Barbarie pensar con otros
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- Transitar lo inestable: sobre la narrativa inquieta presente en Santiago, otra visita de Eduardo Cobos
No es necesario viajar muy lejos para salir de o llegar a Santiago. En mi caso, voy y vuelvo –casi siempre– desde el interior de la quinta región, desde San Felipe. No es extraño, entonces, que me concierne lo de “otra visita”. Ser visitante implica la acción de ir a ver, hacer una especie de inspección (oficial o informal), es decir, guarda mayor relación con el ojo, con el sentido de la vista, con la capacidad de observar y atender cuidadosamente eso, el objeto que convoca, el lugar al que se asiste. Y es esa también la misión del contador de historias: sabernos guiar a través de su ojo. Santiago produce contradicciones no solo oculares. Por ello, a la vez, se le quiere y se le odia. No hay otra forma de relacionarse con ella. Santiago es como el azúcar, hace bien y hace mal. Da y quita. Alimenta y desnutre. Como todo centro, da esa sensación de moverse en círculos, de ser parte de un torbellino cuyo vórtice te atrae y te expulsa, en un movimiento que es centrípeto y centrífugo al mismo tiempo: Caribdis atragantado. Y esta urbe, como todo dios o todo monstruo, ha sido creada contra su voluntad. En los relatos escritos por Eduardo Cobos, Santiago es un lugar de ambigüedades. Aunque antes de llegar hasta la metrópolis chilena, primero establece una distancia que en el mapa podemos identificar desde muy lejos, en Venezuela. Mientras la Caracas que se nos presenta en el primer relato, “Sunset Boulevard”, resulta un espacio que, aunque también lidia con los problemas de ser una capital –es decir, cuenta con los recovecos por donde lo incorrecto se cuela, los intersticios que van contra la moral del Estado, donde habita el mercado sexual, el consumo de drogas y la diversidad –, esta pareciera gozar de una cierta unicidad cultural donde las diferencias están menos marcadas que en, sorpresa, Santiago de Chile. El fracaso amoroso del protagonista de origen chileno lo lleva a un último estado de resignación que abre una pregunta: ¿qué viene después? Y la respuesta implicará un tránsito. Pero antes de avanzar hacia el siguiente relato, y al tránsito mismo, quisiera destacar la imposibilidad del narrador/protagonista por ocultar su nacionalidad: se le cuela el chilenismo en medio de la jerga venezolana y queda al descubierto. Frases como “se metía perico” seguida de “era, sin duda, la que avivaba la cueca” da cuenta de la permanencia de un Chile que no se aparta de quien enuncia. El lenguaje que lo ha habitado se asoma en la narración y es una capa más del devenir migrante. Pero este primer sujeto no es el único que sufre los efectos de ser chileno. Otros personajes soportan decepciones, se agotan de sus propias búsquedas, o se sacrifican a ellas. En el segundo relato titulado “El corvo”, el marco contextual dictatorial permite dar cuenta de un medio no sólo violento sino también encarnizado que afecta al protagonista, quien se ve forzado a volver desde Venezuela a Chile en medio de la persecución política y cultural. En el paisaje, las cordilleras se vuelven más presentes y se tornan el escenario donde el personaje central debe tomar decisiones, reposicionarse frente a la brutalidad dictatorial del Estado, y también ante habitantes cuya capacidad de odio y sed de sangre resultan abrumadores. Todo esto ocurre, al decir de Pablo Aravena, “en pequeños pueblos en donde pareciera que se encuentra a Chile en estado concentrado, allí donde la pequeña escala lo vuelve todo más abusivo, violento y abyecto, lugares en donde los principios que irradió la Junta Militar se acoplaron solidariamente a las costumbres más arraigadas de un país en el latifundio” ( lemondediplomatique.cl ). Frente al ímpetu de la urgencia política ¿cómo se compromete un retornado? ¿Pueden seguir sosteniéndose las medias tintas? ¿Qué trae consigo el recién llegado que pueda aportar en la lucha contra el despotismo sanguinario? Quien lea el relato, podrá saber cómo se responde a estas preguntas. En el cuento a continuación, las polarizaciones políticas tienden a diluirse después de la dictadura, porque la ciudad es un espacio que evita mostrar su herida. Santiago mete todo debajo de la alfombra, pero no puede esconder su dolor. Por eso los espacios contraculturales son nichos que se codean con el partido comunista. La narración que da nombre al libro, “Santiago, otra visita”, se desarrolla en los años noventa/dosmil y la capital chilena es el lugar donde una contracultura literaria emergente no puede dejar de replicar los estereotipos tanto del ser literato como del que está relacionado al medio. La figura de Pedro Lemebel se trasluce en este texto que coquetea con la crónica, haciendo un juego de traslapes narrativos para hacer mención de uno de los cronistas nacionales más importantes de nuestra época y, a la vez, usar al formato para dar cuenta de la relación del narrador con el espacio físico y cultural del periodo: “Santiago se había convertido en el sitio de donde no debí haber salido, pero con seguridad era un espacio intangible al cual ya nunca más regresaría” (Cobos 55) dice en primera persona su protagonista. Luego los tránsitos siguen sucediendo, porque, no olvidemos, es este un libro inquieto. En cada cuento ocurren muchas cosas. Pareciera que, en un espacio reducido; toda violencia, todo deseo, todo encuentro y toda vergüenza se amalgaman en la necesidad de relatar un yo estuve aquí, pero ya no estuve más, y entonces volví y estar puede significar algo, o puede carecer de sentido . Santiago es el lugar desde donde se parte y hacia donde se vuelve. En su calidad de origen, guarda en sí misma la contradicción del viajero que se siente turista en su propia tierra, o que hace de la nación ajena una propiedad personal, el famoso “no soy de aquí ni soy de allá” o lo que la norteamericana Rebecca Solnit ha desarrollado en Wanderlust: A History Of Walking (2000). En la introducción al trabajo de investigación sobre el acto de caminar y la relación con el espacio, dice la autora que “los paisajes, urbanos y rurales, originan relatos” (Solnit 17). De este modo, la circulación de los personajes que conocemos en estos cuentos abre historias en la medida en que abren caminos. Por antonomasia toca volver entonces al “Caminante no hay camino” de Antonio Machado, solo que, en este caso, para poder construir las historias, los protagonistas de Eduardo Cobos se ven obligados a volver a andar las rutas que habían dejado atrás, porque esa es la piedra de Sísifo del migrante, el ir y venir. Por ello el siguiente relato, “Hotel Quintero”, conserva en sí mismo la nostalgia de las vacaciones en un lugar recurrente, las visitas familiares, la idea de ser extranjero en tu propia tierra en ese gesto de visitar a la parentela y darse de frente con rutinas, historias y hábitos diferentes. Coincido con la lectura de Mauricio Tapia en la reseña “La calle es una selva de cemento. Sobre «Santiago, otra visita» de Eduardo Cobos” ( carcaj.cl ), quien destaca este cuento como uno de los mejores logrados dentro del libro. Lo que Mauricio releva es el tono de aventura juvenil enmarcado en la belleza del balneario popular chileno en pleno invierno, cuando la fluctuación de turistas es baja. Dice Tapia: “En ningún momento se nos dice algo como ‘antes las cosas eran mejores’, sino que provoca una cierta envidia al lector de vivir en una realidad menos frenética y llena de ruido visual como la de hoy. Pero esta envidia se rompe al notar que todo ocurre bajo la sombra de Pinochet y sus soldados”, y aunque estoy plenamente de acuerdo, lo que más agrada de este relato es el tufillo a Tom Sawyer que detenta, porque incluso el horror no logra perturbar la belleza de la relación entre los protagonistas. Luego del momento de mayor tensión en el relato, queda la sensación de que ambos personajes cuidan los afectos mutuos y deciden no afectarse por lo vivido. Es una raya más al tigre. La complicidad sostiene la relación entre los dos, un código compartido en ese jugar de visita/local. El último relato viene a cerrar la idea de que nos hemos enfrentado a una lectura inquieta. El recurso polifónico pretende mostrar distintos puntos de vista de una fiesta que ya no es en Santiago. Como en un sueño, hemos vuelto a Caracas, a su gente, su jerga, su forma de fiesta. Mauricio Tapia dice que el libro le sonó a salsa, de principio a fin, sobre todo el primer y el último relato, y claro, la apertura y cierre del libro suceden fuera de Chile, en una Venezuela que transversaliza a su población: no importa tu lugar jerárquico en el mundo, allí todos son justos y pecadores. Por otro lado, Juan Manuel Mancilla en su presentación “Pasajeros en tránsito perpetuo hacia ninguna parte” ( viajeinconcluso.cl ) ha destacado la hibridez, la unidad temática que une a los relatos y la relación fracaso-cuerpo que pesa sobre los personajes, mientras que Pablo Aravena ha puesto el foco en los horrores de la dictadura chilena concentrados en “El corvo” y “Hotel Quintero”. De manera que es el relato llamado “La antorcha” donde se concentran todos estos elementos mencionados tanto por Tapia como por Mancilla y Aravena: fiesta, exceso, búsqueda de un éxito que se diluye, cuerpos dispuestos a la violencia. A todo tipo de violencia. Pero me gustaría agregar lo que he venido recalcando a lo largo de esta revisión: el movimiento es central en la narrativa de Eduardo Cobos. Ya sea como viaje de ida y vuelta, como cambio de casa, como la apertura sigilosa de caminos para la lucha contra una tiranía atroz, la pesquisa de cuñas interesantes de literatos, una visita al primo en la costa o los sucesos dentro de una casa en medio de una celebración pseudoacadémica; todo en Santiago, otra visita es pasar, mover, transitar. Es una narrativa del transporte y del trasfondo. Es fácil determinar la relación estrecha con la generación Beat, sobre todo con Kerouac y Cassady, porque su propuesta fue la del viaje. Hace poco vi la versión audiovisual de Queer , la novela de William Burroughs, en manos de la sensibilidad erótica del cineasta italiano Luca Guadagnino. Recordé cuando leí En el camino y la obsesión de los yankis por probar drogas nuevas y sostener la mirada exótica sobre Latinoamérica. Por eso, aunque haya algo de Beat en la escritura de Eduardo, no está esa distancia impersonal de la mirada gringa. Todo lo contrario. Al leer la propuesta de Eduardo Cobos, da la impresión de que siempre hay un mundo de afuera y un mundo de adentro. No quiero hablar de Lyotard y de metarrelatos, sino más bien de afectos y tránsitos, porque los mundos interiores de estos personajes conectan de alguna manera con los mundos de afuera, los visitan. Si afuera está la dictadura, adentro están las anécdotas, la familia, los amigos. En este adentro los afectos movilizan a los personajes y los hacen inquietos. Demandan un meneo. Entonces sí, hay salsa caribeña, pero también bolero, cumbia, marcha militar; un conglomerado de sonidos que se correlacionan con la mixtura y densidad de cada personaje. Entrar al libro Santiago, otra visita , implica sumirse en una escritura alborotada, de sucesos bullidos; es estar dispuesto a finales inesperados, a no saber exactamente hacia dónde se dirige cada relato, lo que se agradece en esta era de tanta serie con guion predecible. En esa inquietud, en ese afuera y adentro, en ese movimiento centrípeto y centrífugo es al lugar que nos invita la escritura de Eduardo Cobos. Santiago puede ser el centro, pero, al final, no importa tanto. Es un punto más entre tanto vórtice. La posibilidad de que siempre sea, en el horizonte, otra visita.
- El chincol
Los pájaros hacen felices. Ellos inventaron los colores, las fiestas de disfraces. Yo pajareo, tú pajareas, él pajarea, nosotros pajareamos. Hay petreles que se mantienen en el aire durante días, volando miles de kilómetros. A veces amarizan un rato. En óptimas condiciones, aprovechando las corrientes y planeando, un albatros errante podría cruzar el Pacífico entre Sídney (Australia) y El Tabo (Chile) sin parar. A veces duermen volando. ¡Volando! Vi en la playa, sobre la arena, un grupo de pajaritos cobrizos. Eran varios. El registro fue perfecto. Nunca más volví a ver la especie. Consulté libros. Nada. Seguramente migraban. De otro pajarito tengo memoria viva de su canto ahuecado. Lo he oído por años. No he logrado verlo. Estuve a punto una vez. Se me escapó. Le pregunté a un ornitólogo. Le reproduje el sonido con la garganta. Nada. Cantan. Los lobos aúllan, pero no cantan. ¿Todas las aves cantan? Pían, cacarean, varios chillan, otras ululan, graznan, chirrían, la rara matraquea. ¿O matrequea? Ninguno rebuzna. No son burros. Tampoco los burros cantan. Son burros. El tiuque hace “tiu tiu”. Nada más. Pero cuando baila, baila. Lo hace de a dos. Se elevan y juegan. Vi una pareja de pilpilenes volando a toda velocidad, chillando, cubriendo de lado a lado una distancia de 200 metros durante media hora. Paraban sobre la arena un momento. Emprendían de nuevo el vuelo, y otra media hora. Le pregunté al mismo ornitólogo. Lo anotó en una libreta. Vi a un peuco atacar a una tórtola como un F-16. ¡Terrible! Vi a un jote desgajando a un lobo marino en plena lisis. ¡Un asco! La tenca imita a otros pájaros. Plagia. El gorrión es apocado. Lo que tiene de bueno es que no imita a nadie. Los pingüinos son aves, no pájaros. El pájaro piquero es llamado también pájaro bobo porque no arranca. Me acerqué a uno parado en un sendero costero, pensando el pájaro no sé qué. Avancé despacio. Quise tocarle la cabeza. Me largó un picotazo en defensa propia. Me acerqué de nuevo y terminé haciéndole cariño. El piquero alzaba el cuello y ronroneaba. “¡Gripe aviar!” – me dijeron – “cómo se te ocurre”. “No, pájaro bobo”, respondí. La gallina clueca cluequea: “Soy gallina”, orgullosa, rodeada de pollos aprendiendo a distinguir un grano de un gusano. El Chincol canta como Mon Laferte. Por eso Chincol se escribe con mayúscula. El Chincol improvisa como en el jazz. Me despertó uno tipo seis de la madrugada. En vez de empeñarme en retomar el sueño, los escuché unos 45 minutos. Cantó canciones distintas una tras otra. Entonaba una. La repetía 10 veces. Luego otra completamente diferente, diez veces más. Me hice la idea de un pajarito capaz de crear infinitas canciones. Tengo pruebas. Desde aquel día, al escuchar a un Chincol, tomo el celular y lo grabo. Hay pájaros de jaula y pájaros que no. Aves de paso, sedentarias y peregrinas. El Chincol canta, los demás tratan de imitarlo. Los demás parecen pájaros. No lo son en propiedad. No hay gallo más gallo que el gallo. ¡Quiquiriquí! Trabaja desde temprano. Recuerdo en la Vega Central a un vendedor de tordos. Fue años atrás. Dicen que se lo llevó el Señor. La Vega no es más la Vega. El huairavo repite: “El fin del mundo es impajaritable”, y agacha la cabeza. Pájaro de malos agüeros. Noé, tras cuarenta días de diluvio, apenas menguó la lluvia, soltó un cuervo. No volvió. Soltó una paloma. La paloma volvió con una rama de olivo en el pico. La tierra emergía de las aguas. El Chincol es alegre. El huairavo es triste. La esperanza de un Chincol es inmarcesible. Canta como Laferte. Es el único pájaro que canta, canta. Las demás aves ensayan. Todavía no son pájaros. Insisto: el Chincol es el único pajarito, pajarito. El Chincol.
