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¿Es el humor la última frontera por conquistar de las máquinas?


Hoy, las máquinas pueden aprender casi cualquier cosa. Copian todo lo que hacemos y decimos. Nos imitan tan bien que ¿quién sabe si terminarán usurpando incluso nuestra mente? Ya hay noticias de personas que, habiendo perdido a seres queridos, buscan crear una réplica digital de ellos con la que poder conversar. Y así, de forma inopinada, estamos encontrando un camino hacia la inmortalidad.


De momento, se trata de copias burdas. Quizá no haga falta nada más. No se necesita traducir una vida entera a unos y ceros para que la máquina construya una réplica fidedigna que nos dé consuelo durante el duelo. Aquí entra en juego el efecto Forer, un fenómeno psicológico que hace que reconozcamos a nuestro ser querido en frases vagas o genéricas que podría haber dicho cualquiera. De hecho, este es el mismo efecto que explica por qué las predicciones del horóscopo, a pesar de usar un lenguaje tan ambiguo, son percibidas como precisas y personalizadas.


Ahora bien, si el propósito de la réplica es hacernos trascender esta vida, entonces tendrá que ser más elaborada e incorporar rasgos de personalidad como el sentido del humor. Algo que, por cierto, podría ser el Test de Turing definitivo. Conseguir que las máquinas nos hagan reír no es fácil. Para empezar, no sabemos con exactitud qué desata una carcajada espontánea.


A lo largo del tiempo, prácticamente todos los pensadores han tratado de encontrar una explicación. El mismo Aristóteles escribió un tratado sobre la risa que lleva siglos desaparecido. Una obra rodeada de misterio que Umberto Eco convirtió en el libro prohibido que había que ocultar a toda costa, incluso asesinando, en “El nombre de la rosa”. En realidad, lo que nos ha llegado de Aristóteles sobre el humor son dos postulados. El primero es que el hombre es el único animal que ríe y, el segundo, que la risa es fundamentalmente desdeñosa y burlona.


Más tarde, otros filósofos desarrollarían teorías alternativas. Por ejemplo, Schopenhauer pensaba que nos reímos cuando, de forma repentina e inesperada, percibimos una incongruencia. Para hacernos una idea de a qué se refería, basta imaginar a Groucho Marx diciendo con solemnidad: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.


A priori, generar sorpresa no es algo que se les dé bien a unos algoritmos pensados para encontrar la respuesta más probable. No obstante, aunque el humor, al igual que la magia, pierda la gracia cuando se explica, lo habitual es que responda a una estructura predecible o, dicho de otra forma, que siga un patrón.


Recientemente, unos investigadores analizaron cientos de chistes contados por ChatGPT y descubrieron que la mayoría eran versiones de apenas unos pocos. Es decir, la máquina había identificado algunos patrones que reproducía en serie. Sin embargo, fuera de estos, no era capaz de distinguir cuándo un chiste era gracioso.


Además, el humor se basa en un conjunto de suposiciones que comparten un grupo de personas, y fuera de ellas no se perciben con claridad. Se trata de un código que está implícito y que solo los miembros del grupo pueden descodificar: juegos de palabras, dobles sentidos o dianas habituales de las bromas son parte del acervo. Por ejemplo, en la Antigua Roma les hacía mucha gracia los chistes de calvos, tanto como en la actual Suecia los de rubias.


Que el humor es un producto cultural lo saben bien los intérpretes y traductores: los chistes son su peor pesadilla. Lo que es gracioso en una cultura puede no serlo en otra. Aunque, al mismo tiempo, seguro que ahora sienten cierto alivio al ver que ese reducto cultural sigue siendo infranqueable para las inteligencias artificiales.


Actualmente, el humor está fuera del alcance de las máquinas que, si bien pueden hacernos reír, no son graciosas. No producen un humor genuino. La inmortalidad en formato digital, de momento, tendrá que esperar. Al fin y al cabo, ¿quién querría vivir eternamente contando siempre los mismos chistes, intentando ser gracioso sin conseguirlo, o renunciando al humor para evitarlo? Yo desde luego no, y creo que Groucho, aunque pensara “vivir para siempre o morir en el intento”, también estaría de acuerdo conmigo.

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