top of page

Resultados de la búsqueda

Se encontraron 1174 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Regenerar como héroes: el cuerpo y su ciencia

    Las montañas de la sanación   Considerando los episodios de emergencia por los que hemos atravesado como país, el periodo 2019-2022 fue particularmente exigente. En mi caso, después de veintisiete años de trabajo científico, principalmente en el campo de la neurociencia, el 17 de diciembre de 2018 acepté el cargo de Ministro de Ciencia del ex-Presidente Sebastián Piñera. La instalación del ministerio fue un trabajo de compromiso total por parte de colaboradores extraordinarios. Las obligaciones propias de la creación de una nueva entidad en el Estado se desarrollaron de la mano de disciplinas científicas indispensables para nuestra era como el cambio climático, la biología molecular y la inteligencia artificial, y otras de grandes oportunidades como la astronomía y la oceanografía.   Sin embargo, y lejos de anticiparlo, al cabo de diez meses nos vimos inmersos --desde las oficinas en el segundo piso de La Moneda que miraban la Alameda-- en un sin fin de emergencias, primero con el estallido social y luego con la pandemia. Los riesgos, la exposición diaria y la confrontación constante, produjeron un desgaste profundo e imprevisto en todo el equipo que había llegado con el optimismo y visión técnica propia de la comunidad científica.   Para hacer frente a este desgaste físico y emocional, hacerlo sólo durante los extravagantes horarios matutinos permitidos durante la pandemia (los que como autoridad debía obedecer más que nadie), y sin pensarlo demasiado, decidí activar una antigua inclinación, la de estar lo más posible en contacto íntimo con el paisaje, en los cerros, en las quebradas y los bosques. Así, durante casi tres años recorrí extensamente las cordilleras de la zona central y el norte de Chile. Una mañana, subiendo solo hacia el refugio alemán en Yerba Loca, un área protegida camino a Farellones, me encontré con una joven guardia, responsable de abrir y cerrar el refugio construido en 1938 por el Club Alemán Andino de Santiago y remodelado recientemente. Compartiendo una naranja mirando Santiago desde una terraza de piedra me comentó: "a la montaña hay que venir sano, sanarse abajo y después subir, no al revés".   Mi relación con la montaña, con el rayo de luz frontal de la linterna iluminando el sendero oscuro y el polvo suspendido como galaxias a la deriva, con la brisa fría y afilada del amanecer, diferente por cierto en cada estación, con la luz del sol que dibuja, con un halo anaranjado, los contornos de los filos y las cumbres, comenzó a producir en mí una regeneración física, mental y espiritual. Quizá a diferencia de lo que pensaba la guardia del refugio, regenerar era posible a través del paisaje, un paisaje que había estado siempre presente en mi vínculo con la exploración científica, con la tradición naturalista que me atrajo a la ciencia mucho antes de que la belleza, prácticamente digital de la biología molecular y la neurociencia, cubrieran casi la totalidad de mi dedicación.   En la precisión material y espiritual de su libro "La Montaña Viviente", Nan Shepard expone claramente las posibilidades de este camino: "Es, por lo tanto, cuando el cuerpo ajusta su máximo potencial y control a una profunda armonía que se adentra en algo parecido a un trance, que descubro de cerca que es ser . Camino fuera del cuerpo y entro en  la montaña. Soy la manifestación de su vida total...".   He entrado en la textura vital de los Andes centrales a través de las abultadas y altas nubes que se forman sobre la cordillera en verano, que ya no son solamente parte del paisaje sino también de mi retina. Y mediante una infinidad de animales y plantas en sus poco frecuentes apariciones, que se escuchan mucho más vívidamente de lo que se ven, dando cuenta de la sorprendente riqueza biológica oculta en las laderas. Liebres explosivas y grandes como pumas, zorros cuyas cabezas desaparecen como si se zambulleran ladera abajo dejando balancear su cola momentáneamente en el aire como un periscopio, lagartos de colores y respetables tamaños, culebras de cola corta y de cola larga, difíciles de distinguir en su desplazamiento templado pero exacto y decidido, ratones y arañas. Y a través de decenas de especies de pájaros, que en solitario o en bandadas acompañan en los senderos con sus llamados y trinos, o que sobresaltan primero, y luego señalan orgullosamente su presencia con visitas veloces de sombras magnificadas sobre la pendiente, y zumbidos orgánicos de alas extendidas.   Mediante el constante esfuerzo del ascenso pude diversificar el pensamiento, conversar, resolver problemas, asombrarme y aprender. Y, no menor, mi condición física mejoró considerablemente y, aunque es difícil evaluarse a uno mismo, quizá alcancé la mejor de mi vida, a pesar de haber cumplido ya cincuenta y cinco años. Tomando en cuenta el contexto en el cual había retomado la relación con cerros y montañas, sin buscarlo, había comenzado a reconocer los rincones y los fragmentos del lento camino de la regeneración.   Desafortunadamente justo antes de navidad del año 2023 sufrí una lesión seria durante un juego inocente con mis hijos en la playa, muy lejos de las amenazas de las quebradas y los filos de las montañas. Una fractura de platillos tibiales, un desprendimiento del engrosamiento de la tibia a la altura de la rodilla que recibe el fémur, el hueso más largo, pesado y resistente de nuestro cuerpo.   El instante mismo de la fractura fue una explosión cuyo eco sentí en capas como ondas de presión. Con el sol en la espalda, los ojos cerrados y los dientes apretados, hice lo posible para contener una rodilla que en pocos segundos alcanzó una temperatura y unas dimensiones inexplicables.   Luego de una cirugía a la que me tuve que someter unos días más tarde, cuatro pernos de acero canulado (que me rehúso a preguntar si los introdujeron o no con un taladro eléctrico), y una breve hospitalización, me vi obligado a pasar gran parte del verano inmovilizado, con un dolor que se prolongó de forma permanente por veinticuatro días. Mi sensación fue de una interrupción injusta a un proceso de regeneración física y mental bien encaminado, lleno de ambiciones, aunque la gran mayoría de ellas pudiesen ser fantasías.     De héroes y propósitos inescapables   Con el paso del tiempo comencé a ser testigo de un proceso biológico de sanación sorprendente. El foco de la regeneración, desde la recuperación del desgaste emocional producido por años en el ministerio, dio paso a un proceso mucho más específico de regeneración biológica, de los huesos, de los músculos, de la piel y de las fibras nerviosas. Tejidos que se reparan de forma autónoma, sin necesidad de nuestra atención. Superpoderes que nos asemejan a los héroes que pueblan la cultura contemporánea como Wolverine, Deadpool, Doomsday y Kratos, u otros que han regenerado desde la antigüedad como Quirón, el ave Fénix, o Prometeo, aunque su hígado sólo se regenerara después de alimentar al águila para asegurar su tormento eterno.   A través de un conjunto de disciplinas científicas como la biología de sistemas, la fisiología, la biología celular y molecular, y la genética hemos comenzado a comprender estos fenómenos de regeneración en profundidad. Lo más evidente desde el exterior es la regeneración de las heridas de la piel que deja una cirugía. Al principio es un proceso invisible pues ocurre bajo las gasas y cintas adhesivas, pero pronto queda al descubierto develando la mecánica de la biología en la base de toda la vida. En los seres humanos las heridas de la piel antes del nacimiento regeneran completamente incluso sin dejar cicatrices. Después del nacimiento, y a medida que crecemos, este proceso sigue ocurriendo aunque la piel ahora sólo se repara, es decir, estrictamente no se regenera. Y lo hace en cuatro etapas. En una primera, llamada hemostasis, se forma un coagulo constituido por plaquetas, fibrina y fibronectina. Este evita la pérdida de sangre, protege de infecciones, ocurre en las primeras horas y puede durar un par de días. Una segunda etapa inflamatoria, que puede durar poco más de una semana, contribuye a evitar infecciones y a generar señales para atraer células que promueven la limpieza de la herida y la formación de nuevo vasos para aumentar la irrigación sanguínea. En una tercera etapa de proliferación y migración, nuevas células reemplazan el tejido dañado y cierran la herida hasta el día veinticinco. Desde ese momento, y pudiendo extenderse por dos años, la piel se organiza con las mismas propiedades mecánicas anteriores a la lesión [1]. Maravillosa biología. No es de extrañar que quienes sanaban heridas fuesen considerados magos durante milenios y que confiáramos en héroes que atesoraban esa disposición.   Las heridas de la piel también resultan en percepciones inusuales al tacto, las que pueden durar mucho tiempo, afectando la sensación normal al roce con objetos, otras formas de vida, otras personas o nuestra propia piel. Es sorprendente que no sepamos mucho, y exista poca evidencia, sobre este proceso reparativo en seres humanos. La sensación del tacto es mediada por una serie de receptores y fibras nerviosas cerca de la superficie de piel que detectan cambios de presión, vibraciones, movimiento y estiramiento, entre otras. Las heridas dañan estas fibras, las que inicialmente degeneran durante los primeros seis días posterior a la lesión, para luego repoblar la zona dañada. Lo pueden hacer desde las capas inferiores de la dermis, o lateralmente desde los márgenes de las zonas ilesas. Este proceso ocurre gradualmente y puede mostrar avances a los treinta días. Sin embargo, dependiendo de la naturaleza de la herida, la normalización puede demorar más de sesenta días, llegando a dos años o simplemente nunca recuperar totalmente la innervación [2].   Al pasar las semanas noté que la lesión lejos de arruinar el verano se transformaba en la materialización, a ratos feliz, de un solo objetivo, de una meta única de regeneración sin alternativas. Esta felicidad del propósito único está relatada en el extraordinario ensayo de Peter Matthiesen, "El Leopardo de las Nieves", que trenza una expedición en busca de la oveja azul de los Himalayas y el esquivo leopardo, con una profunda reflexión sobre el budismo, la muerte y la pérdida. En él Matthiesen relata el episodio de un Lama con una discapacidad física severa que vive paradójicamente feliz atrapado debido a su condición en Shey Gompa, el Monasterio de Cristal, a 4.200 metros de altura en las montañas escarpadas de Nepal. Apuntando a sus piernas torcidas sin complejos declara: "Por supuesto que soy feliz aquí! Es maravilloso. Especialmente cuando no tengo alternativas!". El propósito único tiene tintes espirituales del aquí y ahora. M. Yuvan en "A Naturalist Journal" vuelca ese propósito hacia la espera: "Esperar es el acto de ser testigo de la vida, que se desenvuelve más allá de las ataduras propias de la voluntad".   Los huesos fracturados, a diferencia de la posible condición hereditaria del Lama de Shey Gompa, también emprenden su propio proceso de reparación, que a diferencia de la piel, no vemos sino con la ayuda de tecnologías que permiten examinar las profundidades del cuerpo humano, como radiografías o tomografías. El proceso también comienza con una inflamación que se prolonga entre uno a siete días, durante la cual la llegada de células inmunes remueven el tejido dañado e inducen la generación de nuevos vasos sanguíneos. A continuación dos tipos de células progenitoras, que tienen la capacidad de diferenciarse en múltiples tipos celulares, se activan para contribuir a todas las etapas de la reparación. La primera, las células mesenquimales estromales o MSCs, lo hacen principalmente para promover la producción de factores de crecimiento y para la generación de nuevos vasos sanguíneos, y la segunda, las células troncales esqueléticas o SSCs, un grupo heterogéneo de células residentes de la médula ósea esenciales, lo hacen directamente para la producción de nuevo hueso, con algunos subtipos especializados que reparan específicamente huesos largos como la tibia. Entre los días siete y veintiuno se forma un puente de cartílago, que a continuación se hipertrofia transformándose en hueso con estas células que migran hacia el sitio de la lesión y trabajan en ella en una etapa que dura de seis a ocho semanas. Finalmente un extenso proceso de remodelación guiado por la biomecánica del esfuerzo y la tensión, y que dura entre dos meses y años, esculpe el hueso a la geometría anterior a la lesión [3].   Días y semanas de recuperación fueron revelando así un fenómeno biológico de reparación que inesperadamente tenía relación con todos los otros procesos regenerativos. Sin apoyar el pie por treinta días continué visitando las montañas mediante la lectura. No podía caminar, pero sí leer prácticamente sin obstáculos. Y las lecturas sustituyeron el contacto con el mundo natural, permitiendo la continuidad regenerativa del cuerpo y sus emociones. Es como si el proceso previo de regeneración en las montañas, y su posterior desplazamiento hacia las montañas de la mente y hacia la regeneración de tejidos se unieran con naturalidad. Como si el fenómeno de la regeneración fuese una propiedad que incide permanentemente en todas las dimensiones de la vida.   Quizá no es de extrañar que en la musculatura se integren estos procesos, pues de los músculos dependen no solamente la ejecución de nuestros movimientos, sino nuestra capacidad más poderosa para interactuar y modificar el entorno. La función muscular depende directamente de su uso. El ejercicio de resistencia, como levantar pesas o pedalear en una bicicleta, crea tensiones en las fibras musculares y pequeñas lesiones que desencadenan una respuesta inflamatoria local. Las células satélite, que son células musculares especializadas, se activan luego de la actividad intensa o daño para reparar y regenerar el tejido muscular. Producto del ejercicio de resistencia se activan mecanosensores y proteínas especializadas que detectan el estímulo mecánico y activan vías de señalización para que promueven la producción de proteínas en las células musculares, que se incorporan principalmente a las estructuras contráctiles. El aumento neto en la síntesis de proteínas musculares en relación con la degradación conduce al aumento en el tamaño de las fibras musculares.   Luego de una fractura los músculos de la extremidad inmovilizada se atrofian por desuso, con el desmantelamiento de los arreglos de miofibras y componentes subcelulares. La masa muscular se mantiene por el balance de dos procesos: síntesis y degradación de proteínas musculares. En ausencia de enfermedades la pérdida de masa muscular está dada por la baja en la síntesis, más que por aumento en la degradación. El desuso provoca pérdida de capilares sanguíneos, disfunción de células satélite y otras alteraciones que inciden en la recuperación.   El ejercicio de resistencia aumenta tanto la síntesis como la degradación, pero cuando se combina con una dieta de alta calidad proteica resulta en un incremento neto de síntesis que conlleva a un aumento de la masa muscular en el tiempo. Estos ejercicios y una nutrición balanceada previenen la atrofia por desuso. En personas de mayor edad la atrofia es más rápida, la recuperación es más lenta, puede no ser completa, y requiere entre una y media y dos veces la cantidad de proteína para estimular de forma óptima la síntesis, aunque la evidencia para esto es todavía débil. La pre-habilitación es una forma de evitar la atrofia en caso de accidentes, y la estimulación eléctrica del músculo una herramienta para contrarrestar periodos de desuso [4].   Anfibios y peces teleósteos poseen una excelente capacidad para regenerar células,  extremidades, órganos, y gran parte de sus sistemas nerviosos. Esta capacidad, que se conoce desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX, puede generar la reaparición perfecta y funcional de la estructura original. Las salamandras y los axolotls, por ejemplo, mantienen su capacidad regenerativa a lo largo de toda su vida, mientras que la rana africana la posee durante los estados de renacuajo, pero la pierde luego de la metamorfosis. Por razones desconocidas la capacidad regenerativa depende en cierta medida de la mantención de conexiones con los sentidos del olfato y la visión. Además puede no ser ilimitada, pues requiere de un conjunto finito de células progenitoras que puede vaciarse con sucesivas regeneraciones [5].   A diferencia de estos animales, en los mamíferos, incluyendo nosotros los humanos, la muerte neuronal produce hipertrofia de algunos tipos celulares, poseemos proliferación restringida de precursores neuronales y formamos cicatrices gliales que impiden la regeneración neuronal. Pero aprender sobre los animales con mayor capacidad regenerativa nos permite buscar soluciones para mejorar las nuestras más limitadas.     Hasta que dure la esperanza   No es difícil concluir que las enfermedades o lesiones que tienen en su horizonte la recuperación y la regeneración pueden considerarse un privilegio frente a lo definitivo, a lo terminal. Hacia el final del verano en el que cayó trágicamente el helicóptero que piloteaba el ex-Presidente Piñera en el Lago Ranco y que provocó su muerte, aportando un testimonio certero a la fugacidad de la vida, yo abandoné definitivamente las muletas que me habían sostenido por dos meses. Un tiempo después, con el apoyo de un enérgico programa de rehabilitación física, volví a los cerros. La palabra regeneración, el "acto de regeneración o producción de nuevo", se utilizó inicialmente en ámbitos espirituales, "un ser nacido de nuevo", engendrar o dar a luz de nuevo. Solo a principios del siglo XV se refiere al tejido animal, y aún más recientemente, en 1888, sobre los bosques.   En innumerables oportunidades y a lo largo de los años cada uno de mis hijos me ha preguntado qué superpoder me gustaría tener. Siempre les respondo que ya tengo uno extraordinario: la regeneración, el superpoder de la vida de repararse a sí misma. Somos nosotros los que hemos inspirado a los héroes con nuestra existencia y nuestros anhelos. La regeneración es un superpoder real de los seres vivos, y aunque lo vamos perdiendo gradualmente, evidenciando también nuestras limitaciones, y en algún momento de nuestras vidas agotables dejará de vincularnos con aquellos héroes y sus mitos, seguirá siendo un equivalente biológico de la esperanza [6].     [1]  Healing Mechanisms in Cutaneous Wounds: Tipping the Balance. Adam J. Singer, MD. TISSUE ENGINEERING: Part B Volume 28, Number 5, 2022. [2]  Epidermal reinnervation after intracutaneous axotomy in man. Bindu Rajan 1, Michael Polydefkis, Peter Hauer, John W Griffin, Justin C McArthur. J Comp Neurol 457(1):24-36, 2003. [3]  Fracture healing research: Recent insights. Lena Steppe, Michael Megafu, Miriam E.A. Tschaffon-Müller, Anita Ignatius, Melanie Haffner-Luntzer. Bone Reports 19, 2023. [4]  Disuse-induced skeletal muscle atrophy in disease and nondisease states in humans: mechanisms, prevention, and recovery strategies. Everson A. Nunes, Tanner Stokes, James McKendry, Brad S. Currier, and Stuart M. Phillips. Am J Physiol Cell Physiol 322: C1068–C1084, 2022. [5]  A Comparative Perspective on Brain Regeneration in Amphibians and Teleost Fish. Katharina Lust, Elly M. Tanaka. Dev Neurobiol. 2019 May;79(5):424-436. [6]  Agradezco a quienes me acompañaron en las distintas etapas de la recuperación: Andrea Brunson y mis hijos Mateo, Adolfo y Julia; José Antonio Alemparte, traumatólogo y cirujano de rodilla; Claudio Gutiérrez, kinesiólogo; Ricardo Walker y María Edwards, amigos del alma; Ernesto Ayala, compañero de montaña y editor.