- La tríada: cuerpo- deseo- poesía
Después de volver a escuchar Poesía & Capitalismo, espacio al que fui invitado a conversar con Jaime, Jonnathan y Jorge, quedé capturado por algunas afirmaciones, que por el formato o la poca elaboración de mis ideas, debido a mi escasa costumbre del en vivo, quedé digo, un poco disconforme, especialmente con el desarrollo de la triada: cuerpo- deseo- poesía. No estoy seguro de que sea un problema masculino, o del género, pero sí induce a pensar, que al afirmar esta problemática de retroceso del deseo del cuerpo, principalmente en la poesía, esté pensando probablemente desde la masculinidad, y ese retroceso del deseo, esté lejos –quizás– de ser un problema en otras poéticas. Pienso en: Alejandra González, Malú Urriola y Florencia Smiths. Recuerdo la primera vez que leí La enfermedad del dolor (2003) de Alejandra González, ahí estaba pasando algo inusual para lo que se leía en ese momento. El cuerpo, no como mera alegoría si no que real, la poética estaba atravesada por el dolor. Un mapa del cuerpo insuperable, desde su propia condición. En Nada (2003) y Bracea (2007) de Malú, también vemos algo similar, y en prácticamente en toda la obra de Florencia, el cuerpo es un escenario, incluso desde el ritmo y su influjo fonético. No es la mera tematización del cuerpo, es la experiencia de este, expandida hacia el lenguaje poético. Algo similar ocurre con Natalia Berbelagua, basta asomarse a su último libro de narrativa Independencia (2024), en que los sopores de la adolescencia son tan palpables, que el lector no puede evitar sentirlos también en su propio cuerpo. Decía en la conversación, que el cuerpo es la posibilidad de actualizar la experiencia. Un modo de habitar un espacio desde el desplazamiento, desde la piel, la vista, el oído y no sólo, desde el reconocimiento cognitivo de ese espacio. Otro ejemplo es Raúl Zurita, pues en su poética apela al cuerpo como un escenario político fragmentado por la violencia de la dictadura, que desde esa misma fractura, que también es territorio, volver a pensar nuestra historia. Y para agravar el plano de mis omisiones, el mismo anfitrión del podcast, el poeta Jaime Pinos con 80 días (2014), realiza en su libro de poesía una deriva de la ciudad, mediante el cuerpo estableciendo coordenadas que se inscriben entre el espacio y el tiempo, de su propio trayecto, como detonador de una doble configuración entre ciudad y memoria. Dicho esto, no desmerezco la aseveración de la “deserción del cuerpo” y por ende una merma del deseo o más que una merma, una atribulada burocratización de este, a la hora del encuentro con el Otro. Ni tampoco, quisiera tratar los ejemplos que he descrito como meras excepciones. No deseo quedar atrapado y ser injusto. Sin embargo, en lo que sí podemos estar de acuerdo, que a la luz de la tecnología, pienso en la IA, o el protagonismo tecnológico, hay un secuestro calificado del cuerpo y por ende de la subjetividad. Estas mediaciones técnicas son infinitas capas de cebolla, que burocratizan la experiencia sensible, o incluso en algunos reconocidos casos, se recurre a la parodia digital (a modo de intervenir la figura del poeta) que reviste una emulación caricaturesca de los índices del pathos, como una desmerecida acogida a la precariedad del Otro. Más allá de la bufonería, hay una formulación medial, a la manera de Marshall McLuhan, donde las señales relevantes, parecen estar dadas por su propio medio. Lejos de desmerecer estos despliegues técnicos, hoy se realiza habitualmente, una lectura crítica en poesía, que por lo general, omite los gestos paratextuales y mediales, centrándose únicamente en el contenido y las manifestaciones semánticas; o viceversa, hay una lectura medial, que deja fuera cualquier manifestación subjetiva. Entonces sería posible afirmar, que a partir de la práctica misma de la escritura, o incluso desde sus modos de producción técnico, hay una lectura pendiente del sujeto, desde la técnica. Existe una tendencia, a creer que no hay diferencia entre una “pinza” y un “martillo”, para decirlo en términos de las herramientas, o se realiza una lectura que desnaturaliza el contexto desde el cual surge el objeto, y por ende la elección de su caja de herramientas. Decía que en algunos casos se promueve una lectura crítica de las tecnologías de la escritura, que se manifiesta desde el ámbito de sus recursos técnicos, sin prever que está el sujeto dando su opinión en la manipulación de estos. Por más que haya una sublimación o atenuación de este. Para decirlo en clave lacaniana, para un analista de diván, no será relevante el contenido del mensaje del analizante, sino sus cambios de voz, tonos, lapsus, gestos, por decirlo en términos muy generales. ¿Qué deseo decir con esto? Que, en el caso del sujeto poético, al estar rodeado o bordeado por la forma, esa misma forma es contenido (inconsciente) que se puede leer más allá (o acá) de cualquier mediación. Para decirlo en términos más básicos: la mediación es contenido, y no una vía de escape del sujeto, ni mucho menos de su cuerpo y deseo. Un claro ejemplo de aquello es La ciudad (1979) de Gonzalo Millán, un libro que responde a un contexto político, pero mediante una serie de recursos técnicos, que nos recuerdan al ojo mecánico (retroceso de la escena), el arte combinatorio, la repetición, etc. Todo aquello está totalmente impregnado por la desolación del exilio. La ciudad, disloca, en ese momento, al testimonio poético como respuesta política, transformando la mirada distanciada en una impugnación, que finalmente permite sugestivamente, vislumbrar la violencia del Golpe de Estado y la dictadura. Vale decir hay un acervo técnico, por parte de Millán, pero a favor de su propia huella mnémica. Y en ningún caso un acervo técnico como un fin en sí mismo. Todo esto no significa que, la única vía sea que vayamos de lleno al “libro de quejas”, apodo que el Chico Figueroa le colocaba a ciertos libros de poesía, incluso a su propia escritura; tampoco se trata de que la poesía deba ser un tratado de portentosos resentimientos para darnos toda la paleta de colores del sujeto y su experiencia subjetiva. Sería poner a la poesía en términos de una competencia, de quien expresa mejor a sus anchas, sus propias precariedades. Tal vez– aquí debería subrayar la palabra tal vez– se trate, de una exploración a contrapelo, que se desanuda a pesar del sujeto, donde la técnica y sus mediaciones sean la vestimenta, que una vez desabotonada se despliega en el titubeo nervioso, de tocar o de ser tocado por primera vez por otro cuerpo. Creo. Fotografía: Nan Goldin
- José Carlos Ruíz: el filósofo elegante
Su último libro Incompletos: Filosofía para un pensamiento elegante es una respuesta a la angustia de estos tiempos acelerados y confusos. En él, el filósofo español José Carlos Ruiz defiende cualidades que hoy están pasadas de moda, como la discreción, el secreto, el respeto, la cortesía y el autocontrol. “Puede sonar arcaico, pero construirse como un sujeto elegante es una alternativa”, dice. Ser “elegante” no tiene que ver con un rasgo asociado al estatus social. Etimológicamente la palabra viene de elegire. “Elegante” sería, en rigor, un sujeto que sabe elegir bien, que ha formado un criterio propio para evaluar y seleccionar los estímulos el mundo. Resumen: un sujeto elegante es aquél que practica el pensamiento crítico. Algo que, a juicio de José Carlos Ruiz, se echa en falta en estos tiempos. El filósofo está convencido de que pensar críticamente es una práctica que puede y debe enseñarse y, por eso, se ha empeñado en introducirla como materia en las aulas escolares de Córdoba, ciudad donde se formó y donde vive junto a su mujer, educadora infantil, y dos hijos adolescentes. Fue en esa preciosa ciudad de Andalucía, donde se doctoró especializándose en Filosofía de la Cultura y Pensamiento Crítico. Durante 20 años fue profesor en un liceo y en los últimos años comenzó a escribir con una marca de autor. La academia lo reclutó y hoy es profesor universitario a tiempo completo. En 2017 sacó el libro De Platón a Batman , una guía para educar niños integrados, que sepan tomar decisiones, acompañados por las ideas de los grandes filósofos de la historia. Al año siguiente publicó El arte de pensar, seguido por El arte de pensar para niños. En 2021 sacó un libro más autoral que los anteriores: Filosofía ante el desánimo Allí rastreaba algunos factores de la insatisfacción actual. Y, hace poco, publicó Incompletos: Filosofía para un pensamiento elegante, donde propone elementos para la construcción de una subjetividad que nos permita elaborar respuesta propias ante las situaciones de la vida. De la mano del filósofo Gilles Lipovetsky, sobre el cual hizo su tesis de doctorado, José Carlos Ruiz se refiere a la época actual como la “hipermodernidad”, un momento marcado por la aceleración del tiempo, la globalización y el imperio de lo digital y las redes sociales. Un ambiente cultural que está favoreciendo la impulsividad, el empobrecimiento del lenguaje, la literalidad, la exacerbación de las emociones, el fanatismo, la pérdida de serenidad, el culto a la personalidad, la ansiedad y la confusión, entre otro temas. Tú has dedicado mucho tiempo a diseñar actividades para que los escolares configuren un pensamiento crítico. ¿De qué se trata eso? Esto parte de un diagnóstico en el que, junto a mi mujer, vimos que los niños de 3 años han reducido muchísimo su capacidad de lenguaje y su creatividad. Chicos que se han criado mirando videos en internet donde se les entrega todo resuelto en un tiempo mínimo. Los niños actuales hacen menos preguntas que hace 15 años y se aburren más rápido. Necesitamos que los niños comiencen a pensar con criterio. Si conseguimos que sigan asombrándose ante lo que le rodea y haciendo preguntas, podemos comenzar a trabajar en ello. Se ha perdido el asombro que viene de la propia experiencia con el mundo, en vivo y en directo. Un viaje que hacías por primera vez a un lugar era algo asombroso antes de que la globalización inundara el criterio. Hoy vas a viajar a París y desde el ordenador te metes al hotel, ves la habitación, ves el restaurante y hasta puedes elegir el menú. De manera que cuando tú llegas París, tu asombro es ínfimo. ¿Y en la práctica como trabajas esto? Lo que hacemos es que los profesores y la familia ayuden a ejercitar el asombro de lo cotidiano en los niños. Por ejemplo, que de camino al colegio vayan mirando lo que les rodea y preguntándose por eso. Y también les damos herramientas para ayudar a los niños a hacer preguntas. En tu último libro hablas de la hiper emocionalidad como un peligro. Eso es lo que estamos viendo, que todo pasa por la emoción. Se nos insta a creer y desear lo que nos produce emociones intensas, y eso nos vuelve fácilmente manipulables. Por otro lado, la idea de “felicidad” actual se asocia a esas emociones gratificantes y se ha externalizado. Hoy día hay ministerios de la felicidad y departamentos de felicidad en las empresas. Se ofrece como un paquete homogéneo, una serie de condiciones que todos deben alcanzar, independientemente de sus circunstancias biográficas. ¿Puede seguir llamándose a eso “felicidad”? Yo le tuve que buscar otro nombre y le puse Postfelicidad , porque el concepto ha cambiado radicalmente. Antes de la globalización la felicidad era un concepto secundario, era una consecuencia de la vida y no un objeto a conseguir, como es ahora. Desde Grecia hasta el siglo XX esta idea no varió mucho. Para Aristóteles era el desarrollo de las potencias y virtudes del sujeto y, Kant, dos mil años después, dice que es el agrado de la vida que te acompaña durante toda la existencia de manera virtuosa. Es decir, no son muy diferentes las definiciones. La felicidad es el resultado de un trayecto de vida virtuoso y está asociada a la construcción de la propia vida. Antes era un proceso reflexivo y subjetivo. Hoy la “felicidad” no tiene nada que ver con la virtud ni tampoco con un proyecto personal, sino con un modelo de satisfacción de deseos. Cuando el sujeto está movilizado de manera inmediata por la emoción, todo el sistema va en función de eso. Esto no es algo nuevo, los publicistas y comunicadores siempre han sabido que si acuden a las emociones primarias, al llanto o a la risa, van a tener enganchado al consumidor. Pero ahora es muy sofisticado, porque las herramientas de inteligencia digital permiten manipular de manera mucho más efectiva los apetitos emocionales y además, por la rapidez, no dejan espacio a la reflexión. Por otro lado, el sujeto hipermoderno está expuesto a muchas ofertas, hasta puede elegir una pareja entre múltiples opciones. Y ahí hay una gran trampa. En la sociedad actual hay una asociación extrañísima entre opcionalidad y libertad. Pero, en efecto, la eclosión de opciones es paralizante cuando no tienes jerarquizados tus valores y categorías vitales, es decir, no tienes un criterio claro para elegir. Y, por otro lado, el 90% de las opciones que se presentan están fuera de las posibilidades reales de un sujeto y por ahí nuevamente se filtra el desánimo. Y además muchas de las decisiones no las está tomando uno, sino el algoritmo. Por eso es importante fortalecer el propio criterio. Y eso es difícil porque se ha perdido el relato biográfico. La biografía te anclaba a un contexto y a una circunstancia que determinaba tu criterio. Esa biografía se construía en la convivencia con otros, en relatos que surgen de vidas que se entrelazan. Cuando la presencia en vivo y en directo está cada vez más disminuida, le estás quitando al sujeto el anclaje biográfico. Claro, la biografía no es lo que uno dice de sí mismo, sino también lo que dicen distintas personas que han convivido con uno. Porque uno puede vender cualquier cuento sobre uno mismo. Pero estamos en una época en que lo verosímil le ha ganado la batalla a la verdad. Con que parezca cierto, con que parezca posible y con que sea emocionante, ya es creíble. Hay que distinguir entre autobiografía y biografía. Hoy estamos en bajo el mandato de la autobiografía. Estamos viendo como las personas en sus redes sociales potencian su propia historia para que el resto las vea como quieren ser vistas, en un proceso unilateral. Pero en el proceso biográfico es la comunidad la que construye tu imagen. Otra cosa que tú señalas es la importancia de recuperar la filosofía como instrumento para la vida. Es que la filosofía abandonó el estudio de la felicidad. Aristóteles, Platón y Epicuro hablaban de la felicidad. En Grecia las escuelas de pensamiento eran escuelas de vida, personas que se juntaban a pensar colectivamente para aplicar esas ideas a la realidad, a cómo vivir juntos, a la amistad. Hoy día tenemos la autoayuda, que ya la palabra me parece terrorífica, porque es "ayúdate a ti mismo". Es decir, se le quita la idea del colectivo. Y en este proceso de "autoestima" y "autodesarrollo" las personas se esfuerzan mucho por conseguir metas que se imponen como ideales, olvidando su entorno y sus contextos. Además que los mismos filósofos que están en la academia se han puesto en el Olimpo, se han presentado como unos seres difíciles e inalcanzables... Claro, ese erotismo es muy fuerte. Quién va a querer renunciar a esa imagen tan erótica del gremio de los filósofos. Los que nos hemos ido por la tangente y hemos buscado llegar a un público más masivo no tenemos muy buena prensa dentro del gremio académico. Pero eso ha ido cambiando después de la pandemia, porque la autoayuda no era suficiente y muchos medios de comunicación acudieron a filósofos y filósofas para que dotaran de sentido lo que estaba sucediendo. Ya Chul-Han, que es best seller en Europa, desde el libro La sociedad del cansancio venía ofreciendo un diagnóstico de la sociedad. Yo no te puedo ofrecer recetas de cómo vivir, porque no conozco tus circunstancias, pero puedo hacer un diagnóstico. Entonces el lector puede ir identificando problemas para, desde ahí, buscar sus propias soluciones. Me parece que la filosofía puede ofrecer una diagnosis que permita poner en marcha procesos de autoconocimiento. O sea, la filosofía sirve para identificar el problema, pero no ofrece soluciones estándar, porque cada persona tiene circunstancias diferentes. Por ejemplo, tú tienes un problema con tus hijos, o con tu pareja. Y en la conversación filosófica puedes descubrir que tu idea del amor, o de la familia, o de la felicidad está descompensada. Dar el paso hacia las ideas abre una posibilidad de abordar los problemas. Otra distinción que surge de la lectura de tu libro es entre emoción y sentimiento. Claro, porque no se trata de eliminar la emoción, sino de procesarla. El sentimiento implica pensar la emoción y si consideramos que es importante, sostenerla en el tiempo. El sentimiento de amor que tengo con mi pareja es algo que debo reflexionar constantemente y si consigo extraer lo mejor de esa reflexión, me sigo sintiendo enamorado. Pero no es una emoción. La emoción es leve, pasajera, se evapora. El sentimiento requiere tiempo, y eso es lo que más escasea hoy. ¿Y tú eres sentimental? Totalmente, pero soy muy básico emocionalmente, no tengo un gran abanico de emociones. Hay una definición muy bonita que se le atribuye a San Agustín y que dice "la felicidad es seguir deseando lo que uno ya tiene". Eso de proyectar el deseo hacia algo que viene del pasado, me parece que es una solución maravillosa. Si tú quieres a tu hijo y proyectas ese amor al futuro, es probable que crezca. Lo mismo puede pasar en cualquier relación. La convivencia es algo que se da día a día, y la puesta en valor de las relaciones que ya tenemos requiere de un pensamiento constante. Pero eso es difícil, porque la novedad se vende muy bien, impulsa a la curiosidad, a algo por conocer. Regresemos a la idea de elegancia La elegancia es saber elegir. No es un tema exclusivamente estético, es un tema ético también. Tiene que ver con cómo te comportas, cómo hablas, cómo piensas. Incluye la serenidad, la capacidad de no espolear al otro, de comprender al otro, la capacidad de guardar secretos, la discreción, la reserva de la intimidad, el valor de la imaginación. También apela a un pensamiento jerarquizado. Oye, pero mirando esto como una película, el sujeto elegante sería un personaje que vaga solitario en medio del caos hipermoderno. Pero, por suerte, hay muchos sujetos elegantes, que lo llevan bastante bien. Yo tengo amigos elegantes.
