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Lugares para enfrentar la muerte: entrevista a Guy Régis Junior


El escritor haitiano (dramaturgo, novelista y poeta), que dirige “teatro en la calle” y tradujo a Proust al creolés, visitó Chile durante enero. Aquí conversa sobre su país, sus compatriotas que migraron a este lado del mundo, el racismo; sobre arte, política e historia. “Creo que los países más mestizos son donde hay más tensiones raciales”, dice. “Pero, al mismo tiempo, tengo un enorme respeto por América Latina, porque es el único lugar del mundo que todavía nos sorprende”.


Créditos: Henry Roy


Guy Regis Junior (Puerto Príncipe, 1974) es autor de más de veinte de obras publicadas y varias de ellas premiadas en Francia y el Caribe, además de traductor de Marcel Proust y Albert Camus al creolés. Esas obras son novelas, poesía y obras de teatro que él mismo dirige, así como videos e intervenciones en el “espacio público”, una noción que en Haití no tiene el mismo sentido que en Chile –donde estuvo por segunda vez en enero, recorriendo con talleres y performances las comunas de Cerrillos y Recoleta–, ni en Francia, donde vive desde 2007.


Muchas veces Guy Régis ha tenido que explicar que lo que él hace no es “teatro callejero” –una expresión que descubrió en Europa–, sino “teatro en la calle”, porque en su país, debido a una seguidilla de crisis políticas y al recrudecimiento de la violencia endémica que trata de explicar en esta entrevista, ya no quedan salas de teatro. Es uno de los motivos que lo ha llevado a levantar, con su compañía Nou (Nosotros), el Festival Quatre Chemins (Cuatro Caminos) en Puerto Príncipe desde 2003, que, entre otras dificultades, tuvo que enfrentar el secuestro de dos invitados en su penúltima versión. Ahora realizan sus actividades hasta las cuatro de la tarde, horario en que la población haitiana comienza a encerrarse en sus casas por motivos de seguridad. El asesinato del presidente Juvenel Moïse, hace un año y medio, y de más de 50 policías solo en el mes de enero de 2023, a manos de los gangs que dominan las ciudades, son algunos hechos que describen la situación que atraviesa el pueblo haitiano. “Antes de preguntarse cómo hacer arte, la pregunta es cómo hacer para sobrevivir. Sobre esa pregunta son mis obras”, dijo Guy Régis en el Festival Noche de Ideas en Santiago. Y sin embargo, también piensa que su país tiene un pasado fértil en el cual los haitianos, con las “armas” del arte y de la historia, pueden hundir las raíces para “encontrar una manera de hacer una nación en el futuro”.



¿Miradas racistas?


En Cerrillos estuviste en la toma Nuevo Amanecer, donde viven muchos haitianos. ¿Cómo viste a tus compatriotas?

Encontré que en Chile estaban más serenos porque tienen trabajo. Pienso que Chile, como muchos países, absorbe muy difícilmente esta nueva migración. Pero me parece que los haitianos se integraron a una sociedad muy capitalista que no es completamente formal, como Francia, así que trabajan o venden en la calle, se las arreglan. Me dio mucho gusto verlos bien en un lugar. Están logrando instalarse en esta sociedad de montañeses, porque para mí ustedes son más un pueblo de montañas que del mar, y saben jugar con ese lado medio callado de los chilenos, les viene mejor que los dominicanos o los caribeños, que son más expansivos y tienen con ellos relaciones más tormentosas.


No viste racismo, entonces.

En Chile la relación es más suave, pero eso no quiere decir que no haya racismo. Los chilenos tienen una forma de lavarse las manos diciendo que es normal que haya racismo porque es la primera vez que ven tantos negros. Eso me exaspera un poco. ¿No ven televisión? ¿No conocen a Louis Armstrong o a Obama? Tengo algunos problemas con América Latina en relación con eso. Hay unas miradas, a veces... Creo que los países más mestizos son donde hay más tensiones raciales. Pero, al mismo tiempo, tengo un enorme respeto por América Latina, porque es el único lugar del mundo que todavía nos sorprende. Quién hubiera pensado que Chile iba a darnos un presidente joven, que viene de un movimiento de izquierda, o que Lula volvería al poder. Chile es uno de los países que más me interesan políticamente.


