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¿Sueñan los androides con terapias humanas?

(Acerca de la artificialidad, la inteligencia y las terapias).


El psicoanálisis nació al calor de la psicología, la neurología, la literatura, la sociología y la filosofía. En la confluencia bulliciosa de lecturas desordenadas y experiencias, en la búsqueda de construir un marco de pensamiento y un abordaje posible de los sufrimientos humanos. Ese laborioso y arduo proceso de escritura y de trabajo clínico que “inventó” al psicoanálisis, lo llevó a convertirse en todo un edificio conceptual que luego se amplió, reescribiéndose y reconfigurándose a lo largo del siglo XX y comienzos de éste.


Esa impresionante experiencia de la terapia psicoanalítica que subjetivó a pacientes y analistas, ya es parte, en este país y en otros, de la cultura toda. Es así que palabras como Edipo o Narcisismo, pueden escucharse en cualquier charla de café, de subte, o leerse en textos ajenos a nuestra práctica.


Son tiempos de emergencia de la inteligencia artificial como tema de conversación y debate, interpelando a la educación, al psicoanálisis y a la cultura en general. No es un tema tan nuevo, si pensamos que los psicoanalistas venimos discutiendo y pensando mucho respecto a la “artificialidad” de algunos discursos que prometen y mercantilizan la velocidad como horizonte y herramienta.


Tampoco es nuevo que el psicoanálisis se interrogue respecto del saber, la verdad, las certezas y el pensamiento humanos. No son nuevas las batallas en las que estamos tan presentes, discutiendo con las terapias que aspiran a protocolizar las existencias y anular, liquidar los conflictos y erradicar el sufrimiento psíquico. En las redes sociales podemos encontrar en cada esquina y vuelta de página la salud manufacturada como liviandad emocional, ligereza y eliminación de toxicidades varias.


No es original –tampoco- la discusión respecto del tiempo que llevan las terapias psicoanalíticas. Ni el uso del tiempo dentro de las muchas corrientes de ese mundo tan pero tan heterogéneo que es el psicoanálisis. También hay psicoanalistas que “scrolean” a sus pacientes, atendiendo a un ritmo exprés, que permite facturar y no detenerse demasiado, así como brillar con intervenciones “oraculares” que no están tan lejos de las que haría un gurú.


Estamos, una vez más, discutiendo políticas. Me importa volver sobre algunas cuestiones: el sueño, el soñar, como bastión de la vida psíquica y de la vida colectiva, sitio inalienable e indomesticable, territorio en el que nadie –aún no y ojalá nunca- puede ingresar a la fuerza. Lo sabía Charlotte Berardt, por ejemplo, cuando se dedicó a documentar y albergar los sueños durante el Tercer Reich, como apuesta a la construcción colectiva de memoria acerca de la barbarie en la subjetividad humana). Los sueños son entre tantas cosas un sitio de memoria y resistencia. Son lugar de enigma y de saber, son experiencia del tiempo y de la resignificación y la creatividad humanas. No es casual que el psicoanálisis haya surgido con y a partir de “La interpretación de los sueños”, ese texto inaugural de Freud. Los sueños recorren la historia entera de la humanidad con sus ciencias y artes. No hay inteligencia artificial ni humana que los domine o abarque por completo. Son pequeñas obras de arte, composiciones magistrales al interior de cada sujeto.


El psicoanálisis es una preciosa forma de trabajar con la experiencia temporal de los sujetos. El psicoanálisis lleva tiempo, e implica recorrer, pensar el tiempo en todas sus dimensiones, a lo largo de una vida y en el presente de una vida. Sin tiempo humano no hay devenir psíquico posible.


El psicoanálisis también puede entramparse en el discurso de una técnica o ritual y perder su condición de método, piedra básica de su construcción.

Política del síntoma, política del trauma y política del sueño: el psicoanálisis, que empezó hablando de política, es decir de conflicto, resistencia, defensa, represión, censura, lucha, términos capitales para pensar el funcionamiento psíquico, si pierde su arrojo a la vida entendida como enigma y conflicto, también corre el riesgo de entregar su inteligencia radical y volverse artificio.


Lila María Feldman


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