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A propósito de Charlie, Anto y otros gordos como yo


Acabo de ver The Whale. Me animé a verla por la controversia que generó una influencer que criticó a Brendan Fraser y el casting de la película, por no darle el protagónico a un obeso mórbido. Estas son mis reflexiones, de una persona obesa. Me vi durante dos horas en la tele.

Al contrario de Charlie (el protagonista), soy obeso desde los 5 años. Pero ambos nos fuimos a la mierda cuando murió el amor de nuestra vida. En mi caso, mi abuelo, que murió de un infarto mientras jugaba conmigo. Su cara de dolor no me la he podido sacar nunca más de la cabeza. Vive en mi corazón su gesto valiente, de profundo amor, al bajarme al suelo y dejarme a un lado para no aplastarme. Ese fue el último esfuerzo de su vida. Vi su cara en el rostro de Charlie, cada vez que se agitaba.

Desde ahí, mi vida nunca volvió a ser lo mismo. Con 4 años tuve que aprender que la gente muere, que existe el tiempo y se acaba, que no todas las ambulancias lo llevaban a él. Nadé en la soledad absoluta. Nunca he amado a alguien como lo amé a él. Tal como Charlie con Alan, su amante, quien lo liberó de una homosexualidad reprimida y supo lo que era el deseo con él. Sentirse amado y acompañado, el centro del universo: ¿cómo vivir después de llegar a un umbral de amor? Eso en cuanto a historia.

Ya en detalles más ¿técnicos? y sin ser experto, creo que la personificación y caracterización de Brendan Fraser fue espectacular. Hay una cara que él captó a la perfección, cuando le dicen que cuide su salud. Me vi en esa cara, cada vez que me insisten en ir a un doctor. Puede ser una perogrullada, pero la cantidad de veces en que la gente te da consejos es demencial. Y está bien: se preocupan por ti. Pero la cara que logra sacar da justo en el clavo con la expresión “si no muero hoy, será mañana: live and let die”.

Eso es la obesidad: un exilio de la vida en territorio propio. Uno renuncia a esa soberanía. Por los motivos que sea, declinamos hacernos cargo de nuestro cuerpo y su salud. Por eso me gustó también que nunca se mostrara el Charlie anterior, o una versión delgada. Yo no recuerdo lo que es sentir que no me pese el culo. Todo eso queda enterrado.

En cuanto apareció Ellie, la hija de Charlie, supe inmediatamente que era todo lo que él necesitaba: alguien que lo trate como basura, que lo confronte ante sus errores y actitud desidiosa, que le pregunte los por qué y cosas incómodas, que lo haga llorar. Yo también he tenido gente así. Y no hablo del profesor de educación física que me hacía test de resistencia para verme fracasar. No, esos son imbéciles. Hablo de gente que tiene una conexión emocional, que te quiere tanto, que hará todo lo posible por mostrarte otro camino. En mi caso, era una mujer bellísima, hermosa. Cuando me vio manchas en el cuerpo por la resistencia a la insulina me dijo que era un tarado. Cuando tuve mi primer ataque de cálculos renales, se enojó porque no me cuidaba.

Este tipo de gente ayuda, porque en estos casos, suelen haber muchas “Liz” (la “cuidadora” de Charlie), gente que te quiere y se resignó a que harás nada, entonces te ayudan a administrar el desastre. También son personas valiosas.

Efectivamente, Ellie lo salvó. Le entregó el único argumento para irse de este mundo sabiendo que hizo algo bueno, a pesar de haberla abandonado. La liberación siempre es violenta.

La verdad es que no pretendía dedicar palabras a Anto Larraín, porque creo que su crítica palidece ante una obra que muestra con respeto una tragedia social y humana. Pero me alegra mucho que todos hayan salido a tratarla como lo que es: una cuica aburrida con ganas de figurar. La gente como ella vivirá una derrota cultural gigante. Dos o tres veces más apoteósicas que la de los hippies y los punks. No habrá lugar en el mundo donde puedan ir a vender sus mierdas. Porque, a decir verdad: plantearte como una “activista gorda”, sabiendo que la obesidad arruina la vida y el destino de millones de personas diariamente, te hace una miserable. Y una vaga. Búscate un trabajo honesto.

No podemos dejar que algo tan grave pase a ser otra lucha identitaria más. A no perderse: creo que todos merecemos respeto por estar en el mundo y nadie debería sentirse apartado o excluido por el talle de su cuerpo. Pero yo no confío en ninguna lucha cultural e identitaria para solucionar un problema de salud pública. En ese caso, yo me quedo con la herramienta política: construyamos una solución en grande a este grave problema social.

Dicho esto: busca ayuda. Acude a un especialista. Destrúyete, revoluciónate, anda al fondo del problema y hazte cargo. Una y mil veces. Por mi parte, el sábado pasado me compré ropa deportiva. Parezco paté. En dos semanas compro la membresía al gimnasio. Voy a iniciar, una vez más, el camino de bajar de peso. Tengo 100 kilos de los que deshacerme. No quiero que mi cuerpo siga sufriendo.

Cuando terminé de ver la película, un fuego germinó en mi corazón. Te amo, Brendan Fraser.


Hugo Pérez

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