Y si las cosas tuvieran memoria, ¿qué dirían de nosotros?
- Felipe Guerrero

- 20 ago
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Pensar una forma distinta de la memoria después de Fernández, Alegría y Krenak
Mapocho, de la Nona, habla del río que cruza Santiago de Chile. Serpiente de oro, del Marañón en Perú. Futuro Ancestral recurre a varios ríos también que ejemplifican formas de vida interior. Ríos que tienen carácter, que se comportan así o asá, ríos que dan vida (y también la quitan) a muchas personas. Ríos que tienen historia, que cargan con un pasado, que en sus cauces fluye lo sido. En este breve ensayo quiero explorar una sola cosita. Antes de contar qué, quiero decir cómo llegó a ser tema de mis reflexiones.
El jueves recién pasado -día libre en Chile- tuvimos una actividad académica en línea, con mi Uni de afuera. Uno de los integrantes expuso sobre Max Scheler. La tesis que daba vueltas era la relación de la empatía con las cosas vivas, con lo vivo. Luego, en la discusión, intenté acentuar que el problema no se trataba tanto de la empatía sino de la pregunta por la vida, es decir, qué significa estar vivo. Luego de eso, el expositor terminó afirmando una suerte de animismo. Lo mejor que podía pasar era tomar todo por vivo, porque así podíamos ejecutar la empatía con todo. Ayayay Europa y sus cosas. Obviamente que por dentro tenía a toda esa tradición larguísima y venerada hoy de antropología y biología racista francesa, alemana e inglesa, que caracterizó el mundo de los primitivos, en detrimento de la vida civilizada, de animistas. ¡Claro, po! Ellos sólo creen en un dios, el indicado. Nosotros, pobrecitos, en varios ¡y además! los vemos en todas las cosas -Levy Bruhl dixit-. Ahora, volviendo a la idea. Quiero aquí explorar la memoria del mundo, no su vida. Es decir, quiero pensar en la memoria de las cosas, de los ríos, de las montañas. ¿Qué tipo de relación estableceríamos con el entorno si las cosas recordaran, si nosotros fuéramos cosas que participan de su recuerdo? ¿qué, si nosotros fuéramos acontecimientos que ocurren dos, tres, cuatro veces, en al vida interior de los ríos, de las montañas, de los árboles?
Debo hacer no obstante una breve digresión. No quiero pensar aquí, expresamente, lo vivo. Sé, naturalmente, que entre el hecho de memorizar lo acontecido y el de estar vivo, hay "algo" de relación.
Mi problema con insistir en la noción de vida es que nos lleva sin querer a coquetear con la tradición liberal que fantasea con el respeto por un todo que siempre es abstracto, un todo que jamás tiene nombre ni apellido, un todo que nadie ve, nadie conoce, nadie nadie (a un todo, digámoslo de pasadita, que jamás le aconteció ser negro ni indio, ni mucho menos mujer.. puf, olvídate). El último eslabón de esta teoría del respeto por un todo que nadie ve es la así llamada por Nietzsche, ficción necesaria: la dignidad. No quiero pensar que el mundo es digno y por tanto hay que respetarlo. Solo en el viejo mundo fue posible que el mismo ser humano que hablaba de la paz perpetua, fuera a su vez uno de los teóricos racistas más grandes de su época. ¿Cómo es posible eso que a todas luces es un cuadrado redondo? porque esas son teorías que tratan de teorizar un todo sin nombre, sin tierra, sin patria y después, una vez seguro ese todo sin rostro, después hablan de respetarlo. El problema con esto es que la justicia sin nombre no existe. Con Gaza frente a nuestros ojos esto es doblemente obvio. Hoy no hay más gramáticas del derecho para pensar la vida, porque se nos puso delante la única y cruel verdad que atraviesa la historia como un rayo que la parte en dos y de pasadita quema sus bordes: que el derecho es hoy el poder de muerte. ¡Claro que suena de fondo Achille Mbembe y Rita Segato -y bueno, otros tantos- diciendo "¡se lo dije, se lo dije"!
