Ni grave, ni nostálgico: sobre la promesa que nos hicimos de vivir frente al mar
- Mauricio García

- 20 ago
- 18 min de lectura
Este ensayo es un ajuste de cuentas con la vida, con el cansancio y con las formas de habitar un balneario acechado por dos excesos: la cólera del mar y la intensidad de la ciudad, una tierra intermedia que aloja a la nostalgia y la algarabía de las vacaciones. Habitar estas fuerzas contrapuestas, posibilitan una fisura en el abatimiento laboral, la apertura de una erótica estival, como falla en la rutina, una discontinuidad de la producción que deja ver esa incómoda inflexión llamada descanso, que interpela al ethos costino a través de la nostalgia y la servidumbre.
I - Una política del descanso.
El periodo estival despliega un tiempo que suspende la explotación y posibilita la distensión del abatimiento acumulado durante el año. La comprensión de este abatimiento nos enfrenta a diversos territorios en disputa que llevan al agotamiento libidinal de la vida: la explotación laboral y la penetración de la autorrealización en las subjetividades, hacen más fuerte la idea que el filósofo Byung-Chul Han sitúa en el cenit de la sociedad del cansancio como autoexplotación. Uno de los objetivos de este ensayo es precisamente discutir a través de una dimensión opuesta a la explotación, una forma de reivindicar el descanso a través de una erótica estival, como manera de reapropiación del cuerpo y como límite a las tiranías de la explotación laboral y la autorrealización.
En las sociedades existe una vasta historia de luchas por la dignidad laboral, muchas de ellas han posibilitado acuerdos civilizatorios, traducidos en legislaciones que limitan los excesos del patronaje, abriendo el derecho al descanso. Estos alcances, entran dentro de un terreno en disputa que establece tensiones políticas que van dinamizando las condiciones laborales en una región cada vez más neoliberalizada y que mira como las derechas y el empresariado amenazan derechos consagrados a favor de los trabajadores. Esto crea una política del descanso que sostiene una disputa permanente del sujeto con el trabajo, más cuando la defensa del descanso es parte de una reivindicación no productiva de la vida, pero a la vez un paria que no permite el éxito de quien desea volverse rico por su propia cuenta.
La neoliberalización de la vida, ha instalado en el pináculo del abatimiento de la vida, un valor agregado en cada persona, una cualidad sacrificial muy bien ponderada en la cultura del hacer, inoculando en las subjetividades un malestar en el descanso: una suerte de disforia que estorba a cierto sector político y productivo, pero que también irrumpe en la comodidad de nuestra siesta, en la pasión del sexo y en el confort de un relajo. Por lo tanto, la disputa del descanso no solo es con el Empleador, sino que también con nosotros mismos.
Existen amplias formas de gestión de la vida laboral, aquella que busca delimitar las satisfacciones de cada sujeto, particularmente aquellos que permiten la continuidad de la producción, creando el equilibrio suficiente entre placer y displacer. Esta forma de economía libidinal implica sostener y aguantar el malestar con la leve esperanza de una pequeña liberación de satisfacción. En el caso de los empleados esto se marca muy bien, sin embargo, en el nuevo advenimiento de clase emergente: el emprendedor, el tirano inmediato es el yo, un sí mismo regulado directamente por la lógica capital, sin investidura empresarial, sin piel contractual, es quizás el sector que más ha incrementado su fuerza laboral con las fanfarrias de la meritocracia, y que hoy proyecta su infamia a una regulación laboral que tiende al aumento de la producción y horas de trabajo. El enemigo no es solo el empleador, sino el yo neoliberal; ese que, en nombre de la libertad, enmascara su propia explotación.
¿Es posible que la producción capitalista haya pervertido el descanso, como muchas otras cosas, al punto de torcerlo y llevarlo hacia un plano de imposibilidad?