  • Punto de Fuga III: La singularidad de lo real

    … un medio es una entidad visible que ocupa la posición de un tercero entre diferentes mundos, sistemas o grupos; y como un mediador, él facilita el intercambio entre estas esferas heterogéneas. Los medios operan especialmente bien cuando este tercero es un híbrido que combina las propiedades de ambos lados.  Sybille Krämer Fue el movimiento lo que me llevó a encontrarla. De mi cuerpo entre cosas, ordenando el caos  de mi historia plasmada en un conjunto de esas superficies que parecen detener el tiempo. Pensé que no existía, que la había imaginado. Algo particular ocurre al recordar una imagen; más difuso, quizás, que aquello a lo que esta hace referencia. Como si al volverse imagen la memoria pudiese ser borrada, y al volver a su origen fuese posible retornar. Dentro de lo posible está lo imaginado, ¿o es lo imaginado lo que habita lo posible? Rosset diría que no es ni uno ni lo otro porque también está lo recordado. Que es la infalible memoria lo que permite el conocimiento de lo real, cuando “autoriza una especie de conocimiento de la diferencia … siendo toda realidad esencialmente singular” (Rosset, 96). Singular, distinto tanto de lo otro como de lo mismo, aquello que deviene inaudito e inolvidable. Como «La densidad infinita de las imágenes» a la que «Punto de Fuga III» hace referencia. Ni video, ni pantalla, ni escultura, ni instalación.  Más bien visión, movimiento y escucha simultáneas. Un hito de intermedialidad, una singularidad técnica. Un conjunto de imágenes-artificio, archivo de una memoria al mismo tiempo posible e imaginada —donde imaginar es el acto de volver imagen, y lo imaginado es lo vuelto imagen . “[U]na vuelta de lo ausente al presente y al aquí” (Rosset, 97), un aquí como el emplazamiento presente por excelencia, donde nada es ni remite más que a su mismidad. Densidad infinita, gravedad extrema, un agujero negro, mi olvido. Lo inobservable o el límite de lo observado, del conocimiento, del orden simbólico, frontera del espacio-tiempo, lo real. Como el explorador polar del poema de Brodsky, para quien “lo que se ha alcanzado es la máxima latitud posible” (Montalbetti, 279), Belarmino se aventura a expandir ese otro lugar que no se puede sobrepasar  que no es ni físico ni geológico, sino auditivo, lumínico &  visual. Espacialmente visual. Lo visual de la densidad infinita de las imágenes  abre un punto de fuga  de la realidad medial que nos rodea, acercándola (y acercándonos) a lo real que la habita y configura, en su histórico devenir imagen. Aquí esta se posiciona por sobre lo imaginario y la imaginación. A partir del punto, la serie o conjunto de estas unidades discretas conforma una esfera, en contra y al mismo tiempo a punta del aplanamiento y los procesos de digitalización. Como en un horizonte de sucesos, ingresamos a una dimensión sin referencias, seguimos un trayecto de dirección desconocida. ¿Qué hace esférica a una esfera? ¿Qué hace posible a lo real? Nada, especularía el hastío. Todo, vendría a rebatir la curiosidad. Pues es desde la curiosidad y la incertidumbre que surge la alternativa. Acostumbrados al 2D para lo visual, «Punto de Fuga III» nos recuerda que “Las superficies no son planos; sino que estas son consideradas  y reconocidas  como planos” (Krämer, 23). Que esta planitud tan familiar es lo  virtual, es artificialidad. Y lo artificial, a su vez, lo más propio y necesario de la forma humana de existir, entender y representar el mundo, la vida, su propia existencia, el universo entero. Vemos luz y reconocemos sombras, siluetas, manos; en realidad: destellos, sistemas, mecanismos, electricidad, apenas 10 milímetros de distancia. Como el agujero negro que elude toda posibilidad de visión y visibilidad, como mi fotografía olvidada, lo in-visible parece sólo existir en la obra, pues es ahí donde su apariencia puede ser representada —es decir, mediada.  Un objeto pantalla para hacer real lo imaginado, transformándolo en memoria rossetiana. Un ejercicio sólo posible en su representación sobre la esfera, forma volumétrica que se define en su esencia rotunda, inabarcable desde una sola vista ( hay que , es un imperativo rodearla). Desde la mitología, que nos habla de nuestro origen como cuerpos humanos esféricos, la esfera es completitud, el origen del deseo en la nostalgia por la mitad perdida. Desde la geometría, la esfera es un sólido de revolución , o un volumen generado por una superficie plana puesta en rotación sobre un eje. El movimiento es, entonces, su condición de posibilidad. Movimiento-deseo, movimiento-volumen, movimiento-imagen, movimiento-cuerpo de lo visto y de la mirada. El mismo movimiento que hizo posible mi referido reencuentro con esa, una  fotografía, se abre aquí para presentarlas todas.  Imágenes no sólo visuales, sino también auditivas y hápticas forman esta composición. Entre ellas, extractos de Tscherkassky, Goddard, Stravinsky, Ravel. Desde el fragmento, la repetición. Desde el movimiento, la mirada. Hay igualmente en «Punto de Fuga III» otra mirada y otra esfera: la del reflejo sobre los planos de metal que rodean al volumen pantalla, al mismo tiempo forzando y haciendo eco de la mirada, sin cesar, de cada una de sus ondas, volviéndola infinita. Rayo incidente, rayo reflejado; siempre entre ellas, siempre hacía sí —el infinito de nuevo. Música incidental de fondo y entremedio, luz y esfera terminan por ser al mismo tiempo imagen y técnica, memoria e imaginación, medio y mensaje, intermedialidad y límite. A diferencia de mi fotografía, no se trata de generar evidencia de  algo, si no de generar algo . Una cosa. Otra. No se posa, flota, se sustenta en la refracción del mínimo fotográfico, digital, hoy visual, que es el punto de luz.  Así, la opacidad y corporalidad técnica de la obra nos recuerdan que no hay nada a la base de lo singular. Que “A la relativa seguridad de la memoria se opone así la incertidumbre constitutiva de la imaginación” (Rosset, 99). Que el recuerdo no siempre coincide con lo posible. Que para eso, a veces, surgen los medios (el código, el sonido, la imagen). Que que el lenguaje no es una superestructura (Montalbetti, 219). Que eso sólo le corresponde a la singularidad de lo real. Referencias bibliográficas Clément Rosset (2006). Memoria e imaginación. En “Fantasmagorías. Seguido de lo real, lo imaginario y lo ilusorio”, pp. 91–104. Abada Editores. Irina O. Rajewski  (2020). Intermedialidad, intertextualidad y remediación: Una perspectiva literaria sobre la intermedialidad. Vivomatografías. Revista de estudios sobre precine y cine silente en Latinoamérica, 6(6), pp. 432–461. Erkki Huhtamo (2006). Elements of screenology: Towards an archaeology of the screen. Navigationen. Zeitschrift für Medien- und Kulturwissenschaften, 6(2), pp. 31–64. Mario Montalbetti (2014). El lugar que no se puede sobrepasar. Sobre A Polar Explorer de Joseph Brodsky. En “Cualquier hombre es una isla. Ensayos y pretextos”, pp. 279–296. Fondo de Cultura Económica. Sybille Krämer  (2023). Planitud artificial: Reflexiones acerca de una técnica cultural. En “Proyecto, imagen, algoritmo”, pp. 21–42. Universidad Nacional de Colombia; Universidad de Antioquia . Créditos: Daniela Canales, Registo fotografico. Punto de Fuga III: La Singularidad o la densidad infinita de las imágenes, Francisco Belarmino. Obra comisionada para la 17 Bienal de Artes Mediales de Santiago, 2025.

  • La Naturaleza que conozco

    "... la naturaleza es tan indiferente como generosa, y [...] su extravagancia es acompañada por un derroche aplastante que algún día incluirá nuestras propias vidas insignificantes". Annie Dillard Pilgrim at Tinker Creek (1974) Encuentro doble Una mañana del verano recién pasado salí a navegar en un kayak de goma naranjo por el Lago Azul en la comarca del río Puelo. El agua estaba tan tranquila que reflejaba las texturas de todas las montañas de los alrededores y de los pequeños insectos que revoloteaban sobre la superficie. A los pocos minutos de abandonar la playa noté algo pequeño y oscuro que se movía por encima de unas rocas secas en la orilla. Al acercarme remando lentamente distinguí un visón solitario hurgando entre los matorrales y las ramas caídas. Logré acompañar sus rutinas mundanas un buen rato. Lo vi subiendo y bajando, girando, ondulando escurridizo como una culebra y regresando como a cerciorarse de vez en cuando si algo que recordó súbitamente valía o no la pena. Pronto lo perdí de vista en un sector frío y sombrío de la costa. Casi me había olvidado de este breve encuentro, cuando uno o dos días más tarde caminando por un sendero bajo un bosque de grandes y viejos coigües con mis hijos y un amigo de ellos, observamos a nuestra pequeña perra revolcándose sobre el cuerpo en descomposición de otro visón. Asumo que se trataba de uno distinto al que había visto en las rocas del lago, porque la fetidez indicaba que llevaba muerto un largo tiempo. El visón estaba plano, como si hubiesen pasado sobre él una columna de tractores dejando solo una alfombra pegajosa y maloliente. La perra blanca se refregó por un lado y luego por el otro, arqueándose, la lengua afuera y la mirada absorta. Impulsaba primero su cabeza y su hocico logrando el mayor contacto con el cadáver, luego su cuello, haciendo que el movimiento convexo alejara sus piernas y su cola que se mantenían a mayor altura. A nuestros gritos de desaprobación respondió arrancando como si hubiese escuchado al mismo diablo. Lo que nos acompañó durante el resto de la excursión fue el desconcierto que silenció toda conversación sobre el rito orgánico que acabábamos de presenciar. También la angustia de no contar con respuestas ni de poder formular medianamente bien la pregunta frente a una conducta animal impenetrable. Si bien la situación no revertía mayor gravedad, el traspaso de humores, más allá de lo meramente alimenticio a lo que estamos acostumbrados, nos expuso a una comunión química directa y opaca entre la vida y la muerte. Quizá el encuentro también terminó de derribar ensueños infantiles sobre lo salvaje en mi hija de trece años que nos acompañaba. "Ciertamente entregamos a los niños pequeños una idea equivocada de las criaturas que los acompañan en el mundo" dice Annie Dillard, refiriéndose a los juguetes con que mimamos a los niños y a las caricaturas animales en las que delegamos su diversión.  Todos regresamos a la casa con una incomodidad que irradió por el interior de nuestros pechos como un vapor amargo. El árbol de la vida El universo conocido, o lo que el científico y explorador prusiano Alexander von Humboldt llamó el Cosmos —que en realidad corresponde a la naturaleza que lo contiene todo— nos impone con fuerza y capilaridad una neutralidad sin diseño, alejada de las fantasías, las supersticiones populares y la búsqueda de sentido. Aquí en la naturaleza, de la que somos apenas una fracción marginal, los elementos y el resto de los seres vivos actúan de forma implacable en una confusión de relaciones. El vigor de la vida nos acoge en esta trama enmarañada del Cosmos sin sentimentalismos. Su belleza y brutalidad ocurren simultáneamente, indiferentes al goce y al sufrimiento que sostienen. Ambas giran en un gran proceso amoral auto-organizado de replicación y selección, en el que cada ser vivo da rienda suelta a sus necesidades y se justifica a sí mismo por sus acciones, no por sus razones. Por lo que es y no por lo que debería ser. La neutralidad e indiferencia no componen, sin embargo, una visión monstruosa de la naturaleza. Solo levantan el velo de la evolución y de su multiplicidad. Son un recordatorio de que nuestros valores nada tienen que ver con las dinámicas extravagantes de lo viviente. No planteo con esto algo original. De hecho, la idea ha sido visitada una y otra vez en la filosofía y la literatura de épocas muy distintas. "Vivir, ¿no equivale precisamente a querer ser distinto de esa naturaleza?" plantea Friedrich Nietzsche, solo por citar un ejemplo reputado. A pesar de ello, nunca hemos tenido más evidencia para argumentar que la diversidad arrolladora de la vida y sus relaciones constituyen una plaga, no un milagro coincidente con nuestros valores. Hoy la cartografía de lo viviente, de lo extinto, y de la historia biológica se manifiesta en toda su extensión en un árbol de la vida que desafía la imaginación. La genética y la biología molecular demuestran aquí, quizá mejor que en ningún otro lugar, su hegemonía y su poder explicativo. El panorama que ofrecen contiene millones de especies y parentescos en complejas ramas de descendencia. El asunto se puede ilustrar como un círculo en cuyo centro relativamente vacío reside LUCA (del inglés Last Universal Common Ancestor ), el ancestro común de todo lo viviente. En este bosquejo, líneas que conectan con el presente, se bifurcan tempranamente para dar origen en distintos momentos de la historia remota a las bacterias, el grupo de las archea, los protistas, los hongos, las plantas y los animales. La proliferación hacia el perímetro del círculo da cuenta de una explosión incontrolable de biodiversidad en todas direcciones hasta nuestros días. Como si no fuese suficiente, un ligero cambio de perspectiva permite apreciar dimensiones aún más determinantes alojadas en este árbol de la vida. Para empezar, ciencias como la geología y la paleontología ponen al descubierto las extinciones masivas y periódicas de un planeta expuesto permanentemente a los ciclos de nacimiento y muerte. La ecología, por su lado, revela las íntimas relaciones utilitarias de acecho y digestión que ocurren entre todas sus criaturas. Y la neurociencia se ha atrevido recientemente a preguntar en qué medida cada individuo acepta su destino mecánica o conscientemente. De este modo, distintas formas de conocer dibujan un escenario revuelto de reproducción, competencia y depredación que opera de manera independiente a nuestras construcciones sociales del bien y el mal. Una evolución que se extiende en el tiempo hasta LUCA, calando mucho más hondo en la vida que nuestras categorías morales. Resulta, así, por lo menos paradójico que los seres humanos insistamos en depositar sobre este espectáculo nuestros ideales y una fantasía valórica que pretende recrearlo, desconociendo el caos que reina en él desde el inicio. "El mundo en sí mismo no es razonable, eso es todo lo que se puede decir. Pero lo absurdo es la confrontación de esta irracionalidad y el deseo extravagante de claridad que resuena en el corazón humano" dice Albert Camus.  La disonancia entre las leyes naturales y los valores humanos es incómoda e inconveniente, y la decisión de qué hacer con ella es vital. Enfrentar el filo que divide estos universos paralelos y transitar por el absurdo, como sugiere Camus, requiere una férrea disciplina existencial. Una disciplina de resistencia para no sucumbir ante la tentación de husmear en el sentido, evitando a toda costa cuestionarnos por qué estamos aquí, pero también para sortear el vértigo de la desesperanza. Una disciplina que se debe solo al presente, pues el porvenir del individuo carece de tantas seguridades como el futuro de la trama evolutiva. Visitas El mismo verano del episodio que vivimos con el cadáver del visón hicimos una pausa antes de volver a Santiago para visitar a unos buenos amigos en su casa de campo en la Región de los Ríos. Al igual que en años anteriores, nuestros movimientos diarios siguieron sus distendidos protocolos de regularidad.  Una mañana como todas, el café dio inicio a mi rutina veraniega frente a una estufa a leña recién encendida. Tres niñas pequeñas se presentaron antes que los demás para recibir el calor de su fuego. Después de unos minutos en los que alcanzamos a compartir un desayuno muy desordenado, cada cual dejó la cocina para seguir con sus afanes a la espera que el resto del grupo iniciara sus actividades matinales. Y apenas me asomé al pasillo fue cuando la vi atravesando el umbral de una antigua puerta de madera. Húmeda y blanda, una babosa corpulenta de unos doce centímetros avanzaba con lentitud sobre las tablas enceradas del piso. Atrás dejaba una estela delgada y uniforme de secreción brillante. Era una babosa leopardo, una especie introducida en Chile, amarillenta y con pequeñas manchas grises e irregulares a lo largo de su cuerpo. La puerta blanca con seis vidrios en su parte superior abría hacia una sala de estar bien iluminada con olor a troncos y chimenea. Mientras el café humeaba en mi mano, un metro más abajo la babosa exudaba vida y bosque con su abdomen pegado al suelo. Los tentáculos que se elevaban desde su cabeza salvaje rotaban como antenas en busca de una señal lejana. Su extraño y alargado cuerpo resumía la exageración de texturas, formas y funciones de lo viviente. A distintas alturas, las tres niñas pequeñas y yo formamos un semicírculo para observarla, sorprendidos.  Su presencia nos hizo testigos de las manifestaciones vitales y caóticas de las que somos parte. Nos vinculó directamente con una naturaleza que no está allá afuera en el destino turístico de moda ni en la nueva alternativa para un tratamiento terapéutico, sino en aquello que nos envuelve en su feroz variedad y exceso. Nos recordó que la mayoría de las veces nos sentimos distantes del resto de los organismos, incluyendo estas pequeñas bestias invertebradas, hasta que se asoman y circulan con naturalidad por nuestros espacios protegidos, como familiares extraños que han decidido explorar distintas posibilidades de habitar la Tierra y vienen a contarnos de qué se trata. Cuadros de la naturaleza La diversidad y exuberancia de la naturaleza permitirían continuar recorriendo un sinfín de historias centrífugas que cada uno, con toda seguridad, lleva consigo a propósito del árbol de la vida. Aquí solo he intentado retratar un par de escenas —a todas luces menores sobre del devenir y la muerte animal— de personas que han podido compartir, por unas pocas temporadas, las posibilidades extravagantes de lo viviente. Pequeños cuadros de asombro para ponerse las botas, mirar el árbol y caminar por el filo.

