Poética del pedaleo
- Fernando Pérez Villalón

- 9 jun
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Se suele decir que la gran invención fue la rueda, pero para mí es mucho más importante el sistema que permite conectar un par de ellas a un cuerpo que las hace girar con las piernas. Sentado o erguido, tus pies suben y bajan como caminando, pero sin tocar el suelo, apoyados en esas pequeñas piezas planas, los pedales, que, conectados por las bielas a un plato y por éste a una cadena, transforman el empuje vertical en movimiento horizontal, en un desplazamiento continuo que se siente como si volaras, como si el suelo se hubiera vuelto un lago sobre el que te deslizaras nadando o navegando.
“Bicycle race”, de Queen, captura como ninguna otra canción el sentimiento eufórico, infantil de desplazarse en bicicleta, pero como muchas otras canciones (“Tour de France” de Kraftwerk o “Pedaleando” de Serafín Zubiri), termina siendo más una oda al ciclismo que al desplazamiento plácido y pausado sobre ruedas…son canciones sobre competir, esforzarse, llegar a la meta, ganar, himnos deportivos hiperventilados. Otras canciones sobre bicicletas, en cambio, las usan como pretexto para contar una historia de amor, como la psicodélica “Bike” de Pink Floyd, compuesta por Syd Barret, “Bicycle Song” de los Red Hot Chilli Peppers, “La bicicleta” de Shakira con Carlos Vives, o “La bicyclette”, de Yves Montand, que evoca con nostalgia los paseos infantiles pedaleando en pandilla, imaginando amores imposibles.
Toquinho tiene una canción en coautoría con Mutinho donde quien habla no es el ciclista sino la propia bicicleta, con un arreglo de guitarra que nos mece el cuerpo como cuando nos desplazamos en ella: “Corpo ao vento, pensamento solto pelo ar, / Pra isso acontecer basta você me pedalar.” (“Cuerpo al viento, pensamiento suelto al aire, para que eso ocurra basta que me pedalees” – qué linda esa voz que te invita a “pedalearla”, en un uso que yo sepa inédito del verbo “pedalear”). De las que he escuchado, tal vez la canción que mejor captura la sensación de avanzar dando vueltas, en ciclo, subiendo y bajando, con momentos de esfuerzo y otros de dejarse ir, es “Biking” de Frank Ocean, que en su hermoso coro menciona una “polera al viento como si estuviera navegando”, en medio de un monólogo lleno de referencias, afectos e imágenes como las que se nos van cruzando en la cabeza mientras pedaleamos.
Los pintores futuristas se fascinaron por el motivo del ciclista, centauro mítico de la modernidad en que se fusiona el hombre con la máquina, pero en general su ciclista es el de la velocidad, del dinamismo deportivo. Para Gerardo Dottori las ruedas son dos remolinos, para Fortunato Depero su figura es una silueta multiplicada por el movimiento, y ya para Umberto Boccioni es un manchón difuminado de colores en los que no se distingue su forma. Solo Mario Sironi captura un instante de tensión tranquila, un cuerpo que se alza apoyándose sobre los pedales mientras avanza cuesta abajo.

Mario Sironi, El ciclista
Por cierto, quien capta mejor la imagen del ciclismo no es el arte sino el cine: de El ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948) a la reciente La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), hay un romance entre el séptimo arte y esta estructura de dos ruedas. Ya en La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895), una de las primeras películas filmadas por los hermanos Lumière, podemos ver un par de ciclistas aparecer brevemente, junto a algunos perros, entre las masas de peatones. Como comenta Bruce Bennett en Cycling and Cinema, el cine nace justamente en un momento de auge del tránsito en bicicleta, pero no comparte con ella solamente una época, sino también un mecanismo: el giro de la cámara y el del proyector, impulsando los rollos circulares de película, comparten varios rasgos con la rueda del ferrocarril, del automóvil y la bicicleta, todos medios de transporte, movimiento, la kinesis que estaba al centro de este nuevo modo de registrar la realidad. Tal vez por eso hay tantas escenas memorables de ciclismo cinematográfico, de ET a Cinema Paradiso, de Amelia Lopes o Neill a Machuca…

