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Filosofía y crisis





Vivimos una época antifilosófica. Pareciera no ser así porque hoy la filosofía tiene un lugar más o menos asegurado en las escuelas y medios de comunicación. Incluso algunos libros de filosofía son best sellers. Sin embargo, esto no quita que exista una profunda contradicción entre el espíritu de nuestro tiempo y lo que, aparentemente, es el llamado de la vocación filosófica.


El principio básico que anima nuestra existencia social actual es la automaticidad. Esto va más allá del hecho de que dispongamos de medios cada vez más poderosos para alcanzar nuestros fines. Ni que los medios técnicos vayan creando nuevas necesidades y fines, de tal modo que sea imposible discernir ya qué hay de natural o artificial en nuestra existencia (suponiendo que alguna vez esto fue posible)

Se trata más bien de esto: un entramado de dispositivos que pretenden resolver lo problemático en lo cotidiano, pero, en ello, disponen y deciden la vida de las y los usuarios, sin el concurso de su conciencia, voluntad o reflexión. Este entramado ha devenido un Dispositivo Planetario, como dice el filósofo francés Jean Vioulac, una infraestructura y domo tecnológico que nos envuelve y cuya lógica interna dispone un circuito de actividades y tareas en el que la finalidad global se nos pierde de vista y reflexión. Es una racionalidad operativa dominante en nuestras sociedades. Para cierta intelectualidad, creer que hay un Gran Orden cuya coherencia aprieta cada recodo de nuestra existencia es padecer una suerte de delirio metafísico o ideológico. Justamente eso: no se trata de un orden por encima de nuestras cabezas sino un orden entre y alrededor nuestro, incluso dentro nuestro, inmanente a nuestras prácticas.


No acabamos de pensar el asunto porque, entre otras cosas, nos cuesta ver su materialidad. Se trata de una lógica concreta que efectivamente está hecha de códigos binarios, algoritmos y transacciones virtuales, pero también de trabajo semiesclavo en fábricas inmundas y talentos que se marchitan en empleos precarios; de maletines con dinero y cenas con lobbistas que capturan la vida democrática; de diarias decisiones burocráticas y papeleo con que se conforma nuestra ciudadanía; de magnates que compran o fusionan empresas y de miles y miles de actos de consumo y desperdicio; de los cócteles de psicofármacos, pornografía y carrete con que aplacamos la ansiedad; de la comunidad científica sometida a los intereses del financiamiento privado y de la academia obligada a ser máquina de papers. Y, también, de todo el tiempo frente a pantallas engordando con nuestra información las titánicas bases de datos digitales; de todas esas megainstalaciones que ocupan enormes cantidades de agua, energía, aire, suelo, minerales etc. que restan cada vez más recursos vitales a los ecosistemas; toda esa ingeniería desplegada para transportar las mercancías por carreteras que tapizan la Tierra; del comercio movido por petróleo y gas, cuyos yacimientos han de resguardarse con patrullas, tanques y buques (y también con sedición y autoritarismo); de cuarteles y comisarías financiadas con impuestos de ciudadanos sometidos al espectáculo mediático diseñado para vivir intoxicados de miedo y violencia; de empleos inciertos que serán desechados con cada nuevo colapso económico, provocado no sólo por la codicia y la concentración de poder, sino por la dinámica del mismo sistema, cuya artificial naturaleza no conoce medida, ni límite y es, en su ceguera, homicida y suicida.


Así, se hace más fácil reconocer que el armazón sobre el que está montada la vida social no está hecho de abstracciones económicas, encuestas políticas, libertades de mercado e informática sino, en última instancia, de prácticas de seres de carne y hueso. Dicha humanidad no sólo es carnal, sintiente y sexuada sino también histórica y ha sido desplegada bajo diversas formas de producción y reparto de lo necesario para vivir; de apropiación desigual del excedente; por leyes e instituciones que reparten lo común y consagran la injusta distribución de la riqueza y el estatus; de la confección de tronos, castillos, látigos y ábacos para administrar los reinos, y también crucifijos, inciensos y mezquitas para glorificar coronas, birretas y todo tipo de jerarquías; ríos canalizados, montañas dinamitadas y bosques talados; pastizales y campos cercados y sus poblaciones raptadas y esclavizadas; mujeres encerradas, abusadas y golpeadas; indios empalados y africanos azotados; guerras y fracasadas revoluciones; de torturas, trincheras y cámaras de gases; hambrunas, terremotos y pandemias; de telescopios, matraces y pruebas nucleares, piedras talladas e inteligencias artificiales.