Dices que te preocupa cómo se absorbe la inmigración en Chile.

La dificultad más atroz en Chile es que cada vez que hablas con un padre o una madre te dicen que dejaron a un hijo en alguna parte, en Haití o en Santo Domingo. Las leyes chilenas se han vuelto muy drásticas. Se hablaba de Trump, que dejaba a los padres sin los niños, pero en Chile eso también pasa. Otro problema es el nacionalismo y el proteccionismo, que hacen rechazar a los demás pueblos. Me contaban que en Chile al menor temblor sacan sus banderas (ríe). Los haitianos también ponen banderas por todo, como los franceses, que cantan La Marsellesa cuando juega su equipo de fútbol. Son señales. Cuando me hablan del sentimiento de nacionalismo que viene cuando la tierra se mueve, me preocupa que hoy los políticos usen ese sentimiento para darle entender a la gente que son los inmigrantes los que le impiden encontrar trabajo. Recién te decía que los haitianos se las arreglan bien con los chilenos, pero les tienen aversión a los venezolanos, porque llegan a montones y además se les parecen. Eso hay que observarlo y ver cómo puede empeorar las cosas o por el contrario ayudar a la integración de los extranjeros. Por eso encuentro extraordinario este festival que me invitó, para mostrar que hay extranjeros y que se puede trabajar con ellos.


Haití fue poblado por migrantes forzados. Los indígenas que vivían ahí, los tainos, desaparecieron rápidamente después de vivir cosas terribles y los que llegaron fueron obligados a irse de África, y ahora se ven forzados a partir.

Hay una canción muy hermosa que cantamos en las intervenciones en Chile. “Por mar llegamos, por mar nos vamos, buscamos islas a la medida de nuestros pies”. Islas quiere decir tierras. Es una fatalidad que todavía tengamos que buscarlas. Luchamos para tener esas tierras en contra de quienes nos llevaron a ellas y expulsamos al ejército napoleónico. Pero eso no impide que todavía estemos buscándolas. Cuando veo a esa mitad de la población que vive afuera veo una potencia haitiana con la que se puede contar, podemos contar con esas personas en el mundo entero.


Has dicho que siempre que vuelves a la isla te preguntan cuándo vuelves a partir. El viaje es sin retorno.

Creo que no hay que dejar fuera a las personas que partieron y construyeron cosas en otros lugares. Muchos que se fueron se volvieron importantes en la literatura, por ejemplo. Tenemos la idea de un país que nos une porque tenemos una historia, como el pueblo judío, que fue expulsado durante tanto tiempo y que no por eso ha sido borrado. Esta especie de perpetuo recomienzo del nomadismo tiene que ver con qué es lo que podemos hacer y crear con eso. Si estamos unidos por una historia, como los judíos, tal vez encontremos una manera de hacer una nación en el futuro.



Sueños de independencia


A comienzos del siglo XIX, Haití era un pueblo vanguardista políticamente, con la gesta de abolir la esclavitud y expulsar a los europeos de la isla. ¿Cómo llegamos al Haití de hoy, devastado por la violencia endémica?

En estos dos siglos Haití ha tenido altos y bajos. En el siglo XIX era un país difícil, con golpes de estado espectaculares y batallas que dividieron al país en cinco partes. Hubo un primer periodo muy rápido y violento, con la independencia, entre 1791 y 1804. Pero luego tienes un periodo floreciente, con construcciones monumentales, como un palacio gigantesco y unos fuertes increíbles construidos con los ingleses. Alexandre Pétion, que sucedió a Desalines en el poder, hizo venir a Simón Bolívar durante seis meses para que recibiera lecciones militares. Le dijo a Bolívar: “No estás a la cabeza de tu ejército, quédate en la ciudad de Cailles y vuelve a verme cuando recuperes el liderazgo de tu gente, ahí yo te daré lo que quieras para que vayas a la guerra”. Seis meses después le dio hombres, armas, dinero y barcos para que se fuera a conquistar países en América latina. Después de Pétion tenemos a un país unido durante 25 años, con Jean-Pierre Boyer, que incluso logra anexar a República Dominicana.


¿Pero fue una independencia completa? Una cosa es expulsar a los franceses y otra echar a andar una economía sin esclavos.