El Proyecto Diccionario, es una iniciativa con una pretensión hermosa, que subvierte las definiciones, no las pervierte, dándole una dignidad a las palabras con un aíre mucho más artesanal que institucional, como lo haría la RAE. En este proyecto, las definiciones apuntan a visibilizar la belleza de las palabras, y afortunadamente descanso es una de ellas: “Cesar en el trabajo, reparar las fuerzas con la quietud”. En su etimología existe un prefijo que niega al cansancio, el des, que apela a quitarse la fatiga, una pausa del trabajo; un des-cansar.
El descanso afloja la rigidez de la vida, re-ordena el ritmo psíquico tal como se nos presentaba hasta el momento de su llegada, permitiendo un nuevo envión, en su potencia es corte y discontinuidad. El descanso puntúa una pausa en la gramática productiva. Se debate entre lo posible y lo imposible, hay empleados que trabajan en la casa o que no se toman vacaciones, pero también hay emprendedores que no están dispuestos a parar en sus menesteres, hay otros que mientras descansan siguen trabajando, la fauna es amplia, el horizonte es uno: la producción. Hay descansos que efectivamente reparan con la fuerza de la quietud, pero otros que inquietan por no ejercer la fuerza.
¿Es posible descansar en el capitalismo, el sistema neoliberal habilita la pausa? Las formas de descanso se han modificado conforme avanza la tecnología, evolucionan las costumbres y cómo se administran los tiempos en la actualidad. No representa ninguna novedad tener en nuestros días, como sinónimo de descanso, el tiempo que cada uno pasa scrolleando en redes sociales, ¿puede una persona descansar ahí? no me detendré a responder eso, pero antes, era el sapping, una búsqueda incesante y sin sentido por la parrilla programática, la teleserie, el drama ajeno, etc. La recreación tiene amplios vericuetos, y sería un error pensar en una forma mejor que otra, pero, si es posible entrever algo: la recreación resulta ser cada vez más individual e inmersiva, el algoritmo se adapta a la medida de nuestra curiosidad y muchas veces esta no descansa con el solo hecho de consumir contenido, más bien atrapa, copta el cuerpo y asume un carácter onanista que solo rescribe más de lo mismo.
Por otro lado, el descanso también ha sido cooptado por la lógica corporativa, hay Startups o empresas que disponen de tecnologías del descanso para aliviar la carga diaria de las labores, entendiendo que un trabajador descansado es más útil que uno reventado.
En este ensayo pretendo instalar algunas reflexiones sobre el periodo estival, como paréntesis en la vida productiva, o bien, una fisura donde el descanso es posible, una suerte de hedonismo a la medida de nuestro bolsillo y tarjeta de crédito. La apertura de ese tiempo es la potencia de la erótica, como garantía de un encuentro con el disfrute, el descanso y el otro, un terreno en tensión no solo con quienes hemos firmado nuestros contratos, sino con el lado más voraz y controvertido, nosotros mismos. Por ello la digresión por una política del descanso, para dar cuenta de una tracción que no es soluble en el sencillo acto de parar a descansar, sino también de veranear y eso necesariamente implica entrar en una relación con otros. A su vez, creo necesario revisar la escena del veraneo como lugar de anhelo del descanso, pero también como escenario de una vida marcada por la servidumbre.
Los lunes con un café en la mano, deseamos con locura el viernes, el resto del año nos dedicamos a planificar ese pequeño nicho de placer que son las vacaciones, por ahí me interesa ingresar.
II - Una erótica estival.
Hecho número uno:
Un vacacionista estuvo meses sin barrer la arena de su casa en Santiago, aquella arena que fue botando la ropa, esa arena que inocentemente guardó para mostrársela a la vecina cuando entrase en la casa a saciar su curiosidad.
El verano, es el periodo del año en el que estamos más cercanos al sol, donde el cuerpo se ve abandonado de sus ropajes invernales, para dar paso al sudor y a la exposición de las pieles. Las vacaciones son el tiempo amparado por una ley, es aquello que permite la apertura del paréntesis en la rutina laboral, pero no necesariamente en el verano, por distintas razones hay gente que no veranea.
