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El placer musical per cápita

Leo un reportaje a Carlos Fonseca. A principios de los noventas no conocí a nadie de una población que comprara en la disquería Fusión, seguramente habían, pero era lo que yo quería creer en ese entonces. No habían porque era un poco ridículo. Es como si hoy, calculando las proporciones del ingreso per cápita, alguien de Puente Alto comprara un libro Siruela tapa dura en el mall Casa Costanera de Vitacura. Habían melómanos poblacionales, de hecho, pero preferían la piratería del Bio Bio. Yo compré en esa época, creyendo que era el único (¡cuánta importancia era ser el único por ese entonces!) dos cassettes en Fusión, B.B King Live in Cook County Jail y Syd Barrett, The Peel Session. Me detengo en este último porque aún recuerdo cuanto me costó $3.900. Usando la calculadora de inflación, queda al día de hoy en aproximadamente $18.000. Pero ese dato no basta, porque 18 lucas hoy no asustan tanto como en esa época. Creo que para tener un panorama mayor, habría que considerar el valor de la canasta básica y el sueldo mínimo de ambos periodos. Ahí por fin podríamos entender lo que realmente significaba la disquería Fusión. Llega a dar risa (por no decir que dan ganas de llorar) que hoy en día un plan de estudiante en Spotify cueste 2500 al mes. Debe existir una relación muy cercana entre la facilidad con que escuchamos música y el desarrollo del gusto.


Comprar música en esa época no sólo era pagar por una experiencia estética, también era una especie de ridícula demostración de esfuerzo. Pero esa ridiculez nos prepararía a ese grupo de especuladores del conocimiento, a ser los grandes googleadores de las próximas décadas. Un título no muy honorífico que digamos, pero un título al fin y al cabo.



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