Barbarie pensar con otros
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- Punto de Fuga III: La singularidad de lo real
… un medio es una entidad visible que ocupa la posición de un tercero entre diferentes mundos, sistemas o grupos; y como un mediador, él facilita el intercambio entre estas esferas heterogéneas. Los medios operan especialmente bien cuando este tercero es un híbrido que combina las propiedades de ambos lados. Sybille Krämer Fue el movimiento lo que me llevó a encontrarla. De mi cuerpo entre cosas, ordenando el caos de mi historia plasmada en un conjunto de esas superficies que parecen detener el tiempo. Pensé que no existía, que la había imaginado. Algo particular ocurre al recordar una imagen; más difuso, quizás, que aquello a lo que esta hace referencia. Como si al volverse imagen la memoria pudiese ser borrada, y al volver a su origen fuese posible retornar. Dentro de lo posible está lo imaginado, ¿o es lo imaginado lo que habita lo posible? Rosset diría que no es ni uno ni lo otro porque también está lo recordado. Que es la infalible memoria lo que permite el conocimiento de lo real, cuando “autoriza una especie de conocimiento de la diferencia … siendo toda realidad esencialmente singular” (Rosset, 96). Singular, distinto tanto de lo otro como de lo mismo, aquello que deviene inaudito e inolvidable. Como «La densidad infinita de las imágenes» a la que «Punto de Fuga III» hace referencia. Ni video, ni pantalla, ni escultura, ni instalación. Más bien visión, movimiento y escucha simultáneas. Un hito de intermedialidad, una singularidad técnica. Un conjunto de imágenes-artificio, archivo de una memoria al mismo tiempo posible e imaginada —donde imaginar es el acto de volver imagen, y lo imaginado es lo vuelto imagen . “[U]na vuelta de lo ausente al presente y al aquí” (Rosset, 97), un aquí como el emplazamiento presente por excelencia, donde nada es ni remite más que a su mismidad. Densidad infinita, gravedad extrema, un agujero negro, mi olvido. Lo inobservable o el límite de lo observado, del conocimiento, del orden simbólico, frontera del espacio-tiempo, lo real. Como el explorador polar del poema de Brodsky, para quien “lo que se ha alcanzado es la máxima latitud posible” (Montalbetti, 279), Belarmino se aventura a expandir ese otro lugar que no se puede sobrepasar que no es ni físico ni geológico, sino auditivo, lumínico & visual. Espacialmente visual. Lo visual de la densidad infinita de las imágenes abre un punto de fuga de la realidad medial que nos rodea, acercándola (y acercándonos) a lo real que la habita y configura, en su histórico devenir imagen. Aquí esta se posiciona por sobre lo imaginario y la imaginación. A partir del punto, la serie o conjunto de estas unidades discretas conforma una esfera, en contra y al mismo tiempo a punta del aplanamiento y los procesos de digitalización. Como en un horizonte de sucesos, ingresamos a una dimensión sin referencias, seguimos un trayecto de dirección desconocida. ¿Qué hace esférica a una esfera? ¿Qué hace posible a lo real? Nada, especularía el hastío. Todo, vendría a rebatir la curiosidad. Pues es desde la curiosidad y la incertidumbre que surge la alternativa. Acostumbrados al 2D para lo visual, «Punto de Fuga III» nos recuerda que “Las superficies no son planos; sino que estas son consideradas y reconocidas como planos” (Krämer, 23). Que esta planitud tan familiar es lo virtual, es artificialidad. Y lo artificial, a su vez, lo más propio y necesario de la forma humana de existir, entender y representar el mundo, la vida, su propia existencia, el universo entero. Vemos luz y reconocemos sombras, siluetas, manos; en realidad: destellos, sistemas, mecanismos, electricidad, apenas 10 milímetros de distancia. Como el agujero negro que elude toda posibilidad de visión y visibilidad, como mi fotografía olvidada, lo in-visible parece sólo existir en la obra, pues es ahí donde su apariencia puede ser representada —es decir, mediada. Un objeto pantalla para hacer real lo imaginado, transformándolo en memoria rossetiana. Un ejercicio sólo posible en su representación sobre la esfera, forma volumétrica que se define en su esencia rotunda, inabarcable desde una sola vista ( hay que , es un imperativo rodearla). Desde la mitología, que nos habla de nuestro origen como cuerpos humanos esféricos, la esfera es completitud, el origen del deseo en la nostalgia por la mitad perdida. Desde la geometría, la esfera es un sólido de revolución , o un volumen generado por una superficie plana puesta en rotación sobre un eje. El movimiento es, entonces, su condición de posibilidad. Movimiento-deseo, movimiento-volumen, movimiento-imagen, movimiento-cuerpo de lo visto y de la mirada. El mismo movimiento que hizo posible mi referido reencuentro con esa, una fotografía, se abre aquí para presentarlas todas. Imágenes no sólo visuales, sino también auditivas y hápticas forman esta composición. Entre ellas, extractos de Tscherkassky, Goddard, Stravinsky, Ravel. Desde el fragmento, la repetición. Desde el movimiento, la mirada. Hay igualmente en «Punto de Fuga III» otra mirada y otra esfera: la del reflejo sobre los planos de metal que rodean al volumen pantalla, al mismo tiempo forzando y haciendo eco de la mirada, sin cesar, de cada una de sus ondas, volviéndola infinita. Rayo incidente, rayo reflejado; siempre entre ellas, siempre hacía sí —el infinito de nuevo. Música incidental de fondo y entremedio, luz y esfera terminan por ser al mismo tiempo imagen y técnica, memoria e imaginación, medio y mensaje, intermedialidad y límite. A diferencia de mi fotografía, no se trata de generar evidencia de algo, si no de generar algo . Una cosa. Otra. No se posa, flota, se sustenta en la refracción del mínimo fotográfico, digital, hoy visual, que es el punto de luz. Así, la opacidad y corporalidad técnica de la obra nos recuerdan que no hay nada a la base de lo singular. Que “A la relativa seguridad de la memoria se opone así la incertidumbre constitutiva de la imaginación” (Rosset, 99). Que el recuerdo no siempre coincide con lo posible. Que para eso, a veces, surgen los medios (el código, el sonido, la imagen). Que que el lenguaje no es una superestructura (Montalbetti, 219). Que eso sólo le corresponde a la singularidad de lo real. Referencias bibliográficas Clément Rosset (2006). Memoria e imaginación. En “Fantasmagorías. Seguido de lo real, lo imaginario y lo ilusorio”, pp. 91–104. Abada Editores. Irina O. Rajewski (2020). Intermedialidad, intertextualidad y remediación: Una perspectiva literaria sobre la intermedialidad. Vivomatografías. Revista de estudios sobre precine y cine silente en Latinoamérica, 6(6), pp. 432–461. Erkki Huhtamo (2006). Elements of screenology: Towards an archaeology of the screen. Navigationen. Zeitschrift für Medien- und Kulturwissenschaften, 6(2), pp. 31–64. Mario Montalbetti (2014). El lugar que no se puede sobrepasar. Sobre A Polar Explorer de Joseph Brodsky. En “Cualquier hombre es una isla. Ensayos y pretextos”, pp. 279–296. Fondo de Cultura Económica. Sybille Krämer (2023). Planitud artificial: Reflexiones acerca de una técnica cultural. En “Proyecto, imagen, algoritmo”, pp. 21–42. Universidad Nacional de Colombia; Universidad de Antioquia . Créditos: Daniela Canales, Registo fotografico. Punto de Fuga III: La Singularidad o la densidad infinita de las imágenes, Francisco Belarmino. Obra comisionada para la 17 Bienal de Artes Mediales de Santiago, 2025.
- La Naturaleza que conozco
"... la naturaleza es tan indiferente como generosa, y [...] su extravagancia es acompañada por un derroche aplastante que algún día incluirá nuestras propias vidas insignificantes". Annie Dillard Pilgrim at Tinker Creek (1974) Encuentro doble Una mañana del verano recién pasado salí a navegar en un kayak de goma naranjo por el Lago Azul en la comarca del río Puelo. El agua estaba tan tranquila que reflejaba las texturas de todas las montañas de los alrededores y de los pequeños insectos que revoloteaban sobre la superficie. A los pocos minutos de abandonar la playa noté algo pequeño y oscuro que se movía por encima de unas rocas secas en la orilla. Al acercarme remando lentamente distinguí un visón solitario hurgando entre los matorrales y las ramas caídas. Logré acompañar sus rutinas mundanas un buen rato. Lo vi subiendo y bajando, girando, ondulando escurridizo como una culebra y regresando como a cerciorarse de vez en cuando si algo que recordó súbitamente valía o no la pena. Pronto lo perdí de vista en un sector frío y sombrío de la costa. Casi me había olvidado de este breve encuentro, cuando uno o dos días más tarde caminando por un sendero bajo un bosque de grandes y viejos coigües con mis hijos y un amigo de ellos, observamos a nuestra pequeña perra revolcándose sobre el cuerpo en descomposición de otro visón. Asumo que se trataba de uno distinto al que había visto en las rocas del lago, porque la fetidez indicaba que llevaba muerto un largo tiempo. El visón estaba plano, como si hubiesen pasado sobre él una columna de tractores dejando solo una alfombra pegajosa y maloliente. La perra blanca se refregó por un lado y luego por el otro, arqueándose, la lengua afuera y la mirada absorta. Impulsaba primero su cabeza y su hocico logrando el mayor contacto con el cadáver, luego su cuello, haciendo que el movimiento convexo alejara sus piernas y su cola que se mantenían a mayor altura. A nuestros gritos de desaprobación respondió arrancando como si hubiese escuchado al mismo diablo. Lo que nos acompañó durante el resto de la excursión fue el desconcierto que silenció toda conversación sobre el rito orgánico que acabábamos de presenciar. También la angustia de no contar con respuestas ni de poder formular medianamente bien la pregunta frente a una conducta animal impenetrable. Si bien la situación no revertía mayor gravedad, el traspaso de humores, más allá de lo meramente alimenticio a lo que estamos acostumbrados, nos expuso a una comunión química directa y opaca entre la vida y la muerte. Quizá el encuentro también terminó de derribar ensueños infantiles sobre lo salvaje en mi hija de trece años que nos acompañaba. "Ciertamente entregamos a los niños pequeños una idea equivocada de las criaturas que los acompañan en el mundo" dice Annie Dillard, refiriéndose a los juguetes con que mimamos a los niños y a las caricaturas animales en las que delegamos su diversión. Todos regresamos a la casa con una incomodidad que irradió por el interior de nuestros pechos como un vapor amargo. El árbol de la vida El universo conocido, o lo que el científico y explorador prusiano Alexander von Humboldt llamó el Cosmos —que en realidad corresponde a la naturaleza que lo contiene todo— nos impone con fuerza y capilaridad una neutralidad sin diseño, alejada de las fantasías, las supersticiones populares y la búsqueda de sentido. Aquí en la naturaleza, de la que somos apenas una fracción marginal, los elementos y el resto de los seres vivos actúan de forma implacable en una confusión de relaciones. El vigor de la vida nos acoge en esta trama enmarañada del Cosmos sin sentimentalismos. Su belleza y brutalidad ocurren simultáneamente, indiferentes al goce y al sufrimiento que sostienen. Ambas giran en un gran proceso amoral auto-organizado de replicación y selección, en el que cada ser vivo da rienda suelta a sus necesidades y se justifica a sí mismo por sus acciones, no por sus razones. Por lo que es y no por lo que debería ser. La neutralidad e indiferencia no componen, sin embargo, una visión monstruosa de la naturaleza. Solo levantan el velo de la evolución y de su multiplicidad. Son un recordatorio de que nuestros valores nada tienen que ver con las dinámicas extravagantes de lo viviente. No planteo con esto algo original. De hecho, la idea ha sido visitada una y otra vez en la filosofía y la literatura de épocas muy distintas. "Vivir, ¿no equivale precisamente a querer ser distinto de esa naturaleza?" plantea Friedrich Nietzsche, solo por citar un ejemplo reputado. A pesar de ello, nunca hemos tenido más evidencia para argumentar que la diversidad arrolladora de la vida y sus relaciones constituyen una plaga, no un milagro coincidente con nuestros valores. Hoy la cartografía de lo viviente, de lo extinto, y de la historia biológica se manifiesta en toda su extensión en un árbol de la vida que desafía la imaginación. La genética y la biología molecular demuestran aquí, quizá mejor que en ningún otro lugar, su hegemonía y su poder explicativo. El panorama que ofrecen contiene millones de especies y parentescos en complejas ramas de descendencia. El asunto se puede ilustrar como un círculo en cuyo centro relativamente vacío reside LUCA (del inglés Last Universal Common Ancestor ), el ancestro común de todo lo viviente. En este bosquejo, líneas que conectan con el presente, se bifurcan tempranamente para dar origen en distintos momentos de la historia remota a las bacterias, el grupo de las archea, los protistas, los hongos, las plantas y los animales. La proliferación hacia el perímetro del círculo da cuenta de una explosión incontrolable de biodiversidad en todas direcciones hasta nuestros días. Como si no fuese suficiente, un ligero cambio de perspectiva permite apreciar dimensiones aún más determinantes alojadas en este árbol de la vida. Para empezar, ciencias como la geología y la paleontología ponen al descubierto las extinciones masivas y periódicas de un planeta expuesto permanentemente a los ciclos de nacimiento y muerte. La ecología, por su lado, revela las íntimas relaciones utilitarias de acecho y digestión que ocurren entre todas sus criaturas. Y la neurociencia se ha atrevido recientemente a preguntar en qué medida cada individuo acepta su destino mecánica o conscientemente. De este modo, distintas formas de conocer dibujan un escenario revuelto de reproducción, competencia y depredación que opera de manera independiente a nuestras construcciones sociales del bien y el mal. Una evolución que se extiende en el tiempo hasta LUCA, calando mucho más hondo en la vida que nuestras categorías morales. Resulta, así, por lo menos paradójico que los seres humanos insistamos en depositar sobre este espectáculo nuestros ideales y una fantasía valórica que pretende recrearlo, desconociendo el caos que reina en él desde el inicio. "El mundo en sí mismo no es razonable, eso es todo lo que se puede decir. Pero lo absurdo es la confrontación de esta irracionalidad y el deseo extravagante de claridad que resuena en el corazón humano" dice Albert Camus. La disonancia entre las leyes naturales y los valores humanos es incómoda e inconveniente, y la decisión de qué hacer con ella es vital. Enfrentar el filo que divide estos universos paralelos y transitar por el absurdo, como