Es necesaria una obviedad: el veraneo es la acción de gozar de las bondades del verano. Permite instalar las vacaciones en la estación más calurosa del año, inclinación masiva que puebla todos los balnearios y recintos destinados a la acción de veranear. Aún sin vacaciones, el ethos del veraneo permite diluir la vida en una comunión gozosa que incluso atrae a aquellos que siguen trabajando. Veranear distrae, es la galería del disfrute que expone aquella fuerza, no trabajadora, si no que ociosa.
Descansar sigue siendo una acción revolucionaria en un mundo que privilegia la producción y castiga la procrastina tendencia de no-hacer. No es que ahí, no haya nada, el hacer nada, resulta insultante a nuestra capacidad subjetiva de producir Otra-Cosa que sostenga una forma de producción no servil a la explotación. El veraneo es aquella acción que reivindica la potencia del placer de la clase trabajadora. Lo ubica, se enmarca en una alegoría común donde la suspensión de la actividad laboral permite dar el bálsamo necesario para sobrellevar la vida. El veraneo es la vitrina del ocio, quien toma vacaciones en el año pasa desapercibido, no hace gala y semblante de ese pasaje veranil que exhibe la hedonia.
La carne viva curtida bajo el sol recubre las horas de ocio desparramadas en la huella impresa en la arena; la ligereza de las prendas enfebrece las miradas; el tiempo suspendido permite ese estúpido amor de verano; con ello la loca vivencia de un éxtasis orgiástico que rebasa la estructura de la vida. Ahí no hay nada más. Solo la entrega a aquello que puede enloquecer temporalmente la vida y arrojar un halo de preciado descanso.
El veraneo es la expresión inversa del hastío de la clase trabajadora, es el carnaval, el drenaje del estrés. Un bálsamo opuesto a la miseria de quien vive para trabajar y trabaja para vivir. Se vierte en el veraneo, esa amargura de existir, ejercicio que permite reiniciar el ciclo que recarga la pesadumbre. Un anhelo de producir paréntesis, pausa y corte a la rutina.
Una erótica estival, es una reapropiación del cuerpo, de su estética y ética, por fuera de la producción. La erótica se produce en la superficie de contacto que es la piel, el órgano más expuesto al mundo. El calor desnuda el cuerpo, lo expone, lo roza, lo estimula, lo eriza; pero también hay mirada, hay cuerpo exhibido, visto, puesto a disposición de los ojos ajenos. Los cuerpos crean flujo y derrames que se posan en una postal playera despampanante, balnearios atochados: hacinamiento estival, todos juntos, sin distancia, todos con todos.
El hemisferio que nos tocó habitar nos trae cada inicio de año una nueva época estival, como si en esta parte del mundo, todo se reinicia a través del verano. Las playas, ya instaladas en el imaginario de las vacaciones, no siempre estuvieron asociadas con las vacaciones, como muchas otras cosas la playa, tal como la representamos en la actualidad, es un invento. El destino turístico de la playa es relativamente nuevo, y posee un marketing desde mediados del siglo XX que recrea, o inventa una forma de paraíso a la medida del bolsillo. Inicialmente la playa pertenecía a los indígenas, tribus o asentamientos pesqueros que vivían del mar, sin embargo, a inicios del siglo pasado, las élites comenzaron a colmar esta geografía, era el ostentoso nicho de la opulencia de la aristocracia, los vestigios están a la vista en muchos balnearios. La playa también ha sido cuna de una suerte de tradición medicinal y terapéutica, la talasoterapia usaba el ambiente marino como terapia para patologías respiratorias, neurológicas y afecciones a la piel, a su vez la helioterapia, tenía propiedades curativas a través de la luz solar, dentro de sus beneficios ayudaba a fortalecer a personas raquíticas. Es entonces, la playa como terapia un lugar de efectos en el sujeto, en los cuerpos, algo produce, algo repara.
