La política sin imagen de sí misma
Sobre Afantasía de Chile de Arnaldo Delgado
El libro de Arnaldo Delgado, Afantasía de Chile, llega justo a tiempo para recordarnos lo que no alcanzamos a pensar al calor de los hechos. Entre el inicio del gobierno de Gabriel Boric y el triunfo de José Antonio Kast en segunda vuelta, Chile vivió una seguidilla de eventos políticos superpuestos y vertiginosos, sin tiempo para decantar. Cada vez que quisimos entender lo que estaba pasando, ya estábamos votando de nuevo. El libro opera como una bitácora de esa aceleración para frenarnos un momento y obligarnos a mirar lo que se nos pasó como una ráfaga.
Primero, un nosotros fracturado
A lo largo del libro, en varios de los ensayos, el autor propone una pregunta que parece sencilla: ¿quiénes somos? Como parte de los diagnósticos políticos que nos hacen falta desde hace años, deberíamos poder decir fácilmente quiénes somos juntos -no como retórica identitaria, cuestión frente a la que Arnaldo Delgado se posiciona en contra-. Lo que describe a propósito de los dos procesos constituyentes fallidos no es solo un relato de errores tácticos: es la constatación de que no existe un sujeto político claro ni una experiencia suficientemente compartida. Es lamentable, pero hoy parece que el estallido social fragmentó más de lo que articuló, no porque eso sea lo que hace una revuelta popular, por supuesto, sino por el modo en que (no) supimos decantarlo. Hoy somos una sociedad con desconfianza, fatiga y una falsa pero aparente polarización. Tenemos claras diferencias que no nos permiten constituir proyecto, pero no estamos en extremos opuestos. Lo que falta, dice Delgado, no es unidad política en sentido estricto. Falta una narrativa común que haga posible reconocerse en otros, una communitas, una forma de debernos entre todos que nos aleje de esta inmunidad comunitaria que hemos desarrollado, propone Arnaldo.
Segundo, la carencia de imaginación (o la afantasía)
El concepto que da nombre al libro es, creo, un aporte en sí mismo para pensar nuestro país. La afantasía —condición en la que una persona es incapaz de generar imágenes mentales— se convierte aquí en metáfora de un problema político y civilizatorio: la incapacidad de imaginar un futuro compartido. La crítica que hace Arnaldo, en principio, parece direccionarse hacia el gobierno de Boric y su sector, especialmente el Frente Amplio, lo que aparece como el terreno más concreto del análisis.
Sin embargo, a poco andar vemos que nos propone un problema más general: toda una generación política llegó con programas, pero sin horizonte. Con movimientos tácticos, pero sin estrategia. Hay una diferencia fundamental entre un programa de gobierno y una imagen de futuro, y esa diferencia es precisamente lo que el libro pone sobre la mesa. Sin esa imagen, la política se convierte en administración de la contingencia, en gestión del presente sin brújula. El gobierno prometió transformaciones profundas y terminó administrando lo que ya teníamos. Qué diría Gramsci, uno se pregunta leyendo estas páginas, sobre una izquierda que gana el gobierno sin haber ganado la hegemonía (solo hace falta pensar en el nuevo gobierno).
Tercero, un malestar que no construye, pero derriba
La tercera pregunta que se aparece leyendo el libro es quizás la más incómoda: ¿cómo estamos? Y la respuesta, entre líneas más que explícitamente, es que no estamos en condiciones de construir algo nuevo. En cambio, tenemos la energía para bloquear, para castigar, para desarmar. El malestar social no se tradujo en un nuevo proyecto político, sino en lo que el autor denomina una energía destituyente: una fuerza que sabe lo que rechaza, pero no lo que quiere. Esto explica, en parte, el triunfo de Kast —aunque no en todas las elecciones, matiza el libro: hubo Apruebo, y ese dato no es menor. Lo que aparece cuando no hay horizonte claro no es necesariamente una alternativa, sino un rechazo, una oposición, una resistencia. Más que un país movilizado por la esperanza, vemos un país movilizado por el cansancio. Y el cansancio, como bien saben los que estudian la política afectiva, es casi una forma de inmovilidad.
Seguir con el problema, como diría Haraway
Afantasía de Chile no ofrece respuestas cerradas. Sería deshonesto si lo hiciera. Pero hace algo más importante: interrumpe la inercia, baja la velocidad y nos devuelve las preguntas que hemos ido postergando. ¿Quiénes somos cuando el nosotros está fracturado? ¿Qué queremos cuando la política ha perdido la capacidad de imaginar? ¿Cómo estamos cuando el malestar se vuelve más fuerte que cualquier proyecto? Hay en el libro, también, claves para pensar una oposición que no sea meramente reactiva: reflexiva, crítica, capaz de mirar su propio fracaso sin convertirlo en consigna. En un momento en que abundan los diagnósticos rápidos y escasea la reflexión, devolvernos el problema no es una debilidad intelectual. Es, como diría Donna Haraway, aprender a seguir con el problema: vivir y pensar dentro de las complejidades del presente sin buscar salidas fáciles ni escapatorias tranquilizadoras. Para quienes trabajamos la política latinoamericana, el diagnóstico de Arnaldo Delgado trasciende Chile: la afantasía es, acaso, el mal de época de una izquierda continental que sabe con claridad lo que heredó del pasado, pero todavía no sabe imaginar el futuro que quiere construir.
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Afantasía de Chile
Arnaldo Delgado


















































