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Bifo Berardi: «El neoliberalismo es un software, es un programa informático»



Esta conversación viene del pasado, de un lejano 2021. El filósofo italiano había vivido en Bolonia la cuarentena a la que nos forzó el covid-19. Durante el encierro pensó en la dimensión tecnopolítica de la pandemia, también en Chile, en el estallido social y el proceso constitucional; y, más allá de nuestro país, en el neoliberalismo y la lucha por la felicidad aun o especialmente en medio de una posible extinción.




El filósofo italiano Franco «Bifo» Berardi (1949), tiene varias batallas en el cuerpo: su juventud como militante en el movimiento autonomista italiano, su exilio forzado en Francia, su formación con Deleuze y Guattari, su lucha en la creación de medios independientes, sus más de cincuenta libros que incluyen un manifiesto post futurista donde plantea la felicidad como elemento de resistencia y subversión. Hoy sigue.


«Desde el 2019, hemos asistido a algo que es enorme. En muchísimos lugares del planeta ha habido demostraciones, protestas y violencias. Conflictos muy diferentes entre ellos. Desde Hong Kong a Santiago, Barcelona, París, Inglaterra, La Paz, Quito. Si miramos el contenido o propuesta de esta explosión, es muy difícil encontrar un elemento de homogeneidad», responde Bifo al preguntarle si advierte algún denominador común en estos movimientos. «Yo diría francamente que no ha existido un elemento de homogeneidad, en términos de contenido. Es decir, políticamente, estratégicamente no hay un terreno común. Me parece que esta homogeneidad no se encuentra en los contenidos políticos, sino que en la condición física de los jóvenes, de los estudiantes, de los trabajadores precarizados, de los desempleados, pero esencialmente de los jóvenes».


Esta conversación ocurrió en 2021, cuando el proceso constitucional aún era una promesa y no un fracaso. Cuando el covid-19 ya había irrumpido. Bifo Berardi pasó la cuarentena encerrado en su departamento en Bologna, escribiendo y pensando sobre la dimensión política de la pandemia, sobre los cuerpos en convulsión alrededor del mundo y especialmente en Chile. En esos días, reconocía singularidades en la revuelta chilena: «La situación chilena es una respuesta a lo que fue el comienzo de la historia moderna neoliberal, es decir, el golpe de los asesinos pagados por los neoliberales norteamericanos, el golpe de Pinochet, la constitución de la dictadura, es decir, Chile es el lugar donde todo empieza, y en el 2019 me pareció que Chile puede ser el lugar donde se pasa a una fase nueva en la historia de la humanidad», dijo.


«Esa es la razón porque me ha parecido tan importante el carácter global de la convulsión, pero especialmente el carácter específico de la explosión chilena. Porque la explosión chilena tiene un carácter programático, que no tiene el Black Lives Matter de Estados Unidos, que no hay en la revuelta de Beirut. En Chile hay una absoluta claridad programática, yo no sé cómo terminará, no sé cómo será la Constitución, no sé cómo se hará la Constitución y el programa real en la vida cotidiana. Pero lo que yo sé, es que Chile es el lugar perfecto, hay conciencia de eso porque las millones de personas que se han manifestado en las calles de las ciudades chilenas tenían conciencia del carácter programático, esa la razón porque Chile me parece tan importante hoy».


Leídas desde 2023 esas palabras suenan a añoranza y hasta nostalgia. Pasó la pandemia, que sigue pero ya no importa; el pueblo rechazó el proyecto que redactó la Convención Constitucional; la izquierda gobierna en minoría y tiene que hablar más de seguridad y orden público que de reformas sociales. Parece que 2019 quedó lejos, así de acelerado está el tiempo. Quizás por eso, aquí y ahora, cuando suena a anacronismo, sea el momento de volver sobre esa lejanía reciente, sobre lo que se hablaba, porque la crisis no ha dejado de pasar y tal vez haya actualidad entrelíneas. Por ejemplo, en medio de aquellas palabras entusiastas de Bifo, hay unas que dicen mucho, puede que más ahora que antes: «Yo no sé cómo terminará, no sé cómo será la Constitución, no sé cómo se hará la Constitución y el programa real en la vida cotidiana».


