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Sobre las tumbas de dos amigos que se pelearon


La tumba de Jean-Paul Sartre junto a la de Simone de Beauvoir son como las tumbas de los rock stars y los poetas malditos. No sé si siempre causaron ese furor, pero cuando las vi, reconozco que algo me cayó mal. ¿Por qué venerar así a los pensadores de la libertad? ¿Por qué es tan fácil convertirse en groupie, incluso cuando se trata de causas ilustradas? Desconfío de esa espectacularidad, me parece ansiosa, aunque yo sea muy ansiosa, pero no me gustan los ídolos; sí los amores, pero no lo heroico.


Hay algo molesto en los ídolos, se parece a lo que ocurre con el azúcar y los estimulantes, algo mentiroso que oculta lo amargo. En todo caso, hay mentiras que entran así, dulcemente: creer que el ídolo existe y que sabe bien lo que hace. Es un delirio muy humano, porque como dicen, ni Dios está en el trono. Creó uno eso sí, pero no cometería la tontería de sentarse en él. Dicen que el séptimo día, sentó al sabbat –la fiesta– en su lugar.



El problema que tiene un ídolo es que no hay dónde colocar sus paradojas y absurdos. Al ídolo no se le permite tener carne, se lo sacrifica en nombre de la neurosis de los seguidores para tener una pantalla donde proyectar el anhelo de que la Idea exista: completa, consistente. El ídolo es una enfermedad de los hijos.


Simone de Beauvoir, en la Ceremonia del adiós, llevó a cabo el gesto contrario al de los groupies. Decidió relatar los últimos diez años de Sartre, y de ella con él, a medias, amándolo como se puede amar: paradójicamente. Ahí cuenta como en torno al filósofo comenzó a darse una disputa. Los celos entre los viejos discípulos y sus nuevos cercanos –su hija adoptiva Arlette y su secretario Pierre Victor– tironeaban a Sartre. Cabreado, comentó alguna vez que lo trataban como a un muerto que había tenido el inconveniente de manifestarse. Asediado, le dijo a un editor: “Los sartreanos son para la risa”.


Simone, como otros, consideraba que su nueva “familia” lo estaba manipulando. Los nuevos se arrogaban la verdad de Sartre, una que incomodaba a los antiguos. Temían que su maestro se hubiera vuelto un “talmúdico extraviado”, camino que le abrió su secretario Victor hacia lo que consideraban era una filosofía de segunda. Quién sabe si cansado de la prisión del ídolo, quiso molestar a sus seguidores que lo tomaban tan en serio, y actuó como esos padres que, justo al final, desprecian a sus hijos al verlos salivando ante el testamento. Tal como él mismo escribió: el infierno son los otros.


Fue casi al final de la vida de Sartre cuando la pareja icónica de una generación rompió. Tras la publicación de unas entrevistas algo escandalosas de Victor a Sartre, Simone consideró que se trataba de “una corrupción de anciano”; se enfureció y lloró. A fin de cuentas, no era la lealtad de la monogamia la que los unía, sino el matrimonio intelectual. Y fue traicionada a último momento. Dicen que Sartre no pudo con ese arranque de cólera de Simone.


Sartre no quería funerales oficiales y sobre todo no deseaba ser enterrado junto a su padrastro en Père Lachaise. Sus amigos decidieron encargarse y acudieron al director del cementerio de Montparnasse. Éste no conocía la obra de Sartre, pero sabía que era alguien muy importante, entonces les ofreció un lugar cerca de la tumba de Baudelaire. El funeral fue multitudinario, digno de uno de los hombres más importantes de cultura. Según Ariel Dorfman, Simone tenía la mirada pérdida, mientras que los seguidores despedían al filósofo como si se estuviesen despidiendo de un libro. Nada se parecía a los ardientes ritos funerarios de los países que defendió: “Ni un grito tropical, ni una lágrima vietnamita, y nada, por cierto, que se acercara a un alarido de furia argelina”. Lo más irónico fue que después de que Sartre despidió a tantos, a Gide, a Fanon, incluso a su examigo, Camus, a él, nadie lo despidió con la palabra; ni los sartreanos.

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La disputa entre Sartre y Camus se convirtió en una especie de posición frente al mundo, estás con uno o con el otro. En las conversaciones entre Simone y Sartre que ella publicó, él le baja el perfil al asunto. Sartre le dice que Camus era divertido pero un poco vulgar y que, en realidad, nunca fueron íntimos. “¡Por supuesto que lo fueron!” replica Simone. A ella Camus le parecía un tipo con modales de “maleante de Argel”, pero reconocía que les gustaba pasar tiempo con él.


La disputa comenzó con la publicación en 1951 de El hombre rebelde de Camus. Ensayo en el que criticaba la violencia revolucionaria y a la izquierda estalinista: ¿justifican los fines a los medios, o los medios terminan convirtiéndose, trágicamente, en los fines? Al círculo intelectual de la izquierda francesa no le gustó para nada, tampoco a Sartre, pero no sería él quien escribiría en su contra. Sino que publicó en la revista a su cargo una dura diatriba al libro, escrita por Francis Jeanson. Camus, considerado un traidor y un paria, quiso defenderse acusando a Sartre de haber publicado con los colaboracionistas durante la invasión nazi, arguyendo que él sí estuvo en la resistencia. Sartre no polemizó más, solo dijo que, si bien lo consideraba un buen escritor, era un mal filósofo.