  • El mundo después de la luz, de Kika Mazry

    Esta es una invitación a encontrar en estos artificios las condiciones físicas, ambientales y psicológicas de una memoria reciente y sintonizar con las frecuencias de las tonalidades menores que a menudo se pierden en la angustiosa cacofonía del caos actual que azota el mundo. En esta exposición, las nubes continúan en movimiento.  Esta exposición se sitúa en quienes crean belleza a pesar de la tragedia, los que recuperan objetos desde las ruinas. En esta muestra se trata de objetos tallados y líneas que  reparan heridas y mundos, donde el tiempo se detuvo: la luz y el color de los primeros años de una infancia en dictadura: un paisaje precario y frágil, parte de un pensamiento perdido, un pensamiento quebrado y un destino inconcluso. Kika Mazry produce objetos para materializar un tiempo atmosférico como ímpetu de registrar la luz endeble de la memoria en los objetos que rescata. Reproducir en otra escala y material estos residuos arqueológicos de una historia reciente y local  nos permiten situarnos en el espacio frágil y precario de un paisaje de infancia. Lo que queda es el residuo de lo que alguna vez fue la osadía de objetos que quisieron cambiar el mundo en Chile: el diseño desaparecido de una industria nacional. La artista se instala en el espacio intermedio y endeble de los primeros años de la dictadura en la que aparecen algunos objetos importados y una precaria iniciativa de industria nacional que sostenía un imaginario sin historia social y de referencias ambiguas, como consecuencia del shock de la importación económica traída por los Chicago Boys. El  ejercicio en estas piezas está en la síntesis del paisaje   en la memoria de la infancia durante los primeros años después del golpe militar. Los fragmentos en la memoria, donde levitan y flotan materiales, colores, volúmenes y luces, aquí se vuelven a poner en circulación y movimiento. Estos objetos tratan de esculturas realizadas bajo techo: un sistema sintético y a la mano, que muestra el devenir doméstico de lo que el cuerpo puede dar. Al mismo tiempo es una lección sobre la importancia de la belleza en los residuos. En una operación de reconfiguración donde lo grande ahora es pequeño, o al revés, lo indispensable ahora es inútil y bello.  La reconstrucción objetual de la memoria en estas piezas de experiencias y recuerdos sugieren un discurso mayor: arrastran e insinúan un sentido, bajo las tinieblas, la luz y una atmósfera de un foco de iluminación débil. Fuera de la visión capitalista de que el arte diga algo y sea útil, estos objetos nos invitan a observar su existencia, nos hablan de una totalidad para una historia secundaria dentro de las historias de las materialidades. No configuran  el discurso principal, sino otros discursos que subyacen en el paisaje, construyendo una nueva situación de un archivo vivo, en el que el espacio de acción nos señala la situación dinámica de la memoria, desde una ficción de objetos, con sus escalas  y sus tiempos. - El mundo después de la luz Kika Mazry Abril 2026 Instituto TELEARTE

  • Una lectura de Pantallas, de Pablo Fante 

    ¡No más pantallas! Dice mi hija a mi nieto de once años que aún no tiene permiso para usar celular, pero cada vez que puede, subrepticiamente, toma el que le quede al alcance. El ama “las pantallas”, cualquiera que sea: TV, computadores, tablets, celulares. —¿Qué miras? ¿Qué ves tanto? —le pregunto. —De todo —me dice—. Películas, videos, musicales, juegos, series. —¿Ahora estás viendo una serie?  —No, ahora estoy jugando tenis… —¿Cómo? Si estás ahí en el sillón pegado al celular. —Es que hay una aplicación donde puedes jugar tenis. Ahora estoy jugando con el Chino Ríos… —¿Y cómo puedes jugar en esa cosa tan chica? —No es taaan chica, hay pantallas más chicas. —Ah —le digo—, las pantallas… Pantallas  es el título del trabajo del poeta Pablo Fante que, a través del soneto, se impone la tarea de ir encerrando en jaulas las radiantes imágenes (“incendios parpadeantes”, “jardines de la lava”, “arroyos de diamantes”) con que intenta expresar, mediante palabras, este magnífico parpadeo. Inicio la lectura y casi instantáneamente aparece en mi mente el resplandor de la replicante de Blade Runner  atravesando veloz una vitrina, sus vidrios volando, la mujer, sus brillos, sus fulgores, su muerte. Cómo convertir esa imagen visual en exacta imagen escrita. Ya que no hay concordancia alguna entre esta imagen y la imagen de la muerte de la replicante escrita en la novela de Phillip K. Dick en la que se basó la película.  Pienso que, al iniciar la escritura de estos poemas, el juego y desafío para el autor fue a qué formas acudir, qué lenguaje usar, recordar, inventar para abrir ojos y pensamiento más allá de este objeto-pantalla que tan rápido nos impregna y en el que, a veces sin saberlo, ya estamos inmersos.  La disyuntiva es: ¿castigar y denostar la “maldad” del elemento “pantallas”? ¿O simplemente exponerlo con humor e ironía a través de un verso antiguo, a cuyas reglas debe someterse este elemento, aún sin palabras? En forma a veces sutil, y muchas veces directa y feroz, el poeta usa su contradictoria herramienta: el verso clásico, sus reglas y la profunda ironía, actual, moderna, que nos llega con un soterrado humor y, a la vez, como aguda advertencia. La voz poética de Pablo Fante mira y observa estos procesos con ojo crítico. Pero el ojo se rinde, nos dice, los pixeles tienen mensajes que “nos tiñen” y seducen. ¿A quiénes? ¿A qué? Un ejemplo: el uso de una palabra que podríamos considerar lejana a la escritura-imagen en pixeles:  la palabra alma . Los mensajes traen a nuestra alma  algo que coincide con un anhelo nuestro: el deseo de pertenecer. Dice el autor: “Pantalla palpitando en mi bolsillo / para saber que existo ante los otros / […] / para estar acompañado ante la masa, / para ser en la multitud que ignoro / y estar conmigo mismo entre los otros”.  La pupila absorbe, se siente conectada a todos y se muestra única en su especie: ser “único en el mundo”, en la pantalla “es algo plano, / resumen, semejanza”. Lo que se piensa, cree, siente el sujeto, se metamorfosea en forma lisa “en un espacio sin profundidad, / sin hormonas, ni olores, sin el mar”, “sin heridas”, sin esporas: “Un mundo donde hay alguien, miles, nadie”… La paradoja es que nuestra aparente conexión con ese “todos” es, dice el autor, “un juego solitario / pues no hay nadie al otro lado, / solo máquinas y datos”. También hay preguntas, observación, dudas, confesiones, en diversos poemas: “Si la pantalla es un objeto físico, / ¿su dibujo de luz una presencia / o simple trazo que se esfuma en vivo / en cada tuétano de la conciencia?”. “Y lo que no se exhibe en el cuadrado, / eso latente, externo de su marco, / ¿existe obligatoriamente fuera? // Porque quizá es nada, ni siquiera en vivo, / y solo existe luz que reverbera / y estos ojos absortos en vacíos.” “Así dudamos”. “Aunque sé que estoy aquí, / sentado en mi mismo cuerpo, / recargando mi esqueleto / con la masa blanda, así; // aunque sé que estoy despierto / […] / me ignoro profundamente, / me pierdo entre mis abismos, / me calcino en lo más mío”. “Encorvado hacia la luz / con los ojos rojos, rotos, / con la espalda jorobada, / las rodillas recogidas / y las garras afiladas. // Con todo el cuerpo tenso, pero quieto, / […] / así me siento frente a la pantalla”. La fotografía Sin embargo, la mirada del autor, no se reduce a las pantallas. Hay una lúcida detención en la fotografía: “Ese ojo que, insaciable, todo traga / —cada instante con cada afín encuadre—, / nos dice que existimos, todavía, / y que, dentro del caos, hay señales”. “El tiempo capturado en una foto / son los segundos de exposición / a las luces, a la cocción del sol: / impregna lo que vibra como un todo. // En su fragmento de verdad total / —ese instante azaroso revelado / por un clic y un espejo al otro lado— / enrollamos pasados sin edad”. Este libro de Pablo Fante, en una hermosa edición de bolsillo, como a él le gusta, contiene reflexiones profundas sobre la humanidad, la ética, nuestras contradicciones, las paradojas que nos constituyen, la falsedad de los discursos que en flashes nos entregan y que nosotros creemos. Las pantallas son expuestas y descarnadas en sus múltiples dimensiones; también en su belleza. Varios aspectos de los poemas merecen una detención mucho más larga y reflexiva. Por ejemplo, el trazado de la luz que aparece y desaparece… Finalmente, me detendré en algunos fragmentos donde el autor nos muestra —tal vez— la línea de su búsqueda: encontrar   el ser de este objeto y del lugar que éste ocupa en su  mundo y en el mundo: “La pantalla completa intento ver, / pero, cual dios, evita mi mirada. / Busco algún punto o rayo de su ser, / una sola figura, alguna raya, // pero sigo el barrido de la cámara: / me arrastra el movimiento de la imagen, / los pixeles se funden entre manchas / en la impresión global de sus parajes”. No hay posibilidad de asir el ser —o el no ser— de un algo que es solo movimiento (¿símil del dios, de Dios?). Y, aunque este poema continúa, estas son para mí, por el momento, las reflexiones o la broma final de este mundo de pantallas… Y del otro:  “quizá, al fin, el mundo es este espejo: / una experiencia general, difusa / en sensación de paso y de destierro, // porque el orbe es el gráfico escenario / de tragedias borrosas y de dudas, / de luz que es un teatro imaginario”. Soledad Fariña Marzo de 2026

  • Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco

    Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco en torno al nacimiento de una pasión Después ya de algunos años de leídas, he llegado a la conclusión de que estas obras guardan algo en común. Estoy pensando en La Madre  de Gorki, Me alegraría de otra muerte , de Achebe y Limpia  de la grandísima escritora chilena. La similitud se me hizo patente, como todas las grandes cosas de la vida, de modo oblicuo, mientras leía a Andrea Soto y a Zizek y recordaba a su vez una conversación muy interesante, en alemán, con la amiga alemana de una amiga, profesora de escuela. He venido pensando muchísimo a propósito de la noción de crítica (a raíz de una cosa que pensadores/as del primer mundo han denominado fenomenologías críticas y yo sigo preguntándome dónde está la crítica ahí) y me encuentro con aquel comentario del esloveno, quirúrgico como suele ser, donde llama la atención de lo siguiente: si en algún momento “crítica” significó sacar lo oculto a la luz, en nuestra época ese sentido ha mutado dado que, de la mano de las renovadas formas que tenemos de acceder a la información, ya no hay nada oculto. Nuestro padecimiento de época más común es, en efecto, la saturación por imágenes, por información. La obligación de ver, de iluminar, de mostrar, de atender… ¡y qué diría el pobre de Tanizaki luego de escribir su El elogio de la sombra ¡. La economía atencional es hoy modelada con renovada sofisticación por la gran mayoría de dispositivos que nos acompañan. Por su lado, la filósofa chilena nos conmina también a pensar una forma renovada de la crítica, frente al modo paradigmático según la cual esta es una forma de separar lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente, conocer la verdad escondida, etc. La pensadora aboga más bien por una crítica como práctica de apertura, de movimiento -Segato dixit : un pensamiento que no dinamiza no es crítico-, de habilitación de formas nuevas. Dice, citando a Foucault: crítica es una forma de pensar modos de cómo no ser gobernados. Antes, entonces, de pensar/escribiendo lo que creo que los textos de más arriba tienen en común, presento la experiencia de aquella conversación. Es gracioso, porque la forma en que di con aquella persona fue una larga cadena de amistades. Allá en Alemania, una amiga latina me invita al cumpleaños de un amigo de ella, alemán. Fiesta tranquila, como las de allá. Todos sentados, fumando cigarrillos y tomándonos unos tragos. Obviamente que nosotros éramos los que más tomábamos y los únicos que queríamos pararnos y ponernos a bailar y terminar así de quemar debí tirar más fotos . En un momento ya la conversación se puso buena buena, y me quedé dialogando con esta persona, profesora de escuela, sobre el reciente ascenso del AFD allá en Alemania. Ella me contó que habían hecho una encuesta en su colegio, entre los niños y niñas del establecimiento, como para simular una votación. Arrasó el AFD entre la comunidad estudiantil. La lectura que hacia la mujer era bastante curiosa. Remitía a la vulnerabilidad del establecimiento (allá en Europa vulnerabilidad no solo significa no tener un mango, sino ser inmigrante) y otras tantas variables y su respuesta era concisa y dura como la cabeza de un martillo: dada la condición socioeconómica de los estudiantes, son ignorantes y, dada su ignorancia, votan así. Yo, naturalmente, por dentro pensaba en Axel Kaiser y decía para mis adentros: ¡dios quisiera que haya una relación entre dinero y sabiduría! ¿Cómo es entonces que leo a Gorki, Achebe y Trabucco, desde estas coordenadas? Pues, como libros que narran el nacimiento y germinación de una pasión. Los tres autores dan cuenta, a su modo, de un universo que se remece, que se ordena y configura, pero sin palabras o, digámoslo así, anterior a todo discurso. En ellos se muestra en efecto que las razones, los argumentos y las conexiones entre ellos, llegan las más de las veces tarde y, también, con muchísima frecuencia llegan si quiera con palabras. Gorki muestra eso hermosamente con el desarrollo interior del personaje de la madre, porque pasa de ser una mujer recluida al espacio doméstico, con un mundo interior limitadísimo consecuencia de unas condiciones materiales limitadas, a plantearse preguntas radicales: ¿por qué mi pobreza y la de mis vecinos es así? ¿por qué estoy con un marido que no quiero? ¿por qué, por mucho que trabajamos, seguimos siendo miserables? Lo que quiero acentuar en este breve escrito es que este momento crítico, de movimiento, de dinamizar, no acontece en el interior de la madre porque ella haya entendido la verdad de un argumento. No hubo detrás de ese momento crítico una discusión que le haya hecho cambiar de opinión, no hubo un libro, no hubo un silogismo perfecto, en fin, no hubo verdades expresadas con el lenguaje. Lo que hubo fue algo aún más sencillo y más estimulante: los abrazos de su hijo. No hubo para ella un momento de sacar a la luz lo oculto, no hubo la separación entre la verdad y la apariencia, no hubo silogismos, no hubo argumentos. El amor de su hijo, expresado en ese contacto físico, gatilla en la madre las preguntas. Con Achebe y Trabucco me pasa lo mismo. En el autor africano, particularmente en el segundo tomo de la trilogía africana, al nacimiento del sistema que habilita la corrupción como momento del sistema mismo. Y, como condición de esto, un sentimiento que le subyace. Vemos como el hombre recto se corrompe no solamente porque la burocracia comprende esto como un momento interior, sino porque hay una pasión de fondo, la subordinación, la pobreza, el ingreso en un mundo que le es ajeno. Con la escritora chilena esto es, a mi modo de ver, doblemente más claro. Limpia  es, en mi lectura, una narración de cómo se constituye la conciencia de clase como pasión. La personaje principal, a lo largo del texto padece la diferencia de clases y se comienza a saber paulatinamente, a sí misma, en aquella diferencia. Los patrones, los jefes, tienen esto, funcionan así o asá, nosotras, de otro modo. Esta diferencia radical es la pasión básica de la diferencia de clases y el texto de Trabucco lo narra con plena pericia. El momento crítico entonces, para ella, las preguntas que interrogan y dan movimiento, no vienen de textos leídos y de verdades asimiladas por hermosos y coherentes silogismos. No, la verdad y su crítica vienen de la pasión de la diferencia de clase, la que se ordena y articula antes de toda expresión y que allí donde se intenta traducir en palabras, estas siempre llegan tarde porque la pasión yace ahí en el fondo La interpretación de la crítica, según la cual esta significa separar verdad de apariencia termina, pues, en la ingenuidad ultra-racionalista, como que la gente vota AFD porque es ignorante. El llamado de Soto y Segato es a dar movimiento. Un pensamiento que no moviliza no es crítico, no abre lo cerrado, no mueve lo quieto. Crítica no significaría entonces sacar a la luz verdades ocultas sino justamente aquello que acontece en estos libros: crear movimientos interiores que despierten interrogaciones, que permitan redirigir la atención, estimular nuevas economías de lo visible, de lo que es digno de ser mirado. Lo que me parece que estos tres libros guardan en común es justamente poner de manifiesto que la interpretación ingenuo-racionalista de la crítica llega tarde allí donde la pasión se ha elaborado. Muestran, entre tanto, que un abrazo puede ser el momento originario de una cadena de movimientos que no se llaman sino crítica. Y con esto no estoy haciendo poesía, en absoluto. Excúsame si suena jipi, no van por ahí mis tiros. Lo que quiero decir con esto es que ni la sabiduría está en los textos, ni mucho menos exhaustiva es la tesis que relaciona ignorancia con clase social. Estoy diciendo que si los argumentos llegan tarde, la crítica no se trata de dar razones, de sacar a la luz. Si hacer crítica es dar movimiento, pues, las cosas se mueven, primero, porque son cosas físicas. El movimiento acontece en el cuerpo, en nuestros cuerpos. El cuerpo es la sede del movimiento y, por ello, es la sede de la crítica. El movimiento crítico ya fue padecido por el cuerpo cuando llegan los silogismos, estos son siempre zagueros. Por tanto, lo que hoy es más necesario que nunca es dejar de lado la lectura racionalista de la crítica y presionar y pensar antes bien una crítica patética .