¿Crees que la explosión social chilena permita hacer una lectura del futuro del neoliberalismo, su agudización o su agonía?

El neoliberalismo es una voluntad política, económica, si quieres, pero en su esencia el neoliberalismo es un software, es un programa informático. Cuando la señora Thatcher dijo en el año 1981 «no hay sociedad», la palabra sociedad no corresponde a nada, hay individuos, familias, empresas en competencia. Cuando dijo eso estaba definiendo un programa en el sentido informático de la palabra, es decir, estaba predisponiendo las reglas, no como reglas legales, como reglas materiales que obligan a las relaciones entre cuerpos, a aceptar la competencia como regla general.


¿Es ese el triunfo espiritual y cotidiano del neoliberalismo?

Claro, cada individuo tiene que luchar contra otros individuos porque si no están muertos. Este carácter de código del neoliberalismo no se puede romper simplemente con una declaración política o programática opuesta, porque el código se ha introducido al interior de la vida cotidiana, de los cuerpos, de las relaciones, de la esperanza, del futuro, de las modalidades, de la relación erótica, etcétera. Entonces necesitamos una ruptura que sea no solo una ruptura programática, sino también una ruptura gestual, de relaciones, física, erótica, lingüística. A esta altura yo la llamo insurrección, no me importa que sea violenta o no violenta, no es eso el problema, tiene que ser en el sentido etimológico de la palabra; insurrección significa levantarse, desplegar las potencias de un cuerpo, eso es la insurrección, desplegar las potencias del cuerpo social a través de una ruptura física y lingüística de la regla, ese es el comienzo de un proceso de desmoronamiento del programa neoliberal y de reemplazo de este problema con otro programa.


¿Crees que esos procesos deban estar alojados en la institucionalidad? ¿O se deberían instalar desde afuera del sistema, por ejemplo a través de desobediencias civiles colectivas o individuales?

Yo creo que tenemos que ser muy realistas cuando se trata de concretizar en términos programáticos. Es decir, el movimiento tiene aspiraciones que van más allá de lo que la Constitución puede ofrecer. No importa. Tenemos al mismo tiempo que decir: «Realismo en las definiciones de los contenidos de la constitución y autonomía del movimiento». El movimiento participa en el proceso constitucional, el movimiento tiene que decir una palabra importante cuando se trata de hablar de educación, de salud, de salario, etcétera. De los contenidos concretos tiene que decir una palabra y decirla de manera realista. Máximo realismo y máxima autonomía y conciencia de esta duplicidad necesaria.


Tecnología y trabajo


«Intentemos definir este punto que es muy importante», dice Berardi. «Importante para Chile, pero importante para todos los contextos donde hay una situación conflictiva o insurreccional. Primero, redistribución de la riqueza; para mí es el objetivo más grande a nivel global. Es un discurso sobre las relaciones norte-sur, es un discurso sobre las relaciones entre trabajadores y capital, naturalmente, pero también es un discurso sobre la relación entre el pasado-presente colonial y la descolonización».


«Un segundo punto que para mí es central, en un sentido estratégico, es la implementación de los recursos tecnológicos. Sí a la tecnología, pero bajo la dirección de los trabajadores. Tecnología al servicio de una reducción del tiempo de trabajo. La tecnología ha sido utilizada hasta hoy por el capital para jubilar obreros, para crear desempleo, para aumentar la productividad y para aumentar los horarios de trabajos. La función positiva que tenemos que enfatizar de la tecnología consiste en el hecho de que nos permita trabajar menos y producir lo mismo. Trabajamos demasiado, la precarización del trabajo se ha resuelto en un aumento del horario de trabajo con una disminución del salario. Redistribución de la riqueza, que significa carácter público de la salud, del agua, de la educación, etcétera. Y utilización de la tecnología al interior de un principio: reducir el tiempo de trabajo como horizonte epocal».