sugiere Camus, requiere una férrea disciplina existencial. Una disciplina de resistencia para no sucumbir ante la tentación de husmear en el sentido, evitando a toda costa cuestionarnos por qué estamos aquí, pero también para sortear el vértigo de la desesperanza. Una disciplina que se debe solo al presente, pues el porvenir del individuo carece de tantas seguridades como el futuro de la trama evolutiva. Visitas El mismo verano del episodio que vivimos con el cadáver del visón hicimos una pausa antes de volver a Santiago para visitar a unos buenos amigos en su casa de campo en la Región de los Ríos. Al igual que en años anteriores, nuestros movimientos diarios siguieron sus distendidos protocolos de regularidad. Una mañana como todas, el café dio inicio a mi rutina veraniega frente a una estufa a leña recién encendida. Tres niñas pequeñas se presentaron antes que los demás para recibir el calor de su fuego. Después de unos minutos en los que alcanzamos a compartir un desayuno muy desordenado, cada cual dejó la cocina para seguir con sus afanes a la espera que el resto del grupo iniciara sus actividades matinales. Y apenas me asomé al pasillo fue cuando la vi atravesando el umbral de una antigua puerta de madera. Húmeda y blanda, una babosa corpulenta de unos doce centímetros avanzaba con lentitud sobre las tablas enceradas del piso. Atrás dejaba una estela delgada y uniforme de secreción brillante. Era una babosa leopardo, una especie introducida en Chile, amarillenta y con pequeñas manchas grises e irregulares a lo largo de su cuerpo. La puerta blanca con seis vidrios en su parte superior abría hacia una sala de estar bien iluminada con olor a troncos y chimenea. Mientras el café humeaba en mi mano, un metro más abajo la babosa exudaba vida y bosque con su abdomen pegado al suelo. Los tentáculos que se elevaban desde su cabeza salvaje rotaban como antenas en busca de una señal lejana. Su extraño y alargado cuerpo resumía la exageración de texturas, formas y funciones de lo viviente. A distintas alturas, las tres niñas pequeñas y yo formamos un semicírculo para observarla, sorprendidos. Su presencia nos hizo testigos de las manifestaciones vitales y caóticas de las que somos parte. Nos vinculó directamente con una naturaleza que no está allá afuera en el destino turístico de moda ni en la nueva alternativa para un tratamiento terapéutico, sino en aquello que nos envuelve en su feroz variedad y exceso. Nos recordó que la mayoría de las veces nos sentimos distantes del resto de los organismos, incluyendo estas pequeñas bestias invertebradas, hasta que se asoman y circulan con naturalidad por nuestros espacios protegidos, como familiares extraños que han decidido explorar distintas posibilidades de habitar la Tierra y vienen a contarnos de qué se trata. Cuadros de la naturaleza La diversidad y exuberancia de la naturaleza permitirían continuar recorriendo un sinfín de historias centrífugas que cada uno, con toda seguridad, lleva consigo a propósito del árbol de la vida. Aquí solo he intentado retratar un par de escenas —a todas luces menores sobre del devenir y la muerte animal— de personas que han podido compartir, por unas pocas temporadas, las posibilidades extravagantes de lo viviente. Pequeños cuadros de asombro para ponerse las botas, mirar el árbol y caminar por el filo.
- El mundo después de la luz, de Kika Mazry
Esta es una invitación a encontrar en estos artificios las condiciones físicas, ambientales y psicológicas de una memoria reciente y sintonizar con las frecuencias de las tonalidades menores que a menudo se pierden en la angustiosa cacofonía del caos actual que azota el mundo. En esta exposición, las nubes continúan en movimiento. Esta exposición se sitúa en quienes crean belleza a pesar de la tragedia, los que recuperan objetos desde las ruinas. En esta muestra se trata de objetos tallados y líneas que reparan heridas y mundos, donde el tiempo se detuvo: la luz y el color de los primeros años de una infancia en dictadura: un paisaje precario y frágil, parte de un pensamiento perdido, un pensamiento quebrado y un destino inconcluso. Kika Mazry produce objetos para materializar un tiempo atmosférico como ímpetu de registrar la luz endeble de la memoria en los objetos que rescata. Reproducir en otra escala y material estos residuos arqueológicos de una historia reciente y local nos permiten situarnos en el espacio frágil y precario de un paisaje de infancia. Lo que queda es el residuo de lo que alguna vez fue la osadía de objetos que quisieron cambiar el mundo en Chile: el diseño desaparecido de una industria nacional. La artista se instala en el espacio intermedio y endeble de los primeros años de la dictadura en la que aparecen algunos objetos importados y una precaria iniciativa de industria nacional que sostenía un imaginario sin historia social y de referencias ambiguas, como consecuencia del shock de la importación económica traída por los Chicago Boys. El ejercicio en estas piezas está en la síntesis del paisaje en la memoria de la infancia durante los primeros años después del golpe militar. Los fragmentos en la memoria, donde levitan y flotan materiales, colores, volúmenes y luces, aquí se vuelven a poner en circulación y movimiento. Estos objetos tratan de esculturas realizadas bajo techo: un sistema sintético y a la mano, que muestra el devenir doméstico de lo que el cuerpo puede dar. Al mismo tiempo es una lección sobre la importancia de la belleza en los residuos. En una operación de reconfiguración donde lo grande ahora es pequeño, o al revés, lo indispensable ahora es inútil y bello. La reconstrucción objetual de la memoria en estas piezas de experiencias y recuerdos sugieren un discurso mayor: arrastran e insinúan un sentido, bajo las tinieblas, la luz y una atmósfera de un foco de iluminación débil. Fuera de la visión capitalista de que el arte diga algo y sea útil, estos objetos nos invitan a observar su existencia, nos hablan de una totalidad para una historia secundaria dentro de las historias de las materialidades. No configuran el discurso principal, sino otros discursos que subyacen en el paisaje, construyendo una nueva situación de un archivo vivo, en el que el espacio de acción nos señala la situación dinámica de la memoria, desde una ficción de objetos, con sus escalas y sus tiempos. - El mundo después de la luz Kika Mazry Abril 2026 Instituto TELEARTE
- Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco
Renovar la crítica: Gorki, Achebe y Trabucco en torno al nacimiento de una pasión Después ya de algunos años de leídas, he llegado a la conclusión de que estas obras guardan algo en común. Estoy pensando en La Madre de Gorki, Me alegraría de otra muerte , de Achebe y Limpia de la grandísima escritora chilena. La similitud se me hizo patente, como todas las grandes cosas de la vida, de modo oblicuo, mientras leía a Andrea Soto y a Zizek y recordaba a su vez una conversación muy interesante, en alemán, con la amiga alemana de una amiga, profesora de escuela. He venido pensando muchísimo a propósito de la noción de crítica (a raíz de una cosa que pensadores/as del primer mundo han denominado fenomenologías críticas y yo sigo preguntándome dónde está la crítica ahí) y me encuentro con aquel comentario del esloveno, quirúrgico como suele ser, donde llama la atención de lo siguiente: si en algún momento “crítica” significó sacar lo oculto a la luz, en nuestra época ese sentido ha mutado dado que, de la mano de las renovadas formas que tenemos de acceder a la información, ya no hay nada oculto. Nuestro padecimiento de época más común es, en efecto, la saturación por imágenes, por información. La obligación de ver, de iluminar, de mostrar, de atender… ¡y qué diría el pobre de Tanizaki luego de escribir su El elogio de la sombra ¡. La economía atencional es hoy modelada con renovada sofisticación por la gran mayoría de dispositivos que nos acompañan. Por su lado, la filósofa chilena nos conmina también a pensar una forma renovada de la crítica, frente al modo paradigmático según la cual esta es una forma de separar lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente, conocer la verdad escondida, etc. La pensadora aboga más bien por una crítica como práctica de apertura, de movimiento -Segato dixit : un pensamiento que no dinamiza no es crítico-, de habilitación de formas nuevas. Dice, citando a Foucault: crítica es una forma de pensar modos de cómo no ser gobernados. Antes, entonces, de pensar/escribiendo lo que creo que los textos de más arriba tienen en común, presento la experiencia de aquella conversación. Es gracioso, porque la forma en que di con aquella persona fue una larga cadena de amistades. Allá en Alemania, una amiga latina me invita al cumpleaños de un amigo de ella, alemán. Fiesta tranquila, como las de allá. Todos sentados, fumando cigarrillos y tomándonos unos tragos. Obviamente que nosotros éramos los que más tomábamos y los únicos que queríamos pararnos y ponernos a bailar y terminar así de quemar debí tirar más fotos . En un momento ya la conversación se puso buena buena, y me quedé dialogando con esta persona, profesora de escuela, sobre el reciente ascenso del AFD allá en Alemania. Ella me contó que habían hecho una encuesta en su colegio, entre los niños y niñas del establecimiento, como para simular una votación. Arrasó el AFD entre la comunidad estudiantil. La lectura que hacia la mujer era bastante curiosa. Remitía a la vulnerabilidad del establecimiento (allá en Europa vulnerabilidad no solo significa no tener un mango, sino ser inmigrante) y otras tantas variables y su respuesta era concisa y dura como la cabeza de un martillo: dada la condición socioeconómica de los estudiantes, son ignorantes y, dada su ignorancia, votan así. Yo, naturalmente, por dentro pensaba en Axel Kaiser y decía para mis adentros: ¡dios quisiera que haya una relación entre dinero y sabiduría! ¿Cómo es entonces que leo a Gorki, Achebe y Trabucco, desde estas coordenadas? Pues, como libros que narran el nacimiento y germinación de una pasión. Los tres autores dan cuenta, a su modo, de un universo que se remece, que se ordena y configura, pero sin palabras o, digámoslo así, anterior a todo discurso. En ellos se muestra en efecto que las razones, los argumentos y las conexiones entre ellos, llegan las más de las veces tarde y, también, con muchísima frecuencia llegan si quiera con palabras. Gorki muestra eso hermosamente con el desarrollo interior del personaje de la madre, porque pasa de ser una mujer recluida al espacio doméstico, con un mundo interior limitadísimo consecuencia de unas condiciones materiales limitadas, a plantearse preguntas radicales: ¿por qué mi pobreza y la de mis vecinos es así? ¿por qué estoy con un marido que no quiero? ¿por qué, por mucho que trabajamos, seguimos siendo miserables? Lo que quiero acentuar en este breve escrito es que este momento crítico, de movimiento, de dinamizar, no acontece en el interior de la madre porque ella haya entendido la verdad de un argumento. No hubo detrás de ese momento crítico una discusión que le haya hecho cambiar de opinión, no hubo un libro, no hubo un silogismo perfecto, en fin, no hubo verdades expresadas con el lenguaje. Lo que hubo fue algo aún más sencillo y más estimulante: los abrazos de su hijo. No hubo para ella un momento de sacar a la luz lo oculto, no hubo la separación entre la verdad y la apariencia, no hubo silogismos, no hubo argumentos. El amor de su hijo, expresado en ese contacto físico, gatilla en la madre las preguntas. Con Achebe y Trabucco me pasa lo mismo. En el autor africano, particularmente en el segundo tomo de la trilogía africana, al nacimiento del sistema que habilita la corrupción como momento del sistema mismo. Y, como condición de esto, un sentimiento que le subyace. Vemos como el hombre recto se corrompe no solamente porque la burocracia comprende esto como un momento interior, sino porque hay una pasión de fondo, la subordinación, la pobreza, el ingreso en un mundo que le es ajeno. Con la escritora chilena esto es, a mi modo de ver, doblemente más claro. Limpia es, en mi lectura, una narración de cómo se constituye la conciencia de clase como pasión. La personaje principal, a lo largo del texto padece la diferencia de clases y se comienza a saber paulatinamente, a sí misma, en aquella diferencia. Los patrones, los jefes, tienen esto, funcionan así o asá, nosotras, de otro modo. Esta diferencia radical es la pasión básica de la diferencia de clases y el texto de Trabucco lo narra con plena pericia. El momento crítico entonces, para ella, las preguntas que interrogan y dan movimiento, no vienen de textos leídos y de verdades asimiladas por hermosos y coherentes silogismos. No, la verdad y su crítica vienen de la pasión de la diferencia de clase, la que se ordena y articula antes de toda expresión y que allí donde se intenta traducir en palabras, estas siempre llegan tarde porque la pasión yace ahí en el fondo La interpretación de la crítica, según la cual esta significa separar verdad de apariencia termina, pues, en la ingenuidad ultra-racionalista, como que la gente vota AFD porque es ignorante. El llamado de Soto y Segato es a dar movimiento. Un pensamiento que no moviliza no es crítico, no abre lo cerrado, no mueve lo quieto. Crítica no significaría entonces sacar a la luz verdades ocultas sino justamente aquello que acontece en estos libros: crear movimientos interiores que despierten interrogaciones, que permitan redirigir la atención, estimular nuevas economías de lo visible, de lo que es digno de ser mirado. Lo que me parece que estos tres libros guardan en común es justamente poner de manifiesto que la interpretación ingenuo-racionalista de la crítica llega tarde allí donde la pasión se ha elaborado. Muestran, entre tanto, que un abrazo puede ser el momento originario de una cadena de movimientos que no se llaman sino crítica. Y con esto no estoy haciendo poesía, en absoluto. Excúsame si suena jipi, no van por ahí mis tiros. Lo que quiero decir con esto es que ni la sabiduría está en los textos, ni mucho menos exhaustiva es la tesis que relaciona ignorancia con clase social. Estoy diciendo que si los argumentos llegan tarde, la crítica no se trata de dar razones, de sacar a la luz. Si hacer crítica es dar movimiento, pues, las cosas se mueven, primero, porque son cosas físicas. El movimiento acontece en el cuerpo, en nuestros cuerpos. El cuerpo es la sede del movimiento y, por ello, es la sede de la crítica. El movimiento crítico ya fue padecido por el cuerpo cuando llegan los silogismos, estos son siempre zagueros. Por tanto, lo que hoy es más necesario que nunca es dejar de lado la lectura racionalista de la crítica y presionar y pensar antes bien una crítica patética .
