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Lacan, lacanismo y lacanianos


Conozco personas que son freudianas y otras que son lacanianas, heideggerianas, tomistas, hegelianas, marxistas, cristianas y un largo “y todo lo demás”. Y ¿qué es ser lacaniano? Lacan existió y su nombre de pila fue Jacques-Marie. Escribió mucho, con una creatividad algo desbordada y frenética, como si se tratara de “siempre ir hacia adelante pero sin soltar lo de atrás”. Algo así como correr en círculos estando atado a un árbol. Tal vez por eso usó las palabras, aparte de algunos trémulos neologismos, como un idiolecto que borra su sentido habitual y exige, por lo mismo, algo muy difícil de obtener: sumisión en el aprendizaje, lo que implica un ejercicio destacado del poder. Así, esta escritura de Jacques-Marie produjo largas filas de fervorosos adherentes y otras, también largas, de detractores. Me pregunto si es posible ser o no-ser el nombre de otra persona. Tal vez sea posible que los “lacanianos” crean ser “como él”, o que “lo siguen” a él, o que “piensan como él”; o que “los identifica”, que “lo aman”, e incluso, que “son sus esclavos” y pertenecen a su rebaño. Y ¿qué pasa con los detractores? Pasa como con el ateísmo de Jean Paul Sartre, que menciona a Dios cada dos páginas. Dicen los detractores de Lacan: “no soy él”, “no creo en él”, “no tengo nada que ver con él”, “no pertenezco a él”, “soy libre de Lacan”.


A mi entender, sin embargo, el tema no es el “lacanismo”. Me parece que en el caso de los lacanianos, el atractor central (en sentido matemático) es Sigmund Freud y no Lacan, es decir, un conjunto de valores (no en sentido ético, sino más bien en el de números-ideas) que imantan a las trayectorias que le sean suficientemente próximas y que han de permanecer próximas incluso si son perturbadas o si son caóticas. El “atractor” es como el árbol al que se está amarrado. Atisbo que no se puede ser psicoanalista lacaniano si no se es, por algún lado y de alguna manera, freudiano o antifreudiano o parafreudiano o metafreudiano o posfreudiano. Una red de cordones umbilicales llenos de nutrientes o de ácido, pero cordones umbilicales al fin. No solo apego, sino también contraapego o disapego, pero jamás prescindencia. Los psicoanalistas no pueden prescindir de Freud, pero pueden, perfectamente, prescindir de Dios, de Heidegger y de todo lo que les es ajeno (todo lo “otro”). El punto es que eso “otro” está allí y cuenta también con largas filas de feligreses y otras de afiebrados contradictores: siempre el mundo es mucho más ancho que nuestras convicciones.


Sin embargo, el atractor ¿es la persona de Freud? ¿O es lo escrito por él? ¿Tiene alguna importancia para la obra freudiana si Sigmund fue o no adicto a la cocaína? ¿Importa si prefería el salmón al atún? Lacan era “freudiano”, según decía. Pero dejaba en claro que no se refería a Sigmund, sino a las palabras que él escribió. Se abre con eso un inquietante misterio: lo escrito por alguien ¿le pertenece a ese alguien?


He encontrado las mismas “grandes” ideas (que se pueden contar con los dedos de una mano) escritas por autores muy diferentes, de diversas épocas y convicciones. Y me pregunto, ¿no pudo lo escrito por Freud haber sido escrito por otro? Siempre sospeché que la misteriosa “fuerza de gravedad” existía con independencia de Newton. Descubrir no es lo mismo que inventar. Tal vez los adherentes al lacanismo piensen que se trata de descubrimientos, y, los opositores a ultranza, de inventos. Pero, ¿es posible sostener que las palabras (el lenguaje) no tengan dueño? Esto mismo que acabo de escribir es prueba de lo que digo: por un momento pensé que la pregunta en cursiva era una idea mía. Luego recordé que esto fue escrito Heráclito hace 2.600 años, pero dejando en claro que él era apenas un intermediario de méritos dudosos (se lo conocía como “el obscuro”). Escribió: No a mí sino al logos escuchando, es sabio con-decir, que todo es uno. Este fragmento, el 50, para ser innecesariamente preciso, dice que no soy yo el que escribe o dice. Luego, no me lees ni me escuchas a mí, sino al logos que me habla o por el que soy hablado. Estas palabras resuenan hoy igual que hace 26 siglos (por esa época vivió Heráclito) y, vía diversos ropajes conceptuales, ha sido dicho muchas veces en distintos momentos de la historia. Pero también se ha dicho lo contrario. Robert Musil, el notable escritor vienés, en El hombre sin Atributos, sostiene que “lo que es” siempre pudo ser de “otra manera”. Parece evidente: lo que ocurre tiene que ocurrir de alguna manera y no de todas las maneras posibles. La trayectoria real de una partícula entre dos puntos incluye todas las trayectorias posibles, afirman algunos físicos (como Hawking, por ejemplo). Pero la ética del escribir (y algo menos la del hablar) implica hacerse cargo, pues lo escrito y lo dicho siempre tienen consecuencias (la séptima función del lenguaje como dice el “gracioso” novelista Laurent Binet). Si no es a mí (o a cualquiera, pues cualquiera es siempre un “mí”) al que escuchas, sino al logos, ¿qué digo con eso? Pues digo que hay algo previo (el logos con sus treinta expresiones en castellano que lo hacen medianamente inteligible en nuestro idioma) en cuya gramática me inserto de prestado. Si así fuera cabe entonces preguntarse: ¿cómo discurren por el universo las palabras de las que no somos dueños? ¿Como una sopa de letras? ¿Como una red de palabras pegadas al sentido por algún mágico ungüento, como la gramática lógica pura (a priori) de Husserl, que nada tiene que ver con la existencia humana? ¿Una lengua eidética y axiomática como la geometría euclidiana? No lo sé, ni sé si se puede saber.