Lo tecnología además de un dispositivo de control, también está siendo un elemento que pone en tensión al poder. En Chile, los estudiantes que comenzaron el estallido se organizaban a través de una página de memes en Instagram con la figura de Barbie. ¿Qué te parece?

La cuestión de la tecnología es más grande que la cuestión de la comunicación. La comunicación es un sector especifico en el campo de la tecnología, sin embargo es muy importante, ha sido enormemente importante en el control y tal vez también en la revuelta, tenemos que decirlo. Pero cuando la revuelta empieza del interior de un medio como Facebook o Instagram yo sospecho; no lo rechazo, tal vez es indispensable, pero me genera sospechas. Porque estoy construyendo un proceso autónomo en las manos de un capitalista, es muy peligroso y ambiguo.


¿Como se podría articular algo hoy prescindiendo de las redes sociales?

Yo creo que tenemos que ser realistas con el efecto e influencia de estas redes, pero debemos plantearnos la necesidad de generar un proceso de autonomización de las estructuras de comunicación social. Por ejemplo, yo me acuerdo lo que pasó entre 1999 y 2002. 1999 es el año de la revuelta de Seattle, que en un cierto sentido es el comienzo de un proceso de rebelión global contra el capitalismo neoliberal. A partir de Seattle se creó a nivel mundial una red que se llamaba Indymedia,


¿Qué era Indymedia?

Fue el primer medio global mediante un código abierto. Siguió existiendo en algunos lugares, pero de manera mucho más pobre. Indymedia fue un experimento enorme de red social, cuatros años antes de Facebook. En cierto punto Indymedia desapareció. Porque después de Génova, después de la matanza de Génova en el 2001, el movimiento se desmoronó en muchas maneras. Segundo, porque el capital se empoderó de este espacio que Indymedia había ocupado y creado.


¿Cómo se puede generar una alternativa a esos dispositivos hegemónicos o cómo se puede hacer disidencia sin ser cooptado o terminar como Assange o Snowden?

Yo creo que Chile podría ser un punto de partida para pensar los medios sociales del futuro como medios autónomos del gobierno, del capital. Pero al mismo tiempo sabemos muy bien que hay una desproporción económica y también técnica entre nosotros y el capitalismo tecnológico. Entonces, yo creo que tenemos que lanzar una campaña sistemática de comunicación, de organización de los trabajadores de la Silicon Valley global. ¿Qué significa esto? Significa que los millones de trabajadores que producen cotidianamente para Google, Facebook, Amazon son la fuerza central, son la vanguardia de la clase obrera contemporánea, como eran los metalúrgicos en los años 60 del siglo XX. Es ahí donde podemos desencadenar un proceso de autoorganización comunicacional. Yo creo que en cualquier lugar, como podría ser Chile, Italia o Francia, tenemos que crear una especie de asamblea permanente de los trabajadores de la alta tecnología. Un reparto avanzado que empieza a decir qué es mi vida —ocho, nueve, diez horas frente a una pantalla— y cuál es mi salario.


¿Hay muestras de algo así?

Este discurso está empezando en Silicon Valley, cuando Google intentó hacer un pacto con el Pentágono para crear un programa inteligente para drones de combate, una ingeniera de Google se reveló, escribió una carta a sus colegas, la firmaron 4.000 personas, muy poco porque los trabajadores de Google son 80.000 en Mountain View, eran pocos, pero Google fue obligado a interrumpir el pacto con el Pentágono. Eso no significa que hemos ganado una gran batalla, porque mañana habrá otro Google con el Pentágono, pero fue un ejemplo muy importante. Cómo podemos subvertir la función social de los medios de alta tecnología es un problema central del movimiento futuro.


¿Te parece que la pandemia ha radicalizado esta sensación tecnototalitaria?

