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La novela del capitalismo: a 140 años de la muerte de Marx




Duchamp y el arte que se sigue de ahí es el milagro de convertir una cosa en otra —un urinario o lo que sea en arte— por el solo hecho de decirlo, o sea, gracias a la magia de la palabra. El milagro de la palabra. En el principio fue la palabra. Etcétera. A César Aira le gusta el arte contemporáneo, colecciona o coleccionaba revistas. Probablemente valga para el argentino, o no, lo que se dice de Ricardo Mamaní González, uno de los personajes de Las noches de flores: «le gustaba el arte contemporáneo porque sí, porque le gustaba».

En esa novela de Aira la mención al arte contemporáneo se da en el contexto de una discusión sobre su valor artístico, sobre la belleza que hay o no en él. Discusión que deriva en la cuestión del dinero. Ricardo explica que una de las razones de la proliferación de tanto artista es la necesidad de usar el dinero que sobra en el capitalismo postindustrial; se paga incluso antes de que existan los trabajos, por meros proyectos «y veremos crecer la cantidad de artistas que son mantenidos y premiados por su arte antes de que hagan sus obras». O sea, la nunca bien ponderada especulación: la mental, la conceptual y, cual siamés, la del dinero.

El dinero, ese alquimista que transforma una cosa en la otra, en cualquier otra. Tal como en la mente especulativa A es no-A, y algo puede ser uno, lo otro y todo lo contrario. «Eso es lo que les pasa a los amantes del arte contemporáneo: tienen tal confusión en la cabeza que toman cualquier cosa por cualquier otra cosa», dice uno de los personajes de Las noches de Flores.

Para mayor abundancia, todo el asunto del arte contemporáneo que promueve Ricardo a través de una fundación es en realidad (si es que cabe hablar de realidad) parte de un tinglado para desviar fondos hacia negocios inmobiliarios. Cuestión, el tinglado, muy difícil y muy fácil de probar, dice alguien, debido a las características del arte contemporáneo que, especulo, vienen a ser las mismas de las especulación monetaria: «Y lo es. Dificilísimo. ¿Qué existe y qué no existe en el arte? Pero al mismo tiempo es facilísimo, basta hacer coincidir “cualquier cosa” con “cualquier cosa”».

Dinero por hacer nada, tal vez de eso se trata. Estoy casi seguro de haber leído a Duchamp diciendo que a él no le interesaba el arte, que solo quería tiempo para dedicarse al ajedrez, y entonces hacía arte contemporáneo y certificaba obras con su mera firma. Y le pagaban por eso. Tal vez el arte contemporáneo, o Duchamp, y el resto que se sigue de ahí, es el paraíso de un mundo sin trabajo, digo, el paraíso comunista, el sueño realizado de ganarse la vida sin trabajar. O sea, especulando. Entonces seamos artistas; pero, claro, el asunto es quién pone la plata. Mientras... mientras ocurre el milagro, podemos escribir.

Leer, interpretar. La sociedad como novela, el capitalismo como novela. Ready made. Como una novela de César Aira, imagino. O como Tristam Shandy, la Odisea y por qué no El Quijote; una novela llena de desvíos y entonces de posibilidades. Eso nos daría más derecho, más esperanza para pensar ¿por qué el ser y no la nada? O quizás sea al revés, ¿por qué la nada y no el ser, el deber ser? ¿Por qué trabajar?

La novela del capital se puede escribir, por ejemplo, como fin de la historia, como (supuesto) camino de libertad; también como sátira, que, según Edmund Wilson y Francis Wheen, es lo que habría hecho Marx en El capital, interpretar, escribir el capitalismo, tejer sus hechos como sátira que revela su inhumanidad. Hasta se me ocurre pensar en Hijo de ladrón de Manuel Rojas como novela del capitalismo, en el doble sentido de narrar el capitalismo (y algunas resistencias o libertades) y de ser expresión e incluso obra del capitalismo.

Marx pasó más de veinte años leyendo y anotando en la sala de lectura del Museo Británico para escribir El capital; fue un ávido lector y escritor, apasionado por Hegel en su juventud y por Shakespeare toda la vida. Así lo muestra Wheen. Nos muestra al artista. Sí, al artista: quizás el momento más estimulante y por qué no creativo de su biografía sobre Marx ocurre cuando hace una crítica literaria de El Capital: no ve en el libro la piedra sobre la que iba a construirse el mundo nuevo; no, lo imagina, lo analiza y comprende como una «obra de arte». Pero no en un sentido peyorativo, no mirando en menos la obra, no como esas personas poco ocurrentes que, para desdeñar lo que no les cuadra, dicen «esto es mera literatura», «esto es poesía» o «el resto es música». Al contrario, Wheen ve en eso una virtud, y una virtud reconocida por el propio Marx: «Con todas sus limitaciones, lo bueno que tienen mis escritos es que son un conjunto artístico», le dijo a Engels en una carta. Y en otra, donde se refiere a El capital como una «obra de arte», atribuye el atraso en la entrega del manuscrito a «consideraciones artísticas».

«El Capital no es en realidad una hipótesis científica, ni siquiera un tratado de economía, aunque los fanáticos de ambos lados [esa gente sin imaginación, sin juicio, diría yo] persisten en seguir considerándolo así», anota Wheen.