Aunque fue acusado de moralista, el libro de Camus no lo es para nada. Por el contrario, escribió que la rebeldía que se vuelve cruel e injusta, es precisamente la que crece bajo una moral absoluta. Aquella que, bajo la promesa de justicia y libertad, permite el crimen en su nombre. Habla de las revoluciones sin honor, cuando se vuelven calculadoras, ponen al resentimiento en el lugar de lo fecundo y sacrifican a los seres de carne y hueso por humanos abstractos por venir.


Camus rechazó una filosofía que homogenizara todas las luchas, que omitiera sus singularidades. Si hubo algo que le costó caro, fue su relación con la liberación de Argelia, su lugar de origen. Se habla del “silencio de Camus” para referirse a su posición ambigua. Y es cierto. Él mismo escribió que hubo momentos tan complejos, en que no cabía en su cabeza tomar partido; prefería entonces callar. Pero a la vez, pensó, escribió y habló muchísimo sobre el tema. Fue criticado por no apoyar al Frente de Liberación Nacional de Argelia: rechazaba los métodos de los combatientes, le preocupaba la emergencia del nacionalismo y la idea de entregar a Argelia a un solo partido. Dijo alguna vez que no apoyaría a un movimiento que podría poner una bomba en un tren en el que viajara su madre. Si eso significaba libertad, entonces prefería a su mamá.


Camus criticó al rebelde de escritorio tanto como al terrorista iracundo. Pero, sobre todo, a la rebeldía vuelta un sistema. ¿Cómo luchar contra la injusticia sin volverse injusto, igual al verdugo?, se preguntó. Y escribió que una rebeldía que es justa –tanto la pacífica como a la que le es inevitable tomar las armas – promete algo parcial, provisorio, no absolutos. Tal sería la condición que puede prometer cierta dignidad y justicia, y, además, cumplir la promesa.


La rebeldía justa es la idea sobre la dificultad de lidiar con tensiones diversas, y su honor radica en la generosidad con el presente, con los vivos. Una rebeldía justa buscaría sobre todo crear instituciones que limiten la violencia, antes que grandes historias para que algunos cuántos puedan ser enterrados en tumbas monumentales, y otros muchos, en fosas comunes. A fin de cuentas, la complejidad que propone Camus es la de pensar cada conflicto, caso a caso, demorarse antes de tomar partido, pero hacerlo rápidamente a favor de los vivos.


Algunos sostienen que después de la caída del muro de Berlín la balanza cambió de posición y se inclinó a favor de Camus. No estoy segura. Una cosa es que las revoluciones del siglo XX hayan perdido prestigio, y otra muy distinta es que la defensa de las ideas sutiles (dolorosas también, porque no llevan grandes promesas) como las de Camus, provoquen algún fervor.

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Su hija le preguntó alguna vez si sentía deprimido, y él le respondió que en realidad se sentía solo.

Leí que la tumba de Camus es austera, también recibe regalos y mensajes, pero no alcanza a ser un lugar de veneración fanática. Es una tumba sin melodrama. Creo que hay autores a los que puedes adorar y otros, a los que puedes amar, pero de manera íntima. Los primeros sirven como autoridad, para citarlos, los segundos, no son referencias, sino, de algún modo, te acompañan. Porque hablan desde una soledad, aquella de quienes se han alejado –pese al inconveniente de hacerlo – del “nosotros” (y su histeria).


La visita de Camus a Latinoamérica en 1949 fue algo accidentada. Por esos días comenzaba a escribir El hombre rebelde. En Chile le tocó presenciar “la revolución de la chaucha”, un estallido social provocado por el alza del transporte público que duró unos cuantos días. Escribió en su diario que las manifestaciones fueron como un terremoto. ¿Cómo habrá imaginado que eran los terremotos? Los Charvet, una pareja francesa residente en el país, le había advertido que posiblemente por la exposición a constantes temblores, el chileno tenía un carácter inestable. Yo nunca había pensado en eso. Tampoco es seguro que él se haya llevado esa impresión. De quienes sí habló fue de la elite francesa o afrancesada que lo recibió en la embajada de Francia en Chile. Le parecieron absolutamente aburridos y esnob, salvo el embajador, a quien describió como divertido; al menos prefería bailar. Quizá quisieron impresionarlo, y como sus colegas en Francia, asumieron que era un francés de salón. Pero él, como antes advirtió Simone de Beauvoir, era más parecido a un tipo (“maleante”) de Argel. Porque, pese a volverse un intelectual tan burgués y europeo como sus amigos –y enemigos – era argelino. Su madre nunca quiso dejar su país. Y eso lo cambió todo.


Un tormenta impidió que dejara Chile, lo hizo con un día de retraso. Sufrió un ataque de pánico en el cruce de la cordillera. Luego escribió: “En este estúpido viaje sólo me han reconfortado las imágenes y la gente de Chile…Chile me ha enseñado que los volcanes pueden ser tiernos”.

 


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