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Elogio del sótano


Las casas donde viví no tenían sótano. El sótano es de casa rica. Es eso o una buhardilla. Las casas menos ostentosas se contentan con una bodega en el patio trasero[1].


Recuerdo la de una amiga en Valparaíso. Una noche, cuando sus padres no estaban y la fiesta se desbordaba como espuma por esos techos altos, escaleras de madera y fachadas de latón, ella abrió una compuerta escondida bajo una alfombra para refugiarnos del carnaval y besarnos con cierta intimidad. Debajo de la casa había una especie de búnker. Jamás le pregunté su motivo, pero por las proporciones (era del tamaño de casi toda la casa) podía uno estar un tiempo prolongado allí sin incomodidades. Incluso vi cajas con víveres, comida enlatada y frascos de conservas.


Ahora que lo escribo, me paso películas: ¿y si moraron ahí perseguidos políticos? Pienso en las escenas mudas de la segunda mitad de El pianista de Polanski o en Un viaje a los sótanos de la dictadura del ex mirista Horacio Marotta donde realiza una panorámica sobre este tipo topológico de vida fugitiva.[2] A la urgente pregunta, ¿dónde esconderse? El sótano es una respuesta usual. Su oscuridad protege y mimetiza. El negro abriga, a veces es cálido. En EEUU[3] la amenaza de tornados y huracanes los empuja a huir a sus sótanos, pues la catástrofe siempre se cierne sobre la superficie.


La cáscara es devastada, no así la pulpa.


Gaston Bachelard dice que a pesar de instalar luz eléctrica en los sótanos jamás perderá su oficio de tiniebla y abyección. En su novela homónima, el austriaco Thomas Bernhard enlista los cinco temas de conversación del sótano: la comida, el sexo, la guerra, los americanos y los efectos de la bomba atómica. No llega allí la civilización. Es pura barbarie. Permite. Es el domicilio fijo del ello[4].


Enlistaré ejemplos:

Yace ahí el cadáver vestido de la madre del asesino protagonista de Psycho de Hitchcock.

En Gummo, Salomon, el niño protagonista, ejercita su fantasmal musculatura ante un espejo con un fondo de montañas de ropa americana mientras su madre lo amedrenta con un revólver.

En Breaking Bad, Walter White comete su primer homicidio en él.

Michael Townley tortura a desaparecidos políticos bajo los talleres literarios que impartía su esposa Mariana Callejas, ambos agentes de la DINA.

“En el sótano se mueven seres más lentos, menos vivos, más misteriosos”, agrega Bachelard.


De ser entonces un sitio de recreo moral, ¿dónde hallar su pulso amoroso? Qué otro sentido no feísta tiene su figura, más allá de la clásica Memorias del subsuelo de Dostoievski. Creo que el inconsciente no es sólo un basural o tarima de números macabros, en él hay también apariciones maravillosas. En el sótano se encuentra el Aleph de Borges, por ejemplo.


Por el mismo motivo, es curioso constatar este fulgor, cuando fue en las catacumbas del metro que se instaló la dinamita del estallido. Quisiera hacer una transfusión de sangre llegado este punto, pues si bien la melancolía del subsuelo dostoievskiano es espesa, babosa, estanca, la naturaleza del subsuelo del estallido chileno es pirotécnica, incandescente. En este sentido se parece más al agitamiento de Los demonios cuya subversión es carnavalesca.


O como describe en este pasaje de sus Memorias de ultratumba el escritor francés François-René de Chateaubriand: “Del fondo de los sótanos del Palais Marchand salían estallidos de música, acompañados del bordón de grandes tambores: quizás era allí donde vivían esos gigantes que yo buscaba y que debían de haber producido por fuerza grandes acontecimientos. Bajaba a ellos; reinaba allí la agitación de un baile subterráneo en medio de unos espectadores sentados que tomaban cerveza.”


El estallido fue un carnaval interrumpido. Un destello. Un brote. Se inicia con multitudes de escolares que invaden las estaciones de metro. Se reúnen en sus inmediaciones y dada cierta señal acuden en masa, como locomotoras, a calar en las catacumbas. Allá abajo, los guardias de seguridad se rinden ante tamaña proeza de la ciencia política. Hermosos saltos olímpicos de gacela sobre torniquete. Los escolares dan el ritmo, el de la evasión. Una profanación sutil.


De las entrañas de nuestras ciudades surge la piel que vestirá al mundo.


