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El arte de la palabra


 

En el prefacio a su libro Campos de batalla, Perry Anderson confiesa que de todas las motivaciones que existen para escribir sobre la obra de otros, es la admiración y el disenso las que deben coexistir para que él pueda decir algo sobre una obra determinada. Admiración y disenso, ambas juntas, los disparadores que movilizan su escritura. No es menor considerar entonces que la recopilación de textos que aparecen en su libro, dedicados a la obra de otros pensadores más o menos cercanos a él, estén bajo el siguiente título: Campos de batalla. Para Anderson, si referirse a las ideas de otro se dan en un marco de puntos en común, no es menos cierto que dicho diálogo debe también tener sus desvíos, grietas que nos hagan aguzar la mirada en el tránsito de ese camino.

 

“No hay palabra que no lleve a ponerme en guardia” escribió Kafka en sus diarios, resumiendo así una larga tradición de obras que se escriben a la contra. Podríamos ubicar aquí obras tan disímiles como la de Gombrowicz, Pascal, Bolaño, Santa Cruz, Eltit, Harwicz, Cristoff, Libertella (Héctor). Son escrituras que se sitúan a la contra de su tiempo y a la contra de sí mismos. No hay nada garantizado cuando se entra en sus páginas, porque cuando pensamos que ya todo está dicho y que vamos por el camino correcto, una frase, una palabra, algo que aparece luego se manifiesta fuera de lugar, pertenece y es al mismo tiempo extranjera de todo lo dicho hasta el momento.

 

Es lo que pensaba cuando leía de nuevo El arte de la palabra de Enrique Lihn, reeditado (¡Al fin!) por Ediciones Overol: cómo un texto puede sabotearse a sí mismo y ser, por esta misma razón, un arma potente contra su tiempo y el nuestro. O mejor: cómo un texto pretendidamente inacabado y saturado de tropiezos, puede aún decirnos mucho sobre el lenguaje, la desmesura y los malos entendidos, donde la relación a veces conflictiva (El arte de la  palabra es un paradigma de esto) entre realidad y literatura, lejos de cerrarse en una sola dirección y un sólo sentido, queda abierto dentro de un campo de posibilidades que tampoco deja espacio para una arbitrariedad absoluta, propia de las lecturas únicamente subjetivas en tiempos de relativismos protofascistas.

 

Desde ya traiciono al espíritu de El arte de la palabra: este pequeño ensayo, tal como se puede observar desde las primeras líneas, comienza en algún punto, lo que supone que, en otro momento no muy lejano, como contraparte lógica y esperable de ese inicio, también termina. El texto de Lihn, en cambio, quiere escapar a esas coordenadas. No empieza ni termina; más bien, podríamos decir que se constituye en la lectura. En algún momento de sus páginas ya estamos en la geografía de “La República Independiente de Miranda” y su topografía, y desde ese instante es difícil asegurar con certeza dónde se produjo esa inmersión. Algo parecido se puede decir respecto a Gerardo de Pompier, personaje paradigmático en la literatura chilena, mezcla oscura de Ignatius J. Reilly (La conjura de lo necios) y el dandismo inglés. En sus correspondencias y discursos, de iconoclasta ironía, no hay algo así como un comienzo. Pompier escribe como si quien leyera ya conociera de antemano de lo que se habla.

 

Pero volvamos a la literatura que se escribe en contra. ¿Qué significa esto? En El arte de la palabra, la escritura en contra adquiere más de una dimensión. La primera, se relaciona con el juego de contrastes que genera el mundo construido en el texto y lo que sucede “afuera”. Las similitudes de “La República Independiente de Miranda” y su época (El arte de la palabra fue publicado el año 1980, en plena dictadura militar chilena y de otros países latinoamericanos) son evidentes. Existe intervencionismo estatal fuerte, existe un “Protector” de la nación, existe un blanqueamiento por parte del gobierno de Miranda que utiliza el congreso de escritores e intelectuales como forma de validación, pero también existe un simulacro palpable, diferencias que se refieren al mundo de manera oblicua y que, por lo mismo, son aún más importantes. No por nada Lihn elige documentos de la cultura escrita (discursos, correspondencias, entrevistas) como una forma de rehuir a la literatura que “da cuenta” del mundo, para, desde ahí, construir un país que guarda y no similitudes con la realidad.

 

“Llegar al realismo mediante el cubismo” escribía Brecht, abriendo una grieta importante en toda esa tradición del realismo que consideraba burgués confesar alguna simpatía con el vanguardismo en general. En El arte de la palabra, Lihn hace lo suyo en esta disputa y se refiere a lo que sucede de manera torcida, paródica y risible. Nunca directa, porque lo directo (esa entera correspondencia entre lo representado y la realidad objetiva) impide que la diferencia despliegue zonas de pensamiento y crítica.

 

Las múltiples entradas posibles y un lenguaje por momentos conceptual y ampuloso, hacen de El arte de la palabra un texto que va en contra de sí mismo, plagado de tropiezos y desafíos. Es la estela de un uso del lenguaje que, como el Derrida más estructuralista, construye un mundo como si nada estuviera fuera del texto, lo que es lo mismo a decir que todo está hecho de palabras, palabras y más palabras. Las múltiples entradas que sugiere su lectura, no buscan proponer un juego lúdico de desestabilización de una forma decimonónica de entender la novela, sino que constituye una apuesta misma sobre el lenguaje y su estatuto: si ya estamos inmersos en un mundo cimentado de pura textualidad, decir que ingresamos a una novela se vuelve baladí. Lo mismo con su salida: ¿Se puede salir del lenguaje? Quizá sólo a costos altísimos. Si es que no mortales. Pero permanecer en él tampoco es garantía de nada.

 

Tal como la oscuridad que por momentos se lee en El arte de la palabra, el lenguaje siempre se traiciona a sí mismo. Lo único seguro y completamente transparente es el lenguaje del fascismo, que es inequívoco y dual: de buenos y malos, de sanos y enfermos, de extranjeros y locales, de víctimas y victimarios. El lenguaje que escapa a esa lógica fracasa y tropieza. Por eso, El arte de la palabra también fracasa y tropieza. Y qué bueno que sea así.

 

 

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