Bueno, volvamos entonces a la cosita que quiero aquí sucintamente explorar: ¿qué dirían las cosas de nosotros, si tuvieran memoria? Mapocho presenta un río que carga muertos y en cuyo recuerdo también hay muertos, un río que cargó mierda, cuerpos vejados, maltrechos. Si tiramos un poco más el hilo, el río fue sede de una parte de la civilización más grande que tuvo lugar en América antes de los españoles, el Tawantinsuyu. Un cauce que quiso ser navegable, un lugar que divide las clases sociales en la metrópolis chilena. El Marañón, siguiendo esto mismo, es un río vivo, con su fuerza propia, que decide quien lo cruza y quien no. Dice que los valles, los ríos y los árboles son conversadores. Cruzarlo o no, nos dice el autor, no es cosa de hombres, sino de Dios. ¿Y quién es él? pues, el río mismo. Krenak sería, siguiendo este hilo interpretativo, un suerte de autoconciencia de lo dicho. En una sección preciosa de su Futuro ancestral, cuenta que una vez un especialista le contó que los microplasticos comienzan ya a aparecer en fetos humanos. El autor doblega, sin embargo, la fuerza y se resiste a ser embargado por la imagen del fin del mundo. Lo lindo son las razones que arguye: porque en nuestros sueños, dice, están las memorias de nuestros ancestros y las memorias de la Tierra. Sí, de la tierra. Es decir, en nuestros sueños aparece el modo en que la tierra nos recuerda a nosotros.
Dos cuestiones me parecen centrales de esta exploración. Por un lado, la forma secular de pensar el espacio como haciendo sentido. Por otro, la pregunta por el modo de relación que hemos establecido hasta hoy y que estableceríamos sobre la base de esta forma de ver las cosas. Piensen lo siguiente: aquellas cosas por las cuales los países están orgullosos, ¿estarían orgullosas de los países donde fueron a parar? El Moái que tienen los ingleses, ¿los recuerda a ellos del mismo modo en que recuerda a los rapa nui? El teatro Colón, en Buenos Aires, es un buen ejemplo de esto. Cuando hice el tour allá, el relato oficial era que había sido construido en su totalidad por europeos (motivo de orgullo cuando vives atravesado por la colonialidad del poder). Naturalmente que le pregunté por la mano de obra.
Europea también, dijo el hombre de tour. Al final, me acerco nuevamente y le digo con humor: "sabís que no te puedo creer que hayan traído gente de Europa pa' mezclar cemento con agua y pegarlo acá. Esta gente debió ser de acá". "Sí, bueno", me dijo, "la verdad es que esa es la historia que conocemos". ¿Y será también esa la historia que yace en los recuerdos del Colón? ¿Estaría él, en su memoria, tan orgulloso de su pasado oficial y aparentemente poco y nada americano? Creo que el principio de orgullo de las historias oficiales, de cosas que enorgullecen a los países, es "ser-cosas-sin-memoria". A ver, lo sé, esto es un juego, una exploración. Pero si acaso fuera posible pensarlo, diría: todo aquello que tiene memoria está por principio imposibilitado de ser orgullo de la historia oficial.
Derivado de esto, diría lo siguiente. Hogar no es un lugar habitual simplemente, un lugar que frecuentamos, donde dormimos. Sentirse en el hogar es estar en un lugar que me recuerda perfectamente, un lugar en cuyos recuerdos yacen mis llantos, mis soledades, mis diarreas, mis lunares, mis hábitos marciales y virtudes.
Hogar es aquel lugar donde el recuerdo de uno yace sin conflictuar, es el lugar donde nosotros acontecemos dos, tres, cuatro veces sin problema. La pedagogía de mi madre siempre fue "irse de un lugar por la puerta ancha", en el sentido de irse dejando una buena impresión (¡Hume!), un lindo recuerdo. Porque el recuerdo lindo, en el otro, en lo otro, es un modo originario del respeto por el otro.
El recuerdo como donación. La vida del otro compete al otro, lo que me interesa aquí es el recuerdo que le ofrezco. El hogar es aquel lugar que resguarda en su memoria, en su vida interior, nuestros aciertos y desaciertos y, en cuanto tal, nos recibe. Esta es la contracara absoluta del capital y sus movimientos devoradores de cosas. La tesis básica del capital es que nada recuerda, nada tiene vida interior. De ahí a que lo valioso para él sea lo que es gigantesco, lo que es grotescamente grande, lo inmenso. Porque parte de una premisa dolorosamente equivocada: de que lo grande de las cosas depende de momentos intuitivos, visibles. ¡Qué problema de óptica! Lo grande de las cosas se guarda en la vida interior de las cosas, en su memoria. Lo que me importa de mi versión roñosa de Sobre héroes y tumbas no es ella en sí misma, sino resguardar su recuerdo. Dicho así, "hogar" y "capital" son formas de relación con las cosas en razón del modo en que ellas nos recuerdan a nosotros. Si pudiera, entonces, volver a aquello dicho por mi compañero en la actividad, donde expuso de Scheler, diría que el animismo no es una cosa de vida primeramente, sino relativo a la memoria. Lo medular entonces no es si acaso quito una vida, sino el modo en que ingreso a la vida interior de aquello otro, a su recuerdo. ¿Y por qué no la vida? Pues, porque ya lo insistió Nona en su Mapocho: porque la muerte no existe.
















































