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Julia y los cuerpos: sobre la serie Erótica

"Su fotografía nunca es cruel, porque siempre está enamorada de lo que fotografía (…) no se burla nunca de nadie, no expone, no delata, no se aprovecha, no es nunca desconsiderada con nadie (…) Me gusta porque no es fundamentalista ni para arriba ni para abajo, ni para la izquierda ni para la derecha".


Así habló el poeta Claudio Bertoni acerca de las imágenes de Julia Toro. La conoció cuando era una mujer cercana a los 40 años, recién separada y con varios hijos. En ese transe, Julia se adueñó de sí misma, comenzó a hacer fotos y, desde entonces, nunca más dejó de encuadrar y editar todo lo aquello que le conmovía. La primera foto que hizo fue de su hija adolescente embarazada, con una tremenda panza, sacándose la polera. La imagen es profunda e intensa y, a la vez, relajada y natural como toda su obra.


Julia Toro traza la erótica cotidiana de los cuerpos. Más allá de ser miradas, sus imágenes solicitan que el observador participe en la trama de su deseo.


Sus fotos no representan el erotismo, sino que lo encarnan. Crean un espacio de placer que nos arrastra incluso fuera del encuadre: será porque Julia fotografía en el placer. En el momento en que está retratando a sus modelos no está intelectualizando, sino corporalmente involucrada, experimentando y componiendo visualmente la escena. Ella habla del “estado fotográfico”, que es la sensación física, mental y emocional en que se encuentra mientras está haciendo las fotos y que describe como gozosa y complacida.


Estas imágenes fueron tomadas en los años 80, década en la que Julia fotografió compulsivamente, en plena dictadura. La fotógrafa nos allega a seres próximos a ella, a sus consanguíneos y a sus amigos, a quienes registró y atesoró, con permiso y con cariño. Sus fotos suceden en los departamentos y casas donde ellos viven, nunca en una boite, en un bar o en un prostíbulo. Y es que ella no fotografía a “los otros”, sino a los suyos. Está vinculada emocionalmente con la gente que retrata y por eso sus escenas siempre resultan naturales, contaminadas por el azar y profundamente amorosas.

En un momento en que muchos fotógrafos estaban en la calle registrando protestas y eventos políticos, Julia estaba retratando la invisible expresión de los cuerpos en el espacio privado. Pero la imagen corporal, lejos del virtuosismo o la exacerbación estética, se diluía. Fragmentados, borroneados, difusos, imperfectos, estos cuerpos se ofrecen como pura energía.


Ella dice que la gente que retrataba estaba muy sexualizada. Muchos eran jóvenes del underground, buenos para la noche, liberales y activos sexualmente. Mientras en la calle los cuerpos estaban siendo vigilados y castigados, puertas adentro se liberaba el deseo. Quizás sea porque la emergencia de lo erótico necesita de la transgresión.


Julia juega a bordear los atajaderos, a equilibrarse justo en el límite del desacato, y para eso se hace invisible de tan cercana. Nunca quiso retratar un acto sexual. Lo que le interesaba era el pasatiempo erótico, su devenir zigzagueante, pero no su consumación. Quizás intuía la imposibilidad de registrar coito con el consentimiento de los amantes, sin que su presencia convirtiera la escena en artificio. De hecho, una vez le insistieron y lo hizo. Pero, apenas la pareja comenzó a copular, la fotógrafa se aburrió: le pareció una farsa. Esas fotos se perdieron.






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