- Todo, menos el deseo
Es inaceptable ver cómo los intelectuales se vuelven seres pesimistas y aburridos. Repetidores del desencanto. Se repiten a sí mismos como spam. Entiendo la decepción, pero las frases hechas tipo “no es depresión, es capitalismo” solo parecen acelerar el daño. A esta altura del juego —o del no-juego—, es irrelevante que la causa sea el capitalismo y el síntoma la depresión. El problema es algo mucho más simple, y por lo tanto, más fácil de rentabilizar para el fascismo. Los fachos no ganan por tener ideas nuevas, sino porque entienden el hartazgo simbólico. Detectan la fatiga/exceso del lenguaje, el vacío del deseo, y lo rellenan con íconos funcionales. No ofrecen modelos a seguir, sino formas huecas de poder que producen fascinación más que identificación. Sujetos sin grietas no por ser fuertes, sino por no tener dentro nada que perder. En los relatos populares, el cuerpo del héroe es más que músculo o símbolo: es la interfaz donde se escenifica lo que una época desea, reprime o teme. Por eso vale la pena detenerse ahí: en cómo el poder se encarna. Antes que el superhombre, hubo héroes porosos. Aquiles, Ulises, Jasón, Heracles. Hombres que follaban, lloraban, sangraban. A veces con dioses, a veces entre ellos, a veces por error, por gloria o venganza. Eran cuerpos para la batalla, sí, pero también para el goce. Cuerpos abiertos al mundo, no blindados contra él. Mientras Aquiles mataba y amaba en un mismo gesto, sostenía el deseo como parte del conflicto. No había contradicción entre potencia y fisura. Durante buena parte del siglo XX, ese modelo fue reemplazado por otro: Superman. No tenía grasa abdominal ni sombras internas. No era un flan blandengue, sino un Hombre de Acero. Hecho de sustancias indeformables. Más hombre que los hombres. Pulcro. Célibe voluntario. No porque no pudiera follar, sino porque el deseo lo habría humanizado. Lo necesitaban perfecto, no real. Su virginidad no respondía a la castidad, sino a una forma de contención nuclear. Su potencia debía ser pura, sin eros, sin fisuras. Ese modelo funcionó —y fue funcional— hasta el colapso simbólico de comienzos de siglo. El nuevo ícono es Homelander. Él sí folla, pero no desea. No porque se reprima, como Superman, sino porque no hay nadie más que él en su mundo interior. Su cuerpo no busca contacto, busca obediencia. No encarna el deseo colectivo: lo suplanta. Es lo que ocurre cuando el capitalismo ya no reprime el poder, sino que lo produce en serie, lo envasa, lo monetiza. Homelander no es un dios antiguo ni un incel actual: es algo peor. Es el narcisismo total, con láser en los ojos. Donde Superman se contenía hasta el martirio, Homelander se masturba frente a un skyline iluminado por su propio ego. Ya no sostiene el mundo: lo amenaza. Y sonríe para la cámara mientras lo hace, pero no hay un Otro. Pero esos cuerpos no existen por sí solos. Son narrados, exhibidos, repetidos. Se sostienen porque alguien los nombra, los representa, los desea o los teme. Y ahí aparece el segundo campo de batalla: el lenguaje. Las palabras tienen materialidad, las palabras pertenecen al mundo de las cosas. Por eso las estafas funcionan: monetizan el engaño. No es posible una estafa sin lenguaje. El capitalismo es una estafa: en eso coincidirían marxistas y anarcoliberales. La depresión puede ser la primera de todas. No digo que no exista ni que no genere daño. Solo digo que existe como existen las estafas piramidales de Herbalife, los cryptobros y los talleres de desmasculinización: prometen resolver tu escasez si estás dispuesto a pagar por ella. Reducen el dolor a un tema actitudinal-económico. Es algo muy antiguo. Cualquier mediocre puede desplegar este tipo de estafas. Quizá por eso la IA jamás podrá estafarnos de verdad: no puede ser mediocre. No tiene esa potencialidad. En el mejor de los casos, alucina, y en el proceso nos estafa por accidente. Alucinar es un error del algoritmo; estafar, una acción perfectamente humana. Y como toda religión terminal, este sistema también tiene sus profetas. Algunos psicóticos como Elon Musk, otros depresivos como Mark Fisher, otros casi-predicadores del fin del mundo como Bifo. Dependiendo de dónde nos posicionamos, a algunos los vamos a odiar y a otros a admirar, pero todos giran alrededor de la misma palabra: capitalismo. No existe una crisis de confianza en las instituciones ni en los vecinos. Esa es una interpretación parroquial, pueblerina. Lo que existe es un aburrimiento adulto, profundo e infantil. Un vacío que se expande cada vez más rápido hacia nuestros adentros. El cuerpo humano tiene muchos orificios: algunos vitales (respirar, comer, cagar), otros esenciales para el deseo (por donde entran y salen las sustancias y objetos erotizantes). El deseo no es un error ni un síntoma. Es lo único que aún no ha sido completamente optimizado por el sistema. El problema es justamente ese. Es la muerte del cuerpo en un mundo brutalmente materialista. ¿Cómo es posible? Este materialismo sin cuerpos ha ejecutado a Dios en el suelo. Cuando te han criado creyente, por más que uno se trate de convencer a sí mismo, uno no deja de creer en Dios. Deja de creer que cree en él. Deja de creer que Él cree en uno. Dios ya está en tu estructura existencial como la silla frecuente de papá, pero ahora vacía. Ese es el problema: que de tanto odiar al padre, de tanto querer matar a un dios a través del lenguaje —nadie ha logrado tocar un cadáver divino—, de tanto combatir al capitalismo, lo hemos convertido en un espectro, en una versión low-cost (o “fruna”, para los histéricos con los anglicismos) de sí mismo. Una superbacteria. Un espectro que, como todo padre simbólico, se retira justo cuando más se lo invoca. ¿Acaso la izquierda, en su esfuerzo retórico y material por combatir el capitalismo, ha transformado al capitalismo en el Padre ausente en la mesa? ¿Puede ser que de tanto aplicar correcciones antibióticas a nivel de lenguaje hayamos hecho al capitalismo más resistente frente a los artefactos culturales y conceptos? Si la izquierda ha convertido al capitalismo en el Padre fantasma, la neoderecha se ha dedicado a recolectar VHS viejos donde aparece papá vestido de látex mientras alguien se lo folla con un dildo. ¿Qué ha cambiado entonces en la extrema derecha? ¿Realmente Trump o Milei tienen algo nuevo? No. Son solo avatares de la masculinidad averiada, una parodia del hermano mayor que cree que ahora está a cargo de la casa. Mientras tanto, el progresismo "woke" busca nombrar, con extremo cuidado, los elementos y sujetos que aparecen en los videos, como si fueran fiscales forenses. Todo, menos el deseo. Los intelectuales ya no juegan, se quejan despreciablemente y repiten oraciones hechas. Se inventan conceptos, pero no crean nada nuevo. Se creen lo que dicen como si fuera parte de un ritual postraumático. Es inaceptable vivir en un mundo donde los adultos se matan a sí mismos antes de matar a sus hijos. Da igual tu militancia política. Nadie ofrece alternativas, ni la izquierda y su incapacidad de renovar símbolos y rituales, ni la derecha que busca acelerar lo que ya existe, y los “ex”-nerds millonarios tecnológicos pagan por ver qué pasa o por sentir que “la ponen” en algún lado, ni que sea a modo simbólico. No es Dios quien ha muerto: es lo humano, en su fase zombi. Quizá la esperanza está mucho más en el artesano que en el experto: Un viejo trabaja la madera hasta que la transforma en la silla que sostiene a su último nieto el objeto vuelve cruje cojea con toda su belleza y eso basta. Nota: El experto calcula con máxima precisión cuánto peso puede sostener una silla, pero nunca ha creado un objeto que sostenga a su nieto como quien sostiene un mundo. El ocaso de Occidente ofrece la oportunidad de adentrarnos en infiernos insospechados para Dante, de viajar a Itacas aún inexploradas, pero no vamos a sobrevivir a base de remakes nostálgicos ni futuristas que programan rayas de cocaína virtual para la IA. Con seguridad no vamos a sobrevivir a base de intelectuales y expertos que no sangran ni follan, apenas jotean. Si existe alguna revolución será la de los exploradores inútiles pero prácticos, que pueden construir una silla como quien escribe un libro de poemas, y que, sobre todo, no hacen lo que yo hago: usar la palabra capitalismo para desafiar el capitalismo. Transformar esta entidad ontológica que asedia la ausencia no exige más conceptos: implica volver a tallar la materia con una eficacia mágica.