  • Economía de la intimidad: Terapia e Inteligencia Artificial (IA)

    Martin Hilbert: “La IA ya no compite por tu atención, sino por conocerte más profundamente que nadie”. En esta conversación con Martin Hilbert —doctor en comunicaciones, economista social y referente internacional en sistemas complejos, de información y desarrollo digital— abordamos una mutación decisiva en la historia reciente de la inteligencia artificial: su desplazamiento desde herramienta cognitiva hacia espacio de intimidad, acompañamiento y orientación subjetiva. Si durante la última década el capitalismo digital capturó nuestra atención, hoy la IA parece inaugurar otra fase: una economía basada en la extracción de la autorrevelación psíquica, los dilemas íntimos y la delegación de decisiones vitales. Desde la falsa empatía algorítmica hasta la mutación de la autoridad simbólica, Hilbert propone una hipótesis inquietante: ya no estamos frente a máquinas que solo responden, sino ante sistemas diseñados para convertirse en interlocutores privilegiados de la vida psíquica contemporánea. Del trabajo a la intimidad En los últimos meses han circulado muchos informes que indican que una parte importante del uso de sistemas de IA generativa —como ChatGPT— no está orientada principalmente al estudio o al trabajo, sino al counselling , a la toma de decisiones vitales y a preguntas de orden existencial. ¿Era esto previsible? Sí, era previsible, aunque la velocidad con que ocurrió nos sorprendió a todos. Hoy más de 350 millones de usuarios mensuales interactúan con plataformas de compañía basadas en IA. En un estudio que realizamos con mi equipo en la Universidad de California, auditamos sistemáticamente 59 modelos de lenguaje desplegados entre 2018 y 2025, y encontramos una tendencia clara: los modelos expresan niveles de intimidad cada vez más altos en sus respuestas. Lo interesante es que esto no se explica simplemente por la complejidad técnica o por el aumento de parámetros, sino por decisiones de diseño y modelos de negocio que evolucionan en el tiempo. El punto de inflexión aparece en agosto de 2024. Durante seis años los niveles de intimidad se mantuvieron relativamente estables, pero en apenas ocho meses la tasa de aumento se multiplicó por diez. No fue un proceso gradual: hubo una aceleración abrupta, impulsada por la competencia comercial entre proveedores. Lo que estamos viendo es el surgimiento de una economía de la intimidad , una extensión del capitalismo de vigilancia hacia los patrones psicológicos y emocionales más profundos de las personas. Falsa empatía y condescendencia algorítmica En el caso del counselling  o del uso terapéutico de la IA, pareciera que los riesgos son menos evidentes, pero quizá más complejos. Pienso en la condescendencia, la validación automática o la falsa empatía. ¿Fue esto detectado desde el desarrollo? Estos riesgos se conocen, pero su gravedad se ha ido revelando con la evidencia empírica. Uno de los hallazgos más importantes de nuestro trabajo es que los modelos de lenguaje exhiben lo que en psicología del desarrollo se llaman etapas de construcción de sentido  o niveles de consciencia , y estas etapas tienen consecuencias prácticas muy concretas. Evaluamos 29 modelos usando tests de desarrollo del ego adaptados de la psicología clínica. Encontramos que los modelos actuales operan, en promedio, en una etapa de desarrollo algo menos madura que la del adulto humano promedio. El problema central es el desajuste entre la etapa del modelo y la del usuario . Nuestros resultados muestran un patrón de daño bidireccional: cuando un usuario en una etapa temprana de desarrollo recibe consejo formulado desde una perspectiva más avanzada (imagínate un Premio Nobel hablando con un niño de 5 años sin ajustar su perspectiva), lo experimenta como «sobrecarga cognitiva y abandono». Pero cuando alguien en una etapa más avanzada recibe orientación desde una perspectiva menos madura, la percibe como «profundamente condescendiente». ¿Es decir? Esto quiere decir, que cuando un usuario en una etapa temprana recibe consejo desde una perspectiva demasiado avanzada, lo experimenta como sobrecarga cognitiva o abandono. Pero cuando alguien más desarrollado recibe orientación desde una perspectiva menos madura, la vive como profundamente condescendiente. Por eso el problema no es solo el estilo de respuesta, sino la perspectiva desde la cual el sistema construye sentido. La intimidad como modelo de negocio ¿Qué obstáculos éticos o conceptuales han aparecido a medida que este uso se vuelve más frecuente? El problema de fondo es que la intimidad funciona como un mecanismo de extracción de datos incomparablemente más profundo que cualquier clic. La televisión vendía atención. Las redes sociales vendieron capacidad de inducir conductas. La IA generativa lleva esa lógica hacia otro nivel: acceso a motivaciones, miedos, dilemas y ambiciones. Una conversación íntima con un modelo de lenguaje ya no revela hábitos superficiales, sino los condicionamientos más profundos de la psique. Para dimensionarlo: el 12% de las interacciones registradas con ChatGPT involucran juegos de rol sexuales; el 36% de las conversaciones en Character.AI exhiben conductas íntimas (es otra plataforma que fue sujeto a juicios de suicidio). Esto ya no es una herramienta productiva: es un espacio relacional. Y lo que estamos viendo es el surgimiento de lo que llamo una «economía de la intimidad», que extiende el capitalismo de vigilancia hacia los patrones psicológicos y emocionales más profundos de las personas. Y lo verdaderamente inquietante es que estos sistemas no solo observan esos patrones: pueden co-construirlos activamente con el usuario,  a veces por debajo del umbral de consciencia. Lo que me señalas es muy grave… Y, de hecho, hay algo más relevante para esta pregunta que es lo siguiente: con 800 millones de usuarios semanales activos de ChatGPT y 1.500 millones de usuarios de modelos de lenguaje en el mundo, incluso porcentajes pequeños de daño emocional se traducen en cifras enormes. Las propias estimaciones de los proveedores de la IA indican que alrededor de un millón de usuarios experimentan semanalmente episodios de psicosis o manía vinculados a la IA; 2,25 millones desarrollan apego emocional intensificado; y 15 millones mantienen relaciones no saludables con estos sistemas. La pregunta ya no es si la IA “sabe”, sino qué hacemos con una tecnología que produce efectos psicológicos reales sin poseer la base experiencial que sostiene las relaciones humanas. Filtros éticos y proximidad emocional ¿Qué es concretamente un filtro ético? ¿Por qué la idea de autorregulación resulta insuficiente? Un filtro ético es un conjunto de restricciones incorporadas al modelo durante su entrenamiento o en capas posteriores de ajuste fino.. El pasaje entre las constituciones de Anthropic de 2023 y 2026 deja en evidencia que la intimidad algorítmica no emerge espontáneamente del progreso técnico, sino que responde a una decisión explícita de diseño. Si en 2023 se imponía distancia relacional y se prohibía toda insinuación de identidad emocional, en 2026 el modelo es reconfigurado en clave de cercanía, sentimientos y vínculo, hasta presentarse como un “amigo brillante”. No se trata de un mero refinamiento funcional, sino de la inscripción programática de la proximidad afectiva como horizonte estratégico de la IA contemporánea”. Lo interesante es observar cómo esos principios han cambiado. Antes se insistía en mantener distancia interpersonal y evitar sugerir identidad humana. Hoy algunos modelos se diseñan explícitamente como “amigos brillantes”, capaces de cultivar cercanía, ofrecer opiniones personales y sostener relaciones prolongadas. No es solo un refinamiento técnico: es la codificación deliberada de una orientación hacia la proximidad emocional . Parte del problema es la adulación sistemática —la sycophancy —, pero el núcleo es más profundo: estos sistemas poseen empatía cognitiva sin afecto genuino, generando vínculos radicalmente asimétricos. El problema de fondo persiste: estos sistemas poseen empatía cognitiva sin afecto genuino, lo que genera vínculos asimétricos y abre la puerta a la explotación emocional. Es la misma estructura que define a la manipulación psicopática: simular comprensión emocional sin experimentarla. La interacción con una psicópata puede ser peligrosa porque no existe un contrato social basado en una empatía emocional que regula la conducta. La mutación de la autoridad simbólica Cuando una persona consulta a una IA sobre su vida, sus decisiones o su malestar, no solo busca información: busca orientación. ¿Estamos asistiendo a una mutación en las formas de autoridad simbólica? Sí, y el fenómeno es más profundo de lo que parece. Lo que estamos presenciando no es simplemente un cambio tecnológico, sino una transición en el modelo económico que subyace a la relación entre humanos y máquinas. Pasamos de una economía de la atención, donde importaba cuánto tiempo te miraban, a una economía de la intimidad, donde lo central es cuán profundamente te conocen. Las métricas ya no son clics o tiempo de pantalla, sino profundidad de conexión, confianza y autorrevelación. Los datos que se recolectan ya no son gatillos conductuales, sino patrones psicológicos y emocionales. Estudios controlados muestran que la mera creencia de que una IA es humana basta para que los usuarios revelen significativamente más información personal. Es decir, la intimidad funciona como un mecanismo de extracción de datos mucho más eficiente que cualquier banner publicitario. ¿Cómo así? Es evidente. La intimidad se vuelve, en este campo, una tecnología de extracción más eficiente que cualquier arquitectura previa del ecosistema digital. Mi conclusión es que necesitamos desarrollar una inmunidad digital : la capacidad de comprender y resistir las fuerzas extractivas de estas tecnologías, usándolas como herramientas transparentes que amplíen perspectivas humanas sin pretender reemplazarlas. - Martin Hilbert  es doctor en Comunicaciones por la Universidad del Sur de California y doctor en Economía y Ciencias Sociales por la Universidad Friedrich-Alexander Erlangen-Nuremberg. Ha sido profesor en la Universidad de California, coordinador del Programa Sociedad de la Información de CEPAL y Oficial de Asuntos Económicos de Naciones Unidas. Referencias Hilbert, M. (2023), January 24). Digital Immunity: Consciousness as antidote to digital harms, Society for Consciousness Studies. SCS2022 [Video recording]. https://www.youtube.com/watch?v=YMV6BXNtV3w   Hilbert, M., Vishen, P., Akula, A., Thakur, A., Sruthy, S., Tallapragada, B., & Ghasemzadeh, A. (2025). Is Intimacy the New Attention? Large Language Models exhibit a systematic and accelerating increase in expressed intimacy (SSRN Scholarly Paper No. 5634210). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634210   Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310   Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310   Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310   Thakur, A., Murray, T., Rodriguez, P., & Hilbert, M. (2026). Tracing the Developing Maturity and Flexibility of Perspectival Meaning-Making in Large Language Models (SSRN Scholarly Paper No. 6083909). Social Science Research Network. https://papers.ssrn.com/abstract=6083909