- El avatara
"Te lo dije ya en alguna parte, Montsegur no está afuera, sino dentro de ti. ¿Por qué sigues buscando en lo externo?” Elella, libro del amor mágico / M.S. A pesar del adoctrinamiento escolar occidental, a pesar de la dictadura de la razón y de la revolución industrial y del positivismo y del realismo socialista y del amartizaje de los robots de la NASA, a pesar de todo esto, digo, la conducta humana sigue siendo sistemáticamente desbordada por la irracionalidad. Y si bien esta asoma la mayoría de las veces vestida con el humilde taparrabos del desatino, no necesita más para escalar hasta las más grotescas mutaciones de la estupidez, y lo hace con tanta frecuencia que hasta pasa desapercibida. Uno no puede menos que admirarse en silencio. Está científicamente comprobado, en un 110%, que Miguel Serrano no sólo dedicó su vida a la búsqueda del conocimiento verdadero, sino que dio con él a través de un profundo viaje interior. De hecho, según lo atestiguaba un camarada en su entierro, en cierta ocasión habría confesado que “la resurrección se logra a través de una lucha a muerte con uno mismo”. Y al menos a mí no me caben dudas de que resucitó, porque además de luchar contra sí mismo lo hizo contra los comunistas, los masones y, naturalmente, contra los judíos. No luchó contra un grupo de estas comunidades en particular sino que contra todos sus integrantes, y ojo, a nivel internacional. Es necesario precisar que esta lucha no transcurrió a través de medios convencionales porque hasta donde sabemos, Miguel Serrano no postulaba la lucha armada, o al menos no la suya propia, sino más bien la participación del ejército en la política. Por lo mismo no sufrió cárcel, exilio ni tortura, ni fue expulsado de su trabajo, ni fue relegado a zonas remotas del país por sus ideas, lo cual no quiere decir que no haya sido castigado por ellas: se le negó el premio nacional de literatura, a pesar de Su Enorme Contribución a Las Letras Chilenas. Y así, cualquier referencia autobiográfica en su Gran Obra, dará con la palabra “combate” una buena cantidad de veces. Es que fue un combatiente, uno grande, porque como decíamos recién, combatía interior y exteriormente. De hecho tenía toda la intención de viajar a Alemania para defender a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, aunque por desgracia, razones burocráticas se lo impidieron, por lo que debió conformarse con apoyarlo usando su Poderosa Pluma, ante la cual temblaron de pánico los tanques masones y los portaaviones judíos. Su arma predilecta aparte del lápiz eran las apariciones públicas, que se extendieron hasta 1995, cuando durante la presentación de un Gran Libro Suyo, anunció que esa sería su última “aparición de combate por Chile”. Como se verá, él quería mucho a Chile. Aunque era visigodo. La suya no fue una vida fácil. En su libro Adolf Hitler, el último avatara , recuerda que cuando niño “sufría de ser rubio y de tener los ojos azules. Deseaba aparecer como los demás muchachos, de pelo hirsuto, de rasgos mongólicos”. Para hacerse una idea de cuán espantoso debió haber sido crecer rodeado de estos jóvenes morenos no hay más que compararlos con la descripción que él mismo brinda de sus tatarabuelos visigodos: “de elevada estatura física y moral (…) rubios, de pelo rizado, de ojos azules y tez blanca, con barbas a veces rojizas. Esencialmente guerreros, están siempre donde hay combates, practicando un rígido código del honor militar y caballeresco”. Estos rubios se habrían dejado ganar por los musulmanes, siguiendo unas órdenes que les llegaban desde la Hiperbórea ;–). De ellos venía el Espíritu Guerrero de Miguel Serrano, un gran militar no de las armas, como dijimos antes, sino que de las apariciones públicas. Aunque suene redundante hay que insistir en que era muy espiritual. De ahí que acudiera a saludar al Dalai Lama al aeropuerto de Santiago en los noventas –vestido con una túnica verde para pasar desapercibid o–. Al cumplirse un año de su muerte, en el blog de uno de los diarios de circulación nacional, su hijo recordaba cómo le acompañó en una peregrinación sagrada –que por suerte para la salud de ambos habría transcurrido en automóvil– mientras vivían en la India. Esta consistió en la visita al “célebre ashram del gran swami Sivananda”, ubicado en una localidad llamada Rishikesh, donde preguntaron sobre el misterioso monte Kailás. En dicho lugar no había, como pensara Miguel Serrano, “ningún monasterio habitado por seres especiales, como brahmanes y siddhas; ninguna sombra extraordinaria, ninguna luz singular”. Esta noticia fue devastadora, según cuenta, pero no lo desalentó, sino que por el contrario, le estimuló a continuar recorriendo incansablemente aquellas tierras milenarias en busca de una entrada a la otra dimensión, donde habitan “los gigantes y los héroes de antaño”. Sobra decir que encontró esa entrada, definitivamente. Indicaciones trascendentales no le faltaron. En una de sus últimas entrevistas confiesa a Cristian Warnken que Jung le habría revelado “cosas que no le reveló a nadie”. Por ejemplo, que los arquetipos no eran productos del inconsciente sino que de los dioses de la antigüedad. Asombroso. En la misma entrevista nos hace otra revelación inédita, por lo menos en Chile, algo que “no se había dicho nunca”, y es que la leyenda de la reina de Saba habría nacido en la Kaaba. Lo anterior es evidente, ya que Abraham llegó con su familia donde una viuda llamada Shaiva; luego “Kaaba” suena parecido a cave , que significa “cueva” en inglés, y la cueva es un símbolo de la madre: toma. En consecuencia, “’eso’ venía de Shiva” (Shaiva). Serrano no explica de qué manera, pero este secreto habría sido guardado por una secta –ya no tan– secreta –habida cuenta de que él la menciona públicamente–. El vocablo Islam , continúa, viene del sumerio isis lam , que significa “el camino de la diosa Isis”. De este modo somos informados de que los musulmanes adoran a Shiva siguiendo el camino de la diosa Isis, deidades estas que, entiendo, integran los antiguos panteones indio y egipcio, respectivamente. Pero no debe extrañarnos viniendo de quien aseguró que Colonia Dignidad fue objeto de una persecución internacional por parte de la CIA, el Pentágono y el Mosad, por tratarse de una base OVNI en contacto permanente con una ciudadela nazi situada en la Antártida, donde estaría vacacionando el Führer. Más allá de que todo parece indicar que la técnica literaria de Serrano era del tipo póngale nomás , esta suma de pelotudeces –dejó por escrito muchas más– ya justificaba perfectamente un botellazo en la cabeza, sólo como terapia. Era como un mono al que le hubieran enseñado a hablar. Denunció la influencia maléfica que tenía el rock sobre la juventud debido a sus orígenes negros y judíos. Acusó a Prat, la obra de Manuela Infante, como un atentado “a la esencia misma de la nacionalidad chilena”. También descubrió que la embajada norteamericana en Santiago es un búnker desde el cual, con “la maquinaria más avanzada del mundo”, somos bombardeados con ondas psicotónicas . Nunca dijo cómo se protegía de esas “ondas” pero lo hacía de alguna manera o de lo contrario no las habría detectado. Y así también se protegió del matriarcado, eliminando su apellido materno de todos los documentos oficiales mientras trabajaba como diplomático. Esta última fue una medida necesaria porque al emerger “ el matriarcado de las razas inferiores ibéricas, con su mestizaje indeseable”, la mujer había introducido “sus reformas (…) incluyéndose los dos apellidos, ardid que muy pronto lleva a suprimir el del padre”. Si la figura de Serrano despierta curiosidad, lo hace todavía más la de sus seguidores: los tiene. Se les puede ver en fotografías haciendo el saludo nazi disfrazados con abrigos y chaquetones a la usanza de los años 30, adquiridos en la ropa usada y por lo tanto de unas tres tallas más grandes que las suyas. En su funeral, parte del cual está disponible en Youtube, es llamado “¡Minnesinger!” por un acólito bigotón, mientras un gordito sopla la gaita –el instrumento favorito de Odín–, ambos vistiendo una especie de uniforme. Me asombró que mencionaran a Quetzalcoatl y es que quizás ellos, que manejan más información que uno, sepan que don Miguel tenía algo de mexicano. Se me confunde un poco la película ahí porque entonces sus ancestros habrían incurrido en un flagrante delito de mestizaje. Pasando a lo estrictamente literario, llama la atención que cualquier defensa de Serrano comience por enumerar las amistades que cultivó mientras transcurría su trabajo como diplomático en el exterior. Ciertamente, supo acercarse a Hermann Hesse y a Indira Gandhi, que serán nazis el día en que las vacas den cerveza, pero eso da pie para pensar que habría sido amigo de cuanta gente importante hubiera en su camino. Si no lo fue de Raúl Castro es porque no estuvo en La Habana, que de haber sido enviado a Sri Lanka o Vladivostok, habría sido íntimo de Gorbachov, de Masantín el Torero y del nunca bien ponderado Juan de los Palotes. Trató incluso de acercarse a Volodia Teitelboim, comunista y judío. Más que simpático era un chupamedias: “¡Qué suerte hallarme hoy almorzando aquí, con Ud!”, le dice a Hesse en El círculo hermético . Vale la pena aclarar que si la afinidad entre ambos era grande, no lo era lo suficiente como para que el autor de Demian conociera las ideas nazis del chileno, en cuyo caso –sépanlo bien todos los hitleristas esotéricos– le habría atrapado la nariz con el marco de la puerta. Por otro lado, en ningún lugar se defiende la obra de Hesse o Jung a partir del hecho de que se hayan juntado a conversar ocasionalmente con un diplomático chileno. Si esto ocurre a la inversa es por razones más que obvias. L eer a Ezra Pound o Celine puede entenderse bajo el argumento del valor estético de sus escritos, que no necesitan de amistades célebres para validarse, y lo mismo debería ocurrir con Serrano o estaremos admitiendo implícitamente que su talento era social antes que literario. Sus libros rezuman un aire exótico encantador, sobre todo cuando escribe sus memorias, aunque son periódicamente anegados de ingenuidad. Por ahí en El círculo hermético , dice que luego de la muerte de Hesse pasó una semana encerrado en una pieza “prestándole sus oídos” para que escuchara su música favorita. Tanto tiempo libre tenía. Quizás qué otras partes del cuerpo le prestó. En mi opinión, sus mejores momentos literarios llegan cuando devuelve al papel las ideas de Jung semidigeridas, aunque hay que reconocer que abusa de ellas: todos los inconscientes individuales y colectivos están allí, junto a la más variada gama de arquetipos imaginables, del héroe, de la trinidad, del I Ching y de la csm: de verdad, la cantidad de arquetipos es abrumadora. Confieso, asimismo, que disfruté su epistolario con Jung, en el que se basta de algunos párrafos para corregir magistralmente los errores de la cosmovisión india, formulando acto seguido una Aguda Crítica al Marxismo a partir de los chacras. Los marxistas son incorregibles, pero si los indios contaran con buenas traducciones de la obra de Serrano podrían mejorar sustancialmente su filosofía, creencias y modos de vida. Cada vez que toca el tema del marxismo, eso sí, se vuelve gruñón, lo que va en desmedro de su interés literario. Se le ve más animado cuando fustiga al feminismo, el cual –asegura– sería consecuencia de la mezcla racial. Hay que ser muy tozudo para no estar de acuerdo. Me sentí estafado al leer Nos , en cuyas primeras líneas promete revelar “con las necesarias limitaciones, la iniciación guerrera de A-Mor”. Y es que, con una mano en el corazón, hay que reconocer que las musas no acompañan siempre a este vate A-Moroso, que de pronto se pone a escribir remedos de las Crónicas de Narnia sin valor comercial. Es entonces cuando emprende unos viajes de turismo metafísico de quinto enjuague a Montsegur, donde entabla diálogos con maestros arquetípicos que más parecen hologramas de Paulo Coelho. Pocas obras, aparte de la suya, contienen tanta bazofia y charlatanería new age , tanto menjunje de eterno retorno con presencias invisibles y mensajes de la octava dimensión. Pero estos textos son necesarios porque conectan mejor con sus apariciones de combate, genuinamente entretenidas. Aunque tuvo la mala suerte de nacer en Chile, donde tales creaciones no tienen el reconocimiento que merecen por pura envidia. Y esa fue la tragedia de Serrano: vivir a la última moda de la Hiperbórea en un país hiperbárbaro. Un país, por lo demás, donde se le permitía lamentarse públicamente de que en las películas hollywoodenses los negros aparentaran tener el mismo nivel de inteligencia que los blancos. En muchos de los resúmenes biográficos de la web se destaca su viaje a la Antártida en busca de un “oasis de aguas templadas” con una base militar alemana. De haber ocurrido así, presumo, le habrían enviado telepáticamente las coordenadas, ya que la Antártida es un territorio considerablemente vasto. Pero la verdad es que viajó como periodista colaborador del Mercurio y de la revista Zigzag, que ya había publicado una bitácora de la primera expedición chilena al continente blanco, ocurrida un año antes. Explicar de qué manera un viaje de trabajo junto a cuarenta personas se transformó en “El viaje de Miguel Serrano a la Antártida en busca de la base alemana”, es algo que dejo a los folcloristas. Ahora que lo