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Bruno Latour y las redes que actúan en nosotros




Bruno Latour fue un intelectual inclasificable. Oriundo de una acomodada familia de viñateros de Burdeos (Maison Louis Latour), destacó por sus importantes contribuciones socio-antropológicas a los estudios sobre ciencia y tecnología, por su compromiso con la defensa del medioambiente y su estatus de filósofo original y provocador. Entre estas múltiples facetas, resulta prácticamente imposible dar cuenta con justicia de su obra y de su impacto en la tradición de los grandes pensadores. La sensación de sentirse incompetente al tratar de escribir sobre el legado de un autor de su estatura no es algo inusual, pero en el caso de Latour esta sensación acecha desde varios flancos, de modo que no insistiré en ir más allá de lo que puedo relatar con relativa seguridad.


Viajero frecuente al yermo fronterizo de la sociología, antropología y filosofía, Latour parecía encontrarse cómodo en los espacios más embarazosos para sus pares. Fue en uno de esos cruces frecuentes que se topó con la tribu de los científicos de laboratorio que, desconfiados y temerosos, patrullaban los límites de su territorio. Fue un “experimento descuidado