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Metafísica de los exámenes médicos



Debo haber sufrido tres ataques de pánico en mi vida y fue muy en sintonía con sus características principales. Al comienzo de la adolescencia con los temores típicos de sufrir un infarto, volverse loco o despersonalizarse. Lo primero que hice fue comprarme un libro al respecto. No era época de internet, uno navegaba sin brújula. Lo leí en un par de días. Si iba al psiquiatra lo haría al tanto de la situación y solo esperaría la receta de los tranquilizantes. Ahora lo veo en perspectiva y fue muy poco, de hecho cuento solo dos ataques, el primero fue en realidad una pálida. Dos veces es poco, considerando que hay gente que vive décadas en ese infierno o incluso de por vida. Aun así, desde ese momento jamás dejé de andar con un par de píldoras ansiolíticas en mi billetera. Jamás. Soy como un edificio con un extintor. Una vez sufrido un siniestro, jamás se abandona la prevención a otro desastre potencial, aunque este no ocurra nunca.

El psiquiatra, que al final es un médico jubilado, me dijo: "si tus exámenes al corazón están buenos, no hay de que preocuparse. Uno nace con cardiopatías o al envejecer llegan, pero si estás sano es casi imposible que surjan problemas a mitad de camino. Si surgen, es porque no te las detectaron antes o usaste cocaína".


Ahora no me dan ataques de pánico, quizás nunca me dieron completamente, o solo eran cambios hormonales propios del desequilibrio de la serotonina juvenil. Pero sí sufro un poco de ansiedad a un escala más constante. Eso es controlable. Va de la mano con pensar mucho anticipadamente. Esto lleva finalmente a un inevitable hipocondrismo, como lo tuvo Montaigne, Lichtenberg, Proust o Woody Allen. Grandes observadores de sí mismos. Montaigne superaba su dolor de riñones pensando en el placer que generaba el alivio posterior, Lichtenberg consideraba estar sano solo como una hipótesis, muchas veces Proust saludaba a los amigos invitados, en cama y con guantes para evitar los gérmenes, Woody Allen sostenía que las palabras más bellas del mundo no eran un «te quiero», sino «es benigno».

Escribo esto en la sala de espera del centro médico esperando mi turno para que me hagan un examen. "Casi espero con ganas el momento en que me saquen sangre", escribe Peter Handke cuando estaba en el hospital, tras sufrir un infarto. El mejor o peor descubrimiento para mí fue saber que se pueden comprar exámenes de chequeo por internet, totalmente legales, sin necesidad de médicos, y mejor aún, sin necesidad de estar enfermo.


Normalmente se confunde al hipocondriaco con el alaraco. Por eso este es sujeto de burlas. Puede haber algo de ello (o bastante de exageración) pero un hipocondriaco es mucho más que eso. Un hipocondríaco, o al menos como yo lo percibo, busca el equilibrio perfecto, un estado de gracia que se logra raramente en el cuerpo humano. Una cualidad que solo tienen los cohetes de la NASA, que no se pueden permitir ni la mas milimétrica falla y donde todo debe funcionar a la perfección. Normalmente cuando los tenistas ganan campeonatos, siempre usan una definición que no tiene nada que ver con la técnica. Es simple: "Hoy me sentí bien en la cancha". Es una definición que entendería muy bien un hipocondríaco, que busca sentirse siempre con el equilibrio corporal de quien gana Wimbledon. Como verán, eso se logra en contadas ocasiones y de ahí su constante sufrimiento.


Ya llega mi turno, el momento handkeniano de cuando me saquen sangre con felicidad, y pienso en los dos tipos de médicos que podrían ver mis exámenes, si es que hay algo más complejo que deba interpretarse. Están los que te miran y se dan cuenta que tú te adelantaste y sacaste las órdenes solo. Sonríen y dicen "ah, que bueno que trajiste los exámenes...mmm se ven bien". Y están los otros, los que evito, que los miran y ponen cara de molestia pensando: "y este hueón pa que gasta plata haciéndose un perfil hepático de la nada". Como castigo te manda a hacer más exámenes.

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