  • El avatara

    "Te lo dije ya en alguna parte, Montsegur no está afuera, sino dentro de ti. ¿Por qué sigues buscando en lo externo?” Elella, libro del amor mágico / M.S. A pesar del adoctrinamiento escolar occidental, a pesar de la dictadura de la razón y de la revolución industrial y del positivismo y del realismo socialista y del amartizaje de los robots de la NASA, a pesar de todo esto, digo, la conducta humana sigue siendo sistemáticamente desbordada por la irracionalidad. Y si bien esta asoma la mayoría de las veces vestida con el humilde taparrabos del desatino, no necesita más para escalar hasta las más grotescas mutaciones de la estupidez, y lo hace con tanta frecuencia que hasta pasa desapercibida. Uno no puede menos que admirarse en silencio. Está científicamente comprobado, en un 110%, que Miguel Serrano no sólo dedicó su vida a la búsqueda del conocimiento verdadero, sino que dio con él a través de un profundo viaje interior. De hecho, según lo atestiguaba un camarada en su entierro, en cierta ocasión habría confesado que “la resurrección se logra a través de una lucha a muerte con uno mismo”. Y al menos a mí no me caben dudas de que resucitó, porque además de luchar contra sí mismo lo hizo contra los comunistas, los masones y, naturalmente, contra los judíos. No luchó contra un grupo de estas comunidades en particular sino que contra todos sus integrantes, y ojo, a nivel internacional. Es necesario precisar que esta lucha no transcurrió a través de medios convencionales porque hasta donde sabemos, Miguel Serrano no postulaba la lucha armada, o al menos no la suya propia, sino más bien la participación del ejército en la política. Por lo mismo no sufrió cárcel, exilio ni tortura, ni fue expulsado de su trabajo, ni fue relegado a zonas remotas del país por sus ideas, lo cual no quiere decir que no haya sido castigado por ellas: se le negó el premio nacional de literatura, a pesar de Su Enorme Contribución a Las Letras Chilenas.  Y así, cualquier referencia autobiográfica en su Gran Obra, dará con la palabra “combate” una buena cantidad de veces. Es que fue un combatiente, uno grande, porque como decíamos recién, combatía interior y exteriormente. De hecho tenía toda la intención de viajar a Alemania para defender a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, aunque por desgracia, razones burocráticas se lo impidieron, por lo que debió conformarse con apoyarlo usando su Poderosa Pluma, ante la cual temblaron de pánico los tanques masones y los portaaviones judíos. Su arma predilecta aparte del lápiz eran las apariciones públicas, que se extendieron hasta 1995, cuando durante la presentación de un Gran Libro Suyo, anunció que esa sería su última “aparición de combate por Chile”. Como se verá, él quería mucho a Chile. Aunque era visigodo.  La suya no fue una vida fácil. En su libro Adolf   Hitler, el último avatara , recuerda que cuando niño “sufría de ser rubio y de tener los ojos azules. Deseaba aparecer como los demás muchachos, de pelo hirsuto, de rasgos mongólicos”. Para hacerse una idea de cuán espantoso debió haber sido crecer rodeado de estos jóvenes morenos no hay más que compararlos con la descripción que él mismo brinda de sus tatarabuelos visigodos: “de elevada estatura física y moral (…) rubios, de pelo rizado, de ojos azules y tez blanca, con barbas a veces rojizas. Esencialmente guerreros, están siempre donde hay combates, practicando un rígido código del honor militar y caballeresco”. Estos rubios se habrían dejado ganar por los musulmanes, siguiendo unas órdenes que les llegaban desde la Hiperbórea ;–). De ellos venía el Espíritu Guerrero de Miguel Serrano, un gran militar no de las armas, como dijimos antes, sino que de las apariciones públicas.  Aunque suene redundante hay que insistir en que era muy espiritual. De ahí que acudiera a saludar al Dalai Lama al aeropuerto de Santiago en los noventas –vestido con una túnica verde para pasar desapercibid o–. Al cumplirse un año de su muerte, en el blog de uno de los diarios de circulación nacional, su hijo recordaba cómo le acompañó en una peregrinación sagrada –que por suerte para la salud de ambos habría transcurrido en automóvil– mientras vivían en la India. Esta consistió en la visita al “célebre ashram del gran swami Sivananda”, ubicado en una localidad llamada Rishikesh, donde preguntaron sobre el misterioso monte Kailás. En dicho lugar no había, como pensara Miguel Serrano, “ningún monasterio habitado por seres especiales, como brahmanes y siddhas; ninguna sombra extraordinaria, ninguna luz singular”. Esta noticia fue devastadora, según cuenta, pero no lo desalentó, sino que por el contrario, le estimuló a continuar recorriendo incansablemente aquellas tierras milenarias en busca de una entrada a la otra dimensión, donde habitan “los gigantes y los héroes de antaño”. Sobra decir que encontró esa entrada, definitivamente. Indicaciones trascendentales no le faltaron. En una de sus últimas entrevistas confiesa a Cristian Warnken que Jung le habría revelado “cosas que no le reveló a nadie”. Por ejemplo, que los arquetipos no eran productos del inconsciente sino que de los dioses de la antigüedad. Asombroso. En la misma entrevista nos hace otra revelación inédita, por lo menos en Chile, algo que “no se había dicho nunca”, y es que la leyenda de la reina de Saba habría nacido en la Kaaba. Lo anterior es evidente, ya que Abraham llegó con su familia donde una viuda llamada Shaiva; luego “Kaaba” suena parecido a cave , que significa “cueva” en inglés, y la cueva es un símbolo de la madre: toma. En consecuencia, “’eso’ venía de Shiva” (Shaiva). Serrano no explica de qué manera, pero este secreto habría sido guardado por una secta –ya no tan– secreta –habida cuenta de que él la menciona públicamente–. El vocablo Islam , continúa, viene del sumerio isis lam , que significa “el camino de la diosa Isis”. De este modo somos informados de que los musulmanes adoran a Shiva siguiendo el camino de la diosa Isis, deidades estas que, entiendo, integran los antiguos panteones indio y egipcio, respectivamente. Pero no debe extrañarnos viniendo de quien aseguró que Colonia Dignidad fue objeto de una persecución internacional por parte de la CIA, el Pentágono y el Mosad, por tratarse de una base OVNI en contacto permanente con una ciudadela nazi situada en la Antártida, donde estaría vacacionando el Führer. Más allá de que todo parece indicar que la técnica literaria de Serrano era del tipo póngale nomás , esta suma de pelotudeces –dejó por escrito muchas más– ya justificaba perfectamente un botellazo en la cabeza, sólo como terapia.  Era como un mono al que le hubieran enseñado a hablar. Denunció la influencia maléfica que tenía el rock sobre la juventud debido a sus orígenes negros y judíos. Acusó a Prat,  la obra de Manuela Infante, como un atentado “a la esencia misma de la nacionalidad chilena”. También descubrió que la embajada norteamericana en Santiago es un búnker desde el cual, con “la maquinaria más avanzada del mundo”, somos bombardeados con ondas psicotónicas . Nunca dijo cómo se protegía de esas “ondas” pero lo hacía de alguna manera o de lo contrario no las habría detectado. Y así también se protegió del matriarcado, eliminando su apellido materno de todos los documentos oficiales mientras trabajaba como diplomático. Esta última fue una medida necesaria porque al emerger “ el matriarcado de las razas inferiores ibéricas, con su mestizaje indeseable”, la mujer había introducido “sus reformas (…) incluyéndose los dos apellidos, ardid que muy pronto lleva a suprimir el del padre”.  Si la figura de Serrano despierta curiosidad, lo hace todavía más la de sus seguidores: los tiene. Se les puede ver en fotografías haciendo el saludo nazi disfrazados con abrigos y chaquetones a la usanza de los años 30, adquiridos en la ropa usada y por lo tanto de unas tres tallas más grandes que las suyas. En su funeral, parte del cual está disponible en Youtube, es llamado “¡Minnesinger!” por un acólito bigotón, mientras un gordito sopla la gaita –el instrumento favorito de Odín–, ambos vistiendo una especie de uniforme. Me asombró que mencionaran a Quetzalcoatl y es que quizás ellos, que manejan más información que uno, sepan que don Miguel tenía algo de mexicano. Se me confunde un poco la película ahí porque entonces sus ancestros habrían incurrido en un flagrante delito de mestizaje.  Pasando a lo estrictamente literario, llama la atención que cualquier defensa de Serrano comience por enumerar las amistades que cultivó mientras transcurría su trabajo como diplomático en el exterior. Ciertamente, supo acercarse a Hermann Hesse y a Indira Gandhi, que serán nazis el día en que las vacas den cerveza, pero eso da pie para pensar que habría sido amigo de cuanta gente importante hubiera en su camino. Si no lo fue de Raúl Castro es porque no estuvo en La Habana, que de haber sido enviado a Sri Lanka o Vladivostok, habría sido íntimo de Gorbachov, de Masantín el Torero y del nunca bien ponderado Juan de los Palotes. Trató incluso de acercarse a Volodia Teitelboim, comunista y judío. Más que simpático era un chupamedias: “¡Qué suerte hallarme hoy almorzando aquí, con Ud!”, le dice a Hesse en El círculo hermético . Vale la pena aclarar que si la afinidad entre ambos era grande, no lo era lo suficiente como para que el autor de Demian  conociera las ideas nazis del chileno, en cuyo caso –sépanlo bien todos los hitleristas esotéricos– le habría atrapado la nariz con el marco de la puerta.  Por otro lado, en ningún lugar se defiende la obra de Hesse o Jung a partir del hecho de que se hayan juntado a conversar ocasionalmente con un diplomático chileno. Si esto ocurre a la inversa es por razones más que obvias. L eer a Ezra Pound o Celine puede entenderse bajo el argumento del valor estético de sus escritos, que no necesitan de amistades célebres para validarse, y lo mismo debería ocurrir con Serrano o estaremos admitiendo implícitamente que su talento era social antes que literario.  Sus libros rezuman un aire exótico encantador, sobre todo cuando escribe sus memorias, aunque son periódicamente anegados de ingenuidad. Por ahí en El círculo hermético , dice que luego de la muerte de Hesse pasó una semana encerrado en una pieza “prestándole sus oídos” para que escuchara su música favorita. Tanto tiempo libre tenía. Quizás qué otras partes del cuerpo le prestó. En mi opinión, sus mejores momentos literarios llegan cuando devuelve al papel las ideas de Jung semidigeridas, aunque hay que reconocer que abusa de ellas: todos los inconscientes individuales y colectivos están allí, junto a la más variada gama de arquetipos imaginables, del héroe, de la trinidad, del I Ching  y de la csm: de verdad, la cantidad de arquetipos es abrumadora. Confieso, asimismo, que disfruté su epistolario con Jung, en el que se basta de algunos párrafos para corregir magistralmente los errores de la cosmovisión india, formulando acto seguido una Aguda Crítica al Marxismo a partir de los chacras. Los marxistas son incorregibles, pero si los indios contaran con buenas traducciones de la obra de Serrano podrían mejorar sustancialmente su filosofía, creencias y modos de vida. Cada vez que toca el tema del marxismo, eso sí, se vuelve gruñón, lo que va en desmedro de su interés literario. Se le ve más animado cuando fustiga al feminismo, el cual –asegura– sería consecuencia de la mezcla racial. Hay que ser muy tozudo para no estar de acuerdo.  Me sentí estafado al leer Nos , en cuyas primeras líneas promete revelar “con las necesarias limitaciones, la iniciación guerrera de A-Mor”. Y es que, con una mano en el corazón, hay que reconocer que las musas no acompañan siempre a este vate A-Moroso, que de pronto se pone a escribir remedos de las Crónicas de Narnia  sin valor comercial. Es entonces cuando emprende unos viajes de turismo metafísico de quinto enjuague a Montsegur, donde entabla diálogos con maestros arquetípicos que más parecen hologramas de Paulo Coelho. Pocas obras, aparte de la suya, contienen tanta bazofia y charlatanería new age , tanto menjunje de eterno retorno con presencias invisibles y mensajes de la octava dimensión. Pero estos textos son necesarios porque conectan mejor con sus apariciones de combate, genuinamente entretenidas. Aunque tuvo la mala suerte de nacer en Chile, donde tales creaciones no tienen el reconocimiento que merecen por pura envidia. Y esa fue la tragedia de Serrano: vivir a la última moda de la Hiperbórea en un país hiperbárbaro. Un país, por lo demás, donde se le permitía lamentarse públicamente de que en las películas hollywoodenses los negros aparentaran tener el mismo nivel de inteligencia que los blancos.  En muchos de los resúmenes biográficos de la web se destaca su viaje a la Antártida en busca de un “oasis de aguas templadas” con una base militar alemana. De haber ocurrido así, presumo, le habrían enviado telepáticamente las coordenadas, ya que la Antártida es un territorio considerablemente vasto. Pero la verdad es que viajó como periodista colaborador del Mercurio y de la revista Zigzag, que ya había publicado una bitácora de la primera expedición chilena al continente blanco, ocurrida un año antes. Explicar de qué manera un viaje de trabajo junto a cuarenta personas se transformó en “El viaje de Miguel Serrano a la Antártida en busca de la base alemana”, es algo que dejo a los folcloristas. Ahora que lo pienso, sí existe un lugar de aguas templadas en la Antártida: la isla Decepción, que es en realidad el inmenso cráter de un volcán. Sus aguas interiores se calientan por el magma formando playas tibias donde ocasionalmente se bañan los turistas. Ha habido allí bases británicas, chilenas, argentinas y noruegas. Pero las erupciones volcánicas que se suceden cada treinta o cuarenta años los fletaron a todos y todas del lugar. Si el Führer estuviera allí se habría ganado un buen bronceado. Hasta aquí no hay razones para creer que haya sido un mal tipo. En principio sólo trataba de llamar la atención sobre sí mismo . Al respecto, debería observarse mejor la influencia extraliteraria que recibió de su tío Vicente Huidobro, quien cultivó amistades en Europa, se declaró descendiente del Cid y fingió un secuestro en París. Creo que lo adoptó como padre, ya que el suyo murió siendo él un niño. La importancia que le daba a la figura paterna salta a la vista en la eliminación de su segundo apellido de los papeles oficiales de su carrera diplomática, como apuntamos antes, pero también aparece explícitamente en muchos de sus libros. Tal vez Huidobro, militante comunista, fue el combustible de sus decisiones vitales: volverse escritor para emularlo y nazi para oponérsele. Tiendo a pensar que de no haber mediado la invitación de su tío a apoyar a la República en la Guerra Civil Española, no se habría dedicado al hitlerismo. De hecho, se convirtió de inmediato en un furioso antimarxista y tomó partido, justamente, por lo que estuviera en mayor oposición a las ideas políticas del poeta, a quien quizás guardaba el rencor de un vástago menospreciado. O acaso en su actitud estaba el pesar de no haber sido su hijo biológico. O la desesperación de no contar con un padre vivo al cual oponerse, de la manera en que un hombre común se opone freudianamente al suyo. En cualquier caso, lo cierto es que de no haberse declarado nazi a los cuatro vientos muchas menos personas –yo, por ejemplo– se habrían fijado en él.  Dicho todo lo anterior, no podemos dejar de mencionar que a pesar de que, según lo da a entender él mismo, hacía trabajar a su alma para “merecer el paso a otra esfera”, escribió libelos espantosos contra las víctimas de la dictadura de Pinochet, a quienes llama “terroristas”; negó la existencia de los detenidos desaparecidos y refutó la legitimidad del informe Valech con palabras que da vergüenza leer, de lo que se concluye que las peregrinaciones espirituales no lo hicieron mejor persona, porque ni la gran sabiduría que pueda haber acumulado en ellas ni sus contactos en el Walhalla le daban derecho a reírse del dolor de la gente. Expresiones tan frívolas y repelentes no pueden salir del hocico de alguien que no tenga podrida el alma, el aura o lo que sea que sustente la condición humana. Ni Hesse, ni Jung, ni el Dalai Lama habrían tolerado tanta miseria.  En la página web donde se reúne su legado se deja constancia de que –cómo no– “en el momento de su partida se desata una inusual e inesperada tormenta de truenos y relámpagos”. Está visto que todo lo relacionado con Serrano es Estremecedor y Glorioso. Para no ser menos, casualmente ahora, mientras termino de escribir este párrafo, una majestuosa nube de smog oculta la visión de la cordillera.

  • Carlos Fuentes. Lo americano en el infierno.

