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José Salem: “Los dilemas morales del ser humano son los mismos en cualquier época”

José Salem es abogado y fue docente universitario. Estudió lengua y civilización francesa en la Sorbona, e historia del arte en el Museo Nacional de Bellas Artes. Ha escrito novelas, relatos y poesía en castellano y en francés. Vive en Buenos Aires y en París. 

Autor de Donde la vida nos lleva y Dominó, ahora presenta Cuarenta y nueve días bajo la niebla, el primero de sus libros en el que se vuelca a la ficción histórica. 


Después de haber explorado temas tan contemporáneos en tus obras anteriores, ¿qué fue lo que te sedujo de las Invasiones Inglesas para situar esta nueva historia?

Me sedujo la idea de imaginar el comportamiento de la gente común durante un conflicto bélico. Y lo que encontré de particular en la primera invasión inglesa fue su corta duración: en solo cuarenta y nueve días los británicos tomaron Buenos Aires, la ocuparon y volvieron a perderla. Ese acotado lapso me permitió jugar con las emociones y las expectativas de los personajes, sobre todo gente común, en un período de incertidumbre y de un cambio tras otro. Más allá del contexto histórico, me interesó explorar, sobre todo, la manera en que vivió el ciudadano común esa época tan revolucionada e imaginar cómo eran los habitantes de Buenos Aires hace más de dos siglos. 


¿Qué representa para vos esa "niebla" que domina el título? ¿Es solo un recurso atmosférico o funciona como una metáfora de la confusión política y moral de la época?

Representa varias cosas a la vez. Por un lado, la trama se desarrolla en un invierno al costado del Río de la Plata, por lo que la niebla era casi una habitante más, sobre todo en ese 1806 que, por lo que pude investigar, fue un invierno muy neblinoso. Por otro lado, reconozco, también, su costado metafórico: esa niebla alude a la confusión política que mencionás -no debemos olvidar que si bien Buenos Aires aún era colonia, los efectos de la independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa se hicieron sentir en estas tierras como un ansia de independencia- pero, sobre todo, refiere a la confusión moral de sus personajes en ese contexto. De todos modos, creo que los dilemas morales del ser humano, los más profundos, más allá de ciertas particularidades, son los mismos en cualquier época y geografía, sea una de paz o de guerra, de abundancia o de carencias: los hombres y mujeres tenemos los mismos conflictos de base, sobre todo con nosotros mismos, desde Adán y Eva.


¿Cómo manejaste el equilibrio entre la rigurosidad de los hechos históricos de la Buenos Aires colonial y la libertad que te exige la trama de suspenso?

El equilibrio que mencionás fue todo un desafío. En la novela hay personajes reales -el Virrey de Sobremonte, Pueyrredón, Beresford, Liniers, Ruiz Huidobro, por citar algunos- que conviven con otros ficticios. El respeto a los hechos históricos y la verosimilitud fueron las premisas que tuve en consideración en todo momento y me moví dentro de ellas. Así, hechos y circunstancias que ocurrieron conviven en la novela con otros totalmente ficticios pero verosímiles. No ha sido simple hacer hablar a ciertos personajes históricos teniendo en cuenta la pauta de verosimilitud apuntada.

Pero esas premisas no me impidieron dar rienda suelta a la imaginación: me moví en todo momento con libertad para generar el suspenso que referís y, en general, para desarrollar el costado ficticio de la trama y, te aseguro, fue un desafío apasionante. En síntesis, el debido respeto a los hechos históricos no me impidió el desarrollo ficcional, solo lo tuve presente en todo momento para evitar caer en distorsiones.


En la novela presentás a la familia Etcheverry bajo una gran presión. ¿Buscaste que funcionaran como un microcosmos de la sociedad de la época?

De alguna manera, es como decís. Se trata de una novela coral en la que la familia Etcheverry funciona como nudo central o de referencia: en su seno encontramos representantes de todas las ideologías, no solo políticas -proespañoles, probritánicos e independentistas- sino, también en cuanto a la mirada que tienen sobre la vida. En definitiva, más allá del conflicto bélico, es una novela que abreva en las relaciones humanas, se detiene en el amor y en la amistad, y analiza las fidelidades en el sentido más amplio de la palabra. Ese es el costado que -independientemente del contexto histórico o geográfico en que la acción se desarrolle- más me interesa profundizar al escribir: lo que la mujer y el hombre común sienten, piensan, creen y desean y, sobre todo, el conflicto interno, consigo mismo, que tales creencias y deseos les genera.