Estamos hablando ahora nosotros, y millones de personas como nosotros están hablando de una línea de fuga, de escape, de una posibilidad de experimentar formas sociales menos violentas, menos agresivas, menos mortales. Pero al mismo tiempo tenemos que saber, porque no somos naive, no somos ingenuos, no somos estúpidos, tenemos que saber que la dirección principal, la dirección dominante que está asumiendo el capitalismo postliberal tiene un carácter tecnototalitario.


¿China?

Lo que pasa en China es muy importante, es complejo de analizar, porque que tiene una relación con la historia cultural, antropológica, cognitiva de la mente china. Pero China es el lugar donde se está experimentando una forma de control técnico que tiene dos caras: la captura de datos de la experiencia cotidiana y la inserción de máquinas de inteligencia artificial que transforman la existencia cotidiana en algo totalmente dominado por los automatismos técnicos lingüísticos. Yo sé que esta es la tendencia principal, lo sabemos, lo vemos. Y la pandemia está actuando de manera muy ambigua a este nivel; de un lado está disgregando, destrozando las estructuras fundamentales del capitalismo global, por ejemplo la deuda, por ejemplo, el concepto de déficit, todo esto está transformándose en algo totalmente caótico. El capitalismo entra en el caos. Pero, del otro lado, la pandemia ha abierto la puerta a una forma de automatización de la vida, del pensamiento, de la comunicación, de las relaciones, de la salud, etcétera. A través de la urgencia de la defensa de la salud, somos obligados a aceptar formas de control técnico que mañana pueden trasladarse desde el campo sanitario a todos los campos de la vida social.


¿Cómo se puede combatir ese nuevo estado de las cosas?

No podemos, no hay un combate contra el tecnototalitarismo que no sea un combate contra la forma capitalista. Nuestra lucha es sobre contenidos sociales. Yo no veo la lucha contra el tecnototalitarismo como un combate, la veo como un alejarse autónomo, es una schismogenesis, es decir, la creación de un otro, el nacimiento de otro que se diferencia de la forma tecnototalitaria; el combate es sobre los contenidos sociales, la forma es el distanciamiento de ese tecno totalitarismo.


Viejos y nuevos monstruos


Es un tópico: la idea de Gramsci de lo morboso, de los monstruos que aparecen en el interregno entre el viejo mundo que muere y lo nuevo que quiere surgir. Al preguntarle a Bifo si cree que estamos más cerca de los monstruos o de un proyecto histórico nuevo, más colectivo, su respuesta es una invitación: «Hablemos de monstruos», dice.


«Hay monstruos que pertenecen a la estructura estabilizada del presente, por ejemplo, los monstruos que son la herencia de cincuenta, setenta años de historias de la tecnología nuclear; los monstruos nucleares existen, están enraizados profundamente en el territorio, no podemos ignorarlos. De la misma manera, la destrucción del medioambiente es un monstruo que pertenece al pasado, entonces no podemos ignorar que pertenece al futuro. Los incendios de Amazonia, de California o de Australia no se pueden interrumpir con la victoria del movimiento, si ganamos el poder en todo el mundo mañana, igual habrá incendios y el Polo Norte sigue disolviéndose, porque eso es un monstruo que pertenece al pasado capitalista.


¿Cuáles son los nuevos monstruos?

El trumpismo, Donald Trump es el alma profunda de los Estados Unidos, del pueblo blanco americano. Son monstruos que derivan de quinientos años de explotación colonial, los blancos no europeos —norteamericanos, brasileños y chilenos—, no abandonan su poder y no abandonan su yoísmo supremacista; ese es el peligro más grande de hoy. Estamos combatiendo contra monstruos que pertenecen al pasado y tenemos que saberlo, porque lo que estamos intentando es crear una forma social más feliz, más igualitaria, pero esta forma no nos liberará de manera automática de la herencia del pasado y tenemos que decirlo: cuando hacemos algo nuevo, la herencia del pasado sigue siendo lo que es.


¿Hay que ser optimista como una opción política para intentar construir algo nuevo? ¿O te parece que definirse así es no estar a la altura de la complejidad del asunto?

