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Escribir el duelo, continuar la conversación



Leí Dar (el) duelo: notas para Septiembre (Galerna, 2020) de Vir Cano y también la nota que escribió en Heterotopías[1]. Sentí la necesidad de acompañar esas escrituras y publicar a su vez las notas que venía tomando de manera esporádica acerca de mis propios duelos, resignificadas en parte por lo que Vinciane Despret ha escrito en A la salud de los muertos: relatos de quienes quedan (Cactus, 2021). Un llamado y una habilitación: la necesidad de compartir y ampliar un cambio en el registro de escritura -múltiple y variado- que vengo practicando hace tiempo.[2] Quizá un modo de componer las diferencias que no pase por el clásico contrapunto o la discusión, la argumentación o la explicación, que no tome por objeto de análisis lo dicho por el otro, o que simplemente se dedique a halagarlo o enaltecerlo; en fin, un modo de entrar en resonancia poniendo en juego las propias experiencias, palabras y conceptos que no encuentran medida común, que hacen cuerpo de un modo singular, porque tratan de un dolor insondable, expuesto a la consideración pública. Un modo de curar y ser curados, como dice Claudia Masin.


No importa así qué viene primero, si el habla o la escritura, hay un salto entre ellas, un cambio de registro que las resignifica y del cual -paradójicamente- no siempre se toma registro. Esto afecta singularmente cuando se trata de decir lo real y, ante la imposibilidad situada, se lo escribe. No se escribe del mismo modo que se habla, como tampoco se muere del mismo modo que se vive. Escribir anticipa la muerte: corte, condensación, recapitulación precipitada de una vida. Hablar en cambio es un modo de distraer la muerte: contarnos historias, ampliarlas, adornarlas para que resulten entretenidas. No me gusta quienes escriben del mismo modo que hablan, como tampoco quienes creen saber de la muerte porque viven. Quienes no han atravesado los umbrales de este mundo, habitado los bordes del lenguaje, entre la vida y la muerte, hablan sin saber y escriben sin sentir. Pretenden decir qué hacer cuando no se han hecho siquiera a sí mismos. La tarea infinita de hacerse entre escritura y habla, lectura y escucha, meditación y prueba, en el anudamiento inexorable de esos modos irreductibles, quizá ayude a otros mientras dure una vida. Pero no hay garantías, mucho menos entretenimiento o recompensas, cuando se vive éticamente. Cuando escribir es una forma de vida. Sí hay alegría de pensar sin distraer ni decir necedades para convencer a nadie. Una tarea a puro gasto.


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Camila me dice a veces que le hubiera gustado conocerte, y yo le vuelvo a decir que anticipaste su llegada, tocando la panza de Andrea; que como abuelo hubieses sido un poco pesado, no como el típico abuelo que consiente todas las mañas. Aunque quizá me equivoque, no sé, hace mucho que no conversamos. La última vez te vi en sueños y estabas bastante cambiado: más joven, sin canas, el pelo negro brillante, estabas más alto y delgado. Yo te preguntaba sobre ese cambio y me decías algo de un régimen que estabas siguiendo. Eras vos pero no eras vos, claramente. También aparecía Mariano, más alto y delgado, con una trencita larga, decía que venía de recorrer el mundo. Estábamos todos muy contentos y éramos diferentes, aunque nos reconocíamos. Tendría que saber cómo continuar ese relato, cómo continuar estas conversaciones, cómo volver a tejer nuestra historia de caminatas, zambullidas en el mar, mates con churros, asados y vinos. ¡Qué felicidad dona un padre sin saberlo! En un rato prendo el fuego y te cuento. A vos y a Mariano, que debe andar cerca, porque aquí también lo despedimos.


26 de febrero de 2023.




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¿Qué pasa cuándo nos morimos? Nada, no pasa nada. Nos disolvemos en partículas, nos convertimos en otra cosa, polvo que se hace parte de la tierra o se va con el agua. ¿Pero qué se sentirá morir? No se siente porque no hay quien sienta ya nada, al menos nadie ha vuelto para contarnos, cuando se muere es como si se apagara el mundo. Te quedaste pensando y te dije que preguntaras en la clase de filosofía. Pero la profe no sabe porque no ha vuelto de la muerte. No sabe eso, pero a lo mejor surgen preguntas interesantes. Habría que preguntarle a alguien que estuvo cerca de morir. Bueno, yo casi muero cuando vos estabas por nacer, pero no me quería ir sin conocerte, no me iban a llevar tan fácil, y menos mal que me quedé. Tu existencia, tu crecimiento me emocionan, el ser parte de tu vida me emociona, saco una foto del momento en que te dejo en el cole para guardarla en mi memoria y, contradiciendo lo que había dicho, me doy cuenta que no se sentiría nada bien haber muerto. Eso último no te lo dije, claro, ahora lo estoy escribiendo.