- Marcos Vergara: "La vida sin música me resulta inconcebible"
Médico, coleccionista y melómano a tiempo completo, es el autor del libro “New Wave, vueltas de la vida en 45 rpm” (Editorial Máquina de Comunicar / Economías de Guerra), biografía, crítica cultural y relato epocal. También una invitación a estar en la escucha como relación fundamental con el mundo. Es posible imaginarlo frente a su discoteca en que, tal vez, cada surco sea un fragmento de su memoria. Como si pudiera decir yo soy mis discos . En la presentación de tu libro en la Escuela de Verano 2025 de la Universidad de Concepción, señalaste que la envidia había sido un motor importante para escribir este libro. Andaba con algunas ideas en mente provenientes de Florencia Abadi, filósofa argentina, que postula que el origen del deseo radica en la envidia. Me pareció interesante. Y justo me encontré con una entrevista mercurial a Leonidas Montes, actual manager principal del Centro de Estudios Públicos (CEP), quien hacía un relato de su joven peregrinar por los pasillos del new wave chilensis en el garage de Matucana y otros sitios de los 80. Y entonces me dije: pero, ¿cómo es posible? esta es una historia que yo tengo que contar. Y así no más fue. En enero de este año, tocó el DJ FIAT600, Miguel Conejeros, en el CEP, y tuve la ocasión de regalarle mi libro a Leonidas; sabía de su existencia y estaba muy agradecido por el regalo. Desde hace tiempo, has publicado columnas en diversos medios de comunicación, pero escribir un libro es diferente. Sólo es el mensaje el que cambia. New Wave, vueltas de la vida en 45 rpm fue la ocasión de poner mi biografía al servicio de un relato acerca de la música. En el caso de las columnas vamos detrás de los aconteceres del sector de la salud y me divierto tanto como cuando escribo prosa biográfica. En ambos casos recurro a la ironía. El libro se escribió por segmentos que estaban allí reposando y luego los uní. De hecho, el capítulo de Juan Scerecz ya había sido editado en Radio Cooperativa en mayo del 2023 y en mi libro de columnas. Tu libro puede dialogar con Alta Fidelidad de Nick Hornby, en Busca de los discos perdidos de Eric Spitznagel o Lost in Music de Giles Smith. Interesantes referentes los que mencionas. Me he empeñado en completar la banda sonora de mi vida. Creo que ya no queda nada, está todo en CDs y vinilos. Debo mencionar, sin embargo, mi sorpresa cuando vi la película Los Colonos y escuché la canción de cierre que cantaba la mujer de Menéndez en presencia de la santa iglesia, acompañada de dos pequeñuelas de origen desconocido, era una canción que escuché cuando joven, durante la Unidad Popular, en mi natal La Unión, cantada por Víctor Jara y el Quilapayún, en inglés: Hush a Bye . No está disponible el CD. Pero el tema relevante de Alta Fidelidad es la ética del DJ, que renuncia a comprar la discoteca fabulosa del "villano" a precio de huevo. No sé si tales códigos en nuestro mundo habrán estado siempre presentes. Gilles Smith dice en su libro que "La música nunca fue sólo ruido de fondo; siempre fue el centro de todo . No era sólo entretenimiento, era una especie de religión ". No sé si una especie de religión. Detesto las religiones. Sí creo que es el centro de todo. La vida sin música me resulta inconcebible. No podría imaginarme estar sin ella cerca. Y sin la posibilidad de juntarme con alguien a escuchar y registrar. Yo adoro, no obstante, el objeto, el CD, los vinilos, con sus portadas alucinantes. Me interesa la cosa, no me interesa tanto los medios avanzados de almacenamiento y acceso a las playlist. Entonces, quizás no es sólo la música lo que cierra los vacíos de una biografía. Hay varias formas de describir tu libro: crónica, memorias, autoficción. Yo decía que es una autobiografía de un vinilómano en estado terminal. ¿Con cuál te sientes más identificado? Bueno, con el estado terminal, camino a la cueva negra. Abordo el tema de la muerte con alguna preocupación en el libro. Recorro los muertos de mi vida, no los de mi felicidad. Los que de verdad se murieron. Y es una experiencia de marca mayor. Recurro a Parra para enfrentar a la vieja de la guadaña. Y de nuevo, mi biografía es un recurso para portar el ataúd de la música. De paso pienso que a mis hijos no les interesa este legado, esta acumulación física de CDs y vinilos, porque ya no han de tener dónde ponerlos. Hay una imagen preciosa que alude a tu infancia en La Unión que, me pareció, resume parte de tu vida con la música. Tú, niño, en tu casa paterna solo frente a una ruma de discos de 45 rpm. Me parece que es como querer cerrar el círculo, algo muy Jung. Es el trauma original. El momento en que se fueron los hermanos, harto mayores que yo, y dejaron los discos de 45 rpm. La imagen que se me viene a la cabeza soy yo mismo sentado en la alfombra dándome la espalda con una ruma de discos a cada lado. Me veo la nuca, no el rostro. Entonces supongo que me sentía contento en medio de esa triste e infinita soledad. ¿Te pareció suficiente el capítulo de Concepción, hablando de Juan Scerecz y el legendario “Rich” o el programa Nueva Dimensión ? Me pareció que, acerca del programa radial, pudiste explayarte un poco más. Es una historia que merece ser contada. Quizás. Pero no mucho más, porque yo me hice cargo del programa en plenitud cuando Felipe Raurich viajó a Europa en busca de su hermano. El programa había sido heredado por los hermanos Raurich, pero Miguel era un poco perezoso, no era metódico como Pancho Vergara, y Felipe era una máquina de hacer las cosas a su manera. Entonces yo me abrí paso allí porque sentía que me lo merecía. ¡Qué brutalidad! A codazos, por cierto, hasta que Felipe viajó y tuvo la suerte de dejar el programa a alguien, para retomarlo a su regreso. Cuando volvió, después de mi año de gloria en el programa, tuvimos que llegar al acuerdo político de que una semana lo hacía cada uno, porque no era posible trabajar juntos. El último programa, eso sí, lo hicimos juntos. Fui apenas una pequeña parte de ese mítico programa penquista, del que esperamos pronto se haga un libro. ¿Cómo fue la experiencia de pasar del rock progresivo, el jazz o la vanguardia europea a la new wave? En el libro da la impresión que renegaste del progresivo . Tal vez, si bien tengo a los progresivos en mi discoteca y los escucho de vez en cuando con alegría y entusiasmo. La transición fue dura, los auditores nos odiaron por tan revolucionario cambio. Es cierto que estábamos un poco aburridos con los progresivos y con el jazz, cuando apareció Felipe con los vinilos que compró por recomendación de su hermano Francisco, y los dejó en mi casa. Y entonces empezamos a digerir el asunto. El primer golpe fue The Pretenders, luego Talking Heads y The Police. Nos fumábamos unos porros con el Lucho Suárez –uno de mis muertos– y, expandida la conciencia, nos exponíamos sin prejuicios a lo nuevo. Y lo descubrimos. Había vuelto a casa la posibilidad de silbar canciones caminando por la calle. Fuimos felices, pero nos costó instalar esta transformación en la audiencia. Fuimos radicales, intransigentes. ¿Qué elementos musicales destacarías de la new wave ? La new wave es un mundo que se abre a partir de la osadía de algunos grupos punk . Es una onda expansiva de aquello. Una constelación plagada de novedades, un laboratorio de nuevos ritmos y melodías. Las manos de productores como Brian Eno y Philip Glass permitieron afinar el sonido más rudimentario de los orígenes y poner a disposición material de borde más sofisticado, como Talking Heads y Polyrock. Pero otros grupos como The Wire o Wayne County & the Electric Chairs lo resolvieron de manera más autodidacta. En la práctica, fue una ola que detectamos a tiempo. Por eso, entre otras cosas, Concepción pasa a la punta de esta historia. Y la onda expansiva cierra después, a mi juicio, con Paddy McAloon, de Prefab Sprout, con Bobby Gillespie, de Primal Scream y con Mark Hollis de Talk Talk. Ahí baja el telón y por cierto vienen nuevas cosas, en particular el aporte de la electrónica: Chill Out de The KLF, por ejemplo. Imposible no preguntarte por Los Pinochet Boys a los que te une un lazo familiar y que están también en el texto. ¿Cuál fue el aporte de esa banda más allá de música? El aporte fue el escándalo y los "raros peinados nuevos" que Gonzalo Donoso registró. Grabaron dos canciones con Fonseca y salieron arrancando a Sao Pablo, donde vivieron por un tiempo. Era difícil hacer la carrera en Chile con ese nombre, si bien a mí me pareció muy apropiado para estos muchachos que eran realmente hijos de la dictadura: los Conejeros son mis sobrinos de La Unión y los atiborramos de música desde Concepción. Otros sobrinos de La Unión salieron a las calles a bailar breakdance . Había onda. Esa fue la onda que llegó a Santiago. Toda la magia del sur. Más allá de tu testimonio de amistad con Los prisioneros ¿cuál es el valor que le asignas a la banda dentro de la música popular chilena? Los Prisioneros son un fenómeno sociológico de marca mayor en Chile. Cantar con rabia y usar los medios que el new wave proporcionaba para hacerlo, produjo en la juventud de la época un gran impacto. La gente se sintió verdaderamente interpretada con las letras del trío. La inteligencia de González y la ironía de Narea fue clave. Qué suerte que tuvimos. Y musicalmente, la obra de los muchachos dejó tremendas canciones a disposición del respetable público. Todo el conflicto "prisionero" lo sorteas con elegancia considerando que puede ser un zapato chino. Bueno, siempre las cosas han de tener su límite. Fue doloroso vivir, dos veces, el conflicto entre los muchachos, y la caída de Jorge en las siniestras garras de la fama. También fue una alegría inmensa cuando se juntaron para tocar en el Estadio Nacional en Santiago. Esa es la cosa, ni más ni menos. ¿Qué te dejó haber sido amigo y mentor de Los Prisioneros, recibirlos en tu casa y formar parte de los prisioneros lovers ? Fue una época muy rica porque me ofrecía la posibilidad de mostrar la música que tenía, a estos muchachos. Es la misión del DJ. Para eso hemos venido al mundo, a materializarla. Pero también nos brindó la posibilidad de un acercamiento afectivo, cuando nos sentábamos a tomar el té que preparé siempre. Jorge era incisivo sentado ahí en la mesa burlándose de nuestra costumbres pequeño burguesas. A mis niños les tocaba el "pájaro loco" en la guitarra. Yo creo que se construyó una amistad. Lo del mentor es una exageración de los muchachos a propósito de la dedicatoria en un CD. Le pusieron color. La música popular te sirve para mirar o escuchar al país desde la sureña La Unión a mediados de los años 50 hasta hoy. ¿Cuál es su diagnóstico doctor? Oh, que pregunta es ésta. Mi diagnóstico es que mi vida no sería la misma sin las óperas italianas de mi padre, sin los discos de Raphael que él mismo compró enamorado del registro de voz que se gastaba "er niño" y sin el disco de los brasileros, esos que no recuerdo cómo se llamaban. Después dos joyas que no retuve: el primero de Presley en Chile, de carátula verde y tamaño mediano, entre un 45 y un LP; y más tarde el Magical Mystery Tour en una edición de dos singles que ya no se encuentra en ninguna parte. Ese es mi dolor. Un asunto original del texto es la relación entre la medicina, la cultura y la política. La medicina fue para mí una profunda decepción, cuando descubrí el currículum oculto, cuando descubrí que no nos orientábamos a prestar servicios en el continente africano, sino a transformarnos en unos miserables especialistas de las grandes clínicas. Yo sé que esto suena un poco ridículo, una fantasía inmaterializable, pero ¡qué va! Ya sabemos también de la fantasía de la nueva izquierda revolucionaria en Chile. Vivimos tiempos difíciles, pero yo no paro de reír cuando asisto al espectáculo de nuestro devenir con mi paquete de cabritas sentado en la galería. La música popular te sirve para mirar o escuchar al país desde la sureña La Unión a mediados de los años 50 hasta hoy. ¿Cuál es su diagnóstico doctor? Oh, que pregunta es ésta. Mi diagnóstico es que mi vida no sería la misma sin las óperas italianas de mi padre, sin los discos de Raphael que él mismo compró enamorado del registro de voz que se gastaba "er niño" y sin el disco de los brasileros, esos que no recuerdo cómo se llamaban. Después dos joyas que no retuve: el primero de Presley en Chile, de carátula verde y tamaño mediano, entre un 45 y un LP; y más tarde el Magical Mystery Tour en una edición de dos singles que ya no se encuentra en ninguna parte. Ese es mi dolor. Un asunto original del texto es la relación entre la medicina, la cultura y la política. La medicina fue para mí una profunda decepción, cuando descubrí el currículum oculto, cuando descubrí que no nos orientábamos a prestar servicios en el continente africano, sino a transformarnos en unos miserables especialistas de las grandes clínicas. Yo sé que esto suena un poco ridículo, una fantasía inmaterializable, pero ¡qué va! Ya sabemos también de la fantasía de la nueva izquierda revolucionaria en Chile. Vivimos tiempos difíciles, pero yo no paro de reír cuando asisto al espectáculo de nuestro devenir con mi paquete de cabritas sentado en la galería. - New Wave, vueltas de la vida en 45 rpm Marcos Vergara Editorial Máquina de Comunicar / Economías de Guerra
- Casa de Campo: una lectura desde el odio y un psicoanálisis
Casa de Campo, novela escrita por José Donoso a lo largo de cinco años y publicada en 1978, narra la historia de la familia Ventura, una élite poderosa y numerosa que pasa un tiempo de descanso en su casa de campo. En su dinámica interna se entrecruzan múltiples relaciones entre primos, tíos, hermanas, sobrinos, plebeyos y mayordomos. Pero, quizás, el punto de conflicto explícito en la historia surge a propósito de los llamados "antropófagos", nativos que aún vivirían colindante a los terrenos de esta casa de “veraneo”. Para mantener el orden dentro de la casa, los adultos han inculcado a los niños la idea de que quienes viven fuera de la propiedad —se entiende que son los nativos de la zona— practican el canibalismo. Son presentados como el extremo mismo del salvajismo, ajenos al reconocimiento de cualquier límite respecto de lo humano. El conflicto central de la historia surge cuando el único personaje que no es Ventura —un extranjero casado con una de las hermanas— decide llevar a sus hijos a compartir con los nativos. Él ya ha convivido con ellos y mantiene una buena relación. Como gesto de hospitalidad, los nativos sacrifican un cerdo y lo comparten con sus invitados. Sin embargo, la esposa de este hombre y sus hijas perciben la escena como un acto de barbarie y huyen aterrorizadas. Más tarde, cuando él regresa a casa, se encuentra con una escena macabra: su hija ha recreado lo vivido entre los nativos como si fuera un juego, pero esta vez con su hermana, quien yace asesinada y decapitada en el horno con una manzana en la boca. Ante esto, el padre, enloquecido, asesina a su hija a golpes. Sin embargo, como los Ventura pertenecen a la élite, este crimen no es juzgado por la justicia común. En su lugar, el hombre es encerrado en una de las habitaciones de la gran casa de campo y sólo se refieren a él como “el loco”. A partir de aquí, la novela despliega diferentes historias y tramas que configuran su estructura narrativa. El odio y su “naturaleza” El psicoanalista Guy Briole ha escrito recientemente que "el odio no es dialéctico" . Un texto presentado en una ponencia en México hace pocos meses. Entre sus tesis principales destaco: “Así funciona el odio: es a mí en ti a quien odio”. “El odio no es dialéctico y las pasiones no están desligadas de la verdad”. “Trabajar sobre la violencia y el odio significa delimitar los campos de goce en juego, tanto individual como colectivamente”. Vivimos en una época donde resurgen discursos y crímenes de odio: odio al extranjero, al diferente, al Otro. Ciertos sectores políticos aprovechan esta visceralidad para alcanzar sus objetivos. Pero, ¿es realmente el otro el causante del odio que sentimos? Guy Briole nos plantea que, si bien el otro puede cometer actos que detonen una respuesta en nosotros, dicha respuesta es, en esencia, el efecto de algo propio en quien reacciona. Si surge el odio, es porque algo de lo que rechazo en mí —y desconozco— lo proyecto en el otro. Por eso, Guy Briole sostiene que "el odio no es dialéctico": no es un resultado de la relación con el otro, sino que sería un efecto de la relación con lo desconocido en mi mismo que aparece reflejado en un otro. Y en este sentido, la visceralidad no está desligada de la verdad, porque está conectada con la verdad subjetiva de cada individuo. ¿Qué goce propio -entendiendo este como esa satisfacción que se puede sentir aun en lo displacentero- se pone en juego en la manifestación del odio, ya sea personal, individual o colectivo? ¿Qué es aquello que se toca en nosotros, expulsado de nuestro psiquismo, cuando surge un odio visceral que moviliza acciones violentas contra otro por ser diferente? Casa de Campo: el odio proyectado Vuelvo a Casa de Campo. En éste libro los antropófagos encarnan el mal. Representan el salvajismo llevado a sus últimas consecuencias. Sin embargo, con la sutileza de la pluma de José Donoso, la historia revela que, en realidad, las violencias más atroces ocurren dentro de la propia familia Ventura. Al punto de que, desde la fantasía y las relaciones de poder, hasta en el acto mismo de la antropofagia, la familia es propietaria de aquello que tanto teme y desprecia. De hecho, en la novela, la antropofagia se llega a plantear en cierto momento de clímax como un derecho de las élites. El chef de la familia, tras una conversación que justificaría el acto desde un andamiaje lógico, solicita probar carne humana. Y es uno de los mismos Ventura quien, ante la muerte próxima y el hambre —en circunstancias que no vienen al caso para esta reflexión—, pide ser devorado tras su fallecimiento. Y la familia cumple con su deseo. ¿Qué aporta el psicoanálisis a nuestra época frente al odio? Guy Briole nos invita a invertir la causa del odio. No es el otro quien lo origina en nosotros —lo que no significa que el otro no sea responsable de sus actos—, sino que la pregunta que esta vez se va a poner en la mesa es: ¿qué es aquello en mí que desconozco y que se moviliza cuando odio al otro? Este planteamiento saca al sujeto del lugar de víctima pasiva y le devuelve su dignidad como sujeto responsable de sus afectos. Sin embargo, hay un peligro en esta lectura de la cual debemos estar advertidos también: confundirla con la idea de que no existen víctimas, más allá de ser víctimas del propio goce, del propio displacer que habita en todo humano. No debemos confundir los planos. Existen víctimas, excesos del Otro y violencias reales. La cuestión es localizar y situar qué parte de la respuesta subjetiva de cada quien tiene que ver solo con sus propias coordenadas de goce y satisfacción y no con el otro como causante absoluto del mal que se odia. En última instancia, el psicoanálisis nos recuerda que lo que se odia en el otro es, en realidad, aquello que podría encontrarse en uno mismo. Volviendo al libro, podríamos interpretar que lo que la familia Ventura odia de los nativos no es su presunta antropofagia, sino el hecho de que ellos mismos —intachables, poderosos— son, simbólica y literalmente, antropófagos entre sí. -
