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Empatía


Diván rojo. Nacho Martin Rejas


Hace unos días, en el Servicio en el que trabajo, tuve que participar en una capacitación para poder “atender usuarios desde la empatía”. Una de las preguntas que más recuerdo del momento de mi entrevista laboral –que me la hizo un psicólogo– para trabajar con víctimas de delitos violentos fue: “Dime qué técnicas puedes aplicar desde la empatía”. En el contexto de pensar la repetición de esta idea de la empatía, me viene el caso de un colega que una vez, atendiendo a una persona muy afectada por una situación sufrida, ella le dijo algo así como “usted nunca va a entender lo que siento porque no está en mis zapatos”, a lo que mi colega le respondió: “Justamente porque no estoy en sus zapatos es que existe la posibilidad de que le pueda ayudar. Si estamos los dos en el mismo lugar no vamos a ninguna parte”.

 

“Sófocles no nos invita a empatizar con Edipo. La obra espera que sintamos lástima por su nefasto protagonista, pero no es lo mismo sentir algo por alguien (lástima) que sentir algo como alguien (empatía). Si mediante la imaginación nos fusionamos con Edipo ¿cómo podemos juzgarlo?”, escribe Terry Eagleton. Zizek, en su libro Sobre la violencia, plantea que “hay algo inherentemente desconcertante en una confrontación directa con él [el problema de la violencia]: el horror sobrecogedor de los actos violentos y la empatía con las víctimas funcionan sin excepción como un señuelo que nos impide pensar”.

 

Bruno Bonoris hace unos días traía la crítica a la idea común de que frente a la urgencia de los acontecimientos no hay que pensar sino actuar: “Más bien el pensar no debiera considerarse un lujo sino un instrumento de primera necesidad” para reflexionar sobre las causas del acontecimiento. Manteniendo las distancias, claro, de que no es lo mismo el hambre infantil –causada por una serie de decisiones– que la caída de un meteorito a la tierra donde no hay nada mucho que pensar.

 

Como psicólogo practicante del psicoanálisis, vuelvo al campo que me compete, lo psi. Empiezo a preguntarme en qué momento la empatía logró un estatuto “clínico” que refuerza la idea de que el padecer recae en individuos individuales, valga la redundancia, independiente del contexto (o los zapatos) en el cual ellos existen. Y más aún, en qué momento surgió esto de que en la medida en que ambas partes “sintamos” lo mismo, ello pueda tener algún tipo de eficacia. Quizás a lo que se orienta, en el mejor de los casos, es a la idea del respeto: respeto a la experiencia y diferencia del otro por la validez y legitimidad misma en tanto es la experiencia del otro. Y por lo mismo ser cuidadosos a la hora de tratar lo que ese otro trae. Se me ocurre que sería la mejor versión de lo que se intenta hacer con la idea de empatía. Pero así como se presenta cotidianamente hoy, me parece que a lo menos debe levantar algunas alarmas. Si los bomberos, para hacer algo con el problema que intentan resolver, debieran meterse al fuego tal como las personas que están sufriendo las consecuencias del siniestro, estaríamos en problemas mayores. Es necesario que exista una distancia respecto del evento para poder hacer algo, sino sólo tenemos afectados. O, en otro plano, tenemos la falsa sensación de estar en el mismo plano desconociendo las diferencias inherentes a nuestras posiciones que existen por el hecho mismo de ser “terapeutas” y “pacientes”, desconociendo las relaciones de poder que allí se pueden ejercer e interviniendo desde las mismas.

 

Es un tema complejo, enfrascado en un concepto de apariencia simple e inocente. ¿No es posible, tomando a Zizek, pensar que la empatía, como concepto hoy de uso vulgar y común, sirve justamente para promover que, por ejemplo, las condiciones de la violencia padecida (en sus diferentes niveles) no sean propiamente pensadas, lo cual es en sí mismo es un problema, y una solución, claro, para aquellos que no quieren que pensemos sobre las causas de los problemas? Desde aquí que mi llamado no es a hacer un boicot en contra de este sentido a actuar desde la empatía, que parece volverse corriente hoy en día, pero sí por lo menos a poner un punto de atención respecto de las implicancias de estos discursos que, maquillados de buenas intenciones, o quizás que efectivamente desde allí parten (no olvidemos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones), son el terreno perfecto para mantenernos en una actitud irreflexiva respecto de los malestares actuales.

 


-Cómo leer literatura. Terry Eagleton. Ariel

-Sobre la violencia. Slavoj Zizek. Austral


 

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