Yo no soy ni pesimista ni optimista. Yo digo: tenemos que pensar con dos cerebros, un cerebro es el que reconoce la profundidad de la devastación que quinientos años de capitalismo han producido en la historia del mundo, ese cerebro que mira la realidad; y un segundo cerebro que dice «hay una posibilidad, sí, esta posibilidad consiste en mi inteligencia, en la inteligencia social, en la tecnología que es la concretitud de nuestra inteligencia social, la posibilidad de un futuro nuevo». Son dos discursos que tenemos que hacer juntos. No sabemos cómo se terminará, yo no lo sé. La extinción en este momento es la posibilidad más probable de los próximos cincuenta años para el género humano. Si miramos el medioambiente, si miramos la radioactividad, si miramos el hambre que está volviendo, si miramos la guerra que se está expandiendo, tenemos que decir: la extinción es la posibilidad más probable. Pero qué me importa. ¿Tengo que ser infeliz porque hay extinción? No, y te digo por qué: porque yo tengo 71 años, sé que voy a extinguirme, lo sé desde que tenía 6 años, cuando era un niño, sabía que me iba a morir, y qué me importa, quiero ser feliz hoy, porque ser feliz es mi derecho, es mi deseo, es la manera para mejorar el mundo para los otros. Esta es la conciencia doble que tenemos que portar. La extinción puede ser, pero ahora quiero ser feliz y no porque soy egoísta, al contrario, porque mi felicidad, nuestra felicidad es la manera de escapar a la extinción.


En la calle, en pleno estallido, había un grafiti que decía «No era depresión, era capitalismo». ¿Te parece que la frugalidad, la ternura, el erotismo pueden ser formas subversivas de enfrentar ese nihilismo que instala el capitalismo?

Primero, quiero decirte otra frase que vi escrita en un muro de Minneapolis, la vi también escrita en una muralla en Buenos Aires, esta frase es: «Otro fin del mundo es posible», que es muy interesante como concepto y yo la leo junta con «No era depresión, era capitalismo». «Otro fin del mundo es posible», qué significa eso, parece que el capitalismo ha producido el fin del mundo y nosotros tenemos que ser infelices, pobres. No, no me gusta eso. Hay un fin del mundo, no me importa, yo quiero ser feliz, porque ser felices no significa egoístamente desinteresarse del fin del mundo, significa evitar el fin del mundo, significa crear las condiciones para una diferente relación con el tiempo que viene.


¿Qué piensas de la frugalidad?

Es una palabra que para mí es muy importante en este momento. Qué significa frugalidad, puede significar comer poco, pero para mí significa: miramos lo que es útil y no lo que se acumula, no importa lo que se acumula me importa lo que necesito, lo que deseo hoy. Esta idea me ha devenido absolutamente clara en los meses de cuarentena europea. El dinero es un flatus vocis, es vano, sin contenido, es algo que no existe en la naturaleza, lo inventamos; entonces podemos inventar dinero, hacer circular dinero, pero el dinero no podía procurar los doctores, médicos que faltaban debido a la reforma neoliberal, no podía procurar los repartos de terapia intensiva que faltaban debido a la reforma neoliberal, no podía procurar la comida para los que no tienen que comer, para los migrantes. De repente hemos descubierto que el problema no es el dinero que se acumula, el problema es lo que es útil.


¿Y qué es útil?

Puedo responderte porque siempre pienso en la posibilidad de reducir mis necesidades a un mínimo, no porque ame la pobreza, yo amo la riqueza no la pobreza. Pero la pobreza y la riqueza no se definen en términos de acumulación, no importa nada que yo tenga mucho dinero, importa que tengo muchos amigos y muchas amigas, importa que tengo mucho tiempo para juntarme con mis amigos y mis amigas, importa que yo pueda viajar, importa que yo pueda tener muchos libros, importa que yo puedo comer, lo indispensable, no más. ¿Entiendes? Es una revolución cultural muy sencilla pero muy profunda la que necesitamos. Más justicia en la distribución, menos explotación y menos desgaste, menos inutilidad.



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