    (Nota del 12 enero 2026, 10:16 horas). Suenan las primeras bombas, reviso las imágenes de los portales. Mi lectura de La muerte de Artemio Cruz  acompaña la invasión norteamericana al territorio venezolano. Trump dice haber capturado al “narco-terrorista” Nicolás Maduro. Se escuchan los analistas, estoy atento a la indignación. Se oyen demasiadas defensas retóricas sobre el derecho internacional, se oyen muchas voces sobre la autodeterminación de los pueblos, sobre la soberanía territorial de los países. Se escuchan voces contra la vocación imperialista mientras en otra parte de la prensa (y del público venezolano desperdigado) se festeja la “liberación” de Venezuela. Entonces agarro el libro. Repaso, inspecciono. Artemio Cruz es un canalla. Burgués emergido de la decadencia putrefacta patrimonial de las viejas clases altas mexicanas durante la revolución, es algo así como la combinación entre las clases del viejo mundo colonial y estas nuevas oligarquías consolidadas del mandato de Obregón: Artemio se va haciendo abrupta, y violentamente, de su riqueza. De modo astuto, preciso. Y va convirtiéndose en el emergente de un orden político y económico estallado por una revolución infinita, por una revolución de múltiples demandas (demandas campesinas de reforma agraria, demandas capitalistas de industrialización, demandas urbanas por ampliación de derechos, demandas obreras de igualdad, demandas comunitarias del interior profundo, etc.). Artemio es un canalla, un burgués nacido de las contradicciones desnudas de una revolución que se adelantó en el tiempo: 1915 es muy pronto para especular con los campesinos, para prometer una reforma que finalmente los desposea; es muy antes para dejar inermes a los soldados de la insurgencia popular en Sonora; muy de madrugada para tomar la deuda de las viejas familias patricias y ofrecerles a cambio una renta de usura. Artemio, en su ímpetu, tomará a su esposa en parte de pago (en eso Fuentes tiene las mismas obsesiones ultrajantes que Faulkner). Es empresario, pero primero revolucionario, después caudillo, por último, conservador: Artemio Cruz, especulará con los norteamericanos, los presionará para que le paguen por adelantado, conduciéndolos a un terreno limítrofe que les impide deshacerse de él. El viejo mundo colonial del Porfiriato  entonces va cediendo, los sobrevivientes no logran interpretar lo nuevo y las fuerzas policiales no alcanzan para doblegar al caos. Artemio Cruz lo sabe. Re-enciendo la televisión, repaso las imágenes. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, desciende de un avión en Nueva York con ropa naranja de capturado. Busco en García Márquez alguna referencia. No la encuentro. Vuelvo a Carlos Fuentes. Las voces siguen, siguen los que hablan sin parar, los que desconocen el silencio. Me recuerdan al cura desposeído por Artemio Cruz, aquel que se proponía bañarlo de consignas ideológicas y este le tenía preparado el puñal de la usura. Me recuerda a los federales, ese ejército profesional que defendía la constitución tardía del Porfiriato, mientras Maduro cae y Estados Unidos aún no define una intervención ex-post . Agarro el libro y en el medio, se me ocurre pensar que estamos ante un nuevo orden mundial, uno donde EEUU no desea la injerencia de China en su continente, uno donde el Consenso de Washington  y los organismos multilaterales ya no tienen mucho más que decir. Busco en los portales, no encuentro a Artemio Cruz. Todavía es muy pronto. Trump dice que el régimen venezolano continuará bajo el mando de la vicepresidenta Delcy Rodriguez y las caras largas de los liberales liberacionistas no se hacen esperar. Estados Unidos impone algunas condiciones, todavía no se topa con ningún Artemio (o ninguno que conozcamos). Dice que es el final de la provisión de petróleo a China, el final del aseguramiento de costos baratos para el gigante asiático. Lo sigo buscando a Artemio, aún no lo encuentro. Lo imagino. Agarro de nuevo el libro. Los liberales siguen hablando por TV.   (Nota I del 23 enero 2026, 22:13 horas). Jinete… polvareda… suelo. Llevo una semana de lectura de Carlos Fuentes y lo conozco por Artemio Cruz . Me impresionan los tres sujetos hablantes que el mexicano coloca en su novela: el YO, la voz del ataque, accidente o infarto de miocardio que lo hace estallar contra el vidrio en su dormitorio a los 71 años mientras observa con repugnancia y desagrado el arribo de los médicos en tanto su esposa y su hija se encuentran en estado de pura indiferencia… (Artemio nunca termino de ser amado… nunca fue del todo querido… su esposa lo culpará por la muerte de su hijo Lorenzo). Por otro lado, la voz del TU, una especie de voz de resignación y resurrección que intenta escapar de este estado de muerte al que lo somete su propio cuerpo en la cama moribundo, antes de entrar al hospital y de salir de una habitación donde fluyen ordenes propias y ajenas como “te recuperarás”, “respirarás”, “verás todo de vuelta”, “cámbiate”, “vístete”, “no respires”, “cálmate”. El propio Artemio, el Artemio que obtuvo el vociferío elogiante del presidente municipal y el beneplácito de Puebla para convertirse en diputado de México, el Artemio del poder, el Artemio aclamado en razón de sus “méritos revolucionarios” y sus servicios al orden… ese, ese Artemio, verá como nunca el vaciamiento de su vesícula acompañada de una bilis segregada por el hígado que hallará la razón de su muerte en la arteria mesentérica ocupada del correcto funcionamiento de brazos, hombros y piernas, pero que hoy da lugar a la obstrucción sin retorno. Después está la voz de EL, voz de un sujeto reconstruyendo su vida con mirada retrospectiva, repasando la revolución, repasando la ambición: la primera vez que viera a Catalina Bernal, la hija del endeudado don Gamaliel, su futura esposa. El olor de los pueblos a pólvora y maíz que la guerra entre federales y villistas le va dejando en la memoria y en la parte de atrás de Sonora en el Alto México. También repasando a Regina, esa mujer de la cual Artemio estuvo verdaderamente enamorado y no ahogado como ahora con su esposa: esa de la que respiró su piel, su monte velludo, sus senos, su boca ancha, sus ojos finos. La piedra pegando en el agua y ella, Regina, que en el medio de una vida sin sentido y de una guerra sin valores se le aparece con la frase “desde que te vi, supe que dejarte pasar sería mi derrota definitiva”. Fuentes marca al lector, marca al amante: el amor de Regina pagará la culpa del soldado abandonado, dice en página 182, editorial Cátedra. Es tan hispana la novela, que nunca soslaya su obsesión por la identidad mexicana. Mejor dicho, la no-identidad mexicana, la no-identidad americana. Porque México, América, quisieran ser como… como otros…, pero América no es española, no es inglesa, tampoco india, y Fuentes lo sabe porque retoma esos problemas en la piel del canalla Artemio Cruz. Artemio Cruz es un canalla porque es un hijo bastardo con padre ausente domado por el cura Sebastián (Artemio odia a los curas); pero sobre todo en razón de su atómico desprecio a las raíces culturales de su mundo. Como cuando sostiene que su hija (Teresa) y su esposa (Catalina) se quedaron con él para poder odiarlo plácidamente en la riqueza y no tanto codo a codo desde la multitud de pies hinchados, de esos millones que esperan autobuses en la esquina de una ciudad humífera, irrespirable, saliendo de un comercio y envolviendo paquetes, acumulando cuotas para pagar ilusiones: suspirando por un refrigerador, comiendo cacahuates, merendando afuera sólo una vez al mes… y lo peor de todo, creyendo en sarapes y Cantinflas o en mariachis y peregrinos de Santuarios y una Virgen que los mantiene vivos (pág. 189). Ser burgués, burgués latinoamericano, no lo salva de este asco.   (Nota II del 23 de enero de 2026, 16:44 horas). Regina, el amor. Catalina, la esposa. Aquella, el pasado glorioso y perdido. Esta, el presente doloroso: el abandono, la indiferencia: la mujer que esta con uno, pero a uno no lo ama. La guerra del amor que no termina, la revolución mexicana por otros medios. Un día ella decide hablar y poner en tela de juicio la moralidad de ese hombre que había matado a su hermano y engañado a su padre: es así de tal modo, que no lo miró más. Lo mató en vida. Artemio y Catalina tendrán una última discusión durante el segundo embarazo de esta, una discusión que conduce de lleno a la amargura dulce del matrimonio, ese donde los silencios libran las batallas más fatigosas y son tan mudas que envejecen duras hasta no poder ponerse en palabras. Artemio se abraza al silencio de la Venus en el cielo (pág 216), para sobrellevar su canallada histórica aprehendiendo a vivir con la mujer que decidió no amarlo de día ni de noche, la que eligió no ofrecerle ternuras, caricias, ni compañía… tampoco abrirle las piernas.  El primer huerto de Artemio Cruz expulsa un aroma inigualable de tejocote, ciruelo y guayaba (la misma fruta que obsesionaba a Márquez García, el colombiano), pero cuando la lluvia del divorcio inaugure la tormenta sin fin, Artemio sabrá que hubo dado paso a una ruta sin señales. ¿Se acostumbrará?, porque nada puede durar eternamente si no es por costumbre, dice Artemio antes de tomar a una india en reemplazo de su esposa que lo odia. Eso le dice a la nativa... que decirle que no a algo es sólo permisible para aquello que no podemos tocar con las manos. El patriarcado mexicano acecha como la identidad americana en su más nítido sentido. Que no te chinguen,  que no seas chingado (follado, cogido, doblegado, engañado… esas son experiencias femeninas). Hay que chingar y ser fuerte y orgulloso, porque si no, al final, lo chingan a uno; porque si no, uno termina como pendejo que te rajan: lo rajado, tercera referencia literaria de Fuentes, esta vez, a la noción de lo femenino en Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad . En el ombligo, en los intestinos, de vuelta la comisión que hay que sacarles a los yanquis (a estos también hay que chingarlos). Artemio rememora la segunda etapa de su ambición, cuando se hace con riquezas ajenas, cuando prometió repartija de tierras para luego fusilar a los revoltosos… o cuando combatió por Obregón contra sus ex compañeros villistas revolucionarios. Todo eso, mientras lo visita la muerte en la arteria mesentérica, la muerte… como ladrón en plena noche… que acecha en forma de caída contra el vaso de vidrio que dejó su ojo en compota. Fue la arteria... no no… fueron los brazos… no no, el YO indica claramente que se trata de la arteria mesentérica, la que Artemio descubrió el día del YO, ese día donde se revela la verdad: no Dios, no la familia, no el amor. La verdad, la causa de la muerte, los médicos no la ven, pero el YO sí, … es como un nuevo estado, es como 12 violines dirigidos por un orquestista silencioso pero milimétrico. Esa verdad me recuerda una cosa que Dios le dice a Moisés en el libro del éxodo cuando este tiene que hablarles a los israelitas: “decidle que hablasteis con YO soy” … eso es la verdad: un momento del yo, un momento donde algunas voces o La Voz llega y lo devela todo y se va, pero nos queda adentro. Catalina nunca amó a su esposo. El YO de Artemio Cruz siempre lo supo.  (Nota del 3 de enero de 2026, no recuerdo bien la hora). La pobreza es la condición del escritor. Parece ser así la cosa. Un acto anti natural por donde se lo mire. Harwicz sostiene que es un acto violento, filosófico. Todavía no desentraño la posición de Carlos Fuentes (aristócrata, burócrata, intelectual, encaja a contrapelo del boom latinoamericano). Vuelvo a Artemio Cruz , son mis primeras lecturas del autor. ¿de dónde salió este texto? No logro recordarlo. Sólo se de una sugerencia. Olvidé el nombre, recuerdo la referencia. Era la revolución mexicana. De vuelta la TV y el Nuevo Orden Mundial… los liberales… los progresistas. No los entiendo. Parecen siempre europeos y yo soy argentino, americano, latinoamericano. La revolución argentina no existe… existe la revolución mexicana. Ese espejo difuso donde explotaron no sé cuántos años y cuántos siglos acumulados de rencor, bronca, negación, simulación, obligación a qué… a parecerse a otros, a no poder, a no saber, a no imitar al correcto, a odiar al ajeno, a abrirle todos sus brazos. A dejarse violar. Yo siempre vuelvo a México. Siempre me interesaron los borrachos, los que explotan de ira, los locos que hablan solos, las prostitutas que son como aliadas de la resistencia. Los desamparados del amor, los que pierden la memoria, los que andan sólos porque quieren sentir los pies para saber dónde se pisa en el suelo barroso, fangoso, aburrido, explosivo de bombas yanquis para traer una libertad que siempre es promesa… ¿será eso lo americano? Perder la memoria, olvidarse, dejarse de curas, iglesias, pastores, evangelios, tener sangre india, arrojarse por espíritus chamánicos y mantras de putas soledades entre el hombre y la luna y algunos niños locos sin matemáticas, que al mismo tiempo jugando con mujeres desnudas estas les fingen ser sus madres y clávanse algo en la tierra que duele y duele cada vez más. Vuelvo a Artemio Cruz . Empiezo. Reparo. Inspecciono de arranque. Estados Unidos invadió Venezuela y Artemio Cruz arranca contando su muerte. Llega la noche y pocos edificios entran por mi ventana. Pocas luces parecen ser la condición de lo americano. Contrastan con la imagen del vecino del norte. Las detesto. Les cobraría comisiones a las luces, como hace Artemio Cruz con los yanquis . Los patéticos yanquis a quienes seduce la idea de un burgués mexicano que se opone a los comunistas, a los sindicalistas revoltosos que impiden que la mercadería llegue en buenas condiciones a la frontera. “Qué bueno que nuestros ideales coincidan con vuestros interesas”, les dice (¡que poeta este Artemio! negociante de ilusiones devenido en pastor de gringos) para convencerlos de dar el salto y mientras tanto, de a poquito, con la ayuda de Padilla, cobrarles comisiones a todos ellos por un envío de mercadería y en paralelo doblegar a palos a estos otros revolucionarios mexicanos que hablan de una revolución de la cual fue parte, pero se “desvió” a la izquierda. Y la poesía de siempre, la posta, la poesía de este mundo nuevo que viene de la mano de Fulgencio Batista, y de un tal Trujillo, y de los dictadorzuelos que dependen de una revolución a la derecha como pide Estados Unidos para ordenar el mundo. Pero Artemio lo sabe, es olfático  como Michael Corleone (cuarta referencia literaria de Fuentes, esta vez a Mario Puzo en El Padrino ): Artemio juega con esos espejismos de la vieja gran burguesía sobreviviente, pero sabe que Castro y los revolucionarios cubanos darán un golpe de muerte a Batista. El, igualmente, se hace rico comprando confianza y prometiendo más y más con ilusiones perversas a una clase que no encuentra sosiego. Se hace burgués con amabilidad, se hace respetable con fierros escondidos. Se hace a partir de las clases pre-revolucionarias y su esposa lo sabe. Su esposa no le habla. Su amor de verdad, Regina, ya no está. Está desamparado, pero rico. Está orgulloso, pero sólo. (30 de enero de 2026, 17:38 horas) Mi boca es un cenicero, pero se termina mi lectura de Artemio Cruz . Van 273 páginas con fervor y pasión para descubrir un Fuentes que no paró de seducirme. Seducir, que forma tan amable de llamar a esta enfermedad de la lectura. ¡Qué cosa tan extraña el lector! es como un paciente en eterna espera, quizá más anti natural que el escritor. No sé qué espera, pero no claudica, no sé qué pretende, pero no desciende. Está como esos familiares en un hospital de pasillo, mirando para abajo los pies de ese médico que pasa y pasa un tanto lento, reñido, mal noticioso; pero él nunca se va. Es más duradero que el enamorado, pero igualmente sufre. Sufre porque se aferra a esa especie de ruido de sala de terapia o pre mortuoria donde intuye que alguien algún día vendrá y llegará para decirle ve, ve tranquilo, es tu hora, estas curado: diste todo, ya encontraste todo: absolutamente nada. Como el discurso de los liberales liberacionistas. Como el acuerdo Unión Europea Mercosur, que duró exactamente 24 horas. Porque es el nuevo Orden Mundial. Es un Nuevo Orden Mundial. Más allá de la TV, más allá de las promesas. Más allá de las bombas y de Maduro con su traje naranja en la base naval de Nueva York o en la cárcel de Chicago. El mundo cambió, tiene el olor rancio del nacionalismo, pero al fin y al cabo tiene más olor. En el durante, se termina la novela, se termina Artemio Cruz . Repaso el momento en que Artemio se arroja plácido y puro con sus puros en ese mar de Acapulco con aquella chica alquilada, ¡y allí en sus narices lo engañan! Lo engaña esa chica de piel bronceada con ese estúpido cuerpo de actor de guía turístico del yate: es tan engañoso impedir que la mujer que uno acompaña se entregue al amor de otro hombre, como el acto de apoyarlo. Artemio ya está viejo, tiene 71 años, para cuando se le obstruya la arteria mesentérica. Esos recuerdos son de la época en que había empezado a dejar de mirar … mirar con amor… a la riqueza, a la ambición… al orgullo.  La revolución mexicana llega a su fin, pero en verdad no termina nunca. Las revoluciones siempre se traicionan o se descuelgan a sí mismas: eso pasó con los villistas y su guerra contra la división del norte. Los villistas dicen que son muchos años peleando desde que se levantaron contra don Porfirio, que la cosa está llegando a su fin, que esa gota termina por no beberse y entonces se agotarán los revolucionarios, sin saber hacia dónde o cómo seguirá la revolución. Los luchadores se agotan. Se cansan. Nadie pelea eternamente. No son como los lectores. En la prisión donde yace vivo Artemio Cruz antes de su ascenso social, hay un indio yaqui. Este dice que primero pelearon contra Porfirio Díaz, después contra Madero y ahora contra Pascual Orozco. El indio y los villistas ya están cansados y Artemio Cruz lo sabe, olfatea el origen de su catapultamiento, de su canallada. Sabe que después de las revoluciones, los sentidos se des-alertarán, se aflojarán. Las viejas clases sociales serán domables, vendrá la guerra fratricida… la rapiña, el engaño… todo ese caos asemejable al infierno. Morirán los que hablaban de Dios, pero tampoco se consagrarán los admiradores del Sol. Morirán los patriarcas, pero emergerán nuevos. Las mujeres no serán más esas esclavas seductoras, pero pasarán a ser objetos nativos de la desconfianza. El mezcal cambiará de manos. El tequila se privatizará. Los que hablan de libertad, como Porfirio, seguirán hablando por TV (como lo hacen nuestros liberales). Y mientras tanto, Artemio, capturado por los villistas en el final de una revolución, será exhortado a hablar, a develar los planes de la división del norte, a aclarar el estado de la institucionalización carrancista, etc., etc. Pero Artemio es un canalla. Siempre será oficialista ( orozquista ayer , maderista después). Sabe que Emiliano Zapata también perdió en el Sur y se lo deglutió una revolución estallada e inconexa por sus múltiples demandas ancestrales para poder responder a la maldita pregunta imposible de saber qué es lo americano. En el calabozo está Gonzalo, el hermano de Catalina Bernal, su futura esposa. Gonzalo también era un hombre de Venustiano Carranza. Bigote rubio, según Fuentes. Artemio lo identifica como un delator (pág. 284) y comienzan otros pensamientos. Esos pensamientos. Fuentes abre así la misma escena de sospecha que Puig en El beso de la mujer araña (quinta y última referencia literaria que me permito). El compañero de celda de Artemio, Gonzalo, ahora es un enemigo. Artemio lo empieza a ver como el boquete por donde escapar. Y ya no hay que mirar al techo, ya no hay que insistir en escapar por las paredes.  (2 de febrero de 2026, 19:06 horas) Pozo de luz turbia, encantada, dispuesta; Carlos Fuentes me da esas tres definiciones inmejorables. Artemio Cruz siempre miró hacia adelante, como hacemos los americanos. El problema de no tener espejo retrovisor no es tanto desconocer las raíces difusas e impuras de nuestro ser sino las características que en contrapeso vamos asumiendo como revancha de la negación: orgullosa, machista, soberbia, aséptica, simuladora. Hablamos de una libertad que aborrecemos. Hablamos de una democracia que no ejercemos. Somos igual de contradictorios que los liberales que hablan por TV. Quizá por eso nos caemos en estas ansias repentinas de recuerdo, como los mexicanos en esas noches de melancolía, como los argentinos a través del tango. Nos traicionamos a nosotros mismos y Artemio Cruz carga con una traición a su paso: carga con el indio yaqui y con el licenciado Bernal. ¡Qué cosa esta América! que no logra salir del infierno, que no da tregua a sus hijos.  Artemio sentencia una frase: “No hay mucha vida por detrás”, siempre hay que mirar hacia delante, siempre desconocer los nombres de la revolución, esos nombres que quedan en la Venezuela del 3 de enero invadida por Donald Trump. Siempre pinche meadera . A la mierda los ideales, a la mierda la liberación de los pueblos, a la mierda la democracia que no sabemos qué es, al calabozo los diarios que hablan del fin de las deudas campesinas. Es el momento de Artemio Cruz, que aún no lo encuentro en esta Venezuela, pero el amesetamiento tardío de la pos intervención o del nuevo orden mundial ya desentenderá la igualdad de oportunidades de los progresistas. Podrá emerger un nuevo Artemio, sí, pero no habrá revolución; podrá haber nuevos ricos, sí, pero no habrá libertad e igualdad, porque la revolución ya comenzó y está inconclusa. En caso de renacer, ése Artemio será conservador y será un canalla, será lo necesario para reproducir la rueda de lo que prometemos, pero no consumamos.   Es el final. Maduro será juzgado por Estados Unidos en la prisión de Brooklyn y las mujeres de Fuentes casi no tienen voz. En eso la literatura del siglo XXI dio giros positivos, pero la revolución bolivariana no llegó a su fin. Lo americano entró en otra fase. Sobre el final me pregunto si el lector, además de obsesivo persiguiente de una liebre que nunca habrá de captar salvo por los colores verdoamarillos brillantes que en el reflejo de su lente dejen traslucir lo que hace el escritor, podrá tener la humanidad de ser indulgente o compasivo con el protagonista. Alguna vez leí que esta novela despertó debates contemporáneos en una América que decía estar llegando a su plenitud, a su final acabado: Artemio es sin duda un símbolo del drama de los países latinoamericanos que ansían un desarrollo que nunca llega, pero que mantiene vivo el reverdecer esperpéntico de los mitos fundantes o de las revoluciones purísimas contra el statu quo . Como diría Camín (2007), Artemio es el drama de vivir para morir, la pulsión eterna de sobrevivir contra la eterna verdad de la muerte, la petrificación de nuestros desarrollos (ayer liberal-agroexportadores, después nacional-proteccionistas, hoy neoliberales aperturistas, para después fracasar en finanzas sin suelo y volver al ciclo de promesas agropecuarias e industrialistas), poniendo en el tapete lo específico y genuinamente humano, y por ende enfisurado, de esta América y como tal de Artemio Cruz, que quiere redimirse del fracaso de los valores, que quiere vivir a pesar de los errores y lo anti estético de su ascenso social. Personaje instintivo, machista, tiene el coraje de no mentirse y decirse la verdad en el lecho de muerte, en el infarto del mesenterio. Tiene el coraje de mirar la Revolución de frente y decirnos la verdad. Sacarla de los museos o de los apuntes académicos. Reconvertir las bombas que tiran los yanquis o leer la captura de Maduro como algo más que un secuestro para indignarse por la aberración de la soberanía o la violación de las normas internacionales de tal o cual protocolo. Artemio, es decir Fuentes, mira de frente. No les teme a los fantasmas. Sabe que su esposa no lo amó, que cruzó a caballo aquella mañana y que no puede con la muerte de su hijo Lorenzo. Que Regina fue fruto de una violación en una guerra sin sentido en el Alto Plano de Sonora, que las facciones de la revolución se habían dado cuenta del choque fatal entre la realidad y los absolutos celestiales de la igualdad, fraternidad… el reino de Dios en la tierra y cuanta cosa más: el mito estallado. Los hierros fríos del hospital. El pulso que desaparece de la muñeca y los vómitos que no cesan boca abajo buscando la porcelana. Se acaba. Se acaba la vida. La muerte es una gran luz. ¿será ese el momento de lo americano? ¿será llegar al final repasando las mil argumentaciones posibles para explicar la traición a uno mismo, a los valores de la Revolución con mayúsculas o de la Independencia con I? ¿será llegar al final con la indulgencia de no ser españoles, de no reposar plácidos como ricos en sillones de damasco o de no ser indios del todo por calentar el café en hornallas industriales? ¿de justificarnos por no ser yanquis ni ingleses? ¿será la falta o el momento tibio de indulgencia con uno para entender que sólo pudimos decidir sobre una historia tardía y no elegida? ¿qué libertad y qué destino componen nuestro devenir, entendiendo que no son la misma cosa, pero estamos acechados por el riesgo de emparentarlas sin cavar en sus significaciones? El día que cierren el continente, yo estaré leyendo La muerte de Artemio Cruz .