La burguesía se apropió de la playa, la publicidad hizo de las playas un edén, con hoteles, resort, casinos, deportes, música, olores, etc. Un sin fin de estímulos que no hacían más que atraer turistas, un paraíso soñado para todos, ahí todo se pobló, hubo más acceso, migración y uso de lo playero como espacio recreativo. Sin ir más lejos, se crea en la cultura popular una representación del balneario como un idilio, y a su vez como un objeto de consumo. El impacto mediático trae evocación, en algún momento, de relevancia musical los Beach Boys traían al asfalto el vértigo de las olas, hoy quizás es Tito el Bambino quien invita a quitarse el pantalón a quienes transitan en el metro.
Las playas han sido para todos, al menos eso dice el papel, afortunadamente en Chile siguen siendo públicas y aún quedan oasis que en su escondite solo alojan a quienes saben el camino. Las playas alojan cuerpos, también segrega, no todos los cuerpos gozan de la misma mirada o de las mismas playas, también están atravesados por una relación de clase. La televisión es gráfica en sus notas sobre el verano, muestra una estética particular según la localidad, en una misma región resulta contrastante la imagen que describe a Reñaca y Maitencillo versus la que exhibe a Cartagena y El Quisco, cambia la música, los cuerpos, los pasatiempos y costumbres sobre la arena, no da lo mismo ir a ciertas playas, hay cuerpos que explícitamente quedan elididos.
Existen cuerpos tonificados, fofos, cansados, erguidos, bronceados, pálidos, voluptuosos, raquíticos, descuidados, inmaculados, agrietados, erosionados, anaranjados, arrugados, brillantes, descubiertos, cubiertos, estirados, encremados, con cicatrices, tatuados, mutilados, erizados, maltratados, enronchados, enrojecidos como jaiba, apretados, sueltos, tostados, ennegrecidos, deslavados, brillantes y muchos otros inclasificables.
En este punto, la erótica estival, pone fin a la huida del cuerpo, se transforma en un encuentro contingente que lleva a una reapropiación, la posibilidad de re-incorporar una sensibilidad, o sensualidad, que pone bajo el plano del deseo al cuerpo, un uso opuesto al uso productivo deserotizado. No es casual que desde finales de septiembre los gimnasios estén abarrotados de personas.
¿Cómo darle al cuerpo el elixir del descanso, especialmente cuando la época ha de des-velar con tareas sus funciones?
La erótica estival mantiene con vida el deseo de sacudir el tedio de la productividad, mantiene con vida un fragmento del sujeto donde se producen los deseos, precisamente desde la falta, desde el no-tener, se erige la pasión que dibuja el goce de la abolición momentánea de la esclavitud, ¡pequeño libertador de sí mismo! Produce al cuerpo como una zona de exceso, sudor, roce, mirada y contagio, como relación caótica que subvierte el orden de producción.
Sobre el deseo, Macarena García en Ensayos de una casa, dice que hay deseos que borran ciudades, yo agregaría que hay ciudades que los destruyen, y también, otras que los producen con su hostilidad. Un balneario es un paraíso, un colmador, habilita el deseo de habitarlo, y de modificarlo. Un balneario tiene esa plasticidad de verse afectado por el deseo de sus visitantes, o como los llama mi abuelo: excursionistas. Son quienes anhelan el descanso y por ello borran la estructura identitaria del lugar, dando paso a la servidumbre del lugareño, quedar atados al servicio de otros, rápidamente en dos meses, el reordenamiento estival empuja a sus autóctonos a la hospitalidad con los inquilinos que montan su cansancio en sus casas y atracciones, desbordan las localidades que durante el año solo conocían la tranquilidad y desolación de sus calles. La erótica, se emplaza en este asilo contra la opresión laboral. El arribo de veraneantes modifica el orden común de un balneario, pero también imprime en sus excursionistas la satisfacción de haber experimentado sus agasajos.
Ese disfrute no es más que la huella indeleble, para algunos, de lo que podríamos llamar felicidad. Monumento de una nostalgia que pide a gritos fundirse en aquella experiencia. Por eso cargamos con fotos, souvenirs, o trenzas que ya no soportan las ataduras de meses y comienzan a desenredarse naturalmente; o también, por eso se retienen los últimos pellejos de piel muerta del bronceado. Los refrigeradores pasaron a ser una galería vacacional, cada lugar, playa, ciudad, se adhiere a nuestras vidas con un imán, dando la plena satisfacción de las conquistas del placer aferradas al metal.
