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La falla más humana

Una rapaz nocturna, entre medio de las ramas de un árbol, necesita narrar la historia de una cuadra. La historia de un puñado de pobladores que resisten al desalojo de sus casas por parte de una “Compañía” que los acecha y que, luego sabremos, ha hecho lo mismo con ella en otros tiempos, la búha y su familia.


En Falla humana (2023) de Diamela Eltit, quien habla tiene las facultades para hacerlo. Posee visión nocturna, sigilo y astucia. Y también posee distancia. ¿Para qué? Para contar. Para escribir la historia. No podría ser de otra forma: el ave que elige Eltit es propia de la noche, allí donde las cosas pierden sus contornos y se fraguan todos los planes de la Compañía para desalojar a los habitantes de la cuadra. Ellos lo saben y por tanto se organizan; tienen una vocera y planifican reuniones periódicamente. La búha narra estos hechos desde la rama más alta de un baobab, pero le es imposible involucrarse en el curso de los acontecimientos. Se le ha conferido la capacidad de ver y conocer, a cambio de la impotencia de actuar.


Eltit, con este texto, plantea la fractura originaria de la política, o más bien, la de quienes han enfrentado el poder en determinados momentos de la historia: la no coincidencia entre ver con claridad y actuar premunido de todos los factores en juego. Quien actúa, a causa de encontrarse en medio de los hechos, no puede sino emprender un curso de acción considerando lo que existe en ese momento, las condiciones económicas, jurídicas y sociales de la lucha en el presente. Puede conocer del pasado, puede tener una idea del futuro, pero su material de análisis siempre ha de ser las condiciones del presente. En la novela, quien encarna esta posición es la vocera: una chica cuyo padre fue dirigente social y que ahora se encuentra en estado de postración. Quien observa, por otra parte, lo hace desfasado, a la distancia, incapacitado de actuar en los acontecimientos que se llevan a cabo, porque estos sucesos ya acaecieron, ya surtieron efecto, culminaron. La falla humana es esa maldición, que a su vez constituye su más preciada bendición: quien actúa, no puede ver con claridad el conjunto de los factores en juego; quien ve con claridad los factores en juego, no puede actuar en el momento preciso para cambiar el curso de la historia.


La búha narra de noche porque es el momento donde todo ha dejado de suceder. Quien ve con claridad la historia, sólo puede hacerlo cuando dicho periodo se ha sedimentado en el tiempo. Es el vuelo del búho de Minerva, con la diferencia de que, en este caso, la búha que cuenta la historia de la cuadra no puede volar; está aferrada a una rama indefectiblemente suya. Su función es narrar los hechos y con ello seguir dándole vida a la cuadra, como el historiador comprometido que cuenta la historia a contrapelo de la oficial. Es el gesto benjaminiano por antonomasia: salvar a los muertos del enemigo, pues, cuando estos avanzan, ni siquiera aquellos están a salvo.


Eltit ha escrito en esta oportunidad una novela alegórica, profundamente política, que no rehúye en dar forma a uno de los problemas fundamentales entre la teoría y la praxis: la imposibilidad de ver con claridad y actuar en el curso de los acontecimientos. Es en esta imposibilidad que los desposeídos del mundo se juegan su vida. La oportunidad de lograr una victoria que no sea pírrica.



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