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Una pausa cinematográfica



Comienzo esta historia con cierta dificultad, por los costos personales que implica el exponerse. Bueno, de eso se tratan las elecciones también, porque el elegir algo, o a alguien, implica siempre renunciar a otra cosa, o a otro alguien. Pensaba escribir sobre algún tema social o cultural, con mayor distancia, con la distancia que adoptan los investigadores para hablar de sus temas seriamente investigados, pero con sabor a nada, como para poder ahorrarme esos costos personales, o tan personales. Aunque lo que plasmaré también está atravesado por la cultura y las fuerzas sociales e institucionales, como toda historia. Pero cuando insistía en ese afán de hablar de algo lejano, me quedaba sin tema. Y no es que no tuviera tema, sino que los que hay implican abordar aquello que me da pudor develar públicamente. Pero lo hago para hacer circular esas historias más allá de la queja; sacarlas de ahí y hacer algo con ellas. Y también porque hace poco otra escritora me decía que consideraba que faltaban relatos de mujeres como yo. Y no definiré qué tipo de mujer soy simplemente porque me aburre la política de lo identitario, y porque ya estoy cansada de hacerlo. Más bien hablo desde un lugar existencial, aunque no sé muy bien qué quiero decir con esto. Pero me gusta la palabra existencial, porque me hace sentir el peso de la existencia en ella. Y la existencia hoy me pesa, entonces hablo desde ahí. También como una forma de no ser capturada por el narcisismo de las pequeñas diferencias que acusa Freud. De todas formas, supongo que Narciso igual deambula en mis historias. Aunque si Narciso es hombre, quizás ya se aburrió y me abandonó. Dejó de estar. Y si está, debe estarlo medio desorientado. Y de la historia con un hombre es de lo que quiero hablar, pero detrás de ella se asoma un malestar cultural.


Todo inicia en Los Angeles, California, una noche de mayo, después de salir de una disco con un grupo de amigos franceses, algo mareada tras recibir todos los tragos gratis que el bartender me dio, incluido su WhatsApp por si me daba sed a la noche siguiente. Luego de eso, uno de los chicos nos llevó en su auto. Iban los dos hombres adelante y las tres chicas atrás. Al rato, nos encontrábamos escapando de la policía, seguramente por exceso de velocidad. Así estuvimos unos buenos minutos, con todo el chillido policial siguiéndonos. Hasta que el francés se rindió. El amigo con el que me alojaba me decía por WhatsApp que, por lo bajo, le quitarían la licencia al conductor, si es que no nos llevaban detenidos, porque el paco gringo era cosa seria. Y efectivamente, se acercó de manera prepotente a pedirle los documentos al conductor, aunque desconozco si los pacos saben hablar de otra manera. Nunca les he prestado mucha atención. Eso sí, lo que mi amigo no consideró en su pronóstico es que las chicas que íbamos atrás contábamos con eso que hoy llaman capital erótico, un recurso ancestral principalmente dado a las mujeres y, por lo mismo, carente de reconocimiento social, pero que sigue siendo útil en un contexto donde las desigualdades entre hombres y mujeres continúan manifestándose con coreografiada insistencia, y que a mí me ha salvado de la violencia machista más de una vez. De esta manera, sin tener que cruzar palabra alguna, cada una sabía perfectamente lo que debía hacer, y nos bastó un dulce y cínico “hi”, con el gestito de mano incluido, para ablandar la prepotencia del paco gringo.


Luego de eso, fuimos a parar a una casona en medio de un bosque bien domesticado e higienizado, creo que se trataba de Beverly Hills. Pero habían guardias para entrar. Exigían invitación. Una de las chicas siguió ocupando el recurso que nos salvó de la yuta yanki y, después de un rato considerable, en donde la amiga desplegó todo su carisma, nos dejaron pasar. Subimos una escalera caracol, para dar con una cocina americana. Ahí era el punto de encuentro. Ingresé a la cocina para dar una mirada general del panorama que nos esperaba y, entremedio de varias modelos y hombres guapos, estaba él. No sabría decir bien qué fue, pero todo el resto desapareció. Enmudecieron. Como si ese instante se hubiese pausado cinematográficamente cuando lo vi. Y cómo no, si se trataba de la ciudad del cine, por lo que todos los encuentros allí guardan algo de ficción. Rápidamente volví a mis sentidos, o eso me invento. Descarté la idea de intentar algo con él porque, entremedio de tanta modelo, incluida Miss Earth Francia que era una de las chicas que me acompañaba esa noche, pensé para qué. A falta de título, mejor me quedaba en la posición de quien observa.