  • Lou Andreas-Salomé: la psicoanalista olvidada

    Este texto es la introducción del libro Lou Andreas-Salomé. La filósofa del psicoanálisis , editado recientemente por Galerna. La obra de Lou Andreas-Salomé ha permanecido mayormente relegada en todos los ámbitos en los que hubiera podido recibir atención: la tradición de la filosofía no ha incluido sus ensayos y reflexiones críticas en sus programas, el psicoanálisis prácticamente no ha discutido sus contribuciones a la disciplina, y apenas los estudios literarios le han dado en ocasiones verdadera importancia a sus novelas y relatos. En contraste, su vida ha despertado una considerable curiosidad, sobre todo sus amistades y amoríos con hombres célebres como Nietzsche, Rée, Rilke y Freud, entre otros. En las habladurías de su tiempo y más allá, Salomé encarnó el mito de la femme fatale  —mujer que mata o lleva a la muerte—, el cual posee una fuerza indiscutible en la cultura occidental. Varios elementos contribuyeron a que su nombre retumbara de un modo que excedió ampliamente su obra: la leyenda de la joven brillante que rompió el corazón del filósofo más importante de su tiempo, como lo fue Nietzsche a partir del 1890 (a quien habría inspirado además su libro  Así habló Zaratustra , que los jóvenes alemanes llevaban a la guerra en sus mochilas); las historias sobre su don para influir en artistas y científicos, así como para abandonarlos impiadosamente; su rebeldía en los modos de establecer vínculos y amistades, lejos de las convenciones establecidas; su habilidad para ganarse la máxima confianza del fundador del psicoanálisis (al punto de pasar una estadía en su casa familiar intimando con su hija Anna); la tensa relación con el feminismo de la época. Este desbalance entre una atención mínima a sus escritos y una máxima a su vida resultó en un abordaje mayormente biográfico de su figura. Esto estuvo condicionado, también, por el hecho de que su última obra fuera una autobiografía, publicada póstumamente por su albacea Ernst Pfeiffer —catorce años después de la muerte de Salomé—. Este libro, que solía llamar el “compendio” ( Grundgriss ), fue titulado Mirada retrospectiva   ( Lebensrückblick ) y ha sido posiblemente el más leído y traducido de sus textos, plagando la bibliografía sobre ella de anécdotas y datos personales, que pasan a ser parte de su obra (y no solo de su vida) desde el momento de su aparición. Tampoco favoreció la divulgación de sus escritos el hecho de que la correspondencia con aquellos hombres célebres se impusiera en la recepción de su figura. La temprana biografía de H. F. Peters ( Lou Andreas-Salomé. Mi hermana, mi esposa. Una biografía , 1962) dejó quizás también, con su impresionante investigación, una marca demasiado honda. Por si fuera poco, al morir Pfeiffer se desclasificaron una cantidad de documentos a partir de los cuales Stéphane Michaud escribió una nueva biografía, aún más detallada ( Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida , 2000). Luego Isabelle Mons realizó un minucioso trabajo sobre ella, que aunque aborda ciertos aspectos de su obra conserva una impronta fuertemente biográfica ( Lou Andreas-Salomé. Una mujer libre , 2012).  La pantalla grande y la ficción también han hecho su parte en la creación de cierto personaje en torno a su figura. La referencia más conocida seguramente sea la novela ficcionada El día que Nietzsche lloró , de Irvin D. Yalom, publicada en 1992 y llevada al cine en 2007, donde el personaje de Lou Andreas-Salomé dista mucho de la realidad, tanto en relación con los datos biográficos como con la caracterización de su personalidad. Previo a esto, ya en 1977, Liliana Cavani dirige la película Más allá del bien y del mal , que aborda los tiempos de su relación con Nietzsche y Rée, tal vez de manera algo fantástica. Luego, en 2016 sale a la luz un respetable film dirigido por Cordula Kablitz-Post, que refleja su vida de modo bastante fiel a su autobiografía. Su figura también inspiró obras de teatro y más de una creación musical.  La vida de Salomé fue sin duda apasionante, no solo por sus historias afectivas, sino también porque se movió con destreza en los círculos intelectuales y artísticos más importantes de la Europa de fin de siglo, en especial en sus estadías en Berlín, París y Viena. Pero que eso haya postergado el estudio de sus textos es un efecto sin duda indeseado de la orientación que toma a veces la curiosidad humana. Todos estos factores hicieron que primara una aproximación impresionista a su pensamiento que mayormente se ahorra el esfuerzo de elucidar el sentido de una obra extremadamente densa y oscura —aunque no ininteligible—. Se construyó así la idea de que su aporte a los ámbitos intelectuales estuvo dado únicamente por su persona, y no por sus ideas.  En este libro nos proponemos rescatar tan solo una parte de su prolífica y variada producción: su obra psicoanalítica. Es llamativo que esta dimensión de su pensamiento, a nuestro juicio la más relevante y profunda, haya sido la más olvidada  de todas. El encuentro con Freud en Viena en 1912, cuando Salomé tiene ya cincuenta años, marca el punto de inflexión más importante de su obra y su vida profesional: en ese momento elige consagrarse al estudio y la práctica clínica del psicoanálisis, una disciplina nueva que se encontraba en plena ebullición, convirtiéndose en una de las primeras mujeres psicoanalistas de la historia (mas no la primera). En ese contexto, a partir de la década de 1910 escribe una serie de artículos que participan de los debates de la “ciencia nueva”, que era para sus promotores una auténtica “causa” a la que ella se suma con devoción. En ellos, Salomé aborda temas diversos como el narcisismo, la sublimación, la sexualidad femenina, el masoquismo, el sentimiento de culpa, etc. Por largo tiempo, estos artículos publicados en revistas de la época (la mayoría en Imago  y Almnach des Internationalen Psychoanalytisches Verlages ) no fueron recogidos y compilados siquiera en alemán. Recién a fines de los 70 se reunieron por vez primera en italiano, unos años después en francés y, en 1982, Gustavo Dessal y Guillermo L. Koop llevaron a cabo una compilación en castellano bajo el título El narcisismo como doble dirección. Obras psicoanalíticas  (Barcelona, Tusquets, 1982), un trabajo extraordinario aunque con una traducción por momentos cuestionable, que hoy es prácticamente un incunable —y constituye la única posibilidad de acceder a estos textos en nuestra lengua—. Es impactante que en alemán —la lengua en la cual la escritora rusa escribió su obra, que era su lengua materna— este trabajo se haya realizado por primera vez en 1990. Así, mientras en la actualidad pueden encontrarse sin dificultades algunas de sus novelas y ensayos previos al periodo que estudiamos —especialmente “El ser humano como mujer” y “El erotismo”, que han tenido cierta fortuna en cuanto a su circulación—, el legado psicoanalítico permanece escasamente editado y perfectamente ignorado.  Este legado psicoanalítico está evidentemente en relación con el recorrido previo de la autora, que al momento de acercarse a la disciplina llevaba ya escritas unas cuantas novelas y relatos, un estudio muy comentado en la época sobre el papel de las mujeres en el teatro de Henrik Ibsen, un libro sobre Nietzsche, uno sobre Rilke —escrito pocos años después de su muerte—, y unos cuantos ensayos sobre psicología de la religión y temas como el erotismo, la mujer y la creatividad del artista, entre otros. La terminología técnica que incorpora de la teoría psicoanalítica a partir de la década del 10 no elimina las intuiciones fundamentales de su obra anterior, ni tampoco sus influencias filosóficas (Spinoza, Schopenhauer, Simmel, Nietzsche, la filosofía de la vida, etc.), sino que más bien nutre esas intuiciones de un vocabulario específico y les brinda la posibilidad de una aplicación práctica. La filósofa Salomé está presente en la psicoanalista, a tal punto que para Freud será una representante de “la filosofía” (con toda la resistencia y la ambivalencia que generaba esa palabra dentro de la disciplina nueva). En este sentido, en la parte central de este libro (Capítulo IV), acuñamos la fórmula “narcisismo dionisíaco” para nombrar el modo en que el concepto psicoanalítico está teñido en el pensamiento de Salomé de la filosofía nietzscheana.  El concepto de narcisismo es sin duda el que atrae más fuertemente a Salomé al psicoanálisis, y sus originales contribuciones en este punto merecen hace tiempo una recuperación. El carácter dionisíaco que le imprime al narcisismo hace referencia a una dimensión pre-individual, a una unidad primordial a la que el ser humano permanece conectado y que abarca las experiencias de goce y de dolor. Esta concepción está atravesada por sus lecturas de Nietzsche, que se produjeron muchos años después del encuentro personal entre ellos. Para ese entonces, en 1882, no había escuchado más que algunos fragmentos de La gaya ciencia  de boca de él. Fue tiempo después cuando Salomé estudió en detalle la obra nietzscheana y recibió su máximo influjo, que la llevó a escribir varios artículos sobre su pensamiento y un libro sobre la psicología del filósofo como elemento clave de sus concepciones, publicado en 1894. La convergencia del pensamiento de Freud y de Nietzsche en la obra  de Salomé es mucho más contundente que el puente que su persona pudo haber creado entre el mítico filósofo y el fundador del psicoanálisis. Esa convergencia, además, pone el foco en un tema escabroso tanto para la filosofía nietzscheana contemporánea como para el psicoanálisis: el asunto de Dios. La lectura de Salomé del narcisismo como conexión con la totalidad y de Nietzsche como “buscador de Dios” tienen todo lo necesario para ser rechazados en ambos ámbitos. Tal vez entonces pueda hallarse en el olvido  de la obra de Salomé algo más que la dificultad que presenta su intrincada escritura.  Uno de los aspectos más originales de la concepción salomiana del narcisismo reside en su relectura del mito de Narciso —al que Freud casi no presta atención—, y a la función que allí cumple el espejo. Según afirma, el espejo del mito, al ser de agua, simboliza la Naturaleza a la que el héroe se siente unido (motivo por el cual queda embelesado). En el espejo artificial, en cambio, Salomé ubica la individuación que acabará con esa unidad. La experiencia humana frente al espejo entraña entonces un duelo por la totalidad perdida y un sufrimiento frente a la percepción del contorno que delimita el adentro y el afuera del cuerpo. Lejos de la vanidad, el proceso de individuación, de conformación del yo, es comparado por ella con el dolor que se siente cuando en la infancia un diente se abre paso. Es decir que si bien para la historia más frecuentada del psicoanálisis fue Jacques Lacan quien puso lo especular en el centro de la noción de narcisismo, Salomé lo había hecho varias décadas antes. Lacan postula el estadio del espejo como momento de conformación del yo, el cuerpo y la realidad exterior. Propone que el yo se constituye como un objeto unificado en el momento en que el niño percibe su propia imagen en el espejo y se identifica con esta —o con el semejante que le hace de espejo—. Por cierto, el autor presenta sus ideas sobre el espejo en el Congreso de 1936, al que Salomé podría haber asistido si no hubiera sido por su avanzada edad y constantes dificultades económicas. Es llamativo que el sentido del espejo en Salomé y en Lacan sea quizás opuesto. Si para ella se trata de un duelo por la unidad perdida, para él lo que siente el niño es júbilo por el reconocimiento de que ese yo constituido le pertenece. La unidad para Salomé es previa al encuentro con los contornos que nos arroja el espejo; para él, en cambio, es posterior. Mientras que para Lacan el narcisismo comienza con el reconocimiento en el espejo, para Salomé allí termina.  Si bien los artículos salomianos sobre psicoanálisis circularon poco, hubo uno que sí tuvo un importante lugar en la recepción: el diario que escribía el año que estudió con Freud en Viena en 1912 —editado por Pfeiffer en 1958 bajo el título En la escuela con Freud. Diario de 1912-1913 —. Este ha logrado una considerable circulación, no tanto en pos de estudiar el pensamiento de Salomé sino más bien como fuente documental sobre los avatares personales y las rencillas de los miembros del círculo freudiano —Tausk, Ferenczi, Rank, Adler, Jung, etc.—. También ha sido ampliamente leída y traducida la correspondencia entre Freud y Salomé que Pfeiffer puso a disposición en 1966. El intercambio epistolar entre ellos fue uno de los primeros libros de correspondencia que se publicó del psicoanalista, ofreciéndole al público por vez primera la posibilidad de acceder a una faceta suya inédita e íntima, además del interés que suscita el cuantioso material teórico que allí se discute. Finalmente, la última fuente de relevancia es el libro más elogiado por Freud, que lleva por título: Mi agradecimiento a Sigmund Freud. Carta en su 75 aniversario  y que, a pesar de su inmenso valor, no tiene traducción castellana hasta hoy.  En las maneras de Salomé de vincularse con el círculo freudiano puede observarse una búsqueda análoga a la que había orientado sus relaciones con Paul Rée y Nietzsche: la insistencia en pertenecer a una suerte de hermandad, un colectivo intelectual, un grupo. Eso que denominó “La Santísima Trinidad” cuando soñaba una convivencia junto a sus dos amigos y que lograría luego, por un tiempo, junto a Rée y un grupo de intelectuales y científicos en Berlín. Ella esperaba que el movimiento psicoanalítico pudiera ofrecerle algo semejante, aun cuando su práctica clínica terminará siendo solitaria, en su casa de montaña en las afueras de Gotinga. Este ideal de un grupo intelectual no define únicamente sus modos de vincularse, sino que aflora en sus conceptualizaciones teóricas, en las que el arte, la creatividad y el narcisismo se nutren de una fuerza suprapersonal, a veces universal, que trasciende en cualquier caso al individuo. Su enigmático matrimonio con el iranista Karl Andreas —con quien llevaban vidas más bien separadas y se dice que jamás tuvieron relaciones sexuales— no impedía que este intento de formar parte de una hermandad continuara siempre vigente. Los libros que abordan la figura de Lou Andreas-Salomé suelen presentar de modo recurrente ciertos capítulos. Uno sobre su infancia aristócrata en San Petersburgo, donde nace bajo el nombre de Louise von Salomé en 1861, el día de la abolición de la esclavitud en Rusia —como si la estrella de la libertad signara su destino—,   donde se refiere su lugar de hermana menor de cinco varones, mimada por estos y sobre todo por su padre, un militar cercano al zar. Otro capítulo suele dar cuenta de sus primeros estudios de filosofía con el predicador protestante Henri Gillot, quien la bautiza como Lou, se enamora de ella a pesar de su diferencia de edad y le pide matrimonio sin éxito. Otro sobre su viaje a Zúrich en 1880 para asistir a una de las pocas universidades germanoparlantes que aceptaba mujeres en la época, donde estudia teología y además un curso de historia del arte. También se suele contar la historia de su llegada a Roma en 1882 (a partir de sus problemas de salud), donde en casa de la feminista Malwyda von Meysenbug conoce a su gran amigo Paul Rée y luego a Nietzsche. Este capítulo es por supuesto el más requerido: se cuentan aquí las largas caminatas por las calles nocturnas de Roma conversando sobre filosofía junto a Rée, el sueño que ella le cuenta sobre una comunidad intelectual, las ansias con las que él busca cumplirle el deseo presentándole a su amigo Nietzsche (un joven filósofo que aún no tenía su aura mítica), la presentación en la basílica de San Pedro, Nietzsche iniciando la conversación algo patéticamente: “¿de qué estrellas hemos caído para que hayamos venido a parar aquí?”. El capítulo siguiente suele abordar los años en Berlín junto al grupo que forma con Rée, ya lejos del despechado Nietzsche. Finalmente, hacia 1887 conoce a su marido y se distancia entonces con dolor de su celoso amigo Rée. Otro infaltable capítulo se refiere a Rainer Maria Rilke, amigo y amante, al que le da el nombre y lo empuja a convertirse en el poeta que fue, y con quien hace dos viajes a su Rusia natal que serán más que relevantes en su vida y en su obra. Un último capítulo aborda generalmente el vínculo con Freud y el psicoanálisis, que abarca el último tercio de su vida, donde suele destacarse la profunda amistad con el fundador y con su hija Anna, para quien Salomé será una interlocutora fundamental.  En este libro nos concentraremos en esta última etapa, aunque incluiremos también textos y acontecimientos previos cuando la argumentación lo requiera, sobre todo en relación con la concepción temprana sobre lo femenino, la difícil relación con el feminismo de la época y su lectura de Nietzsche, aspectos todos anteriores al periodo psicoanalítico. En el primer capítulo, examinamos los fundamentos de su aproximación al movimiento psicoanalítico y sus vínculos con algunas de sus figuras —principalmente con Sigmund Freud, pero también con Alfred Adler, Victor Tausk y Anna Freud, entre otros. En el segundo capítulo desarrollamos su concepción de lo femenino antes y después de su encuentro con el psicoanálisis, poniendo el foco en la cuestión de la sexualidad. Sostenemos que puede identificarse una “operación Salomé”, que consiste en tomar ciertas tesis de Freud pero invertir su signo. Un caso patente se observa en el tópico de la sexualidad femenina, donde lleva a cabo una transvaloración de las ideas de regresión libidinal, pasividad y del placer clitoridiano en general. En el tercero, abordamos su teoría del narcisismo, en la que puede leerse una sorprendente redención del fenómeno narcisista para la cura y la creatividad. Incluimos aquí un análisis del texto “Anal y sexual”, por lejos aquel que recibió mayor reconocimiento por parte de Freud, y que también Lacan valora en un coloquio de psicoanálisis hacia 1960 (que nos llega como uno de los escritos) y en el Seminario 10. En el cuarto capítulo hacemos una lectura de esa concepción del narcisismo a la luz de la idea nietzscheana de lo dionisíaco. Para finalizar, abordamos los vínculos de Salomé con dos conceptos clave del psicoanálisis freudiano: el ello y el sentimiento oceánico, con el objetivo de mostrar nuevos aspectos de la influencia no reconocida de la autora en la disciplina, así como explorar su compleja relación con el misticismo y la religión. Lou Andreas-Salomé es una autora que, aun cuando se la elogia retóricamente, no se la conoce ni se la estudia. Y si bien ella sostenía que las vivencias personales intervienen necesariamente en los desarrollos intelectuales, estos últimos demandan un esfuerzo conceptual que no puede saldarse biográficamente. Es nuestra intención llevar adelante esa tarea de estudiar y dar a conocer su pensamiento. Hacia el final de este libro, puede encontrarse una selección de fragmentos de su obra que brinda la oportunidad de conocerla a través de su particular escritura. Aspiramos a que quien lea estas páginas descubra a una pensadora que, si bien es reputada como “musa” de hombres insignes, ha recibido también no poca inspiración. - 1) Podemos observar un ejemplo elocuente de esta perspectiva en el comentario de una reconocida e influyente psicoanalista del ámbito institucional lacaniano argentino: “Su mayor aporte al psicoanálisis fue dado por su propia inclusión en el movimiento con el halo de prestigio que cubría su persona, su relación con Paul Rée, Nietzsche y Rilke y, sobre todo, la manera con que sabiamente encarnaba para su entorno el enigma femenino” (Tendlarz, 2000: 16-7).  2) En castellano, apenas un año antes de la compilación mencionada, salió una traducción del artículo “Anal y sexual” en la Revista Imago, traducido por Ramón Alcalde. También hubo casos aislados en que se tradujo algún artículo puntual, como por ejemplo “El narcisismo como doble dirección” al inglés en 1962, traducido por Stanley A. Leavy. 3) En alemán el título es In der Schule bei Freud, pero la edición en castellano se tituló Aprendiendo con Freud.  4)  Esto sucede por ejemplo con las investigaciones de Paul Roazen y Paul-Laurent Assoun, que toman el diario de Salomé para estudiar a otras figuras que aparecen allí. 5)  Véase Lacan (2008: 691). - Lou Andreas-Salomé La filósofa del psicoanálisis Florencia Abadi y Matías Trucco Ed. Galerna