La erótica es un contorno. Las vacaciones tal como la vida tienen fecha de caducidad: eso, nos da mortalidad. Para que exista deseo, tiene que haber pérdida, debe haber fin, se debe retornar a casa, perderse en la eterna vacación implica abandonar la seducción del retorno es alienarse a un placer mortífero. Los objetos o suvenires condensan esa erótica estival, son el signo de esa experiencia, la huella de un deseo que abre la esperanza de volver nuevamente.
III - Post aristocracia: entre nostalgia y servidumbre.
Hecho número dos:
Un recepcionista de una residencial olió por meses las sábanas impregnadas de bronceador de una pasajera, fue lo que le permitió sobrevivir el otoño-invierno desolado.
He de reconocer todos los aromas que me llevan a las imágenes de mis días en la playa, el aroma a rayfilter, la sal de mar, las golosinas vitoreadas por vendedores carbonizados por el sol, las miodesopsias, el sol, el roce de la arena, el olor a tierra del camping, el color de las flores, los sauces, la sensualidad de los trajes de baño.
Los duelos pueden llegar a ser enloquecedores, nuestra vida gira en torno a ellos. Hay una manera de locura que nos involucra de formas insospechadas a aquello que no queremos perder.
No es fácil retornar, hacer ese duelo es trabajoso. Volver al puesto de trabajo, ver las mismas caras, contar una y otra vez las aventuras, mostrar las fotos, desprenderse de los suvenires, ver a los vecinos, aclimatarse.
La nostalgia evoca la huella irrevocable del placer, de esa experiencia de satisfacción. Por esta razón hay muchos nostálgicos que hacen su sueño realidad, y después de la fascinación se instalan en sus balnearios de ensueño, a revivir el paraíso, paraíso que dura hasta que la desolación termina siendo más sobrecogedora que el paisaje. De tanto mirar el mar, como al abismo, él también termina mirándote.
¿Qué se habita en un balneario? Se habita a expensas del deseo de otro. Sin la concreción del ansiado descanso, la vida oriunda no sería suficiente por sí misma, como para adquirir sentido. Históricamente, se ejerce el noble gesto de la hospitalidad, el que lleva a agasajar y recibir eso ajeno en lo más íntimo de una morada.
Vivo en Cartagena de Chile, nunca he perdido el lazo, pese a mis idas y venidas. Ahí se añora el servicio a la aristocracia y se innova en el servicio a la clase trabajadora. También se llora por lo perdido, más que en cualquier lugar, ahí, las nostalgias empalman.
En ese pasado extraviado, los veraneantes eran dueños de los chalets que hoy se caen a pedazos, y los excursionistas, hoy turistas, eran quienes tenían la condición de pasajeros, no habitaban, solo transitaban. En la época de antaño, los excursionistas eran los que no tenían casa, llegaban en la mañana con el tren y luego se iban con él por la tarde. Con la construcción de las carreteras y servicios turísticos, desde mediados del siglo XX Cartagena se consolidó como un balneario masificado, cuando eso pasó, los aristócratas migraron, pero sus casas quedaron, derrumbándose lentamente con el paso del tiempo, fundando un paisaje postaristocrático.
En el experimentado relato de mi abuelo, se acuna, la segregación aristocrática de una playa para ricos y otra para la gallada. La geografía de Cartagena está dividida en dos playas: playa chica y playa grande. La primera estaba destinada a las personas que veraneaban en sus chalets o que tenían casa, la segunda estaba destinada a la población en tránsito, ahí estaba permitido el asentamiento de los excursionistas que venían por el día, los que dejaba el tren por la mañana y por la tarde los recogía. La separación se realizaba a partir de prohibiciones, no se permitía comer en la playa chica, y tampoco se podían instalar carpas, solo las arrendaban, en cambio la playa grande carecía de restricciones.