- Sueños Subterráneos, el retorno atmosférico y futurista de Russell
Han pasado cuatro años desde Sombras, su último álbum, y Russell —alias del productor chileno Tomás Ruiz— regresa con una obra que reafirma su lugar en la primera división de la electrónica latinoamericana. El nuevo EP, Sueños Subterráneos , lanzado en exclusiva por Rauversion , es un descenso controlado a un universo de texturas bajas, beats imposibles y melodías de ensueño, donde cada track es una estación distinta dentro de un recorrido que evoca futuros perdidos en una urbe íntima y brumosa. Con más de 15 años de trayectoria y un catálogo que ha pasado por sellos como Natural Science (UK), FTP (Texas), el álbum Sombras salió por LBR Records con distribución por Lobstern Theremin, siendo masterizado por el ingeniero de sonido de Daft Punk, Conor Dalton. Russell es un artista que ha sido reconocido internacionalmente por Vice , Mixmag y Rinse Francese y hoy, vuelve a consolidarse una vez más como un alquimista del ritmo: alguien que no teme hibridar el electro más crudo con el dub atmosférico, el garage británico con los ecos del techno de Detroit o el jungle con la nostalgia urbana del primer dubstep. El viaje al que nos invita Sueños Subterráneos, un EP masterizado por Imaabs, comienza con Electronic Connection, una pieza cargada de bruma y chirridos metálicos que actúa como umbral hacia un mundo donde el dub se vuelve humo. Luego irrumpe Star Over, donde las voces femeninas flotan entre delays y bajos profundos, envueltas en un groove garage que evoca callejones nocturnos y emociones quebradas. En Secretos Bajo Tierra, la ingeniería del beat se lleva al límite: breaks acelerados, bajos distorsionados y una percusión filosa que conecta directamente con el jungle y la herencia rítmica de Detroit. El pulso se vuelve electro-drexciliano en Teledeportado, antes de regresar a las profundidades dub con Voice Telling Me Lies e Interplanetary Dub, dos temas donde la atmósfera es protagonista. Hacia el final, 2070 explora un experimentalismo rítmico casi abstracto, mientras que Guerra de Drones cierra el EP con una fusión afilada entre electro y garage, como si el sonido del futuro se hubiera colado por un agujero de gusano. En esta entrevista, Russell desmenuza el proceso detrás de Sueños Subterráneos y revela no sólo los motivos que lo llevaron a romper el silencio musical, sino también la experiencia de haber vivido en Detroit en su infancia y preadolescencia, y sobre todo, la actitud con la que se enfrenta a la producción hoy: intuitiva, sin fórmulas, guiada por estados anímicos más que por géneros. Han pasado 4 años desde que sacaste Sombras, ¿Cómo fue el proceso de trabajo y la motivación para sacar este nuevo EP, Sueños subterráneos? El álbum Sueños Subterráneos nace desde un proceso creativo intenso y dedicado. Durante los últimos años estuve trabajando en una gran cantidad de proyectos musicales, explorando diversas ideas. El 2023 fue especialmente prolífico, me dediqué a dar nueva vida a más de 50 composiciones que tenía en pausa, seleccionando cuidadosamente aquellas que resonaban profundamente conmigo. Finalmente, este año pude darles el toque final, logrando Sueños Subterráneos. ¿Cuáles fueron las influencias para este trabajo? La verdad es que me guío más bien por un estado anímico que surge en el momento de intentar alcanzar un sonido específico. Masot, colega músico y gran amigo, ha desarrollado en los últimos años un sonido muy particular que llama mucho mi atención. Con él nos hemos juntado a hacer música, y gracias a ese intercambio logré acercarme a un sonido más “garage/jungle”, que terminé incorporando en este nuevo material. ¿Cómo es la evolución musical que ves en este nuevo EP? se ve que te mueves con soltura entre el dub, el techno, el electro, los beatbreak. Tu sonido suena muy orgánico. Siempre voy variando de estilos de música, géneros y básicamente, se me da muy fácil encontrar nuevos sonidos y estilos de producción, con ambientes oscuros y atmosféricos, para después integrar las baterías y bajos , la base siempre es parecida. Lo que voy variando son los tempos y los sonidos futuristas“ ¿Por qué el disco se llama Sueños Subterráneos? Sueños Subterráneos es la traducción al español de Underground Dreams. Crecí en Detroit (la cuna del techno), donde fui espectador de varios eventos “underground”, de distintas escenas musicales, siempre fue como un sueño haber vivido estas experiencias, por eso me hizo sentido este título. Cuando fui creciendo y aprendiendo sobre música en mi carrera como independiente. Eran más bien sueños e ideas sobre cómo generar una escena a base de música electrónica más experimental dentro de lo popular. Si bien es un disco rítmico y muy dub, no se ve una una intención para la pista de baile, sino más bien para caminar por la ciudad, o escucharla en lugar tranquilo ¿eso es algo consciente? Siempre intento hacer algo que no se limite al “club” o al “dub”. La idea es proponer una música que funcione en distintos contextos: para diferentes momentos, espacios o estados. La electrónica no tiene por qué ser solo para bailar o para sonar en un club. Los géneros tienden a encasillar. Lo que busco es más bien un sonido único, una atmósfera común que atraviese mis producciones, aunque los ritmos y las bases cambien. No es algo que haga de forma intencional; simplemente dejo que fluya lo que me nace en el momento. De Detroit a Chile ¿Cómo partiste haciendo música electrónica? Entiendo que eres autodidacta El año 2015 -2016 estudié producción multimedia donde pude aprender sobre programaciones digitales y edición de video. Esto me ayudó a tener mis primeros acercamientos con DAWs y VSTs donde pude experimentar con softwares de producción de música y Ableton Live. Luego solo fue práctica y querer hacer música por mi cuenta y hubo gente que en ese entonces me ayudó y potenció a creer en mi propuesta y talento. Debo dar gracias especiales a Chris, Fungy, VNZO, y todos los amigos que creyeron en mi trabajo. ¿Y cómo te metiste en la escena electrónica? Parti bailando, sentí pasión por el ritmo, me gustaba salir a escuchar bandas, era otra época en donde había muy pocas fiestas electrónicas, no era popular ir a raves. Yo ya venía de Detroit, una zona donde se hacían raves. Los pioneros de la música techno vienen de esa ciudad. Una vez al año se hacía el Tech-Fest, que era el festival más grande de música electrónica del mundo, ahí íbamos de paseo con mi familia cuando tenía 12 años. Veía djs tocar y gente bailando, nunca pensé que me encontraría con eso en Chile, hasta que el año 2013 me fui a vivir a Santiago y empecé a conocer locales y fiestas donde me sentí cómodo y libre de poder bailar y aprender de lo que estaba sucediendo. Escucha aquí > Sueños Subterráneos Luego de tus logros cómo artista, ¿Cómo ves tu futuro cómo productor? Ahora me estoy enfocando en cine y en trabajos más serios y encargos profesionales para publicidad o producir a otra gente. La pista de baile ya no me atrae tanto y fui padre por lo que quiero enfocarme en otros ámbitos. Me acaban de aprobar un soundtrack para una película que se estrenará en el festival de Guadalajara, el festival más grande de México. Esa es una meta que yo tenía hace años, que se hizo realidad así que mis energías van por ese lado y estoy muy contento de que se estén concretando cosas valiosas e importantes.
- Sobre Ensayos de una casa, de Macarena García Moggia
Me gustaría partir señalando que a diferencia de lo que hago casi siempre que presento un libro, leerlo a última hora para comentarlo desde la sensación más inmediata (esto es porque a mí me cuesta mucho pensar sin arruinar las ideas), en esta oportunidad escogí un procedimiento distinto: presentarlo desde la lectura que hice en un día inverificable de este verano. Tiene que haber sido un día de sol, porque recuerdo que lo leí a orillas del mar, sentado en una reposera que le alquilé a una señora en una playa de Mirasol a primera hora de la mañana. La playa estaba como a mí más me encanta, o sea vacía, y como salvo para pegarme unas zambullidas no me separé del libro hasta que lo terminé, cuando alcé mi cabeza noté con asombro lo mucho que se había repletado de gente. Ni siquiera lo percibí. Pienso que esto habla bastante bien del libro, ya que casi nunca un libro que abro por la mañana en la playa pasa la prueba de la invasión que se produce durante la tarde. Llegan los perritos lanudos que ladran, las familias que se van ensanchando bajo el quitasol, los vendedores de cuchuflí, palmeritas, palitos de helado, etcétera. En fin, me desconcentro, más aún cuando hay alguna pelota alrededor. O sea me he dado cuenta que yo bajo a la playa para no estar tan solo, buscando un entorno o algún sucedáneo de compañía, y al final termino desesperándome porque todo lo que es familiar tiene este precio, el precio de una relación. Y las relaciones cuentan con el problema de que muchas veces nos dan cosas que no les pedimos, no porque sean malas en sí, sino porque en cualquier relación hay siempre un destiempo, instrumentos que empiezan a tocar cruzados. En algunas ocasiones esto se puede corregir sin detener la música, en otras no hay nada que hacer, se ha provocado un sobrecalentamiento de la estructura de la que ninguna de sus partes es necesariamente la causa. Simplemente ocurrió, y sin querer se ha precipitado un milagro, el milagro del desamor, que como creo recordar que señala la autora en su libro se multiplica en todas las penas y en todas nuestras maneras de percibir las cosas. Las percibimos teñidas por una capa muy pálida, y Macarena tiene la gracia, o tal vez la valentía, de partir asumiendo en el ensayo el vacío que nos cobra en moneda real lo que antes era una especulación financiera de la imaginación. Entonces quedamos tirados en medio de la carretera, nos miramos los pies y decimos, como lo vi una vez en una película, “amiguitos míos, un vez más todo el camino es nuestro”. Es una frase evidentemente canchera, porque pareciera que se la pronuncia desde la angustia, que como dirían los filósofos de la existencia es el nervio invisible de la libertad, cuando en realidad se la está pronunciando desde cierta elaboración. En este sentido el ensayo de Macarena no me pareció que fuera un ensayo estrictamente confesional, al menos no en el sentido que a esa palabrita le dieron Lowell, Sylvia Plath o más recientemente Didier Eribon, quien acaba de publicar un escrito en el que confiesa cómo su condición de homosexual le permitió durante mucho tiempo esconder un origen de clase que lo avergonzaba. Tampoco lo leí como un ensayo meramente autobiográfico, si por esto se entiende el desnudamiento del Yo en la playa permisiva de las palabras. Lo entendí como un ensayo que trata otros asuntos, que va por otro lado, como por ejemplo el de cuáles son las palabras con las que escribir bien después del diluvio, no en el instante mismo, sino una vez que ha amanecido y contemplamos desde una ventana el entorno arrasado. No ha quedado nada, nada que no sea un vacío que parece recién lustrado y que de alguna manera nos invita a estrenarlo. Es un momento confuso pero también precioso, porque es un momento en que la actividad del pensamiento se retira un poco para dejarle a las cosas una porción mayor de visibilidad. Y acá está el punto (lo que yo llamaría la papa, para ponerme a tono con algunos colegas, en chiste porque la considero una expresión no solo maleducada, sino también profundamente inmoral), el modo en que Macarena interpreta en este libro qué es un ensayo, tocando, como diría Lukács, el alma de las formas. Si no lo comprende ni testimonial ni confesionalmente, es por la sencilla razón de que en todos sus libros, en éste y en todos los anteriores, hay entre ella y la vida vivida un detalle, y este detalle son las ventanas, que no sitúan solo un límite impreciso entre el adentro y el afuera, sino también entre lo que puede caerse del existir porque pesa y lo que puede cobrar una ingravidez y hasta levitar, quedar flotando en una nube de palabras que la autora se tomó el trabajo de secar con mucha ternura, con mucha paciencia, para que no cedan ni a la desesperación ni a la presión de las ideas. No es que en su ensayo no estén las ideas, claro que están, pero hay que extraerlas de la ligereza de las formas, no de lo que comunica el contenido. Puede ser que estando ante la ventana el pensamiento se ponga a soñar, por ejemplo con irse muy lejos, con abandonarlo todo e incluso a sí mismo, como sucede en la literatura de Kerouac, o puede ser al revés, que se disgregue en puntos neurálgicos que requieren del encierro para condensarse, como sucede en la literatura de Kafka. Estoy hablando de formas extremas, ya de un lado están las aventuras de la libertad que angustia y del otro las afinaciones que nacen del ensimismamiento típico de las fobias, las palabras que vuelan hasta desaparecer y las que por el contrario se adelgazan hasta quedar convertidas en una pequeña larva, tan pequeña que ya no hay cómo lastimarla. Dónde está mi casa y cómo consigo llegar a ella es una pregunta que cualquiera se hace incluso en su casa —cuando la habita con otros—, pero qué tiene de malo que se la conjugue con una pregunta sobre el horizonte, en cuyo confín nos podríamos volver tan imperceptibles como cuando nos encerramos. Son preguntas igual de valiosas, ya que desde mi perspectiva un pensamiento, y más aun un texto, vale por lo que lo divide, no por lo que le da una coherencia, y por eso pienso que todas las personas del mundo debiesen tener una casa y la posibilidad a la vez de no estar en ellas. Este pensamiento mío incluye a todas las niñas y todos los niños del planeta, quienes también deberían tener su casa, y no estar todo el tiempo molestando en la de su papá o en la de su mamá. A lo mejor tendría que ser una casa no tan grande, ya que ellos saben perfectamente cómo perderse en una casa pequeña. ¿Cómo se pierden? Bueno, esto siento que ya se explicó mucho: se pierden caminando por unos laberintos que no existirían si las palabras de las que se apropian no los hubiesen previamente inventado. Las niñas, los niños, emplean las palabras de las que se apropian para abrir los cerrojos que los conduce a su mundo privado, un mundo en el que nadie más puede penetrar. Por eso las hacen suyas, porque no las emplean para nombrar las cosas que existen, las emplean para crear una realidad que no está a la vista. Esto quiere decir que no hay nadie que use las palabras de un modo más real que los niños, y en este aspecto los ensayos que más me gustan son justamente estos que, como el de Macarena, pescan esto con enorme inteligencia: la de tratar los temas más complejos de la vida sin apartarse nunca de la minoría de edad de un tono de infancia. Este tono está hecho de palabras a las que les falta una parte, la parte que quedó detrás del vértigo o la parte que sostiene misteriosamente en el aire un copo flotante de sentido. Una atmósfera sentimental. Se percibe con claridad en la manera con que inicia su libro, con ella abrumada por muros de vocablos que no alcanza a descifrar (“es muro es mero muro es mudo mira muere”, como escribiría Pizarnik), y también en la manera con que lo termina, contemplando desde la ventanilla del colectivo que recorre el tramo Viña-Santiago tres casas abandonadas en las que siempre se fija, recordando que no es la vida o el mundo lo que transcurre, sino uno dentro de ellos. Tanto el principio como el final están ilustrados por dos fotografías que le facilitó Vicente Undurraga, y se puede observar que estas dos fotografías aparecen a la vez superpuestas en el collage que entiendo que Nicolás Sagredo diseñó para la portada de Alquimia. Impresa sobre esas dos fotos que se superponen, y con el propósito de crear el efecto de que se las observa desde una ventanilla, asoman las hojas de un arbusto, que se inclinan levemente hacia abajo pero que al mismo tiempo permanecen suspendidas en el paisaje. Parece ser un jazmincito de monte, cuyas hojas dan la impresión de armar entre sí una coreografía poco ensayada, pero que sin embargo forma, como diría Lucrecio sobre los átomos, rondas de figuras que se desvían del camino multiplicándose en todas las direcciones. Este detalle es muy relevante, porque observado de cierta manera anticipa el estilo del libro. Lo voy a explicar medio heideggerianamente, ya que en el pasado yo fui un estudioso de este filósofo tan alemán. Como es una planta, se desarrolla en una forma no-finita, porque cualquiera sean sus dimensiones tiene por delante una totalidad dentro de la cual puede alzarse, descender o ramificarse, pero sin salirse de esa totalidad, porque es una planta y las plantas tienen raíces. Entonces esas hojas temblorosas y desprovistas de nombres que las distingan resumen la actitud del ensayo, que a lo largo de sus páginas cambia los muebles de lugar y arma vínculos impensados entre las cosas con párrafos que les extraen sus rumores y sus murmullos sin forzarlas, solo a través del roce. Estructuras que estallan y sedimentos que vuelven a juntarse de otra manera a través de pequeñas historias truncadas que apelan a elipsis, desvíos, encuentros y desencuentros que no figuran en un plan de escritura. Esto le permite a Macarena colar de contrabando teorías que brotan con toda naturalidad del tronco común de una escritura que va por delante de ella. Personalmente, son las teorías que más prefiero, no porque las prefiera en sí mismas, porque yo suscriba cada una de esas teorías, sino por la elegancia silenciosa con la que se desprenden de un forma particular de escribir. Si este ensayo es precioso, es porque no sacrifica la escritura en el imperativo de comunicar el estado de las cosas, más bien cambia de lugar las palabras para que las cosas sean distintas. Sabemos que si son siempre las mismas, que si una mesa, una cama, una puerta, un cigarrillo en la boca, un televisor encendido, un libro muerto de pena son siempre lo mismo, el hecho de nunca olvidarlos, como diría Borges, podría volvernos locos. Así que escribir es también ponerse a olvidar, hasta que de a poco, muy lentamente, van desapareciendo de la cama, de la cocina, de las sábanas y de la mesa, las huellas de una historia con la que un día habíamos pensado que íbamos a ser felices. Si todo empieza y todo tiene un final, hay que pensar que la tristeza también, como si un peso empezara a ceder. ¿Cómo termina esa canción? Diciendo se va, se va, se va… se fue.
