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Manuel Villegas: La felicidad no se puede perseguir, escapa en la medida en que se siente perseguida



Manuel Villegas (Barcelona, España, 1941) es doctor en Psicología y se ha desempeñado como docente en la Universidad de Barcelona durante casi treinta años. Dirigió la Revista de Psicoterapia y es autor de El error de Prometeo, Prometeo en el diván y el Proceso de convertirse en persona autónoma. Junto con Pilar Mallor escribió Parejas a la carta. Su último libro es Atrapados en el espejo. El narcisismo y sus modalidades (Herder), sobre el cual conversamos en esta entrevista para Barbarie.







¿Qué es el narcisismo?


Desde el punto de vista psicológico, el narcisismo es un concepto de naturaleza metafórica que hace referencia a la formación de una imagen especular del propio sujeto en el proceso de diferenciación yo/otro, que inicia ya en edad infantil. En este sentido es un fenómeno estrictamente humano. Ningún otro ser viviente posee esta capacidad de autorrepresentación. Como tal, se puede considerar un fenómeno universal y transversal a todos los individuos, culturas y épocas de la historia. Se halla en el origen de la evaluación y comparación que constantemente ejercemos los humanos entre nosotros y sobre nosotros mismos. El uso que luego hacemos de esta capacidad determinará las consecuencias que pueda llegar a tener en nuestra vida personal y relacional.


¿Cómo podemos darnos cuenta de que somos narcisistas o que alguien lo es?


Dando por supuesto que el narcisismo es una característica específicamente humana, que hace referencia a la capacidad de representación de la propia imagen y de la relación de amor/odio que desarrollamos hacia ella, podemos concluir que la evaluación narcisista se halla siempre en juego en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. Para algunos esa valoración es explícita y manifiesta y tienden a buscarla o esperarla activamente, a veces en forma despótica o humillante para los demás. Para otros se presenta de forma encubierta, más bien dirigida como protección frente a una posible invalidación que hay que evitar a toda costa, para lo cual sirven los distintos tipos o modalidades de narcisismo, que afectan tanto a los primeros como a los segundos.

La clasificación de las diversas modalidades de narcisismo que podemos plantear sigue la metáfora de las diversas clases sociales dominantes a través de la historia: aristocracia (el gobierno de los nobles), meritocracia (el gobierno de los mejores) y plutocracia (el gobierno de los ricos), en referencia a las formas a través de las cuales el sujeto espera obtener un reconocimiento social, basado en la búsqueda de un reflejo de excelencia de la propia imagen.

Estas modalidades deben ser entendidas como dimensiones que pueden establecerse entre dos extremos: el del valor innato y el adquirido, el primero de los cuales (aristocrático) debe ser universalmente reconocido por sí mismo, sin más; mientras que el segundo (plutocrático) depende totalmente de la “cotización del mercado”, en el que es posible comprar acciones para ocupar los primeros puestos. Entre medio de estos dos extremos se halla la meritocracia, que basa su cotización en la consecución ideal de la excelencia a través de la búsqueda de la perfección (física, moral, intelectual, ejecutora, entre otras).


¿Es correcto decir que el narcisismo ha adquirido nuevas modalidades con la llegada de las redes sociales?


El narcisismo es un fenómeno que nos afecta a todos y que la aparición de las redes sociales no ha hecho más que potenciar. Continuamente estamos proyectando nuestra imagen a través de plataformas como Instagram, Facebook, u otras, inundándolas de las fotos que previamente hemos tomado con nuestro teléfono móvil. Más que adquirir nuevas modalidades ha encontrado nuevas formas de expresarse que contribuyen a potenciarlo todavía más.

Estas fotos llevan un nombre, “selfies”, que ya lo dicen todo: fotos que yo he tomado de mí mismo, por mí mismo y para mí mismo, aunque luego las pueda querer compartir con otros para que, a su vez, me devuelvan sus comentarios sobre las mismas.

Naturalmente nuestra imagen no se reduce exclusivamente a la representación de la apariencia corporal externa por medios electrónicos, propios de la tecnología moderna. Ya los romanos fueron maestros en el retrato escultórico de grandes personajes, que podían pagarse el laborioso trabajo del artista que esculpía sobre piedra o fundía en bronce la figura de sus mecenas, tradición que retomaron los artistas renacentistas, barrocos y neoclásicos, siglos después.


Desde la el capitalismo hasta la literatura del yo, pareciera que todas las ramas del conocimiento y de las artes están atrapadas en una suerte de egotismo sensual. ¿Qué podrías decir sobre esta predominancia del yo sobre el nosotros y cómo imaginás el futuro en relación con esto?


Para que las relaciones sociales e interpersonales no acaben siendo un monólogo de narcisistas, es necesario introducir el concepto de alteridad. La alteridad no se resuelve en la confusión con el nosotros, que podría llegar a darse en la fusión de las masas con el líder, ya sea un dictador despótico o un influencer mediático. Por lo tanto, creo que la superación de este egotismo está en el reconocimiento del otro como otro en su total radicalidad, de donde surge la necesidad del respeto mutuo y de la conciencia de los propios límites. En este supuesto, el “nosotros” no es el resultado de la suma de yoes fusionados en un solo cuerpo social, sino el resultado de las interrelaciones entre innumerables (nos)-“otros”.


La felicidad como imperativo y las dietas son algunos de los fenómenos que también podemos asociar a un fuerte anclaje en el yo. ¿Cómo se sale de estas recetas mágicas y, por lo general, tramposas?


La felicidad se puede definir de una manera positiva y de una manera negativa; es decir por lo que es y por lo que no es. Fundamentalmente lo que no es la felicidad es “perturbación”, estado alterado de la mente. La felicidad es un estado de equilibrio cerebral. El cerebro humano no soporta bien las alteraciones constantes, está mejor en un estado de ondulación poco alterada.

Existen diversas formas de imaginarse la consecución de la felicidad. Para muchos movimientos religiosos y filosóficos, la felicidad se asocia a la liberación del dolor o del sufrimiento, que se puede conseguir con la “ataraxia” o con la “eudaimonia” (la virtud). Otras corrientes filosóficas o culturales se adscriben al hedonismo inmediato, constatable en el placer que sitúan en los paraísos artificiales (drogas) o en el sexo.

La felicidad sólo puede ser un resultado pasivo, no se puede buscar por la vía activa. Entendida la felicidad como plenitud, ésta solo puede ser conseguida como fruto de un proceso de satisfacción personal. Acompaña a la sensación de estar bien con uno mismo. Tal vez algún día lleguen a poder medirse objetivamente las condiciones del “bienestar”; pero el “estar bien” solo se podrá experimentar en la intimidad más profunda.

La felicidad, como la propia sombra, no se puede perseguir, porque escapa en la medida en que se siente perseguida. No es un objetivo, sino una consecuencia de una sensación de plenitud interna.



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