Digamos que, luego de la independencia, Haití era un país postesclavista con una economía agraria exportadora bastante complicada, de monocultivos –caña de azúcar y café–, que tenía a la población casi esclavizada. Es lo que se llamó el “caporalismo agrario”. Hasta que Pétion les regaló a los campesinos las tierras que con la independencia habían quedado en manos de los generales, por eso lo llaman “bon [buen] papá”. Ese hecho divide el país entre los antiguos libres y los nuevos libres, los primeros eran los soldados y son amos de los segundos, los campesinos. Los antiguos libres son los que se toman el país y los nuevos eran y siguen siendo los pobres de Haití.


Cuando uno revisa la historia del país llama la atención que casi todos se autoproclaman presidentes vitalicios.

Es el reino de los militares. La inteligencia militar haitiana siempre estuvo en el gobierno, ministros por acá que destituyen a ministros por allá. Hubo muy pocos civiles hasta fines del siglo XIX, hasta que los intelectuales se van acercando al poder y ponen en discusión cómo tener un poder más igualitario. Hay grupos de derecha que dicen que hay que darle el poder a los más capaces, y otros más de izquierda que piden mayor bienestar para las mayorías. Hasta que entramos al siglo XX, con los norteamericanos que desembarcan en 1915 y se va todo al carajo. Instalan su ejército y crean un nuevo ejército haitiano que pueden controlar con la droga y la corrupción, y los protestantes. Y luego llega un gran desgraciado, François Duvalier, en 1956, que entiende muy bien la mentalidad haitiana.

¿Qué fue lo que entendió?

Con él vuelve el tema del color, y se pone a favor de los negros en contra de la elite mulata. Estados Unidos había trabajado más con los mulatos, hasta que se van físicamente de Haití en 1934. Basta ver a los presidentes que instalaron. La cuestión del color va a levantar héroes de la calaña de Duvalier, un tipo nervioso y frustrado, producto de la desigualdad de la sociedad haitiana, que crea una dictadura atroz. Lo que quieren los norteamericanos, hasta hoy, es mantener al pueblo en silencio, que hablen bien o mal de ellos no les importa, “estos negros hablan demasiado, meten ruido y nos rompen las pelotas”.


¿Es una manera de decir?

Es lo que salió en WikiLeaks, con las escuchas telefónicas: antes de morir, en 1971, Duvalier quería ser remplazado por Hervé Boyer, un tipo más o menos inteligente pero igual de dictador que él, y los estadounidenses le dijeron que no, les daba miedo el nombre de Boyer, por lo que representa en la historia de Haití. “¿Un país de negros con ideas liberadoras? Si hay democracia vamos a tener de vuelta a estos simios que no saben callarse, así que ponga a su hijo.” Es como Venezuela y otros lugares, “¿qué se creen estos países que quieren ser de izquierda, estos tipos que citan libros?”. Es la hegemonía de los países grandes. Les molesta que seamos inteligentes. He trabajado mucho con los Institutos franceses y pasa lo mismo pero a menor escala, cuando les dices que no o que también podemos crear arte y pensamiento e instituciones: apenas te pones a la misma altura para poder discutir, no lo soportan. Como que no la ven venir, que no te mantengas a la altura que te corresponde. Pasa lo mismo con la economía, cuando les dices “oye, no te quiero vender el café a ese precio”.


¿Cuál es la situación democrática actual en Haití?

Todavía estamos en este período post Duvalier, llamado democrático. Hoy no se puede tener un poder dictatorial, nadie lo aceptaría. Entonces los políticos, ¿qué hacen? Fracturan los barrios para controlarlos y obtener votos. Esto comenzó con Bertrand Aristide y su discurso de distribución de armas que les lavó el cerebro a los jóvenes. Fue la apuesta demagógica lo que nos llevó a esta guerra de territorios. Y entonces secuestran a la clase media para obtener dinero, porque los ricos tienen gente armada que los protege. Y como estamos al lado de Estados Unidos, tenemos una carrera armamentista para armar a estos grupos, en vez de traer intelectuales que puedan ayudar a este país. Y así tenemos gente que pasa hambre con unas metralletas insólitas de largo alcance que cuestan 15 mil dólares.

Entonces el proyecto moderno y democrático de la República de Haití está fracasando por una mezcla de demagogia y militares, ¿o hay algo más?

