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La censura y los lectores sensibles: a propósito de la adaptación de obras literarias


La discusión sobre la censura de obras literarias para niños y jóvenes ha sido tan prolífica como intensa en el último tiempo. Durante 2021 y 2022, los estados de Texas, Pennsylvania, Oklahoma y Florida aumentaron el número de leyes orientadas a revisar libros “controversiales” y eventualmente retirarlos de establecimientos educacionales públicos. En Florida, muchos de estos casos de censura se han apoyado en la ley apodada Don´t say gay, que ha reformulado currículums y restringido la formación sobre temáticas de orientación sexual e identidad de género en preescolar y primaria. Leyes similares en Tennessee, Arizona, Idaho y Oklahoma buscan además prohibir ciertos eventos realizados por drag queens, como Drag Queen Story Hour, una actividad de mediación lectora orientada a público infantil. Más recientemente, en junio de 2023, escuelas del estado de Utah prohibieron la utilización de la Biblia a partir del reclamo de un apoderado, por considerar que su contenido es "vulgar y violento"[1].


A la par de casos como estos, y pese a las polémicas y resistencias que han generado en la opinión pública, a nivel global se continúa impulsando el escrutinio de obras literarias en espacios educativos buscando evitar su circulación en tanto podrían representar una amenaza para la integridad de niños y jóvenes. A continuación, nos gustaría extender una invitación a reflexionar en torno a la censura contemporánea, para pensar tanto en la prohibición de ciertos textos como en los mecanismos que operan tras este tipo de decisiones y prácticas. Para esto, tomaremos el caso del ya clásico autor británico de literatura infantil Roald Dahl, y las recientes acusaciones de censura de sus obras.


Roald Dahl, el difunto autor de famosos libros infantiles como Matilda, Las brujas, El superzorro y Charlie y la fábrica de chocolate, fue noticia en febrero de este año cuando la editorial inglesa Puffin, que lleva más de 40 años comercializando sus obras, anunció la publicación de nuevas versiones de los textos adaptadas para lectores sensibles contemporáneos[2]. Los libros, publicados en inglés, incluyen esta nota introductoria: “Las maravillosas palabras de Roald Dahl pueden transportarte a diferentes mundos y presentarte a los personajes más maravillosos. Este libro se escribió hace muchos años, por lo que revisamos regularmente el lenguaje para asegurarnos que todos puedan seguir disfrutándolo hoy”. Las adaptaciones fueron realizadas tras un análisis por parte de la consultora Inclusive Minds, a través de una estrategia denominada de editores sensibles, que concluyó con la realización de modificaciones en la descripción de la apariencia física de los personajes (eliminando palabras como “feo”, “gordo” y “flaco”) y agregando algunas aclaraciones (por ejemplo, indicando que no solo las mujeres calvas pueden utilizar peluca, y que no hay nada de malo en hacerlo).


Si bien la práctica de lectores sensibles lleva algunos años instalada, es primera vez que su impacto es relevado de manera tan mediática, visibilizando la habitual labor de editar textos y actualizar usos del lenguaje. En una entrevista a Lynn Brown[3], una lectora sensible profesional, ella describe su rol como la de un editor o, más bien, como la de un tipo particular de editor, uno preocupado de que “grupos marginados” sean respetados y representados adecuadamente en los relatos de ficción. Esta primera decisión editorial logra levantar ya algunas sospechas, o un potencial nodo problemático en lo que respecta a la literatura infantil y juvenil, y es que aplicar la lógica de los lectores sensibles a textos orientados a niños y jóvenes parece atentar contra sus propios principios de inclusión y diversidad al no convocarse lectores de esas edades a realizar dicha lectura sensible. Si es que el propósito de los lectores sensibles es incluir a “grupos marginados”, a través de la ya problemática figura de un lector único responsable de encarnar a un conjunto heterogéneo de personas, en el caso de las adaptaciones a las obras de Dahl, resulta evidente que los lectores objetivo no están siendo considerados como “grupos marginados” dignos de ser incorporados a la discusión. Nadie les ha consultado directamente a niños/as. La utilización de lectores sensibles, en este caso, reproduce normas adultas tanto en su práctica como en su lógica, perpetuando la imposición de autoridad hacia lectores jóvenes en función de su edad, fenómeno denominado aetonormatividad[4], o edadismo, cuando lo pensamos como una práctica de exclusión que opera de manera similar al racismo o el sexismo.


La editorial Puffin estaba autorizada por la Roald Dahl Story Company, que maneja los derechos de las obras, y por lo tanto, las nuevas versiones de los textos también usan el nombre del autor, ya que la empresa tiene la “propiedad” para hacerlo. Aunque desconocemos si Dahl en vida habría autorizado estas modificaciones, quizás podríamos arriesgarnos y prever su desacuerdo, especialmente si tomamos en cuenta que una de las principales características de su obra es abordar fenómenos controversiales en la literatura infantil, como lo son la pobreza y el maltrato, a contracorriente de las tendencias imperantes en su época.


Tras anunciarse la publicación de las versiones adaptadas, las redes sociales rápidamente denunciaron el hecho como censura: se publicaron innumerables columnas de opinión y aparecieron varias notas de prensa en medios de comunicación que no suelen cubrir temas relacionados a la literatura infantil. Y, a los pocos días, al ver la magnitud de la defensa de las obras originales, Puffin tomó una decisión que también resulta tremendamente interesante: continuar con la comercialización de las obras adaptadas y, en simultáneo, publicar las versiones intactas[5]. De este modo, tanto el reclamo contra la adaptación de las obras como el interés manifestado por las versiones originales de los textos abren una nueva oportunidad comercial para la editorial. Las denuncias de censura dieron forma a un nuevo público al que atender, algo que Puffin aprovechó para nutrir su catálogo: las versiones originales -en un sello editorial dirigido a público adulto- complementadas con material de archivo a modo de contextualización histórica y resolución para los reclamos sensibles contemporáneos.