Le das un lugar relevante al tema de la esclavitud. ¿Sentís que es necesario rescatar esas voces que la historia oficial muchas veces dejó en un segundo plano?

Mucho se ha escrito sobre el tema. Existen tratados, ensayos y montones de obras que analizan la esclavitud de forma seria y precisa. Lejos de eso, dado que soy novelista, en Cuarenta y nueve días bajo la niebla me interesó hablar de la esclavitud desde el punto de vista del esclavo. De nuevo, a la manera de los otros personajes, imaginar como vivía, sentía, sufría y soñaba, qué expectativas tenía desde ese incómodo e inhumano lugar. Así, a partir de un personaje que tiene bastante presencia en la novela, el de Teodora, una de las esclavas de los Etcheverry, y de dos o tres esclavos más, he intentado meterme en sus pieles y tratar de sentir como ellos lo hacían. Es, ciertamente, y como bien sugerís, una suerte de rescate de voces que la historia oficial tal vez haya ignorado.


Tus personajes suelen enfrentarse a dilemas. ¿Creés que un contexto de crisis, como una invasión, es el escenario ideal para revelar la verdadera esencia de una persona?

La crisis, a mi entender, es inherente al ser humano, y los dilemas a los que se enfrenta también lo son. Pero, del mismo modo, creo que un contexto de crisis general arrima un elemento adicional a su crisis permanente y a la de la sociedad en la que habita. Las crisis sobre las que me interesa indagar, en esta o en cualquier otra de mis obras, son aquellas que funcionan como motor de cambio, crisis creativas que hacen evolucionar a los personajes, y cuando digo «evolucionar» quiero decir, puntualmente, avanzar hacia el propio conocimiento. 


Aunque es una novela de época, el enigma y el crimen están muy presentes, algo con lo que ya venías trabajando. ¿Te sentís más cómodo como un autor de género policial que usa la historia como escenario o viceversa?

En realidad no me siento un autor de género policial, ni siquiera uno de género negro, pese a que tanto en Dominó como en Cuarenta y nueve días bajo la niebla el crimen está presente. En ambos casos me serví de ciertos delitos para exponer a los personajes a situaciones extraordinarias e impensadas: buceé en la psiquis humana para tratar de identificar y describir los procesos internos a los que se ven sometidos los personajes ante esas situaciones extremas. En cualquier caso, y respondiendo en concreto a tu pregunta, me siento sobre todo un autor que se valió de la historia como escenario para desarrollar la trama; así, la Historia, con mayúscula, más allá de los aportes que realiza a la novela, me ha servido como escenario, un tanto original para el lector actual -dado que los hechos ocurren en un período anciano ya de unos doscientos veinte años-, para poder desarrollar la historia, en este caso en minúscula, de personas comunes, que quise contar.


Mencionaste alguna vez que buscás que el lector proyecte el pasado en la realidad actual. ¿Qué vicios o virtudes de aquella Buenos Aires ves todavía presentes en nuestra sociedad hoy?

Es cierto, me interesa sobremanera abrevar en el pasado para entender el presente. En el caso de mis personajes, que ellos se remitan a experiencias antiguas para tratar de comprender el hoy y, en especial, de comprenderse a sí mismos. Las experiencias lejanas son un material invalorable y esencial no solo para entender nuestros pensamientos y creencias sino, también, para entender nuestras conductas y, valiéndonos de ese pasado que por antiguo no deja de estar omnipresente, intentar avanzar a paso más firme.

Aclarado eso, una vez terminada la primera versión del manuscrito, me sorprendió mucho el hecho de advertir que ciertos vicios que veo en nuestra sociedad actual ya estaban presentes hace más de dos siglos. Concretamente, me refiero a una sociedad bastante individualista en la que prima el interés personal por sobre el colectivo. En el mismo sentido, se tiene un cuidado, diría, tal vez, extremo, en lo privado, mientras se descuida lo que es público y, por ende, de todos. Eso dicho, por supuesto, recurriendo a una generalización, con la limitaciones que las mismas suelen tener.