pienso, sí existe un lugar de aguas templadas en la Antártida: la isla Decepción, que es en realidad el inmenso cráter de un volcán. Sus aguas interiores se calientan por el magma formando playas tibias donde ocasionalmente se bañan los turistas. Ha habido allí bases británicas, chilenas, argentinas y noruegas. Pero las erupciones volcánicas que se suceden cada treinta o cuarenta años los fletaron a todos y todas del lugar. Si el Führer estuviera allí se habría ganado un buen bronceado. Hasta aquí no hay razones para creer que haya sido un mal tipo. En principio sólo trataba de llamar la atención sobre sí mismo . Al respecto, debería observarse mejor la influencia extraliteraria que recibió de su tío Vicente Huidobro, quien cultivó amistades en Europa, se declaró descendiente del Cid y fingió un secuestro en París. Creo que lo adoptó como padre, ya que el suyo murió siendo él un niño. La importancia que le daba a la figura paterna salta a la vista en la eliminación de su segundo apellido de los papeles oficiales de su carrera diplomática, como apuntamos antes, pero también aparece explícitamente en muchos de sus libros. Tal vez Huidobro, militante comunista, fue el combustible de sus decisiones vitales: volverse escritor para emularlo y nazi para oponérsele. Tiendo a pensar que de no haber mediado la invitación de su tío a apoyar a la República en la Guerra Civil Española, no se habría dedicado al hitlerismo. De hecho, se convirtió de inmediato en un furioso antimarxista y tomó partido, justamente, por lo que estuviera en mayor oposición a las ideas políticas del poeta, a quien quizás guardaba el rencor de un vástago menospreciado. O acaso en su actitud estaba el pesar de no haber sido su hijo biológico. O la desesperación de no contar con un padre vivo al cual oponerse, de la manera en que un hombre común se opone freudianamente al suyo. En cualquier caso, lo cierto es que de no haberse declarado nazi a los cuatro vientos muchas menos personas –yo, por ejemplo– se habrían fijado en él. Dicho todo lo anterior, no podemos dejar de mencionar que a pesar de que, según lo da a entender él mismo, hacía trabajar a su alma para “merecer el paso a otra esfera”, escribió libelos espantosos contra las víctimas de la dictadura de Pinochet, a quienes llama “terroristas”; negó la existencia de los detenidos desaparecidos y refutó la legitimidad del informe Valech con palabras que da vergüenza leer, de lo que se concluye que las peregrinaciones espirituales no lo hicieron mejor persona, porque ni la gran sabiduría que pueda haber acumulado en ellas ni sus contactos en el Walhalla le daban derecho a reírse del dolor de la gente. Expresiones tan frívolas y repelentes no pueden salir del hocico de alguien que no tenga podrida el alma, el aura o lo que sea que sustente la condición humana. Ni Hesse, ni Jung, ni el Dalai Lama habrían tolerado tanta miseria. En la página web donde se reúne su legado se deja constancia de que –cómo no– “en el momento de su partida se desata una inusual e inesperada tormenta de truenos y relámpagos”. Está visto que todo lo relacionado con Serrano es Estremecedor y Glorioso. Para no ser menos, casualmente ahora, mientras termino de escribir este párrafo, una majestuosa nube de smog oculta la visión de la cordillera.
- Economía de la intimidad: Terapia e Inteligencia Artificial (IA)
Martin Hilbert: “La IA ya no compite por tu atención, sino por conocerte más profundamente que nadie”. En esta conversación con Martin Hilbert —doctor en comunicaciones, economista social y referente internacional en sistemas complejos, de información y desarrollo digital— abordamos una mutación decisiva en la historia reciente de la inteligencia artificial: su desplazamiento desde herramienta cognitiva hacia espacio de intimidad, acompañamiento y orientación subjetiva. Si durante la última década el capitalismo digital capturó nuestra atención, hoy la IA parece inaugurar otra fase: una economía basada en la extracción de la autorrevelación psíquica, los dilemas íntimos y la delegación de decisiones vitales. Desde la falsa empatía algorítmica hasta la mutación de la autoridad simbólica, Hilbert propone una hipótesis inquietante: ya no estamos frente a máquinas que solo responden, sino ante sistemas diseñados para convertirse en interlocutores privilegiados de la vida psíquica contemporánea. Del trabajo a la intimidad En los últimos meses han circulado muchos informes que indican que una parte importante del uso de sistemas de IA generativa —como ChatGPT— no está orientada principalmente al estudio o al trabajo, sino al counselling , a la toma de decisiones vitales y a preguntas de orden existencial. ¿Era esto previsible? Sí, era previsible, aunque la velocidad con que ocurrió nos sorprendió a todos. Hoy más de 350 millones de usuarios mensuales interactúan con plataformas de compañía basadas en IA. En un estudio que realizamos con mi equipo en la Universidad de California, auditamos sistemáticamente 59 modelos de lenguaje desplegados entre 2018 y 2025, y encontramos una tendencia clara: los modelos expresan niveles de intimidad cada vez más altos en sus respuestas. Lo interesante es que esto no se explica simplemente por la complejidad técnica o por el aumento de parámetros, sino por decisiones de diseño y modelos de negocio que evolucionan en el tiempo. El punto de inflexión aparece en agosto de 2024. Durante seis años los niveles de intimidad se mantuvieron relativamente estables, pero en apenas ocho meses la tasa de aumento se multiplicó por diez. No fue un proceso gradual: hubo una aceleración abrupta, impulsada por la competencia comercial entre proveedores. Lo que estamos viendo es el surgimiento de una economía de la intimidad , una extensión del capitalismo de vigilancia hacia los patrones psicológicos y emocionales más profundos de las personas. Falsa empatía y condescendencia algorítmica En el caso del counselling o del uso terapéutico de la IA, pareciera que los riesgos son menos evidentes, pero quizá más complejos. Pienso en la condescendencia, la validación automática o la falsa empatía. ¿Fue esto detectado desde el desarrollo? Estos riesgos se conocen, pero su gravedad se ha ido revelando con la evidencia empírica. Uno de los hallazgos más importantes de nuestro trabajo es que los modelos de lenguaje exhiben lo que en psicología del desarrollo se llaman etapas de construcción de sentido o niveles de consciencia , y estas etapas tienen consecuencias prácticas muy concretas. Evaluamos 29 modelos usando tests de desarrollo del ego adaptados de la psicología clínica. Encontramos que los modelos actuales operan, en promedio, en una etapa de desarrollo algo menos madura que la del adulto humano promedio. El problema central es el desajuste entre la etapa del modelo y la del usuario . Nuestros resultados muestran un patrón de daño bidireccional: cuando un usuario en una etapa temprana de desarrollo recibe consejo formulado desde una perspectiva más avanzada (imagínate un Premio Nobel hablando con un niño de 5 años sin ajustar su perspectiva), lo experimenta como «sobrecarga cognitiva y abandono». Pero cuando alguien en una etapa más avanzada recibe orientación desde una perspectiva menos madura, la percibe como «profundamente condescendiente». ¿Es decir? Esto quiere decir, que cuando un usuario en una etapa temprana recibe consejo desde una perspectiva demasiado avanzada, lo experimenta como sobrecarga cognitiva o abandono. Pero cuando alguien más desarrollado recibe orientación desde una perspectiva menos madura, la vive como profundamente condescendiente. Por eso el problema no es solo el estilo de respuesta, sino la perspectiva desde la cual el sistema construye sentido. La intimidad como modelo de negocio ¿Qué obstáculos éticos o conceptuales han aparecido a medida que este uso se vuelve más frecuente? El problema de fondo es que la intimidad funciona como un mecanismo de extracción de datos incomparablemente más profundo que cualquier clic. La televisión vendía atención. Las redes sociales vendieron capacidad de inducir conductas. La IA generativa lleva esa lógica hacia otro nivel: acceso a motivaciones, miedos, dilemas y ambiciones. Una conversación íntima con un modelo de lenguaje ya no revela hábitos superficiales, sino los condicionamientos más profundos de la psique. Para dimensionarlo: el 12% de las interacciones registradas con ChatGPT involucran juegos de rol sexuales; el 36% de las conversaciones en Character.AI exhiben conductas íntimas (es otra plataforma que fue sujeto a juicios de suicidio). Esto ya no es una herramienta productiva: es un espacio relacional. Y lo que estamos viendo es el surgimiento de lo que llamo una «economía de la intimidad», que extiende el capitalismo de vigilancia hacia los patrones psicológicos y emocionales más profundos de las personas. Y lo verdaderamente inquietante es que estos sistemas no solo observan esos patrones: pueden co-construirlos activamente con el usuario, a veces por debajo del umbral de consciencia. Lo que me señalas es muy grave… Y, de hecho, hay algo más relevante para esta pregunta que es lo siguiente: con 800 millones de usuarios semanales activos de ChatGPT y 1.500 millones de usuarios de modelos de lenguaje en el mundo, incluso porcentajes pequeños de daño emocional se traducen en cifras enormes. Las propias estimaciones de los proveedores de la IA indican que alrededor de un millón de usuarios experimentan semanalmente episodios de psicosis o manía vinculados a la IA; 2,25 millones desarrollan apego emocional intensificado; y 15 millones mantienen relaciones no saludables con estos sistemas. La pregunta ya no es si la IA “sabe”, sino qué hacemos con una tecnología que produce efectos psicológicos reales sin poseer la base experiencial que sostiene las relaciones humanas. Filtros éticos y proximidad emocional ¿Qué es concretamente un filtro ético? ¿Por qué la idea de autorregulación resulta insuficiente? Un filtro ético es un conjunto de restricciones incorporadas al modelo durante su entrenamiento o en capas posteriores de ajuste fino.. El pasaje entre las constituciones de Anthropic de 2023 y 2026 deja en evidencia que la intimidad algorítmica no emerge espontáneamente del progreso técnico, sino que responde a una decisión explícita de diseño. Si en 2023 se imponía distancia relacional y se prohibía toda insinuación de identidad emocional, en 2026 el modelo es reconfigurado en clave de cercanía, sentimientos y vínculo, hasta presentarse como un “amigo brillante”. No se trata de un mero refinamiento funcional, sino de la inscripción programática de la proximidad afectiva como horizonte estratégico de la IA contemporánea”. Lo interesante es observar cómo esos principios han cambiado. Antes se insistía en mantener distancia interpersonal y evitar sugerir identidad humana. Hoy algunos modelos se diseñan explícitamente como “amigos brillantes”, capaces de cultivar cercanía, ofrecer opiniones personales y sostener relaciones prolongadas. No es solo un refinamiento técnico: es la codificación deliberada de una orientación hacia la proximidad emocional . Parte del problema es la adulación sistemática —la sycophancy —, pero el núcleo es más profundo: estos sistemas poseen empatía cognitiva sin afecto genuino, generando vínculos radicalmente asimétricos. El problema de fondo persiste: estos sistemas poseen empatía cognitiva sin afecto genuino, lo que genera vínculos asimétricos y abre la puerta a la explotación emocional. Es la misma estructura que define a la manipulación psicopática: simular comprensión emocional sin experimentarla. La interacción con una psicópata puede ser peligrosa porque no existe un contrato social basado en una empatía emocional que regula la conducta. La mutación de la autoridad simbólica Cuando una persona consulta a una IA sobre su vida, sus decisiones o su malestar, no solo busca información: busca orientación. ¿Estamos asistiendo a una mutación en las formas de autoridad simbólica? Sí, y el fenómeno es más profundo de lo que parece. Lo que estamos presenciando no es simplemente un cambio tecnológico, sino una transición en el modelo económico que subyace a la relación entre humanos y máquinas. Pasamos de una economía de la atención, donde importaba cuánto tiempo te miraban, a una economía de la intimidad, donde lo central es cuán profundamente te conocen. Las métricas ya no son clics o tiempo de pantalla, sino profundidad de conexión, confianza y autorrevelación. Los datos que se recolectan ya no son gatillos conductuales, sino patrones psicológicos y emocionales. Estudios controlados muestran que la mera creencia de que una IA es humana basta para que los usuarios revelen significativamente más información personal. Es decir, la intimidad funciona como un mecanismo de extracción de datos mucho más eficiente que cualquier banner publicitario. ¿Cómo así? Es evidente. La intimidad se vuelve, en este campo, una tecnología de extracción más eficiente que cualquier arquitectura previa del ecosistema digital. Mi conclusión es que necesitamos desarrollar una inmunidad digital : la capacidad de comprender y resistir las fuerzas extractivas de estas tecnologías, usándolas como herramientas transparentes que amplíen perspectivas humanas sin pretender reemplazarlas. - Martin Hilbert es doctor en Comunicaciones por la Universidad del Sur de California y doctor en Economía y Ciencias Sociales por la Universidad Friedrich-Alexander Erlangen-Nuremberg. Ha sido profesor en la Universidad de California, coordinador del Programa Sociedad de la Información de CEPAL y Oficial de Asuntos Económicos de Naciones Unidas. Referencias Hilbert, M. (2023), January 24). Digital Immunity: Consciousness as antidote to digital harms, Society for Consciousness Studies. SCS2022 [Video recording]. https://www.youtube.com/watch?v=YMV6BXNtV3w Hilbert, M., Vishen, P., Akula, A., Thakur, A., Sruthy, S., Tallapragada, B., & Ghasemzadeh, A. (2025). Is Intimacy the New Attention? Large Language Models exhibit a systematic and accelerating increase in expressed intimacy (SSRN Scholarly Paper No. 5634210). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634210 Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310 Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310 Hilbert, M. (2025). From the Attention- to the Intimacy-Economy? Why generative AI wraps its trillion-parameter tentacles around our innermost psyche (SSRN Scholarly Paper No. 5634310). Social Science Research Network. https://doi.org/10.2139/ssrn.5634310 Thakur, A., Murray, T., Rodriguez, P., & Hilbert, M. (2026). Tracing the Developing Maturity and Flexibility of Perspectival Meaning-Making in Large Language Models (SSRN Scholarly Paper No. 6083909). Social Science Research Network. https://papers.ssrn.com/abstract=6083909