Con ello no quiero dejar pasar, que la confección de nuestro balneario (Cartagena), y quizás muchos otros, está profundamente atravesada por la servidumbre, ya que difícilmente, tanto excursionistas como aristócratas de antaño, se atiendan solos. Para nuestros antepasados, serviles a la aristocracia, era satisfacer el capricho de alguna distinguida y acaudalada familia asentada en su Casona, trabajaban para ellos. En el presente, quieran o no, este acto se arrima al pueblo. Así el denominado “balneario popular”, tal como bautizó la televisión a Cartagena, creó el escozor del arribismo local, de esos nostálgicos que no han sabido cómo volver a proclamarse.
Las casas Chalets, aun siguen siendo ese monumento decadente del paso de la aristocracia, tan ajenas como familiares, causan mas de un suspiro a locales y turistas, mostrando que son un revestimiento que solo le pertenece al abandono.
Quizás haya que volver a mirar cómo la hospitalidad impregna los balnearios con su coquetería, tal vez ahí la identidad que habita los balnearios sea algo más que nostalgia.
Agasajar, ese pequeño acto de dar lugar a la satisfacción de otro, implica, de manera tan elegante, tal como lo hace una geisha, alojar el cansancio crónico de la explotación. Antes, se dejaba descansar al patrón para volver a su entronización, ahora, en el balneario popular, se colabora con la clase trabajadora en la mitigación del padecer, es tal vez el gesto de apoyo mutuo más concreto que de esto puedo sacar. Sin embargo, como sucede en la hospitalidad, lo extranjero también causa molestia.
IV.- Post festum pestum; post coitum tedium.
Hecho número tres:
Un habitante de la comuna de Cartagena, puede no salir de su casa durante todo el verano. Algunos optimistas lo llaman estivación.
Al comenzar enero, las comunas balnearias toman un ritmo de aceleración inusitado. Se estrellan sobre sí mismas, son parte de un exceso que no puede ser conmensurable por su propia estructura. El ímpetu extranjero, toma el supuesto de una vida mimada por la tranquilidad del invierno, y la pone a girar en un tagadá infinito. Las calles se colman y los autóctonos se repliegan, ven frente a sus ojos lo más cercano a una invasión.
La vida se transforma en un exceso que baila con la música de moda y se intoxica con el azúcar de los algodones, mientras suena de fondo el insistente canto de los números de lota. Para algunos un pequeño infierno, para otros, un pequeño paraíso.
Esa intensidad veraniega tiene sus remanentes al terminar el verano, asegura la supervivencia el resto del año a los oportunistas de la fiebre estival y permite seguir trabajando a quienes ahora se quejan del frío y la soledad.
Otros nostálgicos del jolgorio viven rebosando la fiesta en sus cuerpos, como una insignia indisociable de la piel, empalagosos y ruines bebedores de cunetas que hostigan al ciudadano de esfuerzo con su derroche de tiempo y salud: ostentan que la vida es más fácil y austera de lo que todos creían. Los rezagados viven en la imposibilidad de desprenderse de ese gozoso instante en el cual la vida se les petrificó y del cual nunca hubo escapatoria, localidades como Cartagena, los tienen todo el año y son la muestra viviente del laberinto del placer.
Al caer marzo, la postal mañanera muestra a los perros acompañando a los escolares en los paraderos, mucho más entusiastas que los padres de rostros zombificados y pijama percudido tratando de parar alguna micro, con rostros esculpidos por una resaca de un festín de dos meses.
La micro a poco andar se repleta de bostezos y uniformes, los trabajadores, quienes siempre tienen algo que reclamar, en esos días se habitúan a la escasez de asientos y a marchar contemplativos desde la pisadera, su humilde balcón en movimiento que los marea por el paisaje costero rumbo al puerto.
Marzo tiene ese maldito olor a nostalgia, el rayito de sol aún impregnado en las fosas nasales trae esa odiosa insistencia de que el verano se escapó como puñado de arena. La intensidad, el reggaetón o la guaracha desenfrenada del tagadá atenúa su estridencia para dar paso al golpeteo del mar en el litoral, tanto más estridente, a muchos les da en la cara la soledad, el eco del silencio que la residencial vacía les deja a sus dueños.
