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Un elefante y un paisaje

SANTIAGO - CHILE
HASTA EL 8 DE NOVIEMBRE

I

Dicen que la madre de Buda soñó con un elefante blanco la noche antes del nacimiento de su hijo. Dicen que por eso este animal es sagrado para el budismo. 

 

Tal vez ese elefante con el que soñó la mamá de Buda cinco siglos antes de Cristo, sea el mismo que ahora regresa, persistentemente, a los sueños de Elena Loson: un elefante que es forma simbólica. Pero el elefante de la artista no es albo e inmaculado como el que anunció la llegada de Siddhartha. Su animal aparece forrado en piel grisácea, áspera y rugosa, marcado por líneas que trazan una grafía misteriosa. Un cuerpo robusto que siempre está en transformación.  

 

Elena es argentina. Nació en Rosario, estudió en Buenos Aires y se trasladó a Santiago hace 18 años. Desde ese cruce decisivo de los Andes, Elena ha sobrevolado innumerables veces la Cordillera. Cada vez, como la primera, se le aparece como una silueta consistente y majestuosa que domina el paisaje. En algún incierto espacio de su memoria, cruce a cruce se ha registrado este intervalo rocoso que fisuró su biografía. Imaginemos que para Elena la cordillera es un elefante. 


Trasandina. La que está siempre del otro lado de los Andes; la que emigra; la que no es de ningún lugar; la suspendida; la que pierde y recupera su identidad; la que no termina de decir su propio nombre.


En sobrevuelo la vista cenital despliega escarpados montes que se aplanan en un suelo expandido. Es un fondo jaspeado por rocas, tierra y nieve; es un lienzo abstracto donde la materialidad se imprime. Piel no codificada, paréntesis de accidentada belleza. 

 

Pero si Elena se proyectara acercándose a la cordillera, la estampa se transformaría en volúmenes sobrepuestos que sus ojos no lograrían atrapar. Aun así, las siluetas se replicarían en múltiples perspectivas: habría tantas cordilleras como posiciones que adoptara su mirada. Y si se arrojara a la cadena montañosa, si su pasión decidiera introducirse en ella, se lanzaría a buscar los senderos probables y los tajos imposibles. O también podría elegir quedarse allí, quieta, entre los murallones, atrapada en su grieta silenciosa.

 

Metáfora de la transformación. Las tradiciones espirituales hacen también de la montaña un símbolo: vía de ascenso hacia un estado más elevado de conciencia. Allí, en esas alturas que limitan con el cielo vacío, las palabras están borradas. A la montaña se retiran los meditadores y anacoretas para encontrarse con Dios: “el que no se deja nombrar”.

 

Ser trasandina es llevar una cordillera adentro. 

  

II

Lo que anima su obra son materialidades lanzadas a su proceso de configuración visual. Las imágenes se autoproducen, se van haciendo a sí mismas, como encarnaciones que se desarman y rearman. Para generar imágenes utiliza el grafito, un polvillo oscuro que como tierra volcánica se dispersa y se expande sembrando al azar su negrura. Para permitir este desborde, trabaja sobre papeles en el suelo de su taller, como superficie primera de unos paisajes que se autogeneran. 

 

Papel y polvo negro. La imagen renuncia al color y a la forma: ¿es una anti-imagen? Elena abraza su pérdida y retiene sus huellas dejando que se impriman en el papel los restos de la experiencia. Guarda residuos, los deja latentes, los mira, los rearma, los traspasa, y así impulsa una visualidad que los materializa, los recorta y los arroja a su infinito. Es la búsqueda permanente de reconfigurar un paisaje psíquico. Elena persigue sin prisa y sin tregua ese lugar extraño del elefante-montaña que no se deja nombrar. 

 

Si las montañas desaparecieran, seguirían existiendo en la memoria. Seguiría resonando su entre-medio como espacio de habitar experimentando el tránsito entre una imagen y otra.  

 

¿Qué tienen en común un elefante, una cordillera y una capilla? La respuesta no se encuentra en el código de las palabras. No hay nada que entender.  Son esos entre-medio, esos espacios sin nombre, por los que transita quien se arroja a la instalación que ahora Elena Loson ha montado en lo que alguna vez fuera una capilla, hoy sala de exposiciones del Centro Cultural Montecarmelo. Aquí otra azarosa sincronía:  Monte Carmelo es la montaña sagrada del profeta Elías en la tradición judeo cristiana. 

 

Al ingresar a esta capilla-montaña-elefante, el visitante podría tener la perspectiva de todo el conjunto. Frente a sí tendrá una imponente cadena montañosa hecha de texturas impresas que se sobreponen. Para sentirlo, tendrá que descubrir las rutas de tránsito, que lo ubicarán dentro de la obra, en el entre-medio, como en un intervalo vacío donde las cosas se transforman y advienen. Un momento en que las cosas van perdiendo su identidad para adquirir otra, momento en el que, despojados del propio nombre, quedamos librados a la pura presencia.


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