atmósfera gótica, que si las tiene, el humor es lo que prevalece de secuencia en secuencia: un humor noir, un humor macabro si se quiere, pero sobre todo un humor que emerge de la parodia y la reinvención brutalmente cómica del mito del vampiro: recordamos a propósito La danza de los vampiros de Roman Polansky o el Drácula de Paul Morrisey, producida por la “factoría” de Andy Warhol. 


Otro aspecto a considerar que suma puntos como decíamos a esta inclasificable versión del “Drácula” de Luc Besson: que la trama transcurra en Francia. Ya lo habíamos anotado: no en Inglaterra, como la original novela de Stoker o las cintas de Browning, Fisher y Coppola. Y en la Francia del cambio de siglo, con el peculiar festejo histórico y su ficcionalización por las calles de una ciudad luz más que gótica, de una suerte de Grand Guignol estilizado, con sus ferias de portentos grotescos y maravillosos a la vez: sirenas, casas del terror, mujeres barbudas, enanas, gárgolas, siamesas: como no pensar, también en Freaks de Tod Browning. 


Otro punto que también habría que aclarar en el romance pasional del Príncipe Vlad y su “sacrificio” por el amor a Mina no es original de Bram Soker´s Drácula de Coppola, sino de un filme más desconocido u olvidado en la serie de vampiros inspirados en la novela de Bram Stoker: El gran amor de Drácula del español Javier Aguirre, protagonizada y coescrita por Paul Naschy (pseudónimo de Jacinto Molina) de 1973, en la cual Drácula se enamora de una muchacha llamada Karen y para no vampirizarla se suicida clavándose él mismo la consabida estaca en su corazón. Paul Naschy conocía muy bien los filmes de la Hammer, a los cuales rendía tributo en toda su cinematografía de terror, por lo cual y considerando los guiños y homenajes de Luc Besson, también creemos que es un referente a considerar. 


El final del “Drácula” de Besson es muy similar a los filmes ya conocidos y mencionados: los perseguidores del vampiro en su afán de salvar a Mina/Elisabeta, lo persiguen esta vez desde Francia a Rumanía y lo acosan en su castillo para destruirlo y salvar a la princesa, que sí en esta cinta reconoce que lo es, por los sentidos: sobre todo, el aroma del amor y la melodía de una cajita musical, sobre todo la melodía que escuchaban de ese adminículo cuando se amaban con fervor. En la cinta de Besson no hay duda que Mina es Elisabeta reencarnada. Por eso quizá el inverosímil discurso del cura perseguidor del príncipe de Valaquia lo convence con tanta facilidad. Es en este momento cuando el amor triunfa sin ambigüedades en la historia. En El Horror de Drácula de Terence Fisher, la destrucción del vampiro, es a su pesar, lucha como una alimaña feroz contra Cushing/Van Helsing, cuando lo destruye corriendo los cortinones del castillo y el vampiro termina convertido en cenizas: en la historia de Stoker le clavan una estaca en el corazón y lo degüellan. En ninguna versión hay un final tan hermoso y trágico como en el de Besson: Drácula muere, sin defenderse, atravesado por la estaca del sacerdote sin nombre. Mina/Elisabeta lo abraza mientras el vampiro envejece los siglos que la buscó y queda reducido a cenizas; pero Elisabeta, digamos que sí es ella reencarnada en Mina, no huye a los brazos de Harker, sino queda sobre el montón de cenizas al que quedó reducido el vampiro. Hasta que un viento propio de los Cárpatos penetra por una ventana rota por un cañonazo y lo dispersa por el cielo que el Dios católico le había negado. Y Elisabeta camina como sin rumbo por uno de los corredores del vetusto y maldito castillo, acongojada.


Una respetable, renovada y disfrutable mención del mito vampírico inspirado en la novela de Bram Stoker por el irregular Luc Besson, que después de León, tal vez sea esta una de sus mejores películas y una de las más considerables dráculas, aunque a veces risible, con un sentido del humor y la parodia que no había disfrutado desde la magnífica Danza de Polansky.


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