- Siete postales al alcance oído y una fotografía familiar por el cumpleaños de Elizabeth Altino Texeira
A Cecilia Vásquez Mascareño, in memoriam Elizabeth Altino Teixeira, la primera mujer en liderar una organización campesina en el nordeste de Brasil a comienzos de los sesenta, fue celebrada con un sinfín de panegíricos, homenajes y muestras artísticas por su cumpleaños. Centenaria entrega por la justicia social, destacada tanto por dirigentes del Movimiento Sin Tierra en Brasil o líderes de organizaciones feministas, como por ex ministros. Con todo, no es posible abarcar el siglo encarnado en su vida. Acostumbrada a la muerte trágica que sufren las protagonistas femeninas de la literatura occidental al final de relatos, obras de teatro o films, nuestra credulidad nos hace caer en el pudor cuando intentamos relatarla. Pocas luces podrían entregarse sobre su trayectoria, extensa no por su longevidad, sino por no extinguir sus encendidas palabras aun ante el diccionario de atrocidades, violencias y violaciones con la que intentaron acallarlas. Su voz sólo comenzó a menguar a partir del 2020, cuando su memoria prodigiosa sufrió los embates de la vejez como efecto de la pandemia. Ya no podía pedírsele más. Además de su activismo comprometido, entre otros testimonios vivos, nos ha legado su historia en los documentales Cabra marcado para morrer y La familia de Elizabeth Teixeira de Eduardo Coutinho, o en ese hermoso libro Elizabeth Teixeira: A mulher da terra, donde Ayala A. Rosha recupera su propio relato oral. Puede que estos últimos años la lucidez de Elizabeth Altino Teixeira no sea la de estos testimonios, pero poco importa: su vida, como diría Pedro Lemebel, ya se ha convertido en un río arterial por donde fluyen las luchas de los campesinos de Brasil, y el pasado y el futuro son un presente que carcome los andamios de la pirámide neoliberal. Para chilenos y chilenas -quizá para cualquiera-, es imposible entrar a ese río sin mancharse. Y por supuesto, no será la caipirinha que tomamos mientras decidimos si gastar 5 reales en un imán de María Bonita o una postal de J. Borges, el último día de nuestro pack turístico en Recife o João Pesoa, la que nos manche la guayabera recién comprada cuando escuchemos su historia. Escuchemos, si les parece entonces, estas postales de Elizabeth, claro que ella no responderá, si salimos echando sangre por boca y narices. El sabor de la desobediencia El 13 de febrero de 1925 no lanzaron fuegos artificiales en la pequeña hacienda donde nació Elizabeth Altino Teixeira. La tradición patriarcal indicaba que el nacimiento del primogénito varón debía ser celebrado de esa forma por la familia. Elizabeth, como sería la dinámica de allí en adelante, no atendería a las expectativas de su padre. Él le prohibiría continuar la escuela después de segundo grado: treinta años más tarde, esa misma niña le enseñaría a leer y escribir a campesinos y campesinas analfabetos. Él, pequeño pero arribista propietario de una plantación y un almacén, le diría sobre sus propios trabajadores “los negros de la puerta hacia afuera”: la niña Elizabeth desobedecería esa orden y conocería en sus correrías las diferencias entre su hogar, que tenía mínimas condiciones dignas, y esas otras casuchas donde no había ninguna. Él la encerraría cuando descubriera su idilio con un campesino sin tierras que, para más remate, era afrodescendiente y tenía ideas sindicalistas: Elizabeth se escaparía y casaría con ese hombre, llamado João Pedro Teixeira, y lo apoyaría cuando fundó la primera Asociación de Labradores y Trabajadores Agrícolas de Sapé, en el estado de Paraíba, más conocida coloquialmente como Liga Camponesa . Él, cuando João Pedro ya fuera asesinado a traición por policías y latifundistas que se oponían a su defensa de los derechos del pueblo campesino, intentaría obligarla para que declarara que su esposo había sido asesinado por ladrones: Elizabeth le gritaría en su cara que, desde ese momento, tomaban caminos separados y continuaría la lucha que João Pedro había emprendido porque no podía encubrir a sus asesinos. Hoy, cien años después, nadie recuerda el nombre de él y fue Elizabeth la primera en tachar al patriarca de su historia: “olvidé todo lo que mi padre me había prohibido. Parece que la desobediencia tuvo para mí un sabor especial”. Ese sabor especial de la desobediencia nos pegado en nuestro paladar cada vez que comprendemos la consciencia de sus olvidos desobedientes, otra forma de validar nuestra memoria ante silencios impuestos. Y como ya nos hiciera dudar Yosef Hayan Yerushalmi, ¿será posible que el antónimo de olvido no sea memoria sino justicia ? Una apóstol-mártir llamada Marta A mediados de los ochenta, en ese horroroso Chile de la dictadura del que aún no logramos salir, quizá algún compatriota logró sortear la censura y pudo ver el retrato de Elizabeth en el documental Cabra marcado para morrer . En el año 1964, Eduardo Coutinho convenció a Elizabeth para filmar la vida y el asesinato de su esposo, teniéndola como protagonista junto a otros campesinos rurales. La idea original era filmar en la propia casa de la familia Teixeira, con campesinos de Sapé. La indiscriminada represión a los movimientos campesinos ese año, sin embargo, obligó a trasladar las grabaciones a Engenho do Galileia, en las afueras de Vitória de Santo Antão, estado de Pernambuco. Coutinho sólo alcanzó a grabar un 40% del guión original. El 31 de marzo el gobierno democrático del presidente João Goulart fue derrocado y comenzó esa posta de sátrapas que caracterizaría a la dictadura brasileña hasta 1985. De la grabación original, sólo se salvó una parte de chiripa: pocos días antes del derrocamiento de Goulart, los rollos originales se habían enviado a Río de Janeiro para su edición. Cuando se enteraron de la caída de Goulart, el equipo decidió escapar de tres en tres desde los cerros de Engenho do Galileia hasta Recife. Apóstoles de la nueva peste subversiva que perseguirían los militares -discurso que también chilenos y chilenos debieron aprenderse y repetir de memoria más tarde-, los integrantes del equipo que decidieron descansar en Vitória de Santo Antão fueron detenidos, pero fueron los campesinos de la plantación quienes recibieron el peor ensañamiento de parte de los militares. Elizabeth, luego de entregarse y pasar meses en prisión, debió escapar de Sapé, ocultar su identidad y dejar a nueve de sus diez hijos al cuidado de su familia. Eligió el nombre de Marta María da Costa porque le parecía un nombre de mártir, aunque su confianza en el movimiento campesino le hizo creer que la dictadura brasileña y su ocultamiento durarían poco. Sin embargo, como en La Batalla de Chile , pasarían muchos años antes de que pudiera regresar con sus hijos, así como para que el proyecto de Coutinho continuara y viera la luz. Diecisiete años después, el director aprovecharía el mismo día del reencuentro de Elizabeth con dos de sus hijos para retomar Cabra marcada para morrer . La idea original fue transformada en un documental a partir del material rescatado de 1964 y el destino de sus protagonistas en 1981. Elizabeth no intuyó entonces que el regreso de Coutinho, a la vez, le significaría el retorno a su apostolado. La respuesta detrás de la ventana Hoy en Youtube, cuando se supera la publicidad y el hostigamiento de reels de youtubers abierta o veladamente neofascistas, aún es posible ver en Cabra marcada para morrer el primer plano de Elizabeth recuperado de 1964. Está en la ventana, en blanco y negro, y observa hacia un costado con la misma severidad con que enfrentó las cámaras el día del funeral de João Pedro en 1962: de negro, acompañada por seis de sus hijos -y luego por miles de campesinos-, esa severidad condenaba el crimen y ya presagiaba los discursos que de su boca brotarían a partir de ese momento. Los intentos de asesinato y amedrentamientos habían sido múltiples desde fines de los años cincuenta en contra del líder campesino. João Pedro preveía ese final ineludible ante la impune violencia de los latifundistas, coludidos con la policía, fuerzas armadas y poderes del Estado. Un día Elizabeth lo sorprendió ensimismado y cabizbajo escribiendo con una vara en la tierra. Su esposo, entre las lágrimas y el humo de su cigarrillo, le dijo: “escucho la finca y tengo la certeza de la tragedia, sólo ignoro qué día ocurrirá. Esta vez no escaparé. Y sé que me asesinarán a traición porque ellos saben que de frente no moriré solo. Prométeme que asumirás la lucha en mi lugar”. Durante semanas João Pedro le solicitaría esa promesa sin obtener una respuesta de Elizabeth. El día del asesinato, ante su cuerpo baleado, y luego ante los miles que la acompañaron durante su entierro, finalmente, ella le contestó a su esposo: “Continuaré la lucha en tu lugar. Continuaré todo tu trabajo. Esa será nuestra respuesta al latifundio. Asumo la lucha para lo que queda de mi vida. No temo más nada, porque lo peor ya pasó”. En 1964, detrás de la ventana de Elizabeth grabada por Coutinho, de alguna forma intuimos que lo peor aún no había pasado, pero también que ella continuaría allí, observando con la misma clase de severidad con la que enmascara la verdadera razón de su lucha: el amor. Una raíz o un grano de locura Elizabeth ya está en São Rafael, Río Grande Do Norte, a mediados de los sesenta tras haber escapado de los militares. Vive allí acompañada sólo por uno de sus hijos, quien ha sido rechazado por su familia por tener el mismo rostro “travieso” de su padre a los seis años. Trabaja cosechando papas o lavando ropa a las orillas de las cálidas aguas del río, razón por la cual comienzan a caérsele, de una en una, sus uñas. Después de la época de cosecha, Elizabeth pasa meses sin trabajo estable, y con su hijo comienzan a tener dificultades para alimentarse. Un día no encuentra comida con qué regresar a casa y, avergonzada y vencida, toma una decisión que una persona más sensata hubiera tomado años atrás si hubiese vivido tan sólo una de las vejaciones experimentadas por ella. Sus fuerzas apenas le alcanzan para atar una cuerda a la rama de un árbol y encaramarse a la roca debajo. Cuando acomoda la cuerda a su cuello, siente un aroma dulce sobre su cabeza. Arriba, parada sobre la rama, ve a una mujer descalza y vestida de azul. Son cerca de las seis de la tarde y el sol y el calor y el hambre abrillantan su figura. La mujer tiene un niño en sus brazos. Elizabeth escucha, alarmada, fuera de ese cuadro un sollozo sin saber su procedencia. No le reza a la aparición ni teme que sea una alucinación -años más tarde, tampoco se quemaría por una u otra opción al relatarlo- y regresa junto a su hijo, a la misma casucha donde años más tarde recibirían a dos de sus hijos perdidos y Eduardo Countinho. Por la misma época de este reencuentro, Gilles Deleuze afirmaba que sólo podíamos amar cuando encontrábamos o pillábamos ese punto de desborde en una persona. Nuestro verdadero encanto, enfatizaba el filósofo francés, residía en esa acera donde ya no sabemos muy bien dónde estábamos, raíz o grano de locura por donde se escapaba nuestra irracionalidad. Si los otros eran incapaces de captar entonces esa raíz o grano de locura en alguien, no podíamos ser amados . En la era de la positividad exacerbada, donde cualquier manifestación de negatividad individual o colectiva implica tanto la pérdida de visualización a través de likes como caer bajo la vacía carátula de hater , pienso si ese amor no es también una forma de reconocer a otro, sobre todo, si tenemos el privilegio de acceder a ese grano o raíz donde se desborda todo aquello que el discurso oficial, conscientemente, pone debajo de la alfombra. Por eso, no es la trampa del milagro o la alucinación la que nos desborda en esta última imagen de Elizabeth. El desborde es la pérdida de ese instinto vigoroso que para Nietzsche es preciso para advertir cuándo es necesario ver las cosas históricamente y cuándo no históricamente, ya que para el filósofo alemán ambos sentidos eran igualmente necesarios para la salud individual o colectiva de una civilización. Podemos amar a Elizabeth porque nos permite comprender aquello que decía Yosef Hayan Yerushalmi en su ensayo Reflexiones sobre el olvido: “ un pueblo olvida cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando ésta rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo a su vez, lo que viene a ser lo mismo. La ruptura en la transmisión puede producirse bruscamente o al término de un proceso de erosión que ha abarcado varias generaciones”. Elizabeth se rebela a la erosión de los sentidos histórico y no histórico. ¿Milagro desbordante? ¿Alucinación sin bordes? No importa tanto esas preguntas como cuestionarnos, hoy, sobre cuáles fueron los artefactos con que se fue dilapidando el relato de nuestras luchas en Iberoamérica, ni si somos responsables en parte de ese silencio con nuestra pasividad ante sus grietas. ¿Vivimos un falso milagro de la Historia o una cómplice alucinación de la memoria? Nunca tendremos total claridad para responderlo, pero si una civilización jamás puede olvidar lo que antes no recibió , tampoco puede desembarazarse de testimonios como los de Elizabeth. Este año ha sido su cumpleaños, pero el privilegio es nuestro: ella nos ha enseñado a amar nuestra memoria por sobre la Historia. En esto que llamamos democracia, esta hambre aún existe Los medios adscritos a la dictadura habían dado a Elizabeth por muerta y su familia había creído en ese discurso oficial ante su silencio. El documental Cabra marcada para morrer es rico en momentos melodramáticos, centrados en la resurrección milagrosa de la líder campesina, pero mezquino en exhibir la fortaleza de su protagonista (30 años después, en parte, Coutinho intentaría redimirse con su documental A Família de Elizabeth Teixeira ). En uno de ellos, una mujer que hasta hacía un par de semanas había sido conocida como Marta y no había podido comunicarse con sus nueve hijos vivos durante diecisiete años, recibe de sus vecinas elogios en silencio y con los ojos llorosos. Sabemos por el relato oral que Elizabeth dio Ayala A. Rosha, que ella no era una mujer de lágrima fácil. Insiste tanto en que se guardó las lágrimas en medio de la