Los ricos. Están asustados, el gobierno no les da la mínima estabilidad para desplegar sus capitales, sino que financia a los barrios que impiden que pasen sus camiones con mercancías. Y como no son niños de pecho, también van a financiar a gangs, y entonces caemos en un hoyo en el que solo los haitianos pudimos caer. Es así de simple. Hay uno que dijo incluso que los jefes de los gangs eran lideres sociales. ¡Así ven el asunto estos perversos! Pero el proyecto democrático, el sueño, la búsqueda democrática sigue ahí: hay que lograr desarmar a la gente. Por eso el gobierno ha dado un paso adelante para para pedir el regreso de la ONU. Hay gente consciente de lo que está viviendo y lo que esperan tener como país, por eso sigue habiendo intelectuales y gente que escribe, esto no está terminado.


Hay gente que dice que la ONU con los cascos azules y la Minustah empeoraron las cosas después de la ayuda que dieron para el terremoto.

Ahora surgió repentinamente un sentimiento nacionalista falso que dice que no quiere esas armas de la ONU. ¡Cómo pueden oponerse a eso! Hay personas a las que les conviene que las cosas se mantengan así para seguir ganando dinero en negro y que la gente se encierre en sus casas por la noche con miedo. No olvidemos que Haití es uno de los países fundadores de la ONU, así que podemos solicitar esa ayuda.


No hubo en Haití, como en otros países de América Latina hasta los años 60, movimientos sociales, sobre todo obreros, que desembocan en proyectos políticos como el de Allende en Chile, Perón en Argentina, Gaitán en Colombia.

Algo de eso tuvimos. Pequeños comités apoyados por la Iglesia y otros grupos sociales contra la dictadura de Duvalier. Pero Aristide logró poner ese movimiento alrededor de él, cuando volvió al poder, como si encarnara esa lucha de treinta años contra la dictadura. Sin ser un dictador, iba hacia la dictadura, al decirles a los jóvenes de los barrios populares “aquí tienes un arma para matar a los ricos”. No creo que esa sea la manera de abordar el problema. Esos movimientos, que fueron muy lúcidos y parecidos a los de América Latina, fueron dinamitados por los demagogos. Y después del terremoto lo que quedó fueron los proyectos caritativos o humanitarios de las ONG, que no tienen duración. Nos perdimos algo ahí. Hubo movimientos campesinos con los que trabajé que se pudrieron después del terremoto, cuando los blancos les llevaron dinero, y ahora si quieres trabajar con ellos, para comenzar te piden plata.


Justamente, otro tema que aparece en tus trabajos es el terremoto.

Ningún país está preparado para un terremoto, menos Haití. Pero los haitianos, como son creyentes, pensaron que el terremoto era una señal de regeneración nacional. Yo no lo creí. Si fuera un país mejor organizado no habría habido 300 mil muertos. Y luego no creo mucho en la palabra resiliencia. La violencia de esa cantidad de muertos todavía se siente. La gente que vio eso no puede validarlo de la noche a la mañana y dejarlo de lado. Por supuesto seguimos viviendo, hay una capacidad de resiliencia para poder seguir. Pero hay algo que te atrapa, una lamparita que vuelve a encenderse de vez en cuando: es el recuerdo del acontecimiento y de su dureza. Pienso que es por ese acostumbramiento a la muerte que hay tipos que matan jóvenes. Toda la gente que nació en el año 2000, o un poco antes, ha visto solo eso. Los jefes de los gangs que tienen veinte años y matan niños son personas que vieron al país en la más completa decadencia. Mi última novela (L’homme qui n’arrête pas d’arrêter, El hombre que no para de parar, editorial JC Lattès, 2023), habla de eso, es un personaje que sale de los escombros y se vuelve alcohólico, y un día encuentra un muerto en la calle, queda muy perturbado y busca saber quién es el que mata en la ciudad. No está en una cosa mística de aceptar las cosas como son. Ese acostumbramiento a la muerte es algo que nos lanza al fondo del fondo.


Hay una generación rota.