Después de dar vueltas, de socializar y que entremedio una de las asistentes dijera que mi estilo la remontaba a la Liza Minnelli de Cabaret (en ese entonces llevaba el cabello corto, un pixie), me di cuenta que uno de mis amigos estaba hablando con el hombre que capturó mi atención al llegar. Por impulso me sumé a la conversación, la cual mi amigo abandonó al poco rato. Sin darme cuenta, me encontraba conversando con él. Era australiano. Recuerdo que me pidió el número, aunque no sé muy bien qué hablamos. Lo que haya sido, rápidamente fue interrumpido por un beso. Y ahí estábamos, besándonos con una pasión que no se correspondía al lugar, o por lo menos a ese momento donde todavía no se iniciaba la hora del flirteo. Así que nos tocó romper el hielo con el beso. Aunque lo que en realidad se rompió fue una botella de vino que calló tras el abrazo que me dio. Cuando ocurrió esto, todos soltaron ese “oh” que denuncia que algo pasó, pero que no fue capaz de detenernos. Y ahí volvió la pausa cinematográfica. Pero ya nada importaba, menos una botella. Al rato me propuso irme a su hotel.


Para aquel entonces yo era más joven y más alocada, por lo que acepté de inmediato. Desaforadamente bajamos la escalera caracol, sin despegarnos ni un segundo el uno del otro. No podíamos parar de besarnos. Por lo mismo, demoramos en llegar a destino. No es fácil bajar las escaleras con los ojos cerrados. Al llegar, me pone contra la pared para seguir con el desenfreno de besos. Esa escena siempre estuvo dentro de mis fantasías. Salimos de la casona. Afuera había una fila de autos negros con sus respectivos choferes esperando que los asistentes se dejaran caer en uno de ellos. Nosotros caímos. De esta manera, nos dispusimos en la parte trasera del auto mientras el chofer iniciaba su viaje.


Dicen que hay imaginarios que van generando pautas de conductas, sobre todo cuando se habla del amor romántico, del cual se acusa que ha estado muy manoseado por Disney para las mujeres. Yo no sé si es Disney lo que más me ha influenciado, pero sí debo confesar que Sex and the City hizo lo suyo, movilizándome, en algún punto, a estudiar y escribir sobre la esfera amorosa y sexual desde mi profesión, la sociología. Unos años antes me había topado, ni tan casualmente, con la protagonista, Sarah Jessica Parker, con quien pude intercambiar un par de ideas sobre la soltería, tema que me encontraba estudiando en ese momento. Pero además de la influencia que se deja ver en mis objetos de estudios, también influenció su cuota en mi objeto de deseo. De esta manera, fue inevitable no remontarme a los encuentros que Carrie Bradshaw tenía con Mr. Big en la parte trasera del auto negro, con chofer incluido, desde el cual él solía visitarla a ella. Hay que mencionar que este hombre también cumplía con el perfil del galán de Carrie. Se trataba de un hombre grande, más o menos de la edad de cuando inicia la serie y dedicado al mismo rubro: un hombre de negocios, pero del área del fútbol de su país.


Ya adentro, los besos cambiaron de intensidad y pasaron a ser lentos. El romance empezó a deslizarse entremedio de ese paisaje armadamente bello. Sin embargo, siguiendo la lógica Disney, sabía que el encanto duraba hasta las doce, como en la Cenicienta, ya que en ese momento habitaba otro cuerpo que, tarde o temprano, develaría que era una mujer diferente. Y por el nivel de entrega del sujeto, ya me había dado cuenta que él no se había enterado. De lo contrario, no se hubiese permitido tanta ternura de buenas a primeras. Y como una siempre ha tenido hambre de caricias y ternura, desde temprano aprendí a callarlo, para extender por un momento, por muy mezquino que fuera, esa ficción romántica. Y así fue, a las doce en punto se acabó.


De todas formas, llegamos a su hotel. Por una parte, me alegró que el viaje de veinte minutos le saliera algo así como ochenta mil pesos chilenos, que pagó a regañadientes, para que el mal gusto que me estaba haciendo pasar, propio de sentirse rechazada, tuviera un costo para él. Luego pasamos al hall del hotel a esperar no sé qué. Le di la espalda para disponerme a contemplar la nada, cuando de repente sentí un abrazo por atrás acompañado de un “¿Subamos?”. Ya en la habitación, solo una fue su solicitud “No te saques el calzón”. Para mí eso no era problema ya que, como dije anteriormente, yo buscaba por sobre todo romance, de ese que va más allá del encuentro genital. Paul Preciado, en sus crónicas del cruce, retoma el mito griego que cuenta que “De los genitales cortados de Urano surgió Afrodita, la diosa del amor…, lo que podría dar a entender que el amor procede por desconexión de los genitales del cuerpo, por desplazamiento y externalización de la fuerza genital”. Yo no sé si fue amor lo que emergió esa noche, pero algo sucedió. Quizás ese algo que estábamos esperando en el hall del hotel.