25 de abril de 2023.




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Hace unos días Cami, con su modo de interrogar tan hermoso (le llamo “camilético”), me hizo dar cuenta de algo: estoy en un momento único de mi existencia, situado justamente entre dos siglos, tengo 23 años vividos en el siglo XX y voy a cumplir 23 años vividos en el siglo XXI. Esta distribución simétrica no se repetirá jamás. Y ahora, mientras leo Dar (el) duelo de Vir Cano, quien lleva la cuenta de los años que tendría su hermano fallecido y de ella misma acercándose a la edad que tenía su madre en ese momento, me doy cuenta que Mariano también tenía 23 años cuando murió. Es como si hubiese vivido dos vidas de mi hermano. Y sin embargo nada se repite exactamente, dos vidas no se pueden contar de igual manera. Estos modos entre mágicos y obsesivos de contar tienen que ver con el duelo, con tratar de suturar una herida que no cierra. Pero al escribir se libera.


15 de julio de 2023.




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Hace algunas semanas soñé que me llamabas por mi nombre, escuchaba clara tu voz, venía de otra parte de la casa, como si fuese la habitación de al lado, donde dormía Cami. Traté de moverme de la cama pero no pude, ahí tuve la fugaz consciencia de que dormía, porque el cuerpo no respondió, pero alcancé a percibir que estaba en la habitación, veía una parte iluminada y otra oscura. Me hundí en el sueño sin pavor ni esperanza.


4 de agosto de 2023.



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Un día como hoy, hace 14 años nos dejaba mi hermano Mariano. Siempre me impactó esa frase de Lacan sobre la finitud, lanzada a su auditorio: “Hacen bien en creer que van a morir, de no ser así, ¿podrían soportar la vida que llevan?” Esta vida, muchas veces insoportable, solo se hace vivible sobre un trasfondo ético ineluctable: decidir cada vez si se sigue o no. Solo a partir de allí, cada gesto cobra un valor inusitado. Eso lo entendí con el tiempo y las cicatrices, hermano mío. Te abrazo al infinito con una frase que me regaló Cami: “Pienso en alguien que a su vez está pensando en alguien, y así, al infinito...”


6 de agosto de 2020.



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Estoy leyendo La escritura o la vida (Tusquets, 1995) de Jorge Semprún. Él trata de escribir lo imposible, lo real, y lo logra: la experiencia humana, demasiado humana, padecida en los campos de concentración y cómo eso afectó su vida para siempre; vida teñida de allí en más, incluso en sus momentos más gozosos, de irrealidad o sueño. No se vive la propia muerte pero sí la de quienes nos importan. Cada vez que llegamos a esta fecha lo mismo: cómo escribir lo imposible, lo que nos afectó para siempre, cómo darle a la vida valor en medio de relaciones humanas, excesivamente humanas, que la desprecian. No hay que tomarse lo humano demasiado en serio, ni siquiera uno mismo, que va haciendo con eso como puede; solo rescatar el valor de los gestos que nos redimen, los instantes eternos, los rituales que nos permiten condensar todos los tiempos. Quizá entre tanta desidia generalizada, cotidianeidad programada, fluctuaciones anímicas, poderes y deberes, uno no es más que ese gesto profano y simple que toca la eternidad; gesto en el que podría permanecer indefinidamente porque ha traspasado los fines y motivos. Pura gratuidad. ¿Quién dice que pese a todo no lo había alcanzado, mi hermano, cuando decidió partir? ¿O Primo Levi? Quienes seguimos vivos podemos dar testimonio en nuestros propios gestos que algo de ello nos ha sido legado, transmitido, y podemos dar fe. Así revivimos a los muertos queridos, porque ellos viven también en nosotros, como cada instante en la eternidad. Anoche prendí el fuego, hoy escribo, como si la fecha ya no tuviera el peso de la gravedad.


6 de agosto de 2022


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Me despierto y lo primero que leo es el relato de un HIJO que encontró a su hermano desaparecido. Alegría, entusiasmo, amor, como también evocación del horror, de lo imposible, de vidas sujetas a una búsqueda agotadora. Siento en la boca que he mordido toda la noche, hay algo que no puedo dejar de masticar, como una pena vieja y amarga que retorna. Hubiese querido soñar con mi hermano, pero esta vez no he podido. Aunque deseo evocarte con alegría, hermano, no siempre es posible. También era domingo aquel 6 de agosto en que habías desaparecido, fueron apenas unas horas de desesperación que se hicieron eternas. La certeza anticipada, el llanto, el dolor, la contención, la insoportable banalidad de los rituales sociales, de los trámites que se deben hacer igual porque nadie espera nada. Quizá haya pasado demasiado tiempo. Recuerdo otras veces que volvías en sueños como si te hubieses ido de viaje a lugares extraños, que habías estado perdido o dando vueltas por el mundo, recuerdo una vez que volviste como una fuerza impersonal que se suspendía ante mi ventana, y yo sabía que eras vos. Sentía una sosegada confianza. Anoche sin embargo no he podido soñarte, he masticado la bronca nomás, aunque ahora lo escribo y sé que algo de estas letras va triturando la cosa. Ese agujero que anticipé hace tiempo, que te pasé escrito en balbucientes caracteres, va siendo bord(e)ado con infinitas letras. No es que busque, encuentro. Quizá sea mi modo de hacer el ritual de una manera más conveniente.


