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¿Qué nos lega Bruno Latour?


En enero de este año junto al doctorante de Sociología Nikolaj Schultz, Latour publicó Mémo sur la nouvelle classe écologique. Sin duda es su obra testamentaria, pese a que su forma y escritura son los de un llamado a la acción política. El diseño editorial rememora los documentos que circulaban en los buenos tiempos de la I, II y III Internacional.


Como Tolstoi nos legó El camino de la vida para ayudarnos en ese difícil siglo XX, Bruno Latour ha escrito una obra de agit-prop para los terráneos que no hemos sido presa de las pasiones tristes y que luchamos por una vida más alta, esto es, más ecológica, menos productivista, menos economizada, menos consumida y menos consumada, sino más bien por consumar.

Latour fue un explorador exactísimo de los tiempos actuales, alguien que leía entre líneas el presente. Supo hacerlo con aguda precisión en Nunca fuimos modernos, identificando las líneas gruesas de lo que se abría tras el colapso del socialismo tanto en epistemología como en política.


Los textos en que despliega con agudeza la lectura del siglo XXI; Investigación sobre los modos de existencia o Facing Gaia, nos han provisto de un horizonte conceptual para comprender qué puede ser acción en estas décadas. El llamado de este último libro - Mémo sur la nouvelle classe écologique- por hacer emerger una clase ecológica no tiene nada de las propiedades emergentes que gustan tanto a los teóricos de la complejidad. Es un llamado gramsciano y thompsoniano, a constituir, a conectar multiplicidades, a redescribir problemas, a crear y organizar.


Un llamado a dejar de pensar al modo moderno nuestras cuestiones principales. Por ejemplo, volver la espalda a la naturaleza como algo exterior a la sociedad, que ingresa al mundo colectivo como fuente de recursos. Latour propone varias inversiones del orden conceptual occidental, que significan dejar de sentarnos alrededor del fogón de la producción/desarrollo/economía como foco/centro y mirar lo biológico, lo viviente, el engendramiento, aquello que hasta ahora consideramos externo, contexto o alrededor, como la materia misma de nuestro vivir. Centrarnos en aquello que llama las condiciones de habitabilidad.


Recuperando la tradición de los movimientos sociales de los últimos siglos, la constitución de una clase ecológica es una convocatoria a constituir una alianza entre todos quienes se oponen o se han opuesto a la economización de las vidas. Un movimiento que irrumpa en las universidades y las religiones, las ciencias y las artes, proponiendo una forma de comprensión verdaderamente materialista del mundo, en que la fotosíntesis, el bioma y las ecologías de ecologías, sean el punto de definición de lo político y de las clases, de una rearticulación distinta de los órdenes.


Apurados de tiempo, apuradísimos a partir de la guerra en Europa, ahorquillados por una política no sólo vaciada de sentido, sino abrumada de brutalidad, las 95 páginas de este llamado atraviesan conceptualmente la densidad de su obra de varias décadas, expuestas como si del panfleto Junius se tratase.


Su labor intelectual se actualiza con la insistencia en la necesidad de un trabajo de esclarecimiento, dado que el orden actual (orden cada día más caótico) se sostiene justamente en distinciones conceptuales transmitidas por todas las vías: educación, publicidad, juegos, artes. Sin ir más lejos, la defensa de la naturaleza nos acaba de jugar una oscura pasada en el reciente debate constitucional chileno. La defensa de la naturaleza divide, dice Latour, pues expulsa los problemas al exterior, los vuelve una abstracción ante la cual afloran las divergencias. ¡Cuántas penas nos habríamos ahorrado si hubiésemos sido capaces de realizar ese esclarecimiento de forma adecuada!

Nuestra situación actual es comparable a la de los tripulantes del Apolo XIII cuando comunicaron a Houston que tenían un problema. La verdad es que ni siquiera sabían de qué se trataba ese problema. El Mémo puede ser como el manual de instrucciones para naves en apuros. Muy sencillo, muy básico. Pero supone pilotos entrenados o diestros al menos. Las condiciones de habitabilidad de la nave están en riesgo y es necesario centrarse en el aire y el agua, que se han vuelto el objetivo de la misión. La luna pasa a ser un simple medio para cumplir el propósito de habitabilidad.

Aunque me gusta más pensarnos como Yaganes en Isla Dawson, en manos de unos salesianos que nos impiden navegar, mientras las pestes nos diezman; en el encierro obligado para civilizarnos, el Mémo puede ser un canto ancestral que nos vuelve a dar confianza en nuestras capacidades navegantes.



Yuri Carvajal Bañados, médico cirujano, editor.



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