Me resulta extraño esto de “ser” algo así como un “alguien otro” (saltándonos el asunto del espejo) y bautizarse con su nombre más un “ismo”. “Ismo” es un sufijo, creador de substantivos doctrinales. Freud es una persona, el freudismo una ideología, y las ideologías son doctrinas. Así, si profeso algún “ismo” me apropio (o me zambullo) en un corpus doctrinal, dejo de estar solo y tengo “camaradas” (habitantes de la misma cámara). Semejante es el compulsivo y depredador “ianos”, que se apropia de un substantivo, especialmente de los nombres, y los digiere para luego asimilarlos como una característica propia. Ser freudiano o heideggeriano no caracteriza a Freud ni a Heidegger, sino a “mí”.


Freud es una persona, freudiano es un adherente al freudismo que, por ese través, se cualifica. Pero, ¿esta adherencia es al autor o a la obra? Estos sufijos le dan al lenguaje un guion de deslizamientos: el paso desde el nombre de un sujeto (Freud), a un “algo eso” (el freudismo) y finalmente a un rasgo o característica “mía” (ser freudiano). Se ve entonces que es necesario preguntar no solo por los sufijos sino también por los verbos. Si bien alguien “es” freudiano, o cualquier otro “ianos”, ese “ser” de ese alguien queda abierto. Se puede ser freudiano, pero al unísono, viejo, masón, papá, amigo y un buen tenista. Ningún adjetivo agota el substantivo (supongo que esto ha sido dicho muchas veces por otros “mí”). Pero, ser freudiano no es lo mismo que el “freudismo”. Este último, la doctrina, es otra cosa. Es algo que parece estar ahí con independencia absoluta de mí. Si alguien dice ser freudiano está enganchado al freudismo, como señalamos; y si alguien dice ser lacaniano está enganchado al lacanismo. Pero el lenguaje se atraganta si alguien dice “soy freudismo” o “soy lacanismo”. Falla la sintaxis. Es como decir “verde lo casa” (ejemplo de sinsentido predilecto de Husserl). ¿No ocurre una secuencia parecida, o idéntica, si Pedro dice que “es” psicoanalista? Ser psicoanalista no es un asunto ontológico, pues el “ser” de Pedro no es agotado por su adherencia a alguna forma de freudismo. El asunto se enreda cuando Freud y el freudiano, el adherente, sustituyen la doctrina por la caracterización de una praxis: analizar la psique de cierta y técnica manera (o con cierto “arte” productivo, si hemos de ser etimológicamente más precisos con la techné griega). Entonces ya no estamos hablando de freudismo directamente y usamos una substantivación que tiende a ocultarse: “ser” psicoanalista ya no remite al freudismo doctrinal, sino a la praxis freudiana: es decir, “el” psicoanálisis es esencialmente un actus exercitus (acto cumplido) y no un actus signatus (acto solamente designado). Hay una singularidad: “el” psicoanálisis. Ese (“el” psicoanálisis) es “algo” que es consigo mismo, lo mismo (el to autos griego) y que “se hace al ejecutarlo”. No preexiste ni posexiste, luego no perdura ni tiene substancia. Sin embargo las cosas pueden ser más simples: el artículo “el”, como todo artículo, funciona siempre como un determinante o identificador del sustantivo. Lo mismo pasa si se dice “la” conciencia”, o “la” fenomenología”. El artículo introduce un “algo” que pudiese ser encontrado “en” el mundo, como encuentro el libro que busco. Sin embargo, ¿dónde está ese algo llamado psicoanálisis? ¿Es encontrable? ¿Cómo hemos de buscarlo? ¿Asegura el decir “soy psicoanalista” que esa calificación otorgue existencia substantiva a “el” psicoanálisis”?