Casi algorítmicamente, a través de la efervescencia de las redes sociales y los medios de comunicación masiva, se han segmentado para el mercado las audiencias posibles de una misma obra, creando una ilusión de diversidad en el campo literario, y traspasando al lector la decisión respecto a qué versión de la obra validar a través de su consumo. Esto al mismo tiempo que se respaldan discursivamente aquellos textos publicados con la intención de ser más respetuosos con los “grupos marginados”, esperando que tengan una mejor recepción si no comercial al menos sí moral.


Por otro lado, nos parece tremendamente relevante cómo se conceptualiza la censura en este caso, ya que en el último tiempo los debates académicos han explorado la dificultad de distinguir entre la prohibición y las redes de regulación como una forma de legitimación cultural, en el cual los textos adquieren mayor o menor valor en términos de su deseabilidad. En este sentido, y de acuerdo con los postulados de Bourdieu, cada versión de un mismo texto puede ocupar un lugar distinto en el campo literario. Como práctica, la censura ha expandido su campo de acción para incorporar nuevas estrategias, y no refiere ya solo a modificaciones autoritarias, soterradas y poco transparentes realizadas desde políticas de estado. Para el caso de Dahl, llama la atención que su "censura" sea a la vez una estrategia comercial que posibilita una mayor amplitud y diversidad de lectores potenciales, aunque se pierda el estatus de “obra original”. Al cumplir la función de ajustar y potenciar la ubicación de Dahl en el campo editorial y comercial, las adaptaciones de Puffin no operan propiamente como censura, algo que ocurre también, por ejemplo, con las traducciones, dónde son habituales las licencias -pequeñas o no tanto- a la hora de adaptar una obra a un nuevo público, y, tal vez de forma mucho más masiva y reconocible, con las adaptaciones cinematográficas de los libros, donde suelen eliminarse algunos pasajes o cambiar acontecimientos de escenario, y no por eso entender estas nuevas obras como versiones censuradas de las originales.


Si tenemos en cuenta que la adaptación de la obra de Dahl y sus modificaciones fueron hechas para amplificar su circulación actual hacia lugares en los que no se encontraba y nuevos públicos lectores, se hace difícil no poner en duda las acusaciones de censura surgidas a principios de año. Si entendemos que el objetivo de cualquier censura es impedir o dificultar que las obras circulen libremente, entonces el caso de Ronald Dahl podría iluminar los modos en que, discursiva y mediáticamente, es conceptualizada actualmente la censura. Y esto es justamente el último punto sobre el que invitamos a reflexionar: en el contexto capitalista actual, muchas modificaciones a los textos se hacen para que las obras no pierdan su capacidad de proliferar y así poder explotarlas comercialmente con versiones levemente distintas pero siempre como novedad.


Entonces, podemos estar de acuerdo o no con los cambios realizados a las obras de Dahl, pero considerar que su adaptación constituye una censura pareciese difícil de sostener. Frente a esto se abren preguntas sobre el estatus de lo censurado: cuando una editorial recibe un manuscrito ¿lo está censurando si decide no publicarlo?, cuando se actualizan las listas de lectura complementaria de los colegios, ¿se está censurando a los libros que se decide que ya no formen ya parte de ella?, cuando se evalúan obras en un concurso y son seleccionados solo algunos ganadores, ¿se está censurando a los demás? Y, también, ¿cuántos son los filtros y condiciones que deben atravesar actualmente los libros infantiles para llegar a sus lectores finales?, ¿cuáles son los libros que sí cumplen con todos los requisitos que les exigimos? Y, por sobre todo: si no existieran las versiones adaptadas de los libros de Dahl, ¿cuáles son los libros que sí estarían aptos para los lectores sensibles?


Considerando todo lo anterior, queremos invitar a reflexionar también sobre la estrategia de modificación de los textos por la que optó la editorial Puffin para la obra de Dahl. Reemplazar palabras como “gordo” por “grande” nos debería parecer insuficiente para combatir sesgos racistas, misóginos, adultistas, o que pudieran provocar frustración o irritación. Pero en vez de abordar si es que esas decisiones editoriales efectivamente resuelven las condicionantes de inclusión de los así llamados “grupos minoritarios” en la literatura infantil, la discusión en torno a este caso se ha centrado principalmente en la protección de los derechos de autor, asumiendo que estar a favor de que los textos continúen circulando intactos implicaría no tener críticas hacia estos. Ponernos en contra de la adaptación de textos por criterios de sensibilidad parece colocarnos en una falsa disyuntiva: o apoyamos la propiedad intelectual del autor y con ello autorizamos la divulgación de discursos que hasta podrían entenderse como de odio, o estamos en contra de la libertad de expresión. Ante esto, resulta entonces fundamental discutir en torno a cómo ciertas modificaciones en las obras literarias permiten crear otros modos de relacionarnos, entendiendo que bien podríamos fomentar la circulación de textos cuestionables precisamente para criticar las visiones de mundo que presentan, en vez de restringir los discursos y las posibilidades de la ficción.


Soledad Véliz, Ignacia Saona y Ja’nos Kovacs



*Este texto forma parte del proyecto “Infancia y censura”, Fondo del Libro folio 634892, financiado por MINCAP convocatoria 2022.


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