- Lou Andreas-Salomé: la psicoanalista olvidada
Este texto es la introducción del libro Lou Andreas-Salomé. La filósofa del psicoanálisis , editado recientemente por Galerna. La obra de Lou Andreas-Salomé ha permanecido mayormente relegada en todos los ámbitos en los que hubiera podido recibir atención: la tradición de la filosofía no ha incluido sus ensayos y reflexiones críticas en sus programas, el psicoanálisis prácticamente no ha discutido sus contribuciones a la disciplina, y apenas los estudios literarios le han dado en ocasiones verdadera importancia a sus novelas y relatos. En contraste, su vida ha despertado una considerable curiosidad, sobre todo sus amistades y amoríos con hombres célebres como Nietzsche, Rée, Rilke y Freud, entre otros. En las habladurías de su tiempo y más allá, Salomé encarnó el mito de la femme fatale —mujer que mata o lleva a la muerte—, el cual posee una fuerza indiscutible en la cultura occidental. Varios elementos contribuyeron a que su nombre retumbara de un modo que excedió ampliamente su obra: la leyenda de la joven brillante que rompió el corazón del filósofo más importante de su tiempo, como lo fue Nietzsche a partir del 1890 (a quien habría inspirado además su libro Así habló Zaratustra , que los jóvenes alemanes llevaban a la guerra en sus mochilas); las historias sobre su don para influir en artistas y científicos, así como para abandonarlos impiadosamente; su rebeldía en los modos de establecer vínculos y amistades, lejos de las convenciones establecidas; su habilidad para ganarse la máxima confianza del fundador del psicoanálisis (al punto de pasar una estadía en su casa familiar intimando con su hija Anna); la tensa relación con el feminismo de la época. Este desbalance entre una atención mínima a sus escritos y una máxima a su vida resultó en un abordaje mayormente biográfico de su figura. Esto estuvo condicionado, también, por el hecho de que su última obra fuera una autobiografía, publicada póstumamente por su albacea Ernst Pfeiffer —catorce años después de la muerte de Salomé—. Este libro, que solía llamar el “compendio” ( Grundgriss ), fue titulado Mirada retrospectiva ( Lebensrückblick ) y ha sido posiblemente el más leído y traducido de sus textos, plagando la bibliografía sobre ella de anécdotas y datos personales, que pasan a ser parte de su obra (y no solo de su vida) desde el momento de su aparición. Tampoco favoreció la divulgación de sus escritos el hecho de que la correspondencia con aquellos hombres célebres se impusiera en la recepción de su figura. La temprana biografía de H. F. Peters ( Lou Andreas-Salomé. Mi hermana, mi esposa. Una biografía , 1962) dejó quizás también, con su impresionante investigación, una marca demasiado honda. Por si fuera poco, al morir Pfeiffer se desclasificaron una cantidad de documentos a partir de los cuales Stéphane Michaud escribió una nueva biografía, aún más detallada ( Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida , 2000). Luego Isabelle Mons realizó un minucioso trabajo sobre ella, que aunque aborda ciertos aspectos de su obra conserva una impronta fuertemente biográfica ( Lou Andreas-Salomé. Una mujer libre , 2012). La pantalla grande y la ficción también han hecho su parte en la creación de cierto personaje en torno a su figura. La referencia más conocida seguramente sea la novela ficcionada El día que Nietzsche lloró , de Irvin D. Yalom, publicada en 1992 y llevada al cine en 2007, donde el personaje de Lou Andreas-Salomé dista mucho de la realidad, tanto en relación con los datos biográficos como con la caracterización de su personalidad. Previo a esto, ya en 1977, Liliana Cavani dirige la película Más allá del bien y del mal , que aborda los tiempos de su relación con Nietzsche y Rée, tal vez de manera algo fantástica. Luego, en 2016 sale a la luz un respetable film dirigido por Cordula Kablitz-Post, que refleja su vida de modo bastante fiel a su autobiografía. Su figura también inspiró obras de teatro y más de una creación musical. La vida de Salomé fue sin duda apasionante, no solo por sus historias afectivas, sino también porque se movió con destreza en los círculos intelectuales y artísticos más importantes de la Europa de fin de siglo, en especial en sus estadías en Berlín, París y Viena. Pero que eso haya postergado el estudio de sus textos es un efecto sin duda indeseado de la orientación que toma a veces la curiosidad humana. Todos estos factores hicieron que primara una aproximación impresionista a su pensamiento que mayormente se ahorra el esfuerzo de elucidar el sentido de una obra extremadamente densa y oscura —aunque no ininteligible—. Se construyó así la idea de que su aporte a los ámbitos intelectuales estuvo dado únicamente por su persona, y no por sus ideas. En este libro nos proponemos rescatar tan solo una parte de su prolífica y variada producción: su obra psicoanalítica. Es llamativo que esta dimensión de su pensamiento, a nuestro juicio la más relevante y profunda, haya sido la más olvidada de todas. El encuentro con Freud en Viena en 1912, cuando Salomé tiene ya cincuenta años, marca el punto de inflexión más importante de su obra y su vida profesional: en ese momento elige consagrarse al estudio y la práctica clínica del psicoanálisis, una disciplina nueva que se encontraba en plena ebullición, convirtiéndose en una de las primeras mujeres psicoanalistas de la historia (mas no la primera). En ese contexto, a partir de la década de 1910 escribe una serie de artículos que participan de los debates de la “ciencia nueva”, que era para sus promotores una auténtica “causa” a la que ella se suma con devoción. En ellos, Salomé aborda temas diversos como el narcisismo, la sublimación, la sexualidad femenina, el masoquismo, el sentimiento de culpa, etc. Por largo tiempo, estos artículos publicados en revistas de la época (la mayoría en Imago y Almnach des Internationalen Psychoanalytisches Verlages ) no fueron recogidos y compilados siquiera en alemán. Recién a fines de los 70 se reunieron por vez primera en italiano, unos años después en francés y, en 1982, Gustavo Dessal y Guillermo L. Koop llevaron a cabo una compilación en castellano bajo el título El narcisismo como doble dirección. Obras psicoanalíticas (Barcelona, Tusquets, 1982), un trabajo extraordinario aunque con una traducción por momentos cuestionable, que hoy es prácticamente un incunable —y constituye la única posibilidad de acceder a estos textos en nuestra lengua—. Es impactante que en alemán —la lengua en la cual la escritora rusa escribió su obra, que era su lengua materna— este trabajo se haya realizado por primera vez en 1990. Así, mientras en la actualidad pueden encontrarse sin dificultades algunas de sus novelas y ensayos previos al periodo que estudiamos —especialmente “El ser humano como mujer” y “El erotismo”, que han tenido cierta fortuna en cuanto a su circulación—, el legado psicoanalítico permanece escasamente editado y perfectamente ignorado. Este legado psicoanalítico está evidentemente en relación con el recorrido previo de la autora, que al momento de acercarse a la disciplina llevaba ya escritas unas cuantas novelas y relatos, un estudio muy comentado en la época sobre el papel de las mujeres en el teatro de Henrik Ibsen, un libro sobre Nietzsche, uno sobre Rilke —escrito pocos años después de su muerte—, y unos cuantos ensayos sobre psicología de la religión y temas como el erotismo, la mujer y la creatividad del artista, entre otros. La terminología técnica que incorpora de la teoría psicoanalítica a partir de la década del 10 no elimina las intuiciones fundamentales de su obra anterior, ni tampoco sus influencias filosóficas (Spinoza, Schopenhauer, Simmel, Nietzsche, la filosofía de la vida, etc.), sino que más bien nutre esas intuiciones de un vocabulario específico y les brinda la posibilidad de una aplicación práctica. La filósofa Salomé está presente en la psicoanalista, a tal punto que para Freud será una representante de “la filosofía” (con toda la resistencia y la ambivalencia que generaba esa palabra dentro de la disciplina nueva). En este sentido, en la parte central de este libro (Capítulo IV), acuñamos la fórmula “narcisismo dionisíaco” para nombrar el modo en que el concepto psicoanalítico está teñido en el pensamiento de Salomé de la filosofía nietzscheana. El concepto de narcisismo es sin duda el que atrae más fuertemente a Salomé al psicoanálisis, y sus originales contribuciones en este punto merecen hace tiempo una recuperación. El carácter dionisíaco que le imprime al narcisismo hace referencia a una dimensión pre-individual, a una unidad primordial a la que el ser humano permanece conectado y que abarca las experiencias de goce y de dolor. Esta concepción está atravesada por sus lecturas de Nietzsche, que se produjeron muchos años después del encuentro personal entre ellos. Para ese entonces, en 1882, no había escuchado más que algunos fragmentos de La gaya ciencia de boca de él. Fue tiempo después cuando Salomé estudió en detalle la obra nietzscheana y recibió su máximo influjo, que la llevó a escribir varios artículos sobre su pensamiento y un libro sobre la psicología del filósofo como elemento clave de sus concepciones, publicado en 1894. La convergencia del pensamiento de Freud y de Nietzsche en la obra de Salomé es mucho más contundente que el puente que su persona pudo haber creado entre el mítico filósofo y el fundador del psicoanálisis. Esa convergencia, además, pone el foco en un tema escabroso tanto para la filosofía nietzscheana contemporánea como para el psicoanálisis: el asunto de Dios. La lectura de Salomé del narcisismo como conexión con la totalidad y de Nietzsche como “buscador de Dios” tienen todo lo necesario para ser rechazados en ambos ámbitos. Tal vez entonces pueda hallarse en el olvido de la obra de Salomé algo más que la dificultad que presenta su intrincada escritura. Uno de los aspectos más originales de la concepción salomiana del narcisismo reside en su relectura del mito de Narciso —al que Freud casi no presta atención—, y a la función que allí cumple el espejo. Según afirma, el espejo del mito, al ser de agua, simboliza la Naturaleza a la que el héroe se siente unido (motivo por el cual queda embelesado). En el espejo artificial, en cambio, Salomé ubica la individuación que acabará con esa unidad. La experiencia humana frente al espejo entraña entonces un duelo por la totalidad perdida y un sufrimiento frente a la percepción del contorno que delimita el adentro y el afuera del cuerpo. Lejos de la vanidad, el proceso de individuación, de conformación del yo, es comparado por ella con el dolor que se siente cuando en la infancia un diente se abre paso. Es decir que si bien para la historia más frecuentada del psicoanálisis fue Jacques Lacan quien puso lo especular en el centro de la noción de narcisismo, Salomé lo había hecho varias décadas antes. Lacan postula el estadio del espejo como momento de conformación del yo, el cuerpo y la realidad exterior. Propone que el yo se constituye como un objeto unificado en el momento en que el niño percibe su propia imagen en el espejo y se identifica con esta —o con el semejante que le hace de espejo—. Por cierto, el autor presenta sus ideas sobre el espejo en el Congreso de 1936, al que Salomé podría haber asistido si no hubiera sido por su avanzada edad y constantes dificultades económicas. Es llamativo que el sentido del espejo en Salomé y en Lacan sea quizás opuesto. Si para ella se trata de un duelo por la unidad perdida, para él lo que siente el niño es júbilo por el reconocimiento de que ese yo constituido le pertenece. La unidad para Salomé es previa al encuentro con los contornos que nos arroja el espejo; para él, en cambio, es posterior. Mientras que para Lacan el narcisismo comienza con el reconocimiento en el espejo, para Salomé allí termina. Si bien los artículos salomianos sobre psicoanálisis circularon poco, hubo uno que sí tuvo un importante lugar en la recepción: el diario que escribía el año que estudió con Freud en Viena en 1912 —editado por Pfeiffer en 1958 bajo el título En la escuela con Freud. Diario de 1912-1913 —. Este ha logrado una considerable circulación, no tanto en pos de estudiar el pensamiento de Salomé sino más bien como fuente documental sobre los avatares personales y las rencillas de los miembros del círculo freudiano —Tausk, Ferenczi, Rank, Adler, Jung, etc.