violencia que sufrió en los 60’s que podríamos hasta dudarlo, si no se hubieran salvado algunas de sus fotografías para atestiguarlo. Pese a estas y otras tomas lacrimógenas en el documental, Coutinho no logra imponer su retrato sobre ella. Cabra marcada para morrer acaba con Elizabeth en 1981, en la puerta de su casa de Sao Rafael. Mientras se despide del documentalista, insistentemente, se disculpa por estar emocionada durante las grabaciones. La despedida se alarga y Coutinho, ya sentado en su vehículo, parece querer darle largas, pero tras sus disculpas, vienen las palabras que Elizabeth no había podido aún encajar. Como una ironía propia de su historia, el audio “oficial” se pierde y sólo se escucha su voz a través de la cámara secundaria: “La lucha no para. Las mismas necesidades de 1964 están plantadas en nosotros. No se han movido ni un milímetro. Son las mismas necesidades las del obrero, el campesino, el estudiante. Salarios de miseria para pasar hambre. ¿Quién no lucharía por algo mejor? Quien tenga una buena vida, puede quedarse fuera. He sufrido y luchado y me atrevo a decir que el sistema debe cambiar. Nosotros debemos luchar fuerte. En esto que llamamos democracia, esta hambre aún existe”. Coutinho se despide con su mano y las últimas palabras de Elizabeth, para quienes somos espectadores, no se escuchan. El relator en off se limita a indicar que para esas fechas, sólo se había reencontrado con dos de sus nueve hijos, pero en la cámara aún vibran más las palabras de Elizabeth. Durante las décadas siguientes, ella se encargaría una y otra vez de testimoniar esa hambre aún latente, del mismo modo que lo hiciera a principios de los sesenta. Y no se piense que sobrevivir, para una mujer activista, ha sido una tarea fácil con la llegada de lo que Elizabeth catalogó como democracia por decretos . De acuerdo a datos sobre el conflicto en el campo brasileño, elaborados por la Comisión Pastoral de la Tierra, entre 2011 y 2020 se registraron 77 tentativas y 37 asesinatos a de mujeres por conflictos territoriales y ambientales, sin contar agresiones, amenazas, violaciones y otros delitos de violencia contra las mujeres. Acostumbrados a ser el mejor país de Chile, chilenos y chilenas miramos por sobre el hombro esta realidad brasileña, aunque el retrato de Chuñil Catricura lleve meses circulando por nuestras calles y redes sociales sin que tengamos aún respuesta sobre su paradero. La caipirinha, otra vez, se nos derrama encima. ¿Por qué llora ese niño? Bajo el liderazgo de Elizabeth Altino Teixeira, la Liga Camponesa de Sapé duplicaría sus miembros y expandiría sus preocupaciones a otras formas de lucha, como la alfabetización y autoformación campesina y la intensificación del enrolamiento de las mujeres. Su liderazgo incluso la llevó a candidatearse a diputada federal, aunque no saldría electa. Era respetada y reconocida por sus discursos, en un mundo campesino caracterizado por liderazgos masculinos. Los latifundistas que se había coludido para matar a su esposo jibarizaban su trabajo públicamente -“mujer loca, mujer desvergonzada, avergüénzate, déjate de andar con ese montón de machos. Tu lugar es la casa, cuidando de tus hijos y tus cosas, no andar revolviendo el gallinero con tus ideas rebeldes”, la imprecaba uno de ellos-, y llegaron a ofrecer una recompensa por cortarle la lengua. La resistencia de Elizabeth tendría un costo carísimo. Sufrió constantes apresamientos, hostigamientos y violencia, tanto de policías como opositores a las Ligas Camponesa s (entre ellos, su padre). Uno de sus hijos, de once años, terminó con graves secuelas tras recibir una bala en su cabeza sólo por decirle a otros niños que vengaría la muerte de su padre. Su hija mayor, de diecisiete años, agobiada por la muerte de su padre, los constantes encarcelamientos de su madre y el hostigamiento en su propia casa, se suicidó con veneno. Los latifundistas blindarían al principal y comprobado instigador del asesinato de João Pedro: como era el quinto reemplazante en la Cámara Federal de Paraíba, un diputado y sus cuatro reemplazantes renunciarían a su cargo para otorgarle inmunidad parlamentaria. Los asesinos de su esposo, aunque condenados por su participación en los hechos, serían liberados durante el primer año de la dictadura de Castelo Branco. Durante su liderazgo de la Liga Camponesa de Sapé , policías y otros opositores a la organización campesina, solían esperarla fuera de su casa y, cuando llegaba sola, le hacían pasar por una doble fila donde el grito de “puta” era lo más bajo que le gritaban. Esta misma calaña de valientes machos esperaban la noche para golpear insistentemente las puertas y ventanas o disparar hacia su casa para amedrentarla. Elizabeth, viuda con nueve pequeños, solía colocar a sus hijos e hijas alrededor de la mesa del comedor y les hacía cantar un coco para calmarlos: E olha o coco está bilu bilu bilu ooo lele / E olha o coco está bilu bilu bá / coco está bilu bilu bá. / Minha senhora, de qué chora este menino? / Chora de barriga cheia / com vontade de mamar . Los cocos son canciones tradicionales de la cultura afroindígena brasileña y en pocos versos cantan las problemáticas de esos márgenes. Entre el ruido y el maltrato, más consciente que sus mismos acosadores, Elizabeth calmaba a su precoz familia con una canción que reflejaba de forma irónica la actitud del latifundista que, aún con el estómago lleno, llora insatisfecho y quiere seguir mamando leche. La actual Presidenta del Memorial das Ligas e Lutas Camponesas (MLLC) , Alane Lima, señala que la mayor violación a los derechos humanos para un campesino sin tierra es la de no contar con condiciones mínimas para garantizar una alimentación básica a su familia. Minha senhora de qué chora este menino? / Chora de barriga cheia / com vontade de mamar, siguen cantando en Sapé y otros lugares de Brasil mujeres como Elizabeth o Alane, aunque las represalias por su consciencia puedan ser las mismas que en los sesenta. Una revolución al alcance del oído La casa donde Elizabeth Altino Teixeira y João Pedro formaron su familia, fundaron y lideraron una de las organizaciones campesinas más grandes de Brasil y sufrieron la violencia de sus detractores, se ha transformado en el Memorial das Ligas e Lutas Camponesas . El acceso desde João Pessoa, la capital del estado de Paraíba, incluso hasta hoy es difícil y a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta era aún más complejo. Cuando se recorren esas tierras agrestes, resulta difícil dimensionar cómo por aquella época lograron organizarse más de veinte mil campesinos. De acuerdo al relato de Elizabeth, la mayor parte de la difusión se realizaba de boca en boca, por tanto, su radio de acción era hasta donde alcanzaba el oído . Agrupados junto a otros campesinos, João Pedro y Elizabeth caminaron o pedalearon kilómetros y kilómetros para hacer valer los pocos derechos que tenían los campesinos por aquellos tiempos. Tanto Joao Pedro como Elizabeth fueron devotos cristianos y tomaron elementos de esa religión en sus discursos. No es de extrañar que durante esos tiempos estaban cumpliendo las profecías antes escuchadas: “ vienen días en que mandaré hambre sobre la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino el hambre y la sed de la Palabra” . Uno logra dimensionar esa hambre y sed por la palabra gracias a Elizabeth, como cuando relata y describe cómo campesinos analfabetos le escuchaban leer noticias en diarios no oficialistas. Sin embargo, tal como ella misma señala, ha sido el hambre la principal motivación de los movimientos rurales y campesinos en Brasil. Contemplar la mísera alimentación que el padre de Elizabeth le daba a sus trabajadores, gatilló en João Pedro el deseo final de organizar al campesinado de Sapé; y más tarde, a fines de los ochenta, uno de los hijos de Elizabeth volvería a formar una organización de trabajadores rurales en Sapé después de observar cómo un lactante moría en los brazos de su madre a causa de la inanición. La cara opuesta a esta hambre eran los castigos recibidos de parte de los latifundistas por cuestionarla u organizarse para sobrellevarla en comunidad. Uno de los más comunes ejercidos sobre los inquilinos rebeldes era llamada Lengua de buey . El campesino era desnudado y embadurnado en miel antes de dejarlo amarrado en medio de una manada de bueyes o vacas. Los animales despellejaban vivo al castigado con su lengua, que con sus gritos además prevenían el destino de otros que tomaran iniciativas similares. Para el latifundista, era más barato gastar un par de kilos de miel antes que mejorar la alimentación o el pago de sus inquilinos. Durante la organización campesina de los sesenta, se revirtieron simbólicamente este tipo de castigos barbáricos. A los latifundistas o esbirros pagados se les colgaba un cencerro para identificarlos, y este terminaría siendo un símbolo en el nordeste brasileño. Exceso de la época o no, Elizabeth señala no arrepentirse de haberlo cometido ante personas que no tenían reparos en aplicar la lengua de buey a un campesino por robar y chupetear una caña de azúcar que les permitiera aguantar el hambre durante el día. Nuestra cultura audiovisual hoy tendería a pornografiar un castigo como la lengua de buey antes que a detenerse en todo el simbolismo de su opuesto campesino. Quizá eso nos impide también darle una voz a ese tipo de “marcas” condenatorias, tan distintas a las marcas que en vida recibieron Joao Pedro, Elizabeth y otros sindicalistas campesinos. ¿La inmediatez y falsa creencia de cercanía a través de las redes sociales nos han dañado hasta el punto de convertirnos en una masa irreal que no es capaz de construir con un otro ? ¿Será la apuesta más simple y, de la mano de las experiencias de Elizabeth, debamos limitar nuestra organización y nuestro discurso al alcance del oído antes que buscar likes , seguidores o detenernos a invalidar fake news ? Aplique o no resolver estas preguntas a gestos micropolíticos, después de cien años, ya no será tarea de Elizabeth Altino Teixeira preguntarse por el camino para construir nuestras redes de boca en boca, o de postal en postal. Una fotografía familiar del reino de Chile: el damasco en la balanza El latifundio en Chile, como en Brasil, fue un reino donde el patrón imponía precarias condiciones laborales y déspotas decisiones sobre sus inquilinos. No sólo era un reino rígido, autoritario y paternalista, sino también improductivo: muchas de las tierras cultivables no eran aprovechadas a razón del mero acaparamiento. La consigna por ello fue la misma que en Brasil: la tierra para quien la trabaja . La Historia de Chile indica que, a nivel de política oficial, fue durante los gobiernos radicales cuando se manifestó por primera vez la necesidad de implementar una reforma agraria. Inclusión programática, pero radical el incumplimiento de la promesa. ¿La excusa? Priorizar la industrialización del país. Industrialización que, como se sabe, fue desmembrada con las políticas neoliberales de los setenta y ochenta de la dictadura. El mundo campesino y rural tuvo que esperar hasta 1962 para ver materializado un primer atisbo de reforma agraria. Llevada a cabo por el presidente liberal Jorge Alessandri y apoyada por los norteamericanos, fue tildada como “Reforma del Macetero”, entre otras razones, por no atender dos necesidades vitales: la expropiación de los grandes terrenos latifundistas para evitar la acumulación de tierras y el derecho, por ley, a una real sindicalización campesina. Como respuesta, en 1967 durante el mandato de Eduardo Frei Montalva, fueron promulgadas las leyes N°16.640 y N°16.625, que atendieron a todo ese campo que cultivaba la tierra fuera del macetero. Si bien gracias a estas herramientas legales durante el gobierno del demócrata cristiano se expropiaron más de 3 millones de hectáreas y se organizaron cientos de sindicatos, fue la aplicación e interpretación llevada a cabo por Salvador Allende la que masificó la reforma: casi se triplicaron los predios expropiados pasados a manos de organizaciones campesinas. El sitio oficial Memoria Chilena indica que, con la aplicación de la Reforma Agraria llevada a cabo por el Gobierno de Salvador Allende, “el viejo orden latifundista que había prevalecido por más de 400 años había llegado a su fin”. Existen informes y reportajes que documentan cómo este fin, en verdad, durante la dictadura fue revertido a través de triquiñuelas y vacíos legales, hasta el punto de que muchas de estas organizaciones acabaron cediendo sus terrenos a privados o, peor, los mismos militares. CIPER, por ejemplo, a través de la Ley de Transparencia e Informes de la Universidad Arcis solicitados por la presidencia de Ricardo Lagos, documentó cómo 18 predios afectados a la Reforma Agraria terminaron en manos del Ejército entre 1975 y 1993. Las tendencias negacionistas actuales señalarían que este tipo de informes o reportajes son financiados por Mao Tse-Tung, transformado en cyborg por los chinos, o el espíritu de Salvador Allende que orienta al Partido Comunista a través de una ouija regalada por Rasputín. Allá ellos con sus terrores. En mi caso, me basta una fotografía familiar. Mi abuelo materno tuvo doce hijos en la Hacienda Carén de San Francisco Mostazal, en la VI región. Los terrenos de la hacienda quedan hacia la cordillera y se extienden hasta el límite con Argentina. Perteneció hasta hace menos de una década a Alfonso Márquez de la Plata. Ex Presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, de férrea oposición a la reforma agraria de los sesenta, fue durante la dictadura tanto Ministro de Agricultura como de Trabajo y Previsión Social. En la democracia taquillera de los noventa, tuvo múltiples e importantes cargos ad hoc a la transición pactada (barata o baratita, dependiendo de la mirada), sin embargo, la guinda de su torta para una sola persona fue una chochería septuagenaria. Fundó, nombrándola con el apodo de una de sus nietas, una editorial que hasta hoy publica, entre otras verdades históricas que no pasarían el fastcheking más simple, textos donde se glorifica y victimiza a comprobados torturadores y violadores de Derechos Humanos durante la dictadura. Luego de la muerte del patriarca de la familia, los herederos de Márquez de la Plata vendieron la Hacienda Carén a la familia Pérez Cruz. Esta última familia ha sido señalada por Tamara Carrasco, historiadora e investigadora de la reforma agraria, como “cómplice pasiva” en la desaparición durante 1973 de Francisco Calderón Nilo y Víctor Zamorano González, dos jóvenes campesinos que vivían y trabajaban en el fundo Liguay propiedad de los Pérez Cruz. -¡Maldito espíritu de Lev Davídovich Trotski, suéltame de una vez!