Los cocheros como buitres del desierto atraen a sus fauces al turista nostálgico del vacío, a ese que le gustan las ruinas que dejó la fiesta imperecedera de enero y febrero, que disfruta del viento de fin de verano y de estirarse intelectualmente recorriendo los museos de los difuntos poetas.
Los más avezados, esos que con el retiro de sus ahorros en la pandemia se vinieron a vivir al litoral enfrentan a poco andar la desaceleración con la que el preludio del otoño aparece. No es sorpresa para todos los que hemos vivido acá que empezamos el año a exceso de velocidad y después hibernamos un año para volver a la vertiginosa caída de excursionistas, año tras año. A quienes el freno les pega de golpe, resienten la contusión de la soledad y el silencio, son los santiaguinos esperanzados de una vida tranquila, quienes sufren el horror vacui, como si la belleza del litoral por sí sola no alcanza o como si la tranquilidad, en exceso, arrebatara. La caída libre los deja a solas con sus miserias, no están curtidos, no han sabido qué hacer de una vida con distractores naturales. Vivir a solas con los pensamientos a veces duele.
Los rezagados, estacionan vehículos en cada calle, los limpian, se ofrecen a carga las bolsas del supermercado y si pudieran, evitarían que camine por la calle a cambio de unas monedas, cargando mis 100 kilos, todo para que la fiesta continúe, transformando la vida en fiesta, ese que revienta la mirada indignada de los que rezan por descanso, lo coleriza, pues no se aguanta que el festín siga cuando todos se van a dormir.
No sé si soy yo o todo se degrada cada vez más, las casas, las personas, el puerto y los campos, las playas y los bordes. Decadencia, es todo lo que se me viene a la cabeza, si me escandalizo, pues no soy indiferente a la miseria, tras ese piño de chichas que intentan alegrar a cambio de una moneda, tras esa sonrisa complaciente, tengo la certeza indeleble, de que hay un sufrimiento que solo se oculta intoxicando, de otro modo el hechizo se rompe y emana la maldición de la vida.
A poco andar en las calles ya vacías, aparecen todos estos remanentes, hay una nostalgia del desastre como dice Constanza Michelson, después de un acontecimiento, de una turbulencia que agita la vida, está la necesidad de reinventar: ¿cómo se sigue? Quizás de este modo se habita un litoral, aprendiendo a bajar, a tomarse del cinturón cuando viene el freno de marzo, lidiando con el silencio abrupto, despedir al extranjero, puede aliviar, pero también angustia, después del ruido viene el silencio, ahí donde se comienzan a escuchar los propios pensamientos.
Las vacaciones eternas. Vida soñada, carcomida por nuestro propio deseo. No cedo ante aquello que te prometí mirando el mar, pues ahí, entre miseria y melancolía me pongo nostálgico y grave. Hemos reescrito el agridulce sabor de la nostalgia, a través de la amarga esperanza de que la vieja cultura nos escriba un porvenir; no, Huidobro no va a revivir este alicaído balneario. El mañana se habla con la lengua de un retrato vacío y desesperanzador, que clama el descanso eterno, precisamente porque nuestra lengua aún no se ha reinventado para poder sobrevivir a la catástrofe.
Nuestra mayor aspiración de dignidad es el invierno, nuestra nuda vida, lo más real y genuino que podemos ostentar, sin los grandes epítetos veraniegos. La desolación, el silencio y el estruendo del mar, un vacío, no una falta, que nos habita, esa es la vida de los que quedan en el litoral; ese es la consecuencia del descanso.
Hecho número cuatro:
Un cochero puede colmar su restaurante con 200 familias un día de trabajo (se lo escuche a uno que se jactaba ebrio).
-
















