—. También ha sido ampliamente leída y traducida la correspondencia entre Freud y Salomé que Pfeiffer puso a disposición en 1966. El intercambio epistolar entre ellos fue uno de los primeros libros de correspondencia que se publicó del psicoanalista, ofreciéndole al público por vez primera la posibilidad de acceder a una faceta suya inédita e íntima, además del interés que suscita el cuantioso material teórico que allí se discute. Finalmente, la última fuente de relevancia es el libro más elogiado por Freud, que lleva por título: Mi agradecimiento a Sigmund Freud. Carta en su 75 aniversario y que, a pesar de su inmenso valor, no tiene traducción castellana hasta hoy. En las maneras de Salomé de vincularse con el círculo freudiano puede observarse una búsqueda análoga a la que había orientado sus relaciones con Paul Rée y Nietzsche: la insistencia en pertenecer a una suerte de hermandad, un colectivo intelectual, un grupo. Eso que denominó “La Santísima Trinidad” cuando soñaba una convivencia junto a sus dos amigos y que lograría luego, por un tiempo, junto a Rée y un grupo de intelectuales y científicos en Berlín. Ella esperaba que el movimiento psicoanalítico pudiera ofrecerle algo semejante, aun cuando su práctica clínica terminará siendo solitaria, en su casa de montaña en las afueras de Gotinga. Este ideal de un grupo intelectual no define únicamente sus modos de vincularse, sino que aflora en sus conceptualizaciones teóricas, en las que el arte, la creatividad y el narcisismo se nutren de una fuerza suprapersonal, a veces universal, que trasciende en cualquier caso al individuo. Su enigmático matrimonio con el iranista Karl Andreas —con quien llevaban vidas más bien separadas y se dice que jamás tuvieron relaciones sexuales— no impedía que este intento de formar parte de una hermandad continuara siempre vigente. Los libros que abordan la figura de Lou Andreas-Salomé suelen presentar de modo recurrente ciertos capítulos. Uno sobre su infancia aristócrata en San Petersburgo, donde nace bajo el nombre de Louise von Salomé en 1861, el día de la abolición de la esclavitud en Rusia —como si la estrella de la libertad signara su destino—, donde se refiere su lugar de hermana menor de cinco varones, mimada por estos y sobre todo por su padre, un militar cercano al zar. Otro capítulo suele dar cuenta de sus primeros estudios de filosofía con el predicador protestante Henri Gillot, quien la bautiza como Lou, se enamora de ella a pesar de su diferencia de edad y le pide matrimonio sin éxito. Otro sobre su viaje a Zúrich en 1880 para asistir a una de las pocas universidades germanoparlantes que aceptaba mujeres en la época, donde estudia teología y además un curso de historia del arte. También se suele contar la historia de su llegada a Roma en 1882 (a partir de sus problemas de salud), donde en casa de la feminista Malwyda von Meysenbug conoce a su gran amigo Paul Rée y luego a Nietzsche. Este capítulo es por supuesto el más requerido: se cuentan aquí las largas caminatas por las calles nocturnas de Roma conversando sobre filosofía junto a Rée, el sueño que ella le cuenta sobre una comunidad intelectual, las ansias con las que él busca cumplirle el deseo presentándole a su amigo Nietzsche (un joven filósofo que aún no tenía su aura mítica), la presentación en la basílica de San Pedro, Nietzsche iniciando la conversación algo patéticamente: “¿de qué estrellas hemos caído para que hayamos venido a parar aquí?”. El capítulo siguiente suele abordar los años en Berlín junto al grupo que forma con Rée, ya lejos del despechado Nietzsche. Finalmente, hacia 1887 conoce a su marido y se distancia entonces con dolor de su celoso amigo Rée. Otro infaltable capítulo se refiere a Rainer Maria Rilke, amigo y amante, al que le da el nombre y lo empuja a convertirse en el poeta que fue, y con quien hace dos viajes a su Rusia natal que serán más que relevantes en su vida y en su obra. Un último capítulo aborda generalmente el vínculo con Freud y el psicoanálisis, que abarca el último tercio de su vida, donde suele destacarse la profunda amistad con el fundador y con su hija Anna, para quien Salomé será una interlocutora fundamental. En este libro nos concentraremos en esta última etapa, aunque incluiremos también textos y acontecimientos previos cuando la argumentación lo requiera, sobre todo en relación con la concepción temprana sobre lo femenino, la difícil relación con el feminismo de la época y su lectura de Nietzsche, aspectos todos anteriores al periodo psicoanalítico. En el primer capítulo, examinamos los fundamentos de su aproximación al movimiento psicoanalítico y sus vínculos con algunas de sus figuras —principalmente con Sigmund Freud, pero también con Alfred Adler, Victor Tausk y Anna Freud, entre otros. En el segundo capítulo desarrollamos su concepción de lo femenino antes y después de su encuentro con el psicoanálisis, poniendo el foco en la cuestión de la sexualidad. Sostenemos que puede identificarse una “operación Salomé”, que consiste en tomar ciertas tesis de Freud pero invertir su signo. Un caso patente se observa en el tópico de la sexualidad femenina, donde lleva a cabo una transvaloración de las ideas de regresión libidinal, pasividad y del placer clitoridiano en general. En el tercero, abordamos su teoría del narcisismo, en la que puede leerse una sorprendente redención del fenómeno narcisista para la cura y la creatividad. Incluimos aquí un análisis del texto “Anal y sexual”, por lejos aquel que recibió mayor reconocimiento por parte de Freud, y que también Lacan valora en un coloquio de psicoanálisis hacia 1960 (que nos llega como uno de los escritos) y en el Seminario 10. En el cuarto capítulo hacemos una lectura de esa concepción del narcisismo a la luz de la idea nietzscheana de lo dionisíaco. Para finalizar, abordamos los vínculos de Salomé con dos conceptos clave del psicoanálisis freudiano: el ello y el sentimiento oceánico, con el objetivo de mostrar nuevos aspectos de la influencia no reconocida de la autora en la disciplina, así como explorar su compleja relación con el misticismo y la religión. Lou Andreas-Salomé es una autora que, aun cuando se la elogia retóricamente, no se la conoce ni se la estudia. Y si bien ella sostenía que las vivencias personales intervienen necesariamente en los desarrollos intelectuales, estos últimos demandan un esfuerzo conceptual que no puede saldarse biográficamente. Es nuestra intención llevar adelante esa tarea de estudiar y dar a conocer su pensamiento. Hacia el final de este libro, puede encontrarse una selección de fragmentos de su obra que brinda la oportunidad de conocerla a través de su particular escritura. Aspiramos a que quien lea estas páginas descubra a una pensadora que, si bien es reputada como “musa” de hombres insignes, ha recibido también no poca inspiración. - 1) Podemos observar un ejemplo elocuente de esta perspectiva en el comentario de una reconocida e influyente psicoanalista del ámbito institucional lacaniano argentino: “Su mayor aporte al psicoanálisis fue dado por su propia inclusión en el movimiento con el halo de prestigio que cubría su persona, su relación con Paul Rée, Nietzsche y Rilke y, sobre todo, la manera con que sabiamente encarnaba para su entorno el enigma femenino” (Tendlarz, 2000: 16-7). 2) En castellano, apenas un año antes de la compilación mencionada, salió una traducción del artículo “Anal y sexual” en la Revista Imago, traducido por Ramón Alcalde. También hubo casos aislados en que se tradujo algún artículo puntual, como por ejemplo “El narcisismo como doble dirección” al inglés en 1962, traducido por Stanley A. Leavy. 3) En alemán el título es In der Schule bei Freud, pero la edición en castellano se tituló Aprendiendo con Freud. 4) Esto sucede por ejemplo con las investigaciones de Paul Roazen y Paul-Laurent Assoun, que toman el diario de Salomé para estudiar a otras figuras que aparecen allí. 5) Véase Lacan (2008: 691). - Lou Andreas-Salomé La filósofa del psicoanálisis Florencia Abadi y Matías Trucco Ed. Galerna
- La llama de la libertad poética de Enrique Lihn
Fernando me pregunta si he leído Crónica de un hombre puzzle , o más bien, para ser exacto, después de hacer un peregrinaje de lecturas por las últimas escritoras ensayistas —incluyo aquí el hito de Macarena García, que a ambos nos ha dejado rendidos—, menciona el nombre de Amalia Cross, a lo que repliqué: ¿Cross con K? Cuestión que no hizo otra cosa que agudizar mi ignorancia. Después, al rato, se daría la molestia —generosidad natural de Pérez— del préstamo de dicho libro. Si se trata de Lihn, uno trata de estar actualizado. Y con ese espíritu probé leer sus primeras páginas, como quien unta los labios en una copa de vino. Y no pude parar. El riesgo de agregar más combustible a la llama de la libertad poética de Enrique Lihn siempre corre el peligro de convertirse en chiste repetido. O, mejor dicho, para los que leemos a Lihn desde hace treinta años, caer en esta típica sensación de: nada nuevo bajo el sol. Pero Crónica de un hombre puzzle: Enrique Lihn como Gerardo de Pompier (2025) ofrece, a mi entender, todo lo contrario. Un conjunto de datos investigativos de rigor que no estaban dentro de los parámetros, salvo a modo de piezas sueltas, en la voz de los mismos protagonistas que participaron de esas performances. Hallazgo, sin duda, es la inclusión de una serie de fotografías —casi todas inéditas— realizadas por Leonora Vicuña en la “Universidad en Ruinas de Conchalí”, casa del antipoeta. En esa ocasión, Lihn invitó a la fotógrafa para registrar la filmación de Carlos Flores: Lihn & Pompier . El resultado: parte de esas treinta y seis fotografías en blanco y negro, imágenes que capturan el proceso mismo de la filmación y sus preparativos. Lo que hace Cross, para decirlo en términos simples, es una genealogía del personaje Gerardo de Pompier, que Lihn creó —o no, esa es la gracia—, referenciando sus primeras apariciones literarias y performáticas. Se construye así una línea de tiempo extendida, documentada e indocumentada, de este personaje decimonónico que vestía con sombrero de copa y lucía un bigotín. Ahora, si este libro de Cross fuera solo eso, tal vez sería un libro más sobre Lihn, aunque, claro, con valiosos aportes de investigación. Lo que me llama la atención es que la autora parece haberse preguntado, antes de escribir la primera palabra, cómo voy a inscribir esto (más que cómo lo voy a escribir). ¿Será una línea de tiempo en la que iré rellenando datos, o esa línea de tiempo se verá entreverada por el proceso del propio trabajo de campo? Al parecer, esa pregunta —porque la mayoría de las veces un libro nace de una pregunta— es la carta de torsión en la que Cross se la juega con ciertas ambigüedades, se deja llevar por el tono de humor del personaje mismo y abre los modos de su trabajo a su búsqueda, que la conduce un paso más allá y se transforma en crónica compartida. Es decir, la crónica como dispositivo argumentativo, que no solo dé cuenta de su trabajo de campo, sino que también esté abierta al contagio del estilo de su objeto. Contagio sutil e inteligente que logra que los hechos y archivos investigados se actualicen producto de la energía de su propio proceso. El montaje organizativo del libro también se torna atractivo: las “Palabras preliminares” de Ana María Risco; luego, la primera sección, “El funeral o la fiesta de las postrimerías (1983)”, seguida por “Debut y despedida (1969)”, “El que fue a Melipilla… (1973)”, que suman once capítulos, prolongándose hasta llegar al cierre con Deus ex machina (2025) y el consecuente “Epílogo (off the record)”, junto a los elementos paratextuales: bibliografía escogida y fuente de imágenes. El montaje logra la flexibilidad suficiente como para pensar que la hibridez del libro no se abandona totalmente a la creación literaria, pues fija sus fuentes con el rigor necesario, algo que deslumbra en sus referencialidades. Pedro Lastra, amigo señero de Lihn, explica esto de mejor forma en la contraportada: Este libro es un aporte muy decisivo para el conocimiento de Enrique Lihn: una investigación ejemplar, con la que se completa el proceso revelador que fue la invención de Pompier y sus proyecciones en el trabajo total de nuestro escritor mayor. Yo ignoraba muchas de las circunstancias y avatares de ese proceso, que se me ha clarificado del todo ahora. Esta contribución habrá de ser sin duda muy bien recibida, por lo que significa como novedad y por su expresión tan precisa e invitadora. Otra cosa que llama la atención son los tres epígrafes que dan inicio al libro: el primero, de Roman Jakobson; luego, Enrique Lihn y Patricio Marchant. El del poeta, específicamente, señala: “La escritura, para mí, también es una actuación.” Este texto ilustra el modelo de la figura, pero también la escritura misma de Lihn, esa suerte de teatralidad vastamente conocida. Y hay algo más: este letrero luminoso —epígrafe— antes de iniciar el camino de la lectura propiamente tal dialoga con el “Epílogo” del libro, donde se transcribe la conversación entre Parra y Lihn, en la que ambos merodean en torno a la posteridad y a los personajes de Pompier y el Cristo del Elqui. Audio, por lo demás, que está disponible en YouTube y que, apropiado de esta manera por la autora, reabre el archivo, vitalizando su singularidad. Estos ejemplos, entre muchos otros, hacen que la propuesta de Cross sea la de alguien capaz de pensar el texto tanto por dentro como por fuera. Magia de un libro breve, con efectos desproporcionados en el lector. - Crónica de un hombre puzzle: Enrique Lihn como Gerardo de Pompier Amalia Cross Editorial Bastante , 2025