Mi psicóloga dice que los adultos necesitamos aferrarnos a un recuerdo para transicionar la soledad, así como algunos niños necesitan de un tuto para dormir. Objeto transicional se llama en psicoanálisis. Con el tiempo, el recuerdo de aquella noche se volvió mi tuto para conciliar el sueño. Entremedio, yo había revisado su WhatsApp en donde salía abrazado de una mujer en la foto de perfil. Se trataba de un hombre casado y con hijos. Un lugar común debía tener la historia. Sin embargo, fantaseé respecto a lo que había sucedido del otro lado, porque durante ese tiempo no tuve acceso al significado que tuvo para él nuestro encuentro, si es que tuvo alguno. A veces imaginaba que fui una más. Otras veces creía que, quizás, yo estaba intensificando lo sucedido, pero que seguro no fue tan así. Esa era la idea más apoyada por mis amigas. Hasta que, después de tres años, me llegó una solicitud de amistad por Instagram. Era él. Después de tres años tuve acceso a saber qué pasó del otro lado. Me confirmó que esa noche pasó algo.


Estuvimos un tiempo escribiéndonos y rearmando las piezas que nos faltaban para completar el rompecabezas del encuentro entre dos extraños, de lados opuestos del mundo, tropezando en LA. Así lo armaba él. Aunque se trataba de un diálogo con hipo, ya que se abría y luego desaparecía. Se podría pensar que era porque está casado, pero eso nunca le importó. Me di cuenta desde el momento en que me dio su número. Y como ojo de loca no se equivoca, llegó el día en que me hizo la pregunta que estaba esperando. “¿Cómo me ves tú?”.“¿Cómo?”, le dije yo, aunque ya sabía para dónde iba. “¿Si me ves como un hombre heterosexual o como un homosexual?”. Judith Butler se refiere al repudio del deseo homosexual como un ideal regulador que instala el marco de lo deseable y lo no deseable, lo que a su vez queda codificado en el ideal del yo y va generando formas cotidianas de ansiedad de género, ansiedad que se deja ver en la pregunta del Mr. Big australiano. Tenía miedo de dejar de ser Big y pasar a ser Small en la jerarquía de género. Porque lo femenino se ve como algo inferior, y la sospecha del deseo homosexual despierta las alarmas de esa potencial feminidad en ellos. Esto los lleva a vigilar constantemente su género para así afirmarse en la heterosexualidad.


De esta manera, podemos ver que en la cama se revuelcan fuerzas y resistencias sociales más allá del deseo. Porque para el momento en que me formuló la pregunta, mi cuerpo ya no tensionaba, necesariamente, el régimen heterosexual. Pero esto nunca ha tenido que ver (solo) con cuerpos. Porque sobre todo se tienen que dar las condiciones culturales para que se consume el acto. Más que el sexual, el amoroso. Por otra parte, hay que ser miope social para pensar que opera un deseo homosexual en los encuentros con una mujer como yo.


A su pregunta respondí con un “Si no te fijas en mí es porque no eres heterosexual”. Con eso lo dejé tranquilo. Al poco tiempo pasamos a la video llamada. Como era de noche para él (de mañana para mí) y se encontraba en su casa, por razones obvias, no podía hablar. Yo tampoco podía hacerlo porque estaba encerrada en la pieza del departamento de la familia de una amiga, mientras su familia ya estaba en pie y mi amiga aún no llegaba de la salida de la noche anterior. Ni en mi adolescencia. Y ahí estábamos otra vez, sin decirnos ni una palabra, pero sosteniéndonos con la mirada. Sonriéndonos. Bajando la mirada. Volviéndola a encontrar. Sonriéndonos una vez más.


Luego de eso, mantuvimos nuestras conversaciones cotidianas. Un día me preguntó qué haría ese sábado por la noche. Le comenté que iría a ver la obra dirigida por un amigo. Él me contó que se estaba preparando para recibir a sus hermanos al día siguiente, a quienes no veía desde antes de la pandemia. Al otro día le pregunté cómo estuvo el reencuentro con sus hermanos. No respondió más. Así simplemente, dejó de estar. Nunca lo estuvo, pensé. Y fue en ese punto en que leí a Bolaño, quien salió a mi encuentro para recordarme que “la soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad”.



Leonor Lovera




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