Respecto de las virtudes, en la investigación que debí realizar antes de ponerme a escribir también advertí que el porteño en esa época tenía, y el argentino hoy conserva, una calidez y apertura en el trato que lo identifica, además de esa «facilidad» para buscar -y encontrar- soluciones alternativas a problemas imprevistos que se presentan en el día a día; en este último sentido, creo que tenemos una capacidad de adaptación a los cambios y un poder de reacción ante situaciones imprevisibles que es admirable. 

Una última reflexión. La «grieta», tan nombrada desde hace tiempo, aparece en esta novela como si acompañara estas tierras desde hace siglos.


Vivís en París pero escribís sobre las raíces rioplatenses. ¿Esa distancia geográfica te da una perspectiva más nítida o te envuelve en una "niebla" de nostalgia a la hora de crear?

Ante todo, aclaro que Cuarenta y nueve días bajo la niebla fue escrita mientras vivía en Argentina ya que la primera versión la terminé entre el 2010 y el 2011, más allá de las innumerables correcciones, adaptaciones y replanteos que sí fueron hechos ya viviendo en París.

Pese a ser alguien orgulloso de sus raíces, e influido enormemente por ellas, y a profundos afectos que quedaron en mi Buenos Aires querido, nunca sentí nostalgia, no solo a la hora de ponerme a escribir sino, tampoco, en mi vida cotidiana. Dicho eso, soy un convencido de que las distancias resultan positivas, sobre todo a la hora de crear, ya que permiten, precisamente, alejarse de esas raíces, de muchos seres y lugares amados, lo que facilita ver las cosas con mayor claridad y tener una perspectiva diferente. La toma de distancia me ha aportado un análisis algo más objetivo -con el limitado grado de objetividad que, en tanto sujetos, nos es permitido, claro- de las situaciones, hechos, personas y hasta sentimientos que han sido y que continúan siendo parte de mi vida. Desde ese punto de vista, a la hora de escribir gano en claridad mental y sensorial, como si la niebla la hubiera dejado en el pasado, allí donde viví tantas décadas; en definitiva, la distancia me ha dado cierta ligereza y libertad en el proceso creativo.


Si pudieras elegir una sola reflexión para que el lector se lleve al cerrar el libro, ¿cuál te gustaría que fuera?

Si todos prestásemos especial atención al pasado, no solo al de nuestro país o sociedad sino, sobre todo, a nuestro pasado personal, comprenderíamos muchas cosas y, en particular, encontraríamos interesantes herramientas que nos permitan vivir mejor. Como dijo Dostoievski, la segunda mitad de la vida de un hombre está hecha únicamente de los hábitos adquiridos en la primera mitad, pero esos hábitos, me permito agregar, no son necesariamente inmodificables. 


¿Tenés pensado seguir explorando el pasado en tus próximos proyectos o planeás volver a la narrativa de la fragilidad humana en contextos actuales?

Ese es uno de los tópicos que más me interesa: la fragilidad, y la fortaleza como contracara, del ser humano. Haber incursionado en una trama histórica para decir lo quería decir fue una suerte de sorpresa para mí. Reconozco que he ido cambiando de temáticas y hasta de géneros -desde el cuento, la novela de tintes negros y, ahora, la histórica- como una cuestión casi instintiva, aunque creo que voy a continuar con la narrativa que tan bien definiste como «de la fragilidad humana en contextos actuales». De hecho, no hace mucho terminé una novela que trata, justamente, de las fortalezas y fragilidades que tenemos todos pero, en especial, de la búsqueda de respuestas en el propio pasado que devienen indispensables para poder seguir el camino, para poder respirar, diría; una búsqueda personal que para el protagonista se erige como vital y, por lo tanto, indispensable. Ya no puede seguir haciéndose el tonto y, por lo tanto, se ve obligado a enfrentar un pasado que prefirió ocultar hasta que la realidad se le plantó de frente y no le dejó otra alternativa que abrir los ojos.


Tres libros que te hayan inspirado y quieras recomendar.

No es sencillo elegir solo tres porque, como pienso y suelo decir, «somos lo que leemos» y, por lo tanto, escribimos lo que leemos; de ahí que podría decir, sin equivocarme, que todo lo que he leído, por lo mejor o por lo peor, me ha inspirado.

Pero en tren de seleccionar, recomiendo El hombre del subsuelo de Fiodor Dostoievski, Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares, y Pregúntale al polvo de John Fante.


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Cuarenta y nueve días bajo la niebla
José salem


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