top of page

Por qué la razón es importante para la democracia


Se me permitirá que empiece dejándole claro al lector, por pura honestidad intelectual, que la pregunta del título constituye el vínculo entre mi último libro, El Gran Apagón (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2022), y el anterior, Democracia: la última utopía (Madrid, Espasa, 2021). No se trata de un vínculo imaginario, sino que emerge con toda claridad cuando nos formulamos la pregunta ¿de qué arma se sirven quienes en nuestros días tanto se esfuerzan en intentar dañar a la democracia? La respuesta, a mi juicio, es la siguiente: los enemigos de la democracia, sea cuales sean los ropajes con los que se revistan y las consignas que manejen (porque, sin duda, los ataques que aquella recibe provienen de más de un frente), persiguen partir el espinazo deliberativo-racional que constituye la sustancia última del sistema democrático.


A poco que se piense, el empeño tiene todo el sentido del mundo. Porque esa dimensión deliberativo-racional no se postula en tanto que valor abstracto ni, menos aún, como un fin en sí misma, sino en tanto constituye una pieza fundamental para organizar la vida en común. Con otras palabras: la reivindicación de la racionalidad aquí implícita se encuentra al servicio de la materialización de los valores-marco, de los valores fundacionales de la democracia moderna, la cual, precisamente porque es argumentativa y racional, es ilustrada.


La desactivación de la razón por parte de quienes quieren dañar a la democracia se despliega desde un doble punto de vista. No ya solo desde el punto de vista formal, intentando neutralizar los mecanismos y estructuras que garantizan la mencionada dimensión deliberativo-argumentativa de la democracia, sino también, desde el punto de vista del contenido, desdeñando el valor de lo racional en beneficio de lo emotivo-sentimental, como prueba bien a las claras el resurgimiento de los identitarismos de variado pelaje.


En todo caso, los ataques que últimamente viene sufriendo la democracia certifican, por contraste, que, en efecto, su fundamento se encuentra en los valores ilustrados recién aludidos. Un fundamento, dicho sea de paso, frágil en la medida en que son diversos los frentes desde los que puede ser dañada, según cual de sus tres valores fundacionales se pretenda poner en cuestión. El valor de la igualdad, por ejemplo, puede ser puesto en cuestión desde la esfera económica, a través de la intervención de poderes económicos, a menudo en la sombra, que perciben como un obstáculo para el desarrollo de sus intereses la existencia de una democracia constitucional comprometida con las clases trabajadoras, con la ciudadanía.


También se impone mencionar los ataques que puede sufrir la democracia por parte de quienes, apelando a una libertad mal entendida, pretenden dañar a aquella desde dentro, esto es, llevando a cabo una utilización torticera de sus propios valores. La célebre argumentación popperiana acerca de la tolerancia y su afirmación de que no cabe ser tolerante con los intolerantes vendría, a este respecto, al pelo. Todos los dispositivos formales desdeñados por los enemigos de la democracia lo que precisamente persiguen es, si se puede hablar así, protegerla de sí misma, de manera que cualesquiera cambios legales que se quisiera introducir se ajustaran a derecho en forma y fondo, esto es, siguieran los cauces establecidos en las mismas leyes que se pretenda cambiar. No en otra consiste la función protectora que desarrollan los contrapesos materiales y formales característicos de nuestras democracias.

Por último, la democracia puede verse dañada desde la perspectiva de la desatención al valor de la fraternidad. Aunque, en este caso, con un matiz diferencial ciertamente importante. Porque, a diferencia de la libertad y de la igualdad, que en gran medida pueden venir garantizadas por el Estado, la fraternidad necesita, en una proporción mayor, el concurso de los propios ciudadanos. Lo que no significa, claro está, que se deba desdeñar su inesquivable dimensión política. Yo mismo he afirmado en más de una ocasión que el federalismo constituye la forma política de la fraternidad. Pero eso no quita para que haya otras dimensiones de la misma que solo pueden ser activadas desde la esfera individual.