Fotograma de La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895)
Marcel Duchamp lleva la contra como siempre. Allí donde todos enfatizan el movimiento, su ready-made “Bicycle Wheel” inutiliza una rueda de bicicleta al ponerla invertida sobre un taburete, la estabiliza aunque pueda hacerse girar, sin ir a ninguna parte, como si nos estuviera advirtiendo que tanto movimiento puede no conducir a nada. En el extremo opuesto del dinamismo del ciclista está la escultura, un arte que tiende a lo estático, aunque por lo mismo uno de sus desafíos es dar la sensación de lo ligero y delicado con materiales pesados como el metal y la piedra. Eso lo hace maravillosamente la “Oda a la ciclovía”, de Hernán Puelma, en la ribera Sur del Mapocho, frente al Parque de las esculturas: en ella un travesaño diagonal sostiene a un biciclo (un vehículo con la rueda delantera mucho más grande que la trasera) sobre el que montan dos personajes de bronce cuyas ropas parecen ondear al viento. Curiosamente, la bicicleta no tiene pedales y va rauda cuesta arriba, pero eso es parte de la magia…
Ahora bien, la ciclovía real es otra cosa, menos poesía y más prosa. Últimamente, mientras la recorro, me ha dado por distinguir en ella a diferentes estratos o tribus que la utilizan, pensando el esbozo de una etnografía del pedaleo (como la que hizo Marc Augé con el Metro): están, por una parte, los deportistas, con piernas musculosas y cuerpos tonificados, trajes ajustados de licra y bicicletas livianas, veloces, caras, con forma aerodinámica. En el extremo opuesto, está el proletariado de la ciclovía, los repartidores de todo tipo de productos por PedidosYa, Rappi, Mercado Libre o Ubereats, que se mueven cargados con mochilas cúbicas, muchas veces en vehículos con motor. Después está la familia de las patinetas, también motorizadas, que me parecen llevar a gente vestida un poco más formal que los ciclistas (que no suelen ir de terno), y por último los ciudadanos comunes y corrientes de la ciclovía como yo, que vamos al trabajo, de compras o a dar una vuelta, sin tanta prisa ni profesionalismo.
Soy de la época en la que se andaba por la calle, sin luces ni casco, entre los autos y las micros, así que cualquier ciclovía me parece en principio una vía de lujo (aunque algunas de las de Santiago sean claramente deficientes, con curvas imposibles y tramos en que dejan de existir). Tal vez por lo mismo, confieso que me cuesta compartir la vía con vehículos motorizados que aceleran sin esfuerzo cuesta arriba. Debieran estar en la calle junto a los autos, me digo, y no aquí junto a quienes nos impulsamos sin más ayuda que la de nuestros propios pies. En chino “bicicleta” se dice Zìxíngchē (自行車), que literalmente puede traducirse como “vehículo movido por uno mismo”. Lo esencial de la bicicleta no serían entonces sus dos ruedas, sino el hecho de ser impulsada por quien la monta. Pero me doy cuenta de que mi purismo no tiene futuro, y como todo purismo tiene mucho de antipático y egoísta. La ciclovía es un ecosistema en el que especies diversas tenemos que arreglárnoslas para convivir de manera más o menos civilizada, entre nosotros y con nuestros vecinos, los autos y peatones, con los que inevitablemente a veces entraremos en conflicto.
Siempre he alternado la bicicleta con otras formas de transporte: me muevo a pie, en metro, en auto o en bici dependiendo del trayecto, el clima y el ánimo de ese día. Recuerdo que el novio de una amiga de la universidad se burlaba de mí definiéndome como un cicloide en vez de un cicludo como él. Los cicludos no se mueven más que en bici, talibanes del pedal y de la rueda, los cicloides somos más amarillos, pero tal vez por lo mismo menos fundamentalistas. Siempre miro con simpatía las marchas de “ciclistas furiosos” que cortan el tránsito una vez al mes, pero nunca he podido identificarme con ese apodo. Para mí la bici es el opuesto de la furia, el mal humor, la indignación o incluso las reivindicaciones de grupos sociales diversos como los propios ciclistas. Soy, en eso un ciclo-individualista irremediable, aunque la ciclovía me enseñe siempre que soy parte de un organismo vivo, la ciudad, con sus ritmos y rituales, su sistema sanguíneo y sus congestiones, sus conflictos y miserias.
¿Cómo se lleva la bicicleta con la escritura? No se escribe ni se lee bien en bici (lo he intentado). ¿Cómo se escribe acerca de ella? Algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza: la “Balada de las chicas en bicicleta” de Vinicius de Moraes, la canción de un peatón contemplando a las hermosas y jóvenes ciclistas cariocas. Es un artefacto de otro tiempo que se inscribe en una erótica del pedaleo femenino de larga tradición, y del que podríamos rescatar su exaltación de la bicicleta como “máquina de paz” y del ciclismo como un espectáculo admirable. Eso sí, hoy es difícil no ver el machismo empedernido y voyerista en su piropo a las “princesas ciclistas”, como me hizo notar mi pareja cuando se la dediqué hace años. Otros casos inolvidables serían el soneto de Miguel Arteche a una bicicleta abandonada en la lluvia, una obra maestra (en la que otra vez el poeta mira una bicicleta sin montarse en ella), y por cierto el magistral cuento de Skármeta “El ciclista del San Cristóbal”, que de nuevo escribe más bien sobre el ciclismo competitivo, heroico, al límite de lo que el cuerpo puede. ¿No se ha escrito más sobre el placer del pedaleo? Yo mismo lo intenté, hace años. Venía saliendo de una lectura de poesía experimental, difícil para el oído…ese día fue demasiado para mí, y anoté al alejarme un poema no muy bueno en que declaraba preferir la sensación del cuerpo impulsándose sobre ruedas, alejándose del bar donde mis amigos seguían con su fiesta de samples, distorsiones y vocalizaciones sin sentido. Cuando se los envié, fue recibido con un gélido silencio. Tal vez el pedaleo sea uno de esas cosas que hay que practicar más que escribir, una pausa en la relación con el lenguaje y un retorno al cuerpo y a su placidez primigenia.
Mi hijo se negó por un tiempo a aprender a andar en bicicleta sin rueditas, hasta que llegamos a un punto en que le dije que lo obligaría, que era un aprendizaje tan imprescindible como nadar, leer, sumar y vestirse solo, un saber necesario para la vida que los padres tenemos que transmitir como parte de nuestros deberes paternos. Lo llevé de mala gana, murmurando protestas, al parque, lo senté en la bici y lo empujé hasta que agarró vuelo suficiente para soltarlo. Nunca olvidaré el momento en que lo escuché gritar “¡Mira papá, puedo!”, sorprendido por el equilibrio que produce la velocidad, y comenzar a pedalear para mantener ese impulso, alejándose feliz por el descubrimiento. Luego vendrán accidentes, caídas, resbalones y ruedas pinchadas, pero lo esencial ya está...
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