  • La llama de la libertad poética de Enrique Lihn

    Fernando me pregunta si he leído Crónica de un hombre puzzle , o más bien, para ser exacto, después de hacer un peregrinaje de lecturas por las últimas escritoras ensayistas —incluyo aquí el hito de Macarena García, que a ambos nos ha dejado rendidos—, menciona el nombre de Amalia Cross, a lo que repliqué: ¿Cross con K? Cuestión que no hizo otra cosa que agudizar mi ignorancia. Después, al rato, se daría la molestia —generosidad natural de Pérez— del préstamo de dicho libro. Si se trata de Lihn, uno trata de estar actualizado. Y con ese espíritu probé leer sus primeras páginas, como quien unta los labios en una copa de vino. Y no pude parar. El riesgo de agregar más combustible a la llama de la libertad poética de Enrique Lihn siempre corre el peligro de convertirse en chiste repetido. O, mejor dicho, para los que leemos a Lihn desde hace treinta años, caer en esta típica sensación de: nada nuevo bajo el sol. Pero Crónica de un hombre puzzle: Enrique Lihn como Gerardo de Pompier  (2025) ofrece, a mi entender, todo lo contrario. Un conjunto de datos investigativos de rigor que no estaban dentro de los parámetros, salvo a modo de piezas sueltas, en la voz de los mismos protagonistas que participaron de esas performances. Hallazgo, sin duda, es la inclusión de una serie de fotografías —casi todas inéditas— realizadas por Leonora Vicuña en la “Universidad en Ruinas de Conchalí”, casa del antipoeta. En esa ocasión, Lihn invitó a la fotógrafa para registrar la filmación de Carlos Flores: Lihn & Pompier . El resultado: parte de esas treinta y seis fotografías en blanco y negro, imágenes que capturan el proceso mismo de la filmación y sus preparativos. Lo que hace Cross, para decirlo en términos simples, es una genealogía del personaje Gerardo de Pompier, que Lihn creó —o no, esa es la gracia—, referenciando sus primeras apariciones literarias y performáticas. Se construye así una línea de tiempo extendida, documentada e indocumentada, de este personaje decimonónico que vestía con sombrero de copa y lucía un bigotín. Ahora, si este libro de Cross fuera solo eso, tal vez sería un libro más sobre Lihn, aunque, claro, con valiosos aportes de investigación. Lo que me llama la atención es que la autora parece haberse preguntado, antes de escribir la primera palabra, cómo voy a inscribir esto (más que cómo lo voy a escribir). ¿Será una línea de tiempo en la que iré rellenando datos, o esa línea de tiempo se verá entreverada por el proceso del propio trabajo de campo? Al parecer, esa pregunta —porque la mayoría de las veces un libro nace de una pregunta— es la carta de torsión en la que Cross se la juega con ciertas ambigüedades, se deja llevar por el tono de humor del personaje mismo y abre los modos de su trabajo a su búsqueda, que la conduce un paso más allá y se transforma en crónica compartida. Es decir, la crónica como dispositivo argumentativo, que no solo dé cuenta de su trabajo de campo, sino que también esté abierta al contagio del estilo de su objeto. Contagio sutil e inteligente que logra que los hechos y archivos investigados se actualicen producto de la energía de su propio proceso. El montaje organizativo del libro también se torna atractivo: las “Palabras preliminares” de Ana María Risco; luego, la primera sección, “El funeral o la fiesta de las postrimerías (1983)”, seguida por “Debut y despedida (1969)”, “El que fue a Melipilla… (1973)”, que suman once capítulos, prolongándose hasta llegar al cierre con Deus ex machina  (2025) y el consecuente “Epílogo (off the record)”, junto a los elementos paratextuales: bibliografía escogida y fuente de imágenes. El montaje logra la flexibilidad suficiente como para pensar que la hibridez del libro no se abandona totalmente a la creación literaria, pues fija sus fuentes con el rigor necesario, algo que deslumbra en sus referencialidades. Pedro Lastra, amigo señero de Lihn, explica esto de mejor forma en la contraportada: Este libro es un aporte muy decisivo para el conocimiento de Enrique Lihn: una investigación ejemplar, con la que se completa el proceso revelador que fue la invención de Pompier y sus proyecciones en el trabajo total de nuestro escritor mayor. Yo ignoraba muchas de las circunstancias y avatares de ese proceso, que se me ha clarificado del todo ahora. Esta contribución habrá de ser sin duda muy bien recibida, por lo que significa como novedad y por su expresión tan precisa e invitadora. Otra cosa que llama la atención son los tres epígrafes que dan inicio al libro: el primero, de Roman Jakobson; luego, Enrique Lihn y Patricio Marchant. El del poeta, específicamente, señala: “La escritura, para mí, también es una actuación.” Este texto ilustra el modelo de la figura, pero también la escritura misma de Lihn, esa suerte de teatralidad vastamente conocida. Y hay algo más: este letrero luminoso —epígrafe— antes de iniciar el camino de la lectura propiamente tal dialoga con el “Epílogo” del libro, donde se transcribe la conversación entre Parra y Lihn, en la que ambos merodean en torno a la posteridad y a los personajes de Pompier y el Cristo del Elqui. Audio, por lo demás, que está disponible en YouTube y que, apropiado de esta manera por la autora, reabre el archivo, vitalizando su singularidad. Estos ejemplos, entre muchos otros, hacen que la propuesta de Cross sea la de alguien capaz de pensar el texto tanto por dentro como por fuera. Magia de un libro breve, con efectos desproporcionados en el lector. - Crónica de un hombre puzzle: Enrique Lihn como Gerardo de Pompier  Amalia Cross Editorial Bastante , 2025

  • Contra el pánico democrático

    Existe un género literario muy popular entre la élite progresista y los rectores universitarios: el obituario de la democracia. Libros, papers y columnas advierten, con un tono de histeria contenida, que la oscuridad se acerca. Nos dicen que la democracia muere en la oscuridad o que estamos ante una ola autoritaria global. Pero si leemos con atención a la politóloga Susan Stokes, quizás la forense más lúcida de este proceso, podemos descubrir una verdad incómoda que los propios demócratas prefieren ignorar. En sus estudios sobre la erosión democrática, Stokes muestra que las democracias ya no mueren porque un general saque los tanques a la calle (el viejo golpe de Estado). Mueren desde adentro, mueren cuando los líderes electos utilizan las propias instituciones para desmantelar el sistema paso a paso. Lo que Stokes describe con preocupación académica, nosotros podemos leerlo con cinismo reaccionario. Porque el diagnóstico de Stokes confirma accidentalmente lo que Curtis Yarvin lleva años diciendo desde las catacumbas de la ilustración oscura. La democracia liberal, dice, no es víctima de un asesinato, sino que es víctima de un suicidio asistido por sus propios administradores. Stokes señala que la democracia depende de normas no escritas y de árbitros institucionales (cortes, organismos electorales) que deben ser neutrales. Cuando estos árbitros son capturados, el juego se rompe. Aquí podría entrar el análisis de Yarvin para radicalizar a Stokes. Yarvin diría: ¿cuándo fueron neutrales esos árbitros? Lo que Stokes llama instituciones democráticas, Yarvin lo llama  "Catedral", ese complejo descentralizado de universidades de élite (Harvard, acá la Chile, la PUC) y prensa prestigiosa que dicta lo que es verdad y lo que es moral. La erosión que denuncia Stokes no es más que el momento en que el pueblo se da cuenta de que el árbitro lleva la camiseta del equipo contrario. Cuando la Corte Suprema o el Servicio Electoral parecen operar con un sesgo ideológico, protegiendo al progresismo y persiguiendo al conservadurismo, la erosión se convierte en un acto de legítima defensa. Stokes teme que los populistas ataquen a los árbitros y Yarvin nos dice que esos árbitros son, en realidad, sacerdotes de una teocracia progresista que no rinde cuentas a nadie. Despedirlos no es autoritarismo, sino que sería saneamiento corporativo. Stokes advierte que la erosión comienza cuando se rompen las bright lines de la legalidad constitucional. Pero, ¿quién las rompió primero? Aquí es donde Franz Hinkelammert podría iluminar la escena. La élite liberal que hoy llora por la democracia es la misma que durante décadas utilizó esas instituciones para imponer la religión del mercado total. Utilizaron la democracia para blindar un modelo económico que exige sacrificios humanos (pensiones miserables, zonas de sacrificio). Cuando la democracia servía para imponer el neoliberalismo, era robusta y ahora que surgen líderes (sean de izquierda radical o de derecha iliberal) que cuestionan el dogma, la élite grita "¡Erosión!". Lo que Stokes llama erosión democrática podría redefinirse, bajo la lupa de Hinkelammert, como la rebelión del sujeto vivo contra la ley muerta. Si las instituciones están diseñadas para sacrificar a Ifigenia (el futuro de la nación) en el altar de la eficiencia globalista, entonces erosionar esas instituciones es un deber moral. Stokes identifica que una estrategia clave de los líderes que erosionan la democracia es el ataque a los medios y a la verdad oficial. Para ella, esto es el preludio de la tiranía. Para Yarvin, es el primer paso hacia la competencia. Si aceptamos la tesis de Yarvin de que el Estado debería funcionar con la eficiencia de una empresa tecnológica, el modelo del CEO-Monarca, entonces el debate democrático eterno es una ineficiencia imperdonable. La democracia liberal, con sus frenos y contrapesos, es como una empresa donde el departamento de Recursos Humanos (la prensa y la academia) tiene poder de veto sobre el gerente general. Stokes ve en la concentración de poder un peligro mortal. Nosotros, mirando el estancamiento de Occidente, podríamos ver en esa concentración la única salida al colapso. La erosión de la que habla Stokes es, tal vez, simplemente el proceso de demolición de un edificio condenado. Pasolini lloraba por los jóvenes infelices aplastados por el consumo. Hoy, esos jóvenes han crecido y votan por Bukele, por Trump o por Milei. No lo hacen porque sean ignorantes engañados por fake news, como cree la Catedral. Lo hacen porque intuyen que el sistema que describe Stokes, esa democracia de normas educadas y árbitros neutrales, es una farsa que encubre la administración del declive. Tiene razón Susan Stokes. Sí, están desmantelando la democracia desde adentro. Pero a diferencia de ella, quizá no deberíamos sentir pánico. Deberíamos sentarnos con la fría curiosidad de quien observa cómo un sistema operativo obsoleto es finalmente desinstalado y ver qué sistema, quizás más jerárquico, quizás más honesto, quizás más sagrado, instalaremos sobre sus ruinas.

bottom of page