- La respuesta de mi familia es borrosa o contradictoria sobre cómo se vivió la Reforma Agraria en la Hacienda Carén. Sus trabajadores no fueron beneficiados con ella más de cincuenta años atrás y sus respuestas ante el por qué son ambivalentes dependiendo del grado de cercanía con el patrón (en esto, lamentablemente, algunos se parecen al padre de Elizabeth Altino Teixeira). ¿Tíos, con cargos administrativos de confianza, que convencieron a mi abuelo y otros trabajadores de que no era bueno adscribirse a la reforma? ¿Beneficios inigualables otorgados por los Márquez de la Plata? ¿Desorganización y desinformación de las familias campesinas? ¿Exclusión de la hacienda de los trabajadores que apoyaban los cambios? Cuando la hacienda fue vendida, gran parte de las familias, entre ellos algunos de mis tíos, debieron abandonarla. Recibieron una indemnización por sus años de servicio laboral, pero fue más engorrosa (digamos mejor, ninguna) la retribución por los terrenos de sus casas o las pequeñas granjas de autoabastecimiento aledañas. Como se sabe, en Chile los principales beneficiarios de la reforma agraria fueron inquilinos que, a pesar de habitar al interior de tierras patronales en una pseudo libertad durante generaciones, no poseían ningún derecho sobre la propiedad, aun cuando las hubieran construido y trabajado ellos mismos décadas. La última vez que hablé con mi madre sobre la reforma fue mientras intentaba escribir sobre Elizabeth Altino Teixeira. Otra vez, no supo explicarme razones, pero recordó una anécdota de su hermana menor por esos mismos años. Mi tía, con poco más de cinco años, entró a sacar un damasco en la casa patronal. La respuesta de los Márquez de la Plata fue justa con respecto a la altura del delito: dispararle con una escopeta para amedrentarla. Mi tía, rata de campo, logró escabullirse sin magulladuras. El fantasma de Vladimir Ilich Lenin deja en paz mis oídos y por fin dudo de la fotografía familiar: quizá no hubo una ruin mezquindad de parte del patrón, sino que todo fue culpa de mi tía por tener la misma cara traviesa que suelen tener los hijos e hijas de los João Pedro y las Elizabeth Altino Teixeira. Quizá el poeta Vicente Huidobro, bisabuelo de Alfonso Márquez de la Plata, haya vislumbrado una explicación mejor cuando exclamaba sobre los patrones de fundo chilenos “¡pobre país; hermosa rapiña para los fuertes!” o “a la chuña, señores, corred todos, que todavía quedan migajas sobre la mesa”. El bisabuelo Huidobro -discúlpenme los Márquez de la Plata si acojo en mi familia al autoexiliado de su familia- también decía que la justicia de Chile nos haría reír, si no nos hiciera llorar, porque lleva en un platillo de su balanza la verdad y, en el otro, un queso. ¿Y dónde estaba inclinada la balanza para el poeta? Del lado del queso, por supuesto. Quizá, en el caso de mi familia y otras tantas no sólo campesinas, en la balanza haya un damasco, podrido desde los albores de este fundo que aún se piensa y cree país. Quizá por eso me pese tanto la historia de Elizabeth Altino Texeira. ¿Un resentido? No, sólo una Adán más que ha aprendido de mujeres como Elizabeth que, si vivimos en las fotocopias felices del edén latinoamericano, no cualquier fruto saciará nuestra hambre. Ignacio Andrés Garay (Limache, 3 de marzo de 1985). No tiene estudios universitarios finalizados y ha desempeñado diversas labores: agricultor de nopales, barman en un barco fluvial, locutor radial amateur, monitor en colonias de verano para niños, picador de cebolla en una fábrica de masas y empanadas, envasador de comida para perros, guía turístico, fotocopiador de pruebas estandarizadas PISA, auxiliar docente de reemplazo en enseñanza secundaria, profesor voluntario de español para refugiadas del África Subsahariana, tallerista de un centro creativo para adolescentes y cuidador de bicicletas en la Furia del Libro. No ha recibido premios ni reconocimientos, salvo diplomas a peor compañero en el colegio. Actualmente prepara la traducción de la antología Miró ate agora, del poeta pernambucano Miró da Muribeca al español.
- Leo Pez, un familiar "bicho sin dueño"
Ya lo habrán adivinado. Soy pariente de Leo, precisamente hermano y mayor… podría decir que lo conozco desde que nació sin faltar a la verdad. Por eso sumergirme en su libro Bicho sin dueño (Lubieta, 2024), además de ser muy placentero, me hace revivir historias y anécdotas relacionadas al cardumen familiar, y más allá en el árbol genealógico, reencontrar un sinfín de pintorescos allegados. El poemario recoge paisajes de nuestra región: la ciudad de Santa Fe, Alto Verde, Colastiné, Santo Tomé y Sauce Viejo. También se cuela Reconquista como herencia familiar paterna. Nuestro lenguaje, nuestras costumbres y nuestra flora y fauna, se deslizan a lo largo de todas las historias. Porrón, sábalo, los tablones del Centenario, el faso-porro-caño, el barrio El Pozo, el Puente Palito, la C Verde, la ruta 11 y El Chaparral. No faltan los tucu-tucu, los roedores subterráneos, no el legendario conjunto folclórico de Tucumán. Y el túnel subfluvial que une las provincias de Santa Fe y Paraná. Es santafesinidad en cada página, podría decir: santafesinidad ¿al palo? El sol se va estirando, lento, sobre la ruta 11. Por la ventanilla veo un avión que despega de la pista del aeropuerto entre viviendas, depósitos, boliches y moteles. [Interurbano a Sauce Viejo] Caen paltas en el campo de mis padres: como misiles teledirigidos tocan el tambor de Colastiné los tucu tucu se hacen chichones con el boyero subterráneo. [Gostaun] Aunque esté teñido de su-nuestra- historia familiar, sería injusto describir Bicho sin dueño solo como una obra autobiográfica. Ejemplos emotivos son El octogonal del ‘95 (y ese glorioso ascenso de Colón luego de catorce años de penurias en la B), El Chaparral no es lo que se dice una canchita, con los fulbitos siesteros frente a la casona de Don Cocho en Santo Tomé. Reconquista , desde la muerte del abuelo Juan hasta los carnavales y las fiestas findeañeras en aquellos pagos norteños paternos. O ¿Todo bien, Pez? , un texto sobre la mudanza definitiva a Barrio Candioti-Sargento Cabral, rodeado de albañiles con sus “porsupuestos”, sus casas destartaladas llamadas pocilgas y frentes grafiteados. Seis de la tarde en Alto Verde recién Tres pibes juegan solos en el Puente Palito Una colonia de hormigas levanta defensas [Cum ban cha] La gente salta en el colchón de tablones del Centenario ¿resistirán? Algún día capaz llegue a verlo ganar un título, tira uno Papá saca una naranja del bolsillo, “quiere salir campeón”. [El octogonal del ‘95] Bicho sin dueño es un viaje por una literatura con tintes autobiográficos y poblado de entrañables historias y recuerdos familiares, un relato cruzado por una santafesinidad que lo distingue y nos identifica. El cierre ideal para graficar lo que uno siente al leerlo está en la cita musical de Estelares que abre el libro: “Feliz”.
- Tintinear, sudar, oxidar, sobre la obra Archivo Urbano
Estampado con objetos oxidados y tintes naturales sobre lino y algodón A un lado del camino, las franjas de tierra y polvo suelto, con pasto verde o ya amarillento; espacios demarcados, pero indeterminados, entre la vereda y la solera. De reojo, los omito. Son los flancos laterales que acompañan al cuerpo que camina y que en la progresión del movimiento se dejan atrás. Terrenos pedregosos y secos, microbasurales, con marañas de pelos que corren con el viento , y que coexisten con excrementos de animales y objetos perdidos o descartados. Entre las cosas tiradas, se distinguen restos de esqueletos de historia desconocida. Huesos o articulaciones de construcciones. Objetos de metal que cayeron en el olvido y han entrado en degradación. Alguna vez fueron parte de un cuerpo acoplado. Ahora forman columnas, estructuras en ruinas. Parecen los fósiles del Antropoceno. Camino atenta a los bordes . Los objetos se huelen, tintinean un ‘aquí’ a la mirada. Acudir a ellos ha marcado la atención de mi caminar recolector de los últimos meses. El pie forzado de cada recorrido singular: detectar metales para alimentar la obra, una producción de imágenes textiles que imanten la calle, que reciclen la ciudad, que traduzcan y transformen sus fragmentos en huellas. Una esencia del presente pasado. Hay algo en contravenir la frontera funcional, la de la ciudad; y el relato en llamas de la desconfianza y de lo ajeno. Encontrar(se) en la calle y resignificar sus capas. Traer objetos ajenos a casa y volverlos domésticos, cercanos. Me asomo: una coleccionista de huesos de metal. En la calle, una se vuelve otra. Cuando camino, la ciudad se torna membrana plástica que se abre a otras imaginaciones, a otros relatos, a otros tiempos montados; fusionados; escindidos. De pronto se cierra. Mi cuerpo carga esas inquietudes. La relación ya es casi indisoluble y marca los proyectos. Me inclino. La mano toca un objeto. A veces tomo un palo o escarbo en mi mochila buscando un papel sucio que se interponga en el contacto directo de piel con piel. Los recojo rápido, sólo por si alguien quisiera reclamarlos. No me quedo en la escena. Cada objeto abre pequeñas posibilidades. Sus formas ambiguas guardan el tiempo indeterminado, imposible y añejado de la calle. Un tiempo que nunca será de tal o de cual. Un tiempo. Tengo una herradura que encontré cerca de la cordillera. Indicio de alguna suerte. La rejilla, en una quebrada urbana. Unas varillas gruesas de construcción, cerca del aeródromo. Recogí algo que no sé cómo describir en La Granja. No queda en él ni un atisbo de su pasado funcional. Tomé unas escuadras pequeñas de las inmediaciones del Persa Biobío. Restos de construcciones, de obras, de máquinas; vestigios abandonados en el espacio de la calle. El último objeto recolectado parece que fue un quemador de un anafre. En otra vida. ¿En qué se transforman los objetos al ser recogidos? Su legado residual es persistente. Me pongo los guantes amarillos y despliego las telas, como superficies de contacto e impresión para las huellas de óxido que dejarán los objetos. En ellas van a sudar, secretar sus tiempos. El proceso sigue: la inmersión de los géneros en vinagre de uva blanca y rosada. Los empapo y así mojados arropan a los objetos buscando extraer su tinte de óxido, conjurándose el poder alquímico de transformar los fierros y los metales. El tiempo siendo tiempo. Un alambre de púas se cubre de un abrigo de lino que se ajusta con amarras japonesas. Cuando una regadora de aluminio se deshace deja pequeñas estrellas que se reparten en la superficie y que decido bañar con un tinte de palta. Los metales pasan por un ritual mortuorio, se momifican, se cubren de vendas y amarras. Tenso la pita con mis guantes amarillos. Objetos y telas amordazados. Pasan tres días, piel con piel, en una bañera. Un baño corrosivo. Quién sabe qué pasa en esos tres días en la oscuridad de la bolsa de plástico. Quién sabe qué pasa con el pliegue avinagrado y su cualidad acuosa, o en las zonas que se secan y endurecen. Tiempo de guarda y de espera en un movimiento particular. La vejez de las cosas se acelera. Hay un brotar de químicos, de olores y de tonos rojizos y terracotas. Las telas se dejan estampar por las superficies y curvas de los objetos ferrosos , pero también se revelan. El vinagre hace circular las partículas de óxido por las urdimbres y tramas más allá de los puntos de contacto. Las telas se pigmentan; embeben óxido, con o sin reservas. Hay un chorreo. Los resultados son siempre insospechados, azarosos. Con los guantes amarillos tiro de los hilos que aprietan los ataditos. Se abre el paquete. Aparecen las manchas exaltadas. Rojos, morados, tornasoles. Gris humo, el tinte resultante del líquido de palta. Sumerjo las telas en el mar de agua con sal que les he preparado. Cuelgo los pañitos de las varillas de mi colgador de ropa. Al sol; a la luna, cuando el cuarto es casi oscuro. Se ven tan domésticos. Los reúno y la ilusión de la incandescencia de la tela baja con el secado. Algunos objetos dejan una mancha desilusionante. Otros, infartan. La mirada desea hallar. Puntos de interés. Armar la composición con las huellas, las manchas. Imaginar unas líneas y a jugar con ojo y tacto para inventar un sudario, un volar de las hojas, unas máquinas, un hardware, unas burbujas, unas llamas de fuego. Un cadáver exquisito. Una composición en llamas, unas fibras que beben colores geológicos de arcilla. Tomo un paño grande y mal cortado que me sirve de primer lienzo. Sigo las huellas cobrizas y pruebo la unión con otros fragmentos, otras texturas, otros tonos de tela. Las configuraciones son infinitas y hay que lanzarse, fijar el trapito con un alfiler al lienzo y avanzar al ritmo del taca taca taca de la máquina de coser. La aguja gruesa a veces se estanca en las zonas más densas de óxido. La aguja que drilea también levanta un polvillo fino. Recorro los bordes de las manchas estampadas con las piernas largas de las tijeras. Corto los excedentes. Me muevo en paralelo al sendero pespuntado de la costura. Hilo-espacio-hilo. Hilo-espacio-hilo. Curva. Hilo-espacio. Paño a paño, alfileres al muro, la burbuja a nivel. Ya no me pertenecen. Son del blanco de esta página. Merodeo por las telas. Busco las pistas y los vestigios de este hacer, buceo con la mirada, encuentro las hilachas. La calle a lo lejos, desdoblada. Sólo palpo huellas; notas sobre un proceso que se acumuló en el cuerpo, que tintó los guantes y avejentó los fierros. Una oxidación que pervive en la tela, que agranda orificios, que se ramifica. Un micelio, percude las fibras. Escucho las pisadas. La calle, el cuerpo. Recuerdo. Paro. Sigo. Amarro. Fotografías de obra: Matilde Larraín, Claudio Mesa y Francisca Avilés