¿Qué es, entonces?

Es una sátira del capitalismo, una sátira social, tal como las historias de Jonathan Swift; por ejemplo, aquella en que propone solucionar el hambre que sufren los irlandeses pobres convenciéndolos de que se coman a las guaguas que les sobran, o como esa otra, que no es de Swift, pero podría serlo, que propone mejorar las pensiones de los viejos hipotecando sus hogares.

«Si El capital se lee como una obra de imaginación, se puede obtener más valor de uso y por supuesto más ganancia: un melodrama victoriano, o una inmensa novela gótica cuyos héroes están esclavizados y consumidos por el monstruo que han creado», dice Wheen. Como en una comedia, Marx expone las diferencias entre «la apariencia heroica y la ignominiosa realidad» de la sociedad capitalista del siglo XIX. De modo que los absurdos que se encuentran en el libro son un «reflejo de la locura del tema, no del autor».

Marx es un artista moderno, pintor de una sociedad fantástica. Quizás de un gran fantasma. En La historia de El capital de Karl Marx, donde Wheen desarrolla más en detalle tu tesis, leemos: «Karl Marx se veía como un artista creativo, un poeta de la dialéctica». Y se reconocía en un artista en particular, un personaje de La obra maestra desconocida, de Balzac: el pintor Frenhofer, que dedicó diez años de su vida a trabajar en un retrato revolucionario que sería «la más completa representación de la realidad».

Frenhofer se pasa una década pintando, repintando y sobrepintando, y el resultado final es «un revoltijo de formas y colores». Un fracaso, algo irreconocible, que a uno, ser humano de los siglos XX y XXI, rápidamente le suena a un adelanto: no a un chasco, sino a una premonición del arte moderno, abstracto, y entonces algo imposible de comprender para los amigos de Frenhofer, quien, como dijo alguien por ahí, llegó demasiado pronto.

Marx, según Wheen, es como Frenhofer: dedicó más de veinte años a pintar, repintar, sobre pintar su gran obra, El capital, y al final solo entregó un volumen de los seis previstos. Un volumen abierto, enrevesado, inacabado; cual obra moderna. Y más abierto, enrevesado e inacabado si le sumamos los volúmenes publicados tras su muerte: «Al igual que Frenhofer, Karl Marx era un modernista avant la lettre», dice Wheen. De hecho ya lo era, no en la forma, pero si en el contenido, en el Manifiesto comunista, cuya idea de que todo lo sólido se disuelve en el aire parece hablar del vacío y la irrealidad que describirá Eliot, o del desplome del centro que dirá Yeats, y por qué no esa modernidad tardía, líquida, acelerada, posmoderna en la que dicen que vivimos. Claro que en El capital el modernismo alcanza también a la forma, si todavía cabe distinguir entre materia y forma. Según Wheen, la obra es un collage literario radical: Marx yuxtapone voces y citas de la mitología, la literatura, los cuentos de hadas, de informes de inspectores de fábricas: «El capital es tan disonante como la música de Schönberg, tan espeluznante como los relatos de Kafka». Y entonces uno, o yo que escribo esto, está tentado a decir obviedades como que el Capital (no solo el libro, pero también) es lo moderno... todavía.

Pedazos de mineral por los que se pagan millones, mercancías que se compran en cien y luego se venden en cien más equis (sin que nada haya cambiado en ellas), personas que disponen de otras personas como recursos, el dinero como fin y no como medio. En tiempos de Marx, el capitalismo industrial era todavía una tierra incógnita. Eso dice Wheen. Aquel mundo es el que se propuso explorar el poeta de la dialéctica, «y desde el principio advirtió a sus lectores de que se estaban adentrando en un reino de fantasía donde nada es lo que parece».

Quizás ese sea el gran descubrimiento de Marx, el mundo de «espectros y apariciones» que es la sociedad capitalista. Un «reino de lo absurdo», en el que las relaciones sociales son fantásticas, asumen la forma de relaciones entre objetos; un mundo de fantasía, de fetiches. Este mundo. Que, para ser descrito y criticado, requiere de un chiste gigantesco, de una sátira. Algo como Tristam Shandy, la novela inconexa y deshilvanada de Laurence Sterne, que fascinó a Marx: «Como Tristam Shandy, El capital está lleno de paradojas e hipótesis, explicaciones abstrusas y ocurrencias fantásticas, narraciones ficticias y agudezas originales».


¿Entonces El capital es una puesta en escena, o en papel, del capitalismo, de su absurdo, caos, misterio? ¿Y el Capital? «A primera vista —escribe Marx—, una mercancía parece una cosa obvia, trivial. Su análisis indica que es una cosa complicadamente quisquillosa, llena de sofística metafísica y de humoradas teológicas». Y eso que está hablando de objetos, en el siglo XIX, del capitalismo industrial; si un abrigo es una cosa metafísica y teológica, ¿qué serán entonces los objetos del capitalismo financiero y digital? ¿Son Dios? Digo: si todavía ningún químico descubre el valor de cambio de las perlas, pobre del químico que quiera descubrir el valor de cambio de un iPhone o, peor, de Google.


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