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Trizaduras en la Iglesia católica

Los icebergs nacen en los polos. Se triza una masa gigante de hielo. Se desprende. Navega por cuenta propia, dejando atrás su origen polar. Termina por disolverse.

 

Hay en la Iglesia Católica algunas señales de quiebre y de desprendimiento. Se habla de cisma, asoman autonomías. Tal vez se exagera. Pero son de recordar dos casos históricos impresionantes: el quiebre entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica, hace unos mil años, y el divorcio entre la Iglesia de la Reforma protestante y la misma Iglesia Católica hace unos quinientos años. Ha habido muchas otras separaciones menores.

 

El papa Francisco está alerta a que no se parta el glaciar. Pero él mismo debe auspiciar cambios, innovaciones, colaborar en los esfuerzos de las iglesias regionales por interpretar de un modo creativo el Evangelio. Hace tiempo que el Papa se halla tironeado entre cristianismos distintos que estresan la unidad en la Iglesia. Se entiende, por tanto, que el documento Fiducia Supplicans que acaba de publicar acerca de la posibilidad de dar una bendición a parejas homosexuales, y a otras uniones que no son un matrimonio en regla, a unos ha gustado y a otros ha sacado de quicio. Un terremoto. El Primer mundo, en general, y los latinoamericanos, más o menos, han acogido bien la innovación. En cambio, la iglesia africana está en llamas, ya que en África la homosexualidad es censurada, penada o simplemente negada.

 

Un quiebre entre la Iglesia Católica occidental tradicional y la iglesia africana sería catastrófico pues toda fractura de este tipo lo es. Pero, en este caso, se trata del continente donde el cristianismo florece (Orobator, 2023). Esta iglesia ha arraigado su fe en Cristo en la “religión africana”, esto es, la cultura y las creencias nativas. Ellas dan un vigor extraordinario al cristianismo, y también al Islam, de un modo parecido como, en otros tiempos, lo hicieron la cultura romana y germánica. Es más, los católicos africanos en la actualidad están convencidos de ser ellos el futuro de la Iglesia Católica.

 

¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre en el fondo de los fondos?

 

Según parece, se acentúa el surgimiento de una Iglesia mundial. Este fue el diagnóstico de Karl Rahner, uno de los mayores teólogos del siglo XX, quien detectó en el Concilio Vaticano II (1962-1965) el despuntar de una edición nueva de la Iglesia equivalente –dicho abreviadamente– a la liderada por San Pablo en el siglo I.

 

En estos años, Pablo hizo pasar el cristianismo del judeo-cristianismo a la cultura griega. En adelante, no fue indispensable hacerse judíos para ser cristianos. Podría sérselo también como griegos y, a futuro, como romanos, eslavos o germanos. Lo que estaría en curso hoy, según Rahner, son nuevos nacimientos del cristianismo, iglesias regionales diversas. También en la Antigüedad se dieron los patriarcados de Alejandría, Jerusalén, Antioquía, Constantinopla y Roma, relativamente autónomos unos de otros, e incluso de Roma.

 

El Vaticano II, más que provocar un cisma, hizo visible su posibilidad. Algo semejante ocurre con Francisco. Él personalmente no triza a la Iglesia, pero actualiza el desprendimiento de un témpano que hace rato puede producirse.

 

¿Se generará un iceberg? En el planeta, dentro de poco, se producirán varios. En la Iglesia, no lo sabemos. Tal vez la situación no sea tan grave. Pero a futuro seguramente se acentuarán las diferencias entre las iglesias continentales con Roma y entre ellas.  En todo caso, ha de tenerse en cuenta que la misión de un Papa es, antes que nada, velar por la unidad de la Iglesia, pero sin frenar el despliegue de otras iglesias.

 

Dicho con ejemplos parecidos al de la bendición de parejas homosexuales: hablamos de la legitimidad de iglesias en las cuales alguna vez se llegue a aceptar el sacerdocio femenino; o una división de poderes y accountability; o una experiencia espiritual de los pobres convertida en una doctrina más evangélica; o en la celebración de la eucaristía con otros licores distintos del vino.

 

Las bendiciones de la discordia han producido tanto escándalo como en nuestro contexto pudiera causarlo la admisión de la poligamia que, a los católicos de nuestra parte del mundo, nos parece una barbaridad.

 

El próximo Papa tendrá que enfrentar esta misma dificultad de la mundialización progresiva de la Iglesia. Convendría que fuera una persona capaz de respetar el discernimiento que cada cultura pueda hacer del Evangelio, reconocer su valor y, a la vez, con la rienda corta, mantener la unidad de la Iglesia. Uniéndola, pero no uniformándola.

 

 

 

 

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