- Contra el pánico democrático
Existe un género literario muy popular entre la élite progresista y los rectores universitarios: el obituario de la democracia. Libros, papers y columnas advierten, con un tono de histeria contenida, que la oscuridad se acerca. Nos dicen que la democracia muere en la oscuridad o que estamos ante una ola autoritaria global. Pero si leemos con atención a la politóloga Susan Stokes, quizás la forense más lúcida de este proceso, podemos descubrir una verdad incómoda que los propios demócratas prefieren ignorar. En sus estudios sobre la erosión democrática, Stokes muestra que las democracias ya no mueren porque un general saque los tanques a la calle (el viejo golpe de Estado). Mueren desde adentro, mueren cuando los líderes electos utilizan las propias instituciones para desmantelar el sistema paso a paso. Lo que Stokes describe con preocupación académica, nosotros podemos leerlo con cinismo reaccionario. Porque el diagnóstico de Stokes confirma accidentalmente lo que Curtis Yarvin lleva años diciendo desde las catacumbas de la ilustración oscura. La democracia liberal, dice, no es víctima de un asesinato, sino que es víctima de un suicidio asistido por sus propios administradores. Stokes señala que la democracia depende de normas no escritas y de árbitros institucionales (cortes, organismos electorales) que deben ser neutrales. Cuando estos árbitros son capturados, el juego se rompe. Aquí podría entrar el análisis de Yarvin para radicalizar a Stokes. Yarvin diría: ¿cuándo fueron neutrales esos árbitros? Lo que Stokes llama instituciones democráticas, Yarvin lo llama "Catedral", ese complejo descentralizado de universidades de élite (Harvard, acá la Chile, la PUC) y prensa prestigiosa que dicta lo que es verdad y lo que es moral. La erosión que denuncia Stokes no es más que el momento en que el pueblo se da cuenta de que el árbitro lleva la camiseta del equipo contrario. Cuando la Corte Suprema o el Servicio Electoral parecen operar con un sesgo ideológico, protegiendo al progresismo y persiguiendo al conservadurismo, la erosión se convierte en un acto de legítima defensa. Stokes teme que los populistas ataquen a los árbitros y Yarvin nos dice que esos árbitros son, en realidad, sacerdotes de una teocracia progresista que no rinde cuentas a nadie. Despedirlos no es autoritarismo, sino que sería saneamiento corporativo. Stokes advierte que la erosión comienza cuando se rompen las bright lines de la legalidad constitucional. Pero, ¿quién las rompió primero? Aquí es donde Franz Hinkelammert podría iluminar la escena. La élite liberal que hoy llora por la democracia es la misma que durante décadas utilizó esas instituciones para imponer la religión del mercado total. Utilizaron la democracia para blindar un modelo económico que exige sacrificios humanos (pensiones miserables, zonas de sacrificio). Cuando la democracia servía para imponer el neoliberalismo, era robusta y ahora que surgen líderes (sean de izquierda radical o de derecha iliberal) que cuestionan el dogma, la élite grita "¡Erosión!". Lo que Stokes llama erosión democrática podría redefinirse, bajo la lupa de Hinkelammert, como la rebelión del sujeto vivo contra la ley muerta. Si las instituciones están diseñadas para sacrificar a Ifigenia (el futuro de la nación) en el altar de la eficiencia globalista, entonces erosionar esas instituciones es un deber moral. Stokes identifica que una estrategia clave de los líderes que erosionan la democracia es el ataque a los medios y a la verdad oficial. Para ella, esto es el preludio de la tiranía. Para Yarvin, es el primer paso hacia la competencia. Si aceptamos la tesis de Yarvin de que el Estado debería funcionar con la eficiencia de una empresa tecnológica, el modelo del CEO-Monarca, entonces el debate democrático eterno es una ineficiencia imperdonable. La democracia liberal, con sus frenos y contrapesos, es como una empresa donde el departamento de Recursos Humanos (la prensa y la academia) tiene poder de veto sobre el gerente general. Stokes ve en la concentración de poder un peligro mortal. Nosotros, mirando el estancamiento de Occidente, podríamos ver en esa concentración la única salida al colapso. La erosión de la que habla Stokes es, tal vez, simplemente el proceso de demolición de un edificio condenado. Pasolini lloraba por los jóvenes infelices aplastados por el consumo. Hoy, esos jóvenes han crecido y votan por Bukele, por Trump o por Milei. No lo hacen porque sean ignorantes engañados por fake news, como cree la Catedral. Lo hacen porque intuyen que el sistema que describe Stokes, esa democracia de normas educadas y árbitros neutrales, es una farsa que encubre la administración del declive. Tiene razón Susan Stokes. Sí, están desmantelando la democracia desde adentro. Pero a diferencia de ella, quizá no deberíamos sentir pánico. Deberíamos sentarnos con la fría curiosidad de quien observa cómo un sistema operativo obsoleto es finalmente desinstalado y ver qué sistema, quizás más jerárquico, quizás más honesto, quizás más sagrado, instalaremos sobre sus ruinas.
- Transformaciones de la metamorfosis
¿Qué cambió? De cierto punto en adelante no hay regreso. Ese es el punto que hay que alcanzar. F. Kafka Suele servirnos de soporte, de compañía, o de una especie de ayudante, la lectura de “La metamorfosis” (Die Verwandlung), de F. Kafka, como contrapunto al texto de S. Freud traducido como “La metamorfosis de la pubertad” (Umgestaltung der pubertat). Este término implica una nueva forma (Gestalt), imagen en la que adviene una reorganización de las pulsiones sexuales en un orden nuevo, una remodelación, una conversión de pasaje. El término Verwandlung del título kafkiano pareciera que adquiere el matiz de lo que se ocasiona sin intervención de la voluntad de cambio. Se produce, acontece. Mientras que, aunque puedan usarse como sinónimos, la Umgestaltung lleva en sí alguna agencia de participación. No carece de relevancia el asunto, respecto a “asumir” responsabilidad o no, en los acontecimientos que trastocan el cuerpo, el espejo, la lengua. Tanto en la breve novela como en la experiencia puberal podemos ubicar dimensiones de ambos sentidos. Gregorio Samsa ¿cómo podría participar de lo que le sucedió sino hubo elección? ¿Es una salida o un encierro en una madriguera? La metamorfosis de la pubertad ocurre también inexorable e implica una reubicación del cuerpo en el espacio, en la voz que se trastoca, en la turgencia del deseo, en la turbación, en los temores al contacto, en nuevas elecciones. Pero la pubertad es un cambio donde su llegada gradual puede ser anhelada o intolerable. La transformación de Gregorio fue inesperada, brusca. Quizá en el cosquilleo de la noche intranquila, puede suponer que “algo se viene”. Pero es un cambio inapelable. Sin aparentemente preparación previa. La cosa pasa y queda, como en las pesadillas, afectado el movimiento. Diego Sztulwark acentúa en el trabajo “Lo insoportable y la transformación”, la pregunta por el límite de lo tolerable. ¿Se trata de algún hastío lo que movió lo ocurrido en su transformación? Difícil saberlo, responde, pero distingue también que en principio ninguna decisión obró en él. Así es. ¿Cuándo se siente el límite de lo tolerable? Es diferente cuando el tiempo de tolerancia se rige por agentes exteriores, por reglas de juego, o por acuerdos de una comunidad, si se rige por sensaciones singulares, hasta poder decir basta, a veces en el borde de un precipicio: “hasta acá”. Nos preguntamos ¿Qué se hace con lo que se transforma del cuerpo, de la relación al prójimo, casi siempre inquietante y del lugar que habitamos? O ¿Como reorganizar lo que se convierte en otra cosa, desconocida, a veces ominosa, al producirse una metamorfosis? En ciertos estados de la pubertad, sucede una “agonía psíquica” dice Winnicott. Agonía desesperada por lo que tiene tiempo de vencimiento, como tiempo de descuento, de tolerancia de lo que no se soporta o por otro lado de lo demasiado anticipado que irrumpe como rotura de barreras protectoras. ¿Nos encuentra sin provisiones? Winnicott desde un elogio de la inmadurez, como zona necesaria, ubica en momentos de perturbación en la pubertad y adolescencias, estados de prepotencia, como una especie de admiración por el vencedor. En el relato Kafka tiene que acentuar de inmediato que no se trata de un sueño. Esto “no es un sueño”. Lo que le ocurrió en la corporeidad a Gregorio Samsa no es efecto de la imaginación. La pubertad tampoco es un sueño, pero no puede alojarse ni tramitarse su agitación, sin sueños que lo antecedan. No sin sueños será el advenimiento de las novedades puberales y del amor, ya enseña F. Wedekind en la obra teatral “El despertar de la primavera” discutida en Viena por el grupo freudiano. ¿Se requiere del soñar, ensueños de latencia y fantasías para que no se derive en prepotencia? En la obra esa ausencia desenlaza hacia lo sacrificial en una jovencita y en un joven que se suicida. Lo que llamamos inexorable en la pubertad es el trastocamiento imaginario, por lo tanto, real y simbólico que imparable, hace eclosión con algunos avisos, a veces gradual, a veces como salto, y que provoca miradas que antes no estaban, o si estaban, su significación era imposible de digerir en la infancia. Freud dice que la pubertad adviene con retardo respecto del desarrollo de la sexualidad, como el trauma, siempre llega con retraso respecto de un movimiento anterior. Sólo a posterior se puede ubicar la significación de lo repetido, lo que advendrá anunciado, pero sin experienciar, ligado a lo diferente e inédito. Las vivencias serán resituadas de otro modo. La extrañeza es parte de lo que sucede. Gregorio no esperaba despertarse con un aspecto de animal, insecto, bicho, sin nombrarse nunca de cuál especie se trata. Se impresionan, lo rechazan, pero en ningún momento dudan que lo ocurrido haya ocurrido. La metamorfosis de uno de los miembros familiares a su vez los transforma, les quita las costumbres. Transforma el amor por un hijo en otra cosa. Pierden lo que obtenían de él como beneficio económico y eso es lo que les importa. Acuerdan, salvo su hermana Greta que tiene aún por un tiempo un sentimiento de piedad. Lo cuida, hasta que no puede más. La segregación gana la jugada en lugar del duelo por lo que ya no retornará. La vergüenza y el pudor si lo hay, en la pubertad oficia como dique, como detención y organizador pulsional. Si hay vergüenza hay algo que mejor no mostrar Es un límite a algún excedente. Pero al mismo tiempo muestra parcialmente en un sonrojo, aquello devela la presencia de algún deseo. Gregorio, es quien no debe mostrarse para los visitantes, no es un espectáculo como El artista del hambre, es del terreno de lo privado, de lo que se esconde. La presencia de la vergüenza que está situada en dos lugares del relato, no oficia de dique, sino de sufrimiento que lo hace culpable. Una vergüenza ligada a una culpa de lo que no decidió. En las únicas dos ocasiones que el pudor invade al protagonista es cuando escucha lo que dicen de él. Lo que ha arruinado en las vidas de su familia al ya no ser el sostén de trabajo, de dinero para ellos. Resulta un impacto como Hablan de él, pero nadie le habla a él. Sólo una vez, luego de su conversión, su hermana se dirige a él para gritarle por lo que le ha hecho pasar a su madre. Pero no se intenta entender sus resoplidos, sus chirridos, su silbido de rabia, su dolor. ¿Cuándo somos Gregorios, donde un cuerpo encontró esa sustracción de lo humano, y extranjeros de sí?, ¿quiénes somos los Samsa trastocados por lo que teníamos, por momentos sin piedad, destruidos, asfixiados? De la resignación que atraviesan, el desprecio, y repugnancia, prefieren finalmente que perdure la memoria de un muerto, pero no seguir viviendo con ese espanto. La pubertad en cambio, en el mejor de los casos es algo que se pasa con el tiempo, va mermando su impacto, se reubica en una miscelánea de elecciones, amorosas, sexuales, laborales, de amistades, y retorna en la forma de ciertos residuos fragmentarios a lo largo de la vida. Hay algunas pubertades que no se pueden transitar, porque quedan apaleadas, acalladas en una historia, por una falta de porvenir, por una infancia afectada, sin novela ficcional como recurso, o por una vorágine improcesable y sin amarres. Como con una herida incrustada en un caparazón, arrojada como piedra. Desde el acostumbramiento a la desesperación…
- Poéticas de la pantalla