Es clara la analogía con el brote de la primavera. El brote psicótico de la primavera. La simiente subterránea[5]. En los vegetales podemos observar una estrategia. Las modulaciones de la raíz que avanza bajo tierra cargan ese rumor erógeno. La cinta incesante. Ahora, tal como emergen las flores de entre las grietas de una roca, los poemas sobre el metro abundan. Citaré tres:


La aparición de estas caras entre la multitud,

pétalos en una rama negra y mojada.[6]


Nunca se ve la misma cara dos veces

en el río del subway

Millones de rostros planctónicos que se hunden en el centelleo de la oscuridad

o cristalizan al contacto de la luz fría

de la publicidad

a un extremo y otro de lo desconocido[7]


para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas

cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas

desnudas y tensas como yo, todo atención

por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás.[8]



Marc Augé en El viajero subterráneo dice que ciertamente hay algo poético tanto en el primero como en el último tren. Son la cabeza y los pies del día. Organizan el ritmo laboral y sentimental. Son el circulante, la sangre del sistema sanguíneo. El cuesco de la fruta. ¿No es alma el cuesco de uno? De otro modo se asemejaría al amor sin entrañas, aquel que es una pura fachada. El amor liberal. Pero volviendo al tema, ¿no se parece el metro a un trozo de metraje? El arte de la sucesión es interesante de analizar bajo la rizomática del metro. ¿Cómo originar una secuencia? ¿Cómo generar un relato? “Antes muerto que mirar atrás”, escribe Heaney.


Hoy en Chile el underground no existe. La literatura es estatal y tercerizada en ciertas mal denominadas editoriales independientes, cuya gasolina son los fondos ministeriales. Esto ha provocado un fenómeno curioso en el cual la batalla se libra en la cobertura, relegando el texto a un quinto plano. No hay poema. Hay pymes, marcas, personalidades. No hay réplica ni quiebre sino un prolongado y hostigoso monólogo, capturado por tesorerías y lobbistas expertos. ¿Quién saborea la pulpa? ¿A qué cocina fue a parar el poema?


Marcelo Cohen, escritor y traductor argentino, dice que la literatura española carece de inconsciente. En Chile se corre un riesgo similar al apegarse a la carcasa y no jugosear con las vísceras. Inconsciente en el sentido de fango donde uno baila con sus pies descalzos o las paladas de arena mojada necesarias para elevar un castillo con las manos. La mancha de la materia y los elementos.


Veamos un ejemplo claro de cómo un arte sin raíz, sin napas subterráneas, está condenado a la estampa o sticker. En el cine el arte del montaje nació en un sótano. En sus comienzos la del montajista se consideraba una labor femenina. Era lo más parecido a tejer o costurear. Ir cuadro a cuadro, pacientemente, tejiendo la trama que es la secuencia y la urdimbre que es la concatenación de cuadros. Esto explica que los montajistas de la época dorada de Hollywood[9] fueran casi todas mujeres, cubiertas por la burka de una labor mecánica y sin incidencias en el film. La película como tal se monta en un calabozo. Sitios oscuros en los que cuelgan metrajes de cordeles como mambas bebés. Tijeras y pegamento. La grabación de las escenas no sostienen un relato por sí mismas, exigen sintaxis. Sin estas mujeres el cine estaba condenado a la fotografía móvil.


Sebastián Diez





Fotogramas de "Im Keller" (2014), documental de Ulrich Seidl.


[1] A todo esto, ¿no es la nota al pie el sótano del texto? [2] En Parasite del coreano Bong Joon-ho, el protagonista acaba viviendo en el sótano de la mansión millonaria, donde antes moraba el esposo de la ama de llaves, en una perfecta comunión oculta con sus dueños. Tiene algo de fuga el sótano, en el sentido de ser utilizado como escondite. [3]Mi relación afectiva con los sótanos también estuvo mediada por la húmeda oscuridad de los estacionamientos subterráneos, donde se resguarda el valor de la máquina automotriz, uno de los bienes muebles más caros. Por ello resulta curioso que la pobreza se viva en EEUU de este modo: utilizan el automóvil como casa. Así mismo, los estacionamientos se han convertido en poblaciones callampas. Hay un documental en Youtube de la DW que exhibe este panorama. [4] C. G. Jung, en sus Ensayos de psicología analítica, pide a su lector que considere esta comparación: “Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su piso superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma”. [5] Germán Carrasco en La mantis en el metro (2021) dice algo al respecto: “Hay una similitud en los siguientes versos: ‘The force that through the green fuse drives the flower’ de Dylan Thomas y ‘La savia empuja subiendo a la rosa’ de Mistral. Probablemente son muchos quienes pensaron en esa fuerza erótica lenta, paciente y poderosa que sube por el tallo y hace crecer a la flor o la rosa, símbolo de la obsolescencia de la belleza.” [6] “En una estación del metro” de Ezra Pound. [7] “En el río del subway” de Enrique Lihn. [8] “El metro” de Seamus Heaney. [9] El editor de películas como Apocalipsis now o esa joya del montaje, The conversation, dice que el hombre hace ingreso a labores apenas se introduce el sonido en el cine, ya algunas décadas luego de su origen, pues involucraba electricidad y ya no sólo una labor manual, de tacto, cuidado.



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