No entenderemos nuestras crisis en la medida en que no iniciemos la re-comprensión de este mundo tardocapitalista que aún no logramos transformar. Hemos, creo, de realizar el análisis descarnado de todo lo existente, pero siguiendo los rastros del movimiento de lo real. Seguir la huella del dinero, las manchas del poder, las chatarras de la tecnociencia, los humos de la fábrica, los aromas de bosques, playas y montañas, y los olores del hogar. La “falta de calle” sólo se compensa con buena teoría. El sentido común, en buena medida, es corto para pensar. Y al teórico, que suele despegarse mucho de tierra firme y volverse arrogante, le falta reconocerse como uno más que co-habita la ciudad.

Además de materiales e históricos, somos animales relacionales. Pero no estamos hechos sólo de proximidades y cercanías sino que, en el horizonte de nuestra condición social cotidiana, se agolpan, mezclan y conviven lenguajes, afectos, ideas y valores, presentes y pasados, desde lo ancestral hasta hoy, formando una enorme corriente de lo sociohistórico. Ella nos emparenta con múltiples linajes culturales, enraizados ecosistémica, planetaria y cósmicamente. Políticamente, somos círculos dentro de círculos, desde cada cuerpo hasta la sociedad planetaria. Bajo un mismo cielo, cada vida humana se integra con las demás en la comunidad universal real de nuestra especie, en la que cada miembro está conectado moralmente con los demás. Eso, a pesar de que las sociedades no funcionen con esa premisa.


Ya vamos comprendiendo lo que perdemos de vista con la automaticidad que nos arrastra. Vamos comprendiendo nuestras crisis que, de forma enmarañada, nos enredan a todas y todos, tal como el coronavirus recientemente enseñó. La enfermedad de nuestro tiempo es quedar prendidos de lo aparatoso, de esa trama de apariencias reales –lucecitas, cifras, pantallas, botones, signos, etc.– que impide toda sobriedad de la inteligencia. Lucidez. La filosofía es el esfuerzo por ganar lucidez no sólo frente a los problemas que nos presenta la vida social, sino, también, frente al carácter inercial mismo de esa vida, que la deja como algo exterior, monolítico, amenazante y opresor, opuesto a la conciencia libre de cada humano.


La filosofía surge allí donde las certidumbres se han disuelto. Difícil es imaginar ese momento filosófico originario: una solitaria pensante frente a todo lo que la rodea y se abre ante sus asombrados ojos. Todos los pensadores posteriores han pensado sobre la base de creencias previas, y se han visto obligados a pensar cuando ese suelo de certidumbres se ha hundido bajo sus pies. Cuando se han visto envueltos en un “mar de dudas” como escribió genialmente Ortega y Gasset. Desde esta perspectiva, la filosofía es parte del esfuerzo humano por crear sentido desde las posibilidades que se abren con la realidad. En nuestras formas de vivir, inquietas y cambiantes, vamos arañando los límites que separan nuestro mundo de lo real, que esconde bajo sus faldas tanto lo inhóspito, desquiciado y doloroso como lo acogedor, sensato y reconfortante.


Es por esto último, lo acogedor, que el ser humano no renuncia fácilmente al esfuerzo de vivir. Frente al dolor, la muerte, la violencia –en general, al sufrimiento– hay un NO original, que consiste en superponer a lo dado lo que podría ser, lo que quisiéramos que fuera, otra vida, otro destino. Y si podemos imaginar esto, es porque se ha podido, antes, sentir y entrever algo de esa otra vida, aunque sea en destellos fugaces. Cuando irrumpe lo inesperado y la contingencia, y cuando, al mismo tiempo, ninguna tradición o poder es capaz de responder y dar sentido, es ahí, frente a esa alteración, que la filosofía emerge como un filosofar en medio de la ciudad con otras y otros, en la plaza, como actividad cívico-política propiamente social, hablada, dialógica, y reflexiva.


A estas alturas de la historia, el mundo se nos ha vuelto una mole de presencia ominosa, que desgasta nuestra capacidad de prestar atención, reflexionar y decir con honestidad lo que pensamos. Al mismo tiempo, los sentidos que portaba el pasado, las herencias y logros de reflexión humana, parecen no resonar en nuestra acelerada y excesiva existencia. Para empeorarlo todo, el business del capital y el poder, reemplaza allí donde haya pensamiento genuino, la inteligencia por la repetición de las opiniones de la propia tribu; donde exista duda y crítica, apagarlas con vociferación, burla y acusación; donde haya complejidad y se requiera paciencia, esquemas simplones y soluciones rápidas; allí donde subsista la pregunta como deseo, taponearla con manuales y dogmas teóricos. Y si, obstinada, la filosofía insiste en fastidiar, se la puede ahogar a punta de castigos y balas. Mal que mal, esto es historia vieja. Si no lo crees, pregúntale a Sócrates.

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