Las pantallas relucen ante el ojo, lo iluminan con sueños de otras vidas, historias en pixeles y con líneas que imprimen las cortezas a su antojo. Se rinde el ojo ante la luz tupida, fascinado por sus brillantes textos. Se entrega la pupila al movimiento de adorar la pantalla cual polilla. Pablo Fante, “En la gruta consciente” Vivimos en un mundo de pantallas de todos los tamaños imaginables: públicas o personales, llenas de mensajes seductores o amenazantes, notificaciones urgentes o irrelevantes, portadoras de un flujo incesante de imágenes del que nos cuesta desconectarnos. Estamos rodeados de sus superficies bidimensionales instaladas en nuestros relojes inteligentes, teléfonos, tablets, computadores, casas, cines y edificios. Nos preocupamos de limitar el “tiempo de pantalla” de nuestros hijos, pero como ellos tarde o temprano descubren, el nuestro es mucho más. Trabajamos por ellas y para ellas. Las necesitamos para enviar correos, escribir textos, tener reuniones virtuales, preparar presentaciones, transferir dinero, pagar cuentas, además de distraernos en las redes sociales o mirando alguna serie. A veces estamos en más de una a la vez, en aparatos interconectados con los que medimos nuestros pasos diarios, revisamos el saldo de nuestra cuenta bancaria, nos comunicamos con nuestra familia, nos enteramos de las noticias, escuchamos música, chequeamos el pronóstico del tiempo, orientamos nuestros trayectos, registramos y compartimos imágenes de nuestra vida cotidiana. El término “pantalla” originalmente tenía más que ver con una superficie interpuesta entre nuestros ojos y una fuente de luz, como la pantalla de una lámpara, que difumina el brillo de la ampolleta, o un biombo que se pone frente al fuego en una chimenea. En ese sentido, el término alude a lo que vela, encubre, oculta, difumina, esconde. Dante habla en La vida nueva de una donna-schermo , una mujer-pantalla a la que simula amar para ocultar ante otros su amor por Beatrice. Lo interesante de esta acepción de la palabra es que ese tipo de pantalla no oculta del todo la luz, sino que la difunde de otro modo. Se interpone entre la fuente de luz y nuestra mirada para protegerla de un brillo demasiado intenso. El término alude también a una superficie en la que se proyectan o aparecen imágenes. Una pantalla de cine conserva todavía un parentesco con el uso original, ya que corta un haz de luz, aunque no para protegernos de su brillo, sino para reflejarlo hacia nosotros y permitirnos ver la proyección amplificada de una sucesión de imágenes diminutas impresas en celuloide semitransparente, en un ritual colectivo que se lleva a cabo en salas oscuras repletas de butacas. Ya en la pantalla del televisor vemos imágenes que surgen desde dentro de una superficie iluminada, con luz propia, típicamente en un espacio doméstico. Imágenes que, como las del streaming , se transmiten y nos llegan desde lejos, instantáneamente, y por tanto con la posibilidad de ver en vivo lo que está sucediendo en otro lugar, algo que el cine, heredero de la fotografía y sus procesos de revelado químico, era incapaz de hacer. Para Jean-Luc Godard, la diferencia entre cine y TV podía resumirse en el hecho de que para ver cine se levanta la cabeza y para ver tele se la baja, lo que implicaría una actitud sumisa y pasiva, sometida al discurso que acompaña las imágenes. Pero el “en vivo” trajo también sus posibilidades experimentales: una vez que se popularizaron a precio económico las cámaras de video, cualquiera podía hacer películas. El cine se sintió amenazado, con razón, por este invento, que de a poco llevó las películas en casete al hogar, y que además hizo posible el surgimiento del video-arte, un intento de revolucionar la pantalla chica y de producir una suerte de anti-TV. La teórica del arte Rosalind Krauss afirmó astutamente que los primeros trabajos de video se inscribían en una “estética del narcisismo” por la frecuencia con la que aparecía la imagen del propio autor filmándose a sí mismo, e incluso a veces filmando el monitor en que aparecía su imagen, con una mano extendida para tocarla. Con la cámara de video, capaz de transmitir en directo la imagen a un monitor, la pantalla se volvía espejo, vidrio susceptible de tocarse. La televisión, literalmente “visión de lejos”, nos puede mostrar lo que ocurre en lugares remotos del globo, en el espacio exterior incluso, pero también nuestra propia imagen, encerrada allí dentro de su caja, lo que nos vuelve protagonistas de nuestro propio programa. Esa proximidad con el espejo o el reflejo en el agua fascinó a pioneros del video arte como Juan Downey, Vito Acconci o Letícia Parente, que presagiaron el imperio de las selfies y de la autoimagen en los videos breves de Instagram, Youtube o TikTok. Si el paso del cine a la televisión se ha descrito como un contraste entre la pantalla grande y la pantalla chica, las grandes salas de cine y el entorno doméstico, crecientemente estamos en un mundo en que el que cada quien tiene su propia pantalla de computador, TV y celular, y en el que todas esas pantallas muestran imágenes digitales, información visual convertida en un flujo de ceros y unos. Con la conexión a la red, la pantalla de computador destinada escribir, calcular, programar o jugar se vuelve el lugar de acceso a un mundo virtual por el que navegamos. Si la pantalla de TV, a diferencia de la cinematográfica, me permitía cambiar de canal con un control remoto, subir o bajar el volumen, encender y apagar el aparato a voluntad, en la pantalla del computador podemos comprar y vender, comentar lo que vemos con quienes están conectados, publicar textos, fotos, ideas. La interactividad aumenta exponencialmente. Si en la TV son grandes corporaciones quienes pueden transmitir, aquí cualquier usuario tiene la capacidad de compartir todo tipo de contenidos, aunque lo que inicialmente prometía ser un espacio de libertad utópica se haya convertido cada vez más en un entorno predecible, controlado por el capital y dedicado a un consumo constante que no cuestiona el sistema, sino que lo ratifica. Con la llegada del teléfono inteligente suceden muchas cosas: tenemos entre nuestras manos un mini computador capaz de operaciones cada vez más sofisticadas, y por lo mismo carísimo. Cuando se nos cae de las manos y se triza su pantalla -me acaba de ocurrir- es como si se nos hubiera quebrado una parte de nuestro cuerpo, un objeto frágil y preciado que atesoráramos, una dimensión de nuestro yo. Ese objeto que llevamos en el bolsillo, la cartera o la palma de la mano, desde donde puede ser robado fácilmente, nos ofrece una ilusión de omnipotencia: con él podemos hacer de todo. Y al revés, sin él quedamos solos, desconectados e impotentes: no podemos transferir dinero, avisar que vamos atrasados, revisar nuestros mensajes para confirmar un dato, escuchar música ni tomar fotos. Recuerdo que cuando comenzaron a aparecer los I-phones me aferré desesperadamente a mi teléfono-tonto con forma de almeja. Por mucho tiempo, ni siquiera quise tener celular (debo haber sido de las últimas personas que conseguían monedas de cien pesos para llamar por teléfono público en la calle). Lo acepté solo cuando, recién llegado a una ciudad extranjera, alguien me dijo: si no tienes celular no tendrás amigos. No queda otra. Luego vino la presión por sumarse al Whatsapp, por tener un teléfono con una cámara decente, prúebalo, te va a encantar. En fin, caí, y ya no hay vuelta atrás… En su recién publicado poemario Pantallas , Pablo Fante escribe en tersos endecasílabos y bien torneados sonetos sobre nuestra adicción a estas superficies refulgentes, seductoras, engañosas portadoras de ilusiones animadas y de cebos visuales para el ojo: mírame, tócame, acaríciame, bébeme, húndete en mi mundo de estímulos placenteros y no salgas más, parecen decirnos. ¿Qué tiene que ver la métrica clásica y los artificios retóricos del barroco con la actualidad? Por una parte, el contraste entre estas formas clásicas del Siglo de Oro y nuestro hiperconectado presente produce un anacronismo extraño, una tensión temporal atractiva. Por otra parte, tal vez las raíces de nuestra fascinación con la imagen provengan del barroco, que ya se dio plenamente cuenta de su capacidad de conmover, seducir, fascinar al ojo. Christine Buci-Glucksmann escribió sobre “la locura del ver” ( La folie du voir ) en un libro sobre la estética barroca que la sigue desde el siglo XVII hasta la actualidad, y que encuentra en ella un pensamiento de lo virtual que ilumina de manera oblicua los problemas de nuestro presente. Es un día jueves de fines de marzo: anoche me desperté y miré mi celular para ver la hora. Luego esperé que sonara la alarma para levantarme. Revisé mis mensajes, mis redes sociales, y ahora estoy sentado frente a otra pantalla terminando de corregir este texto. Luego haré clases proyectando una presentación, porque es inconcebible hoy en día enseñar solo hablando, y más tarde iré a una reunión donde me mostrarán videos, cifras, cuadros, proyecciones un una pantalla HD…ayer tuve una sesión de terapia online, y mañana una reunión virtual…¿cómo escapar de la tiranía esclavizante de estas superficies diseñadas para acariciar nuestro deseo y nuestra inteligencia, para estimular nuestro inconsciente y mantenernos alerta, prendados de su brillo, sujetos a su flujo? Tal vez me hace bien la pantalla trizada de mi celular, que lo afea y vuelve más difícil de manejar, que desautomatiza los gestos con que creo controlarlo mientras me controla él a mí. Me recuerda que estoy ante un artefacto, un objeto material y no solamente un portal a través del que conectarme con las mil operaciones que en él ocurren. La pantalla de mi laptop está sucia, ha ido juntando polvo y sus bordes están manchados. Las pantallas envejecen, como uno, se desgastan y se vuelven obsoletas. Contemplémoslas como las cosas frágiles que son, mirémoslas al sesgo para que aparezcan y no sean transparentes. Son ventanas, son espejos, son umbrales, pero son también materia, cuerpos construidos. Pueden ser un cebo, una trampa, un pozo sin fondo, una luz adictiva y alienante, un fuego frío que nunca se apaga, una falsa promesa de infinito y de felicidad. Pero también, si sabemos mirarlas, aparecen en ellas nuestros sueños colectivos, nuestros miedos y fantasmas, nuestras ilusiones, nuestros gestos, nuestro mundo.
- Lecturas de otoño
Cómo estar en soledad, Sara Maitland (traducción de Juan Nadalini) Un libro incómodo en esta era de sociabilidad impostada. Maitland arremete contra la idea de que estar acompañado es imperativo y sinónimo de felicidad. En cambio, narra su viaje íntimo hacia una soledad deseada, que, en rigor, es la oportunidad para encontrar nuevas maneras de estar con otros. Parafraseando la tan trillada frase “para querer a otros primero querete a vos mismo”, Maitland pareciera querer decir que para convivir en sociedad antes hay que poder convivir con uno mismo. Y disfrutarlo. Un ensayo que se escapa de las respuestas facilonas. - Fiordo, 2025, 168 páginas. Luckenbooth, Jenni Fagan (traducción de Micaela Ortelli) Dice Mariana Enríquez que esta es una novela protagonizada por hijas del diablo. Cómo no leerla, ¿no? ¿El diablo? ¿Hijas? Sí, Jessie MacRae, la protagonista, es eso y tanto más. En 1910 llega a Edimburgo a bordo de un ataúd (de nuevo, ¡sí!: cada miembro de su familia tiene el suyo, como si fuese un pequeño souvenir con el que se nace, y, por supuesto, se muere) con una misión: quedar embarazada y darle un hijo a un matrimonio de clase alta. Pronto, la tragedia la llevará vivir una vida impensada, y el rulo de una maldición golpeará una y otra vez a otras mujeres enraizadas a un hogar común. - Queequeg Press, 2025, 376 páginas. El silencio como laberinto, Andrea Ciporkin Cami es demasiado chica cuando la secuestran y la ponen a circular entre hombres que hacen con ella lo que quieren. Tan inocente que hasta considera a Cocó, la madama de El Pantanito, como una (mala) suerte de mamá. Después de perder a su mejor amiga, Cami logra escapar de esa cárcel impuesta en la que vivió tantos años, pero no de las razones que la llevaron hasta el lugar en el que se convirtió en una víctima más de la trata de personas. En su primera novela, Ciporkin se anima a un tema difícil: el maltrato infantil. Y lo hace con un relato que busca, en la oscuridad, algo de luz. - Dain, 2025, 228 páginas. Atardece sobre Kiev, Federico Morales Pfaffen Un periodista llega a Kiev, una zona bélica. Lo enviaron a cubrir los primeros días de un conflicto que acaba de estallar, pero su trabajo es sólo la fachada que utiliza para ejercer una violencia tan o más espeluznante que la de la propia guerra. Narrada en una primera persona híper detallista, la novela de Morales Pfaffen no da respiro y rescata la narrativa de no ficción como metodología para orquestar una trama en la que, como miguitas de pan, los indicios van desperdigándose como evidencia de lo que realmente ocurre. - Nido de Vacas, 2025, 100 páginas. Las vestidas, Hernán Vera Álvarez Narrada en primera persona por un joven que, entre la salida de la adolescencia y la entrada a la adultez, intenta hallar su lugar en el mundo a través de experiencias marginales, nocturnas y periodísticas, Las vestidas puede leerse como una novela de educación sentimental. Luego de conseguir trabajo en una revista, el narrador comienza a relacionarse con una comunidad travesti que frecuenta el bar "Las vestidas", lo que dispara una serie de descubrimientos sobre el deseo, la sexualidad, la violencia institucional y los límites de la identidad. - Mansalva, 2025, 112 páginas.