Y como deslumbrada. Los jefes de los gangs hacen videos con las personas que matan. Yo había visto gente que atacaba por dinero o cosas así, pero ahora están insensibilizados en exceso, frente a la violencia, a los asesinatos, y escuchas cada cosa peor que la otra. Creo que no estamos conscientes de eso. Los de mi edad hablamos de los haitianos igual que hace veinte o treinta años. Los jóvenes de hoy no tienen la misma conversación. Hay cada vez menos escuelas y la sintaxis es otra, hablan de otra manera. Yo crecí en una sociedad donde la familia era extendida y podías dejar a tu hijo donde la vecina. Ahora a tu hijo lo pueden secuestrar por dinero. Es una sociedad que no conozco. Creo que hay que estar más a la escucha y tratar de entender el problema, y percibir también qué es lo que todavía funciona y puede ser afable en todo ese delirio, porque lo hay. Sigue estando la energía de antes, lo ves en la mirada de las personas, en su espera, sus discursos políticos son muy fuertes para mí.


¿Qué dicen sus discursos?

Son muy conscientes de que hay una violencia endémica, y eso es importante porque ya no la viven como una fatalidad. Saben por qué están así, que los gangs frenan el comercio de otros gangs porque alguien les dio plata para eso. Yo nunca me imaginé que algo así fuera posible, que se arreglen estas cosas con confrontaciones tan directas. Hay un gang que tiene tomado uno de los barrios más ricos en Pitionville. Se instaló directamente allí arriba. Antes había una verdadera distancia entre los que tienen el poder y el resto de la población, ahora deben pasar sus vacaciones en Miami para estar tranquilos. Y cuando escuchas a los jefes de gangs te das cuenta de que nadie les entregó un papelito con lo que tienen que decir.



Resiliencia o resistencia


Con Carla Zúñiga, en el conversatorio que tuvieron en la Noche de las Ideas sobre arte y política, hablaron de rol catártico de las obras de arte escénico, como puede verse en tu obra Epi/Epicentre. ¿Puedes contarme cómo nace eso?

Sí, es purgar, porque con el terremoto se cayó todo, hasta las iglesias. Cuando volví a Haití tenía algo de plata para la gente que estaba en necesidad e hice esa obra con ellos, con los artistas. Lo hicimos en el mismo estilo que usamos en Chile: cuerpos, voces, ritmos que extraemos del Rara, las ceremonias de los indígenas y sus deambulaciones. El arte, la escritura, el teatro, nos permiten volver sobre las cosas y eso trae una catarsis obligatoria. ¿Se resuelve el problema con la catarsis? Más bien se despeja, nos da una mejor iluminación de las cosas, pero la meta final no es borrar, es saber que uno crece con eso, con haber vivido ese gran sufrimiento. No es meterlo adentro y dejarlo durmiendo. Estamos en un mundo que piensa que puede sanar los problemas. No creo que los problemas psicológicos sean curables. Por eso hay arte y las reflexiones, para intentar poner al menos una palabra sobre el problema, eso ya te permite tener un punto desde el cual tomar distancia. Si aceptas la situación así no más, si te dedicas a ir al supermercado a comprar cerveza y aceptas el miedo, te encierras y te vuelves alcohólico. ¿Por qué no hacer un festival para hablar de arte y estética, que justamente elevan el espíritu sobre ciertas cosas? ¿Por qué no hablar de abstracción?



Normalmente la gente ve estas cosas abstractas o “elevadas” como algo separado de la vida de todos los días y mucho más de los barrios pobres.

Es claro. Lo que llamo resiliencia son los haitianos que juegan dominó delante de sus carpas y a todo el mundo le parece bien porque siguen viviendo, o la cantidad de bares que aparecieron después del terremoto. Lo que llamo resistencia es un festival. Esos espacios hay que crearlos. Está de moda hablar de espacios de resistencia como algo simpático. No es así.


¿Y qué son?