6 de agosto de 2023.




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Veía la foto de la última vez que nos encontramos, allí, en tu lugar en el mundo, sentados alrededor de la mesa tomando mate. Recuerdo esas conversaciones que me incomodaban un poco, tus cerrazones e insistencias, lo políticamente incorrecto e injustificable, lanzabas aserciones caprichosas para provocar o divertirte. Pero Cami ya estaba en camino y tuviste ese gesto tierno, como de adivino o médico sabio, presagiando que ella vendría, contra lo que nos habían dicho los especialistas por imágenes. No me di cuenta, o no quise ver en ese momento, que lo hacías con cierto desapego o resignación, como si también supieras que ya no ibas a estar para recibirla. No tuve la sensibilidad ni el coraje para darme cuenta que esa serie de incomodidades y precauciones como hijo se cerraba, el ciclo concluía y se abría otro: la responsabilidad inaudita de ser padre; eso que tantas otras veces habías tratado de decirme. Una y mil veces me he preguntado qué es el cuidado, cómo ejercerlo con quienes se ama tanto o más que la propia vida, cómo no olvidarme jamás de buscarla en ningún lado, cómo no dejar que se pase una tristeza, un sueño, una caída, un mal encuentro sin ponerle palabras, cariño, escucha, atención, brindar algunos elementos indispensables para elaborarlo, para sanar, para aprender, etc. Y sin embargo, la vida pasa, el dolor, el sufrimiento, la pena son inevitables. Ha comenzado el trágico mes de agosto, he seguido el ritual de tomar la caña con ruda y aquí estoy de nuevo: con la espalda lastimada por un movimiento que no tendría que haber hecho. Me culpo, me siento un imbécil, alguien incapaz de aprender, cómo podría enseñar cualquier cosa, cómo podría cuidar si no me cuido. Tampoco quiero reprocharme en exceso, caer en el victimismo, ser demasiado duro. Cami me consuela, me abraza, me mima, me dice ya te vas a curar. Quizá también se trate de eso ser padres: dejarse cuidar.


8 de agosto de 2023.




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Me levanto un poco mejor, reviso el muro de los recuerdos y encuentro la clásica cita de Spinoza que usé como clave de lecto-escritura en La razón de los afectos (Prometeo, 2021). ¿Cómo es posible que, por entender la causa adecuada de la tristeza que nos afecta, podamos subvertir la situación y sentir alegría? Nadie sabe lo que puede un cuerpo, sea para romperse o para recuperarse, hasta el último momento. Solo en virtud de la razón, el círculo virtuoso se abre para quienes se detienen a considerarse a sí mismos:



“‘El contento de sí mismo puede nacer de la razón, y naciendo de ella, es el mayor contento que puede darse’. Demostración: El contento de sí mismo es una alegría que surge de la consideración que el hombre efectúa de sí mismo, y de su potencia de obrar. Ahora bien, la verdadera potencia de obrar del hombre, o sea, su virtud, es la razón misma, que el hombre considera clara y distintamente. Por consiguiente, el contento de sí mismo nace de la razón. Además, el hombre, en tanto se considera a sí mismo, no percibe clara y distintamente, o sea, adecuadamente, nada más que lo que se sigue de su propia potencia de obrar, esto es, lo que se sigue de su propia potencia de entender; y así, de esta sola consideración brota el mayor contento que darse puede. Q.E.D.”


Hoy se cumplen 9 años del día en que repentinamente nos dejaste. Recuerdo nítido ese trágico momento. Me impactó ver tu cuerpo sin vida, estabas frío como el mármol y tenías una sonrisa calma. Eras duro, siempre decías, en la palabra y en el cuerpo, que había llevado la peor parte: soportado distintas roturas, traumas y desgastes. Pero seguías vivo y disfrutando. Puedo decir que he recibido lo mejor de tu legado, y he aprendido a ablandarme cuando es necesario. Q.E.P.D.


10 de agosto de 2023.



[1] Vir Cano (2023), “Notas de Dar (el) duelo”, Heterotopías, UNC, Córdoba. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/heterotopias/article/view/41594/41512 [2] También en 2020 publiqué Leer, meditar, escribir: la práctica de la filosofía en pandemia (La cebra), que apuntaba algo de eso.

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