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Vivir fuera del secreto[1]



Una noticia reciente en el diario Le Monde me llamó la atención. Se titulaba “La joven muchacha y el inocente. Historia de una acusación de violación que ha durado casi 20 años”. La palabra “inocente” me intrigó. Donde hay inocencia, por lo general, hay falta o crimen. Hay un problema o algo que ha pervertido el “debido proceso”. A veces hay que rehacer el relato por completo.


La noticia de Le Monde hablaba de un hombre (Farid) que había sido acusado de violación por una mujer (Julie). En esa época ella tenía 15 años. Él también era joven. A primera vista, o leyendo solo los primeros párrafos del relato a los cuales el diario da acceso gratuito, uno entiende que este joven fue condenado y que la acusación fue falsa. “La joven muchacha” hizo una falsa denuncia. “El inocente” pagó por un delito que no había cometido. La historia es efectivamente así, salvo que esta joven mujer, después de 14 años, escribe al procurador y se autodenuncia. Dice reconocer la gravedad de su acción, pide perdón al joven y a su familia. Explica que esta denuncia había sido hecha para encubrir un incesto que ella padeció durante años. Según el relato de la mujer, su hermano la violaba. La denuncia al joven sirvió para cubrirlo a aquél. La familia hizo la denuncia y ella, ante la justicia, ante el acusado y su familia, ante su mundo social, aportó un falso testimonio sobre la violación. De alguna manera –esta ya es mi interpretación– ella estuvo presa en la espiral que encubría la violencia que ella misma padecía.


La lectura de este relato me impactó mucho. Habla de una falsa acusación, de sus consecuencias en la vida de Farid; habla de un incesto, es decir de un secreto de familia, de una violación padecida por años; habla, finalmente, de una decisión de vivir fuera del secreto, de una joven mujer que se autodenuncia, toma nota de su falta y pide perdón. Si bien en una primera lectura trata de una falsa acusación, lo que me parece notable es la decisión de denunciarse, de asumir una falta, de salir de un secreto y, así, de romper una cadena de violencia. La joven mujer escribe al tribunal para autodenunciarse 14 años después de la falsa denuncia. Tiene casi 34 años y es ahora una joven madre. Farid ya cumplió su castigo y ella podría haber seguido viviendo “protegida” por el secreto, un secreto destinado a proteger a su hermano que la violó durante años.


Hay algo extremadamente paradójico y perverso en la violencia. Cuando esta ocurre en secreto, de alguna manera es como si no ocurriera. Por un lado, quien la padece la asume en silencio, de tal suerte que ahí no rigen límites, leyes. La intimidad del secreto se vuelve una ley, algo casi sagrado a lo que nadie accede. Por otro, para asumir una falta, debe haber un “yo” capaz de un acto autorreflexivo. Pero para ser un “yo” hay que existir en el mundo, a la luz de otros y otras. El primer efecto de las acciones que se mantienen secretas durante años es el de suspender el “yo”, localizarlo en una realidad paralela, de tal suerte que se puede ser a la vez una “buena persona” en la vida pública y, en cierta forma, un monstruo en la vida privada. En público, se es conforme a la moralidad externa. Se es un buen burgués que cumple con la ley. En privado, la ausencia de terceros o de registro de nuestras acciones hace que muy a menudo se traspasen los límites. Esto da cuenta del fenómeno de la violencia “doméstica”. Lo que ocurre con el secreto, sin embargo, es que el traspaso de los límites ya no es ocasional, es total. Enrolla a todos quienes lo comparten. Los casos de violencia mantenidos en secreto por familias o comunidades enteras tienen que ver con el hecho de que por un lado en secreto vivimos una realidad paralela, y nuestro “yo” está suspendido; y por otro, que el secreto enrolla a todos en la violencia, todos los miembros de una familia (incluido quien es sujeto a la violencia) o todos los miembros de una comunidad.


Vivir fuera del secreto es una decisión que no solo rompe una cadena de violencias (la violencia que padece Julie, violada por su hermano; la que padece Farid y su familia), sino que rompe también el encadenamiento a la violencia. El secreto hizo que los actos de violación se repitieran durante años; que la condena de Farid durara años. La violencia es una mecánica; se produce siempre en cadena (como en el caso de los asesinos en serie). No se interrumpe hasta que alguien pueda ser un “yo”, y para ser un “yo” hay que salir del secreto. De no hacerlo, la violencia perdura, se repite. Estamos encadenados a ella. Quizá lo que más me impactó es que la joven mujer decide autodenunciarse poco tiempo después de ser madre, como si este vínculo maternal, un vínculo por venir, hubiese hecho posible la existencia de un mundo que le permitiera a ella decir “yo” y salir del secreto. Por cierto, esta decisión, sean cuales sean sus consecuencias jurídicas, es también lo que posibilita que se interrumpa la mecánica de la violencia, que no enrolle también a un recién nacido.


Se habla mucho desde hace algunos años del hecho de que las víctimas de violencias sexuales son por lo general “revictimizadas”. Esto ocurre, por ejemplo, cuando una mujer que busca denunciar un acto de violación se encuentra ante unos fiscales que se burlan de ella, o le dicen que tal vez está exagerando, o que se lo buscó. En tales casos, la violencia es negada, reducida a un chiste o, peor, se culpa a la presunta víctima, quien es entonces condenada socialmente. Por lo mismo la violencia se repite, no tiene fin. La violencia se repite porque es negada. Esta es su estructura. La “revictimización” tiene que ver con el hecho de que la violencia se produce siempre borrándose, en secreto o través de modos lingüísticos que la anulan (por ejemplo, volviéndola “chistosa”).


Esta palabra, “revictimización”, genera muchas sospechas en algunas personas. Esto ocurre en parte porque el relato de las víctimas es difícilmente audible. Los múltiples relatos de violencia que se han divulgado a través de las redes sociales permitieron tomar algo de consciencia de la violencia que estructura la sociedad, los ámbitos profesionales y la vida en familia, pero no han logrado necesariamente crear una escucha. Tal vez esto se deba a que la escucha es de carácter íntimo más que político. El relato que leí en Le Monde me hizo pensar que se puede leer la violencia sexual no en clave de víctimas y abusadores, sino a través del modo en el que el secreto, el lenguaje, los silencios, crean encadenamientos, mundos enteros estructurados en una violencia que nadie es capaz de ver ni de percibir. Se ha reiterado la necesidad de denunciar y de liberar la palabra. Esto puede ser de doble faz. Lo que hay que hacer, me parece, es lograr romper el encadenamiento a y de la violencia que ocurre cuando el lenguaje nos anula.


El impacto de este relato me dejó también pensando que asumir una falta no es lo mismo que culparse. La culpa es moralizadora. Nos libra al infierno. Al contrario, al asumir su falta y elaborar un relato que la implica en primera persona, obligándola a vivir fuera del secreto, la joven mujer –que ya es una joven madre– se constituye como un yo y ofrece un mundo a su hijo o hija. Pues, en este caso, vivir fuera del secreto no es buscar la trasparencia sino a los otros que nos permiten tomar consciencia de nuestras acciones, ponernos límites y cuestionarlos, hacernos testigos y posibilitar que lo ocurrido se constituya como algo creíble, como parte de la realidad.

[1] Este artículo es parte del proyecto Fondecyt 1210921 “Infringir el silencio de la ley”.

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