Son lugares para enfrentar a la muerte. Son espacios de resistencia del arte que nos permiten reflexionar sobre lo que vivimos y lo que no podemos seguir viviendo. Cuando me invitan a la radio o la tele y me dicen por qué hacer un festival sobre el mar, les planteo la pregunta: Haití tiene unas costas largas y maravillosas, podríamos perfectamente vivir de nuestros peces, ¿por qué no se plantea el problema de la alimentación para salir de esta situación? Son verdaderas preguntas, no cosas en el aire. Si no creyera que el teatro puede cambiar el mundo, dejaría de hacerlo. Es una utopía indispensable para seguir haciendo arte. No porque vivamos en un mundo capitalista y que el ejemplo sea Bernard Arnault (gran empresario francés del lujo, tercer hombre más rico del mundo) yo debo tenerlo como referencia. Mi referente es Artaud, es la locura, la abstracción que eleva el espíritu por encima de la metafísica para poder llegar más lejos que un tipo que vende una cartera Louis Vuitton en miles de euros. Esas cosas materiales nos la ganaron fácil, pero cuánto puedo ser libre incluso en una cárcel o en el peor de los suburbios si consigo tomar distancia.


El proyecto Vil poetik pa nan vyolans (Ciudad poética no en violencia), donde ustedes escribieron “el poema muerto” en las paredes de Puerto Príncipe, parece ir hacia eso: no aceptar ni naturalizar lo inaceptable, ¿no?

Volvemos a la cuestión estética. Matar el alma, matar al hombre es matar el poema, si tomamos la palabra poema en su sentido directo que es “crear”. Escribimos esa frase en todas partes, hasta en los barrios más duros. Había gente que nos decía, con las armas en la mano, “¿pero qué es esto?” o “vengan y pónganlo en mi barrio”. Por muy abstracta que parezca esa frase, la gente estaba conmovida. También pusimos grandes dibujos. Uno que retrataba una violación colectiva causó mucho revuelo, algunos lo odiaron y el primer ministro pidió por teléfono que lo sacáramos, porque lo veía todos los días cuando iba al trabajo. Pero los policías querían que lo dejáramos. Ellos, que están en la calle, veían que la gente se acercaba y que las vendedoras daban vuelta la cabeza para mirar, nos decían: “así la gente entiende mejor de qué hablamos”. Si hubiera puesto un abrigo de pieles de 50 mil dólares no sería chocante; pongo una pintura y es chocante. Finalmente lo sacamos y lo pusimos en otro lugar para conversar de eso. También trabajamos una serie sobre la presencia de la mujer en el espacio urbano. En Haití las mujeres no pueden ir adonde quieran, ni a los baños públicos porque son el lugar donde las violan. Uno puede presenciar cómo le dan una paliza a un niño, o cómo un hombre le pega a su esposa en la calle. Esas cuestiones son las que quise tocar con nuestras armas.


Cuando hablas de historia, veo un Haití mucho más occidental que las ideas típicas como el vudú. ¿Es así?

El vudú viene del siglo XIX. Si hablamos de vudú, tú y yo, es gracias a intelectuales que tenían un itinerario completamente occidental. Fue gente que logró inscribirlo, escribirlo, dejarlo pret-à-porter para la cultura occidental. Los que hacen hablar del vudú como un fenómeno importante son Jacques Roumain, un haitiano respetado en toda América, con Lanston Hugues, que viene aquí a conocerlo y crea el Bureau National d’Ethnologie, y sobre todo un protestante, Price Mars. Esa defensa de los intelectuales es un aparato completamente occidental. Si Haití participa en la creación de la Sociedad de las Naciones o la ONU, es porque son extremadamente occidentales, tienen una cultura occidental para defender la independencia griega del imperio otomano. ¿Con qué? Con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la libertad.


¿Te consideras escritor un occidental?

Tengo muchas referencias occidentales, me gustan mucho Artaud, Meyerhold, Tadeus Kantor. Leí mucho teatro antes de hacer mis espectáculos, y no sé casi nada de teatro oriental, aunque me interesa. Aprendí con la lengua francesa, soy cercano a Europa. Por supuesto hay una presencia africana en mí que no ignoro y de la que estoy orgulloso, y sé que gracias a eso hay cosas que veo de otro modo que un guadalupano o un martiniqués. Y sin embargo mi lengua es la lengua francesa. Mi centro del mundo parte del eje de la cultura occidental. Es terrible decirlo, pero es así.




Guy Régis Junior fue uno de los invitados a la Noche de las ideas, encuentro organizado por el Instituto Francés el pasado mes de enero. En el marco del Festival Santiago a Mil participó de la mesa “Teatro hoy: ¿sigue siendo un acto político?”, en la que conversó con la dramaturga chilena Carla Zúñiga.

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