Pero nadie está libre: del mismo modo en que se escucha que psicoanálisis es lo que hacen los psicoanalistas, Heidegger decía que una obra de arte es lo que hace un artista y que un artista es el que hace obras de arte. Dudo que ni tan siquiera se haya sonrojado al hacer este batido.

Si alguien dice que es psicoanalista es tentador preguntarle qué es lo que lo hacer ser tal. Debemos entonces buscar el psicoanálisis. Pero, si buscamos algo, debemos preguntarnos por un pre-saber de lo que se busca y por un dónde encontrarlo. Si busco las llaves de mi oficina es porque sé de ellas. Y no lo hago en cualquier lugar, sino en alguno que les sea “pertinente”, como la mesa de arrimo del vestíbulo de mi casa, en la que suelo dejarlas. La búsqueda de algo requiere la convicción o la creencia de que ese algo existe. Pero, además, la búsqueda es “tópica”, es decir, acude a “lugares” con los que ese algo mantiene una pertenencia. No se me ocurriría buscar las llaves de la oficina en el tacho de la basura. El lector podrá compartir conmigo que hay bastante saber en el no saber de una pregunta. ¿Cuáles son los pre-saberes y cuáles los lugares donde es posible buscar “el psicoanálisis”? Es evidente que el pre-saber es el freudismo. Si usted escucha la expresión “psicoanálisis” jamás pensará en Sócrates. Pensará en Freud, el atractor. Sin embargo, ¿se busca el psicoanálisis en la obra escrita por Freud y también en los autores que, para bien o mal, se arropan con él? Y esto es muy curioso, pues, de ocurrir en algún lugar, el psicoanálisis no lo hace en esos escritos, lo hace en la oficina de un psicoanalista. Y, como hemos dicho en algunos escritos previos[1], el psicoanálisis es un encuentro íntimo, regulado y comercial (contractual). Y allí solo se habla. No es una relación epistolar ni corporal. El paciente no escribe, habla, y el psicoanalista escucha, habla y a veces toma notas que el “analizante” jamás conocerá. La talking cure es pura denotación. No hay metáfora. El psicoanálisis es hablado (lo que incluye su forma privativa, el silencio). ¿Pero qué ocurre con la doctrina? ¿Está escrita? ¿Pero qué dicen esos grafismos?


Dicen algo “acerca” del psicoanálisis, pero sin serlo propiamente. En la obra escrita no está lo buscado, sino que tales escritos hacen referencia a lo buscado. No es extraño entonces que haya escritos incontables y variados rondando esta singularidad (‘el’ psicoanálisis). Digo al pasar que no dicen lo mismo Lacan, Bion, Klein, Winnicott, Jung y todos los demás. Por ello, lo que parece estar en el centro de estos escritos, ‘el’ psicoanálisis, es algo que no está propiamente allí: el combate de Iquique, propiamente, no está en los diversos escritos históricos que hacen referencia a él. La escritura solo puede ser un intervalo en la vida cotidiana.


Los intervalos de los novelistas suelen ser al revés: hablan como un intervalo en el cotidiano escribir. Sea como fuere, hacer pasar “la palabra a la escritura” podría entenderse como un “primero fue el verbo hablado”, pensando en la argumentación de Sócrates en El Fedro. O también pensando en la palabra del Buda en los Sutras del Canon Pali (escritos casi dos siglos después de la muerte de Siddhartha), o en la palabra del Dios judeo-cristiano en las sagradas escrituras, escritas por “otros” ¿Es así en “el” psicoanálisis? En el psicoanálisis esa palabra primordial (el psicoanálisis ejecutándose) nunca fue oída por terceros (el paciente es un segundo). No hay apóstoles que escuchen y escriban. Esa palabra dicha, que se juega en cada sesión freudiana, es un acto íntimo (como ocurre en toda psicoterapia individual, sin meterse en si el psicoanálisis es o no una psicoterapia). Eso quiere decir, sin testigos ni registros directos. Escuché o leí que Freud analizó a 160 personas en total y que todas las transcripciones fueron relatos escritos por él mismo, con algunas excepciones, como el análisis de la novela Gradiva de Jensen, que es, como material, una obra independiente. ¿Está en esos relatos freudianos “el” psicoanálisis?



César Ojeda


[1] Me refiero a El Acceso a la Subjetividad: Fenomenología, Budismo y Psicoterapia, Sodepsi Ediciones y Routledge, 2018.

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