De ahí que en alguna ocasión me haya atrevido a afirmar, parafraseando -respetuosamente- a Wittgenstein, que la democracia no es solo una caja de herramientas: es también una caja de valores. Y, por si hace falta dejarlo claro, de unos valores que urge materializar. Lo formulo así, con una cierta rotundidad, porque durante demasiado tiempo tendimos a entender la democracia como una condición de posibilidad para la materialización de los grandes relatos (de emancipación), sin darnos cuenta de que ella era ya uno, solo que parcialmente alcanzado y, en esa misma medida, naturalizado. Ahora, que amenaza con escapársenos, estamos en condiciones de reconocerle su carácter emancipatorio, tanto tiempo minusvalorado.


Sentado lo cual, una última puntualización valdrá la pena introducir, no fuera a ser que la reivindicación de los valores ilustrados y de la dimensión deliberativa-racional planteados hasta aquí pudieran ser interpretados en términos de un alineamiento con lo científico entendido como la única forma de conocimiento capaz de resultar de utilidad en la defensa y desarrollo de la democracia. Una tal interpretación, más que restrictiva, resultaría directamente equivocada. Porque, de hecho, en muchas ocasiones la función que cumplen la representaciones artísticas o literarias es la de llevar las emociones en la dirección correcta. De ahí que tenga perfecto sentido criticar determinadas exaltaciones estéticas por representar, pongamos por caso, valores o actitudes que propician cualquier forma de fanatismo irracional. De cualquier forma, una vez reorientadas en la dirección correcta y llegada la hora de pasar a la acción, todas esas emociones decaen desde el punto de vista práctico y acostumbran a constituir un factor retardatario para cualquier avance, utilizado especialmente por los puristas maximalistas.


A este respecto, se me permitirá que en relación con esto último señale tan solo un extremo, formulado en términos de pregunta (algo retórica, lo reconozco). Los avances, por no decir progresos, en la historia de la humanidad, y concretamente los que vienen representados por una ampliación de derechos o la generalización de estructuras democráticas, ¿acaso se han producido porque hemos conseguido embridar nuestras emociones y encauzarlas hacia objetivos racionalmente deseables o porque hemos dado rienda suelta a las mismas?


Ahora bien, tras todo lo anterior resultará poco menos que ineludible dejar señalado que las contraposiciones exageradamente rotundas, excluyentes por tajantes -como, sin ir más lejos, esta que enfrenta a la razón con las emociones- resultan de poca utilidad a la hora del análisis. A este respecto, algunos recordarán que, hace no tanto tiempo, se utilizaba como expresión habitual para designar la función del arte o la literatura como reveladora de la condición -por ejemplo, injusta- de determinadas situaciones la de "tomar conciencia", de inequívoca vocación abarcadora tanto del registro racional como del emotivo. De la misma forma que la expresión "estar concienciado" designaba la actitud de quien no solo tenía ciertas ideas sino que también era sensible ante determinadas situaciones.


Se desprende de todo ello entre otras cosas que ese entrar en razón a cuyas puertas nos deja la emoción adecuada no podrá equivaler en ningún caso a ingresar en ningún universo de certezas incontrovertibles (ni siquiera científicas). Por el contrario, como le gusta afirmar a Fernando Savater, no se trata de salir de dudas sino de entrar en dudas. Hace ya muchos años que el poeta español Blas de Otero escribió aquello, luego tan citado, de “Dios me libre de ver lo que está claro”, dudoso privilegio este de dogmáticos y fanáticos, capaces de dar incluso la vida por sus cegadoras evidencias. La filosofía, por el contrario, tiene una peculiar manera de manejarse en medio de la oscuridad de los tiempos que nos ha tocado vivir, por formularlo en términos decididamente arendtianos. De la articulación de ambas afirmaciones saldría una provisional indicación acerca de cómo hacerlo: entrar en razón es entrar en dudas. Dudas que, por supuesto, no excluyen alguna certeza, no necesariamente estimulante. Como, por ejemplo, la meta-certeza que formulaba Yeats en unos versos de su poema “La segunda venida” con los que me tropezaba el otro día, leyendo un texto de David Rieff, que dicen así: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores/ están llenos de apasionada intensidad”.



Manuel Cruz

Catedrático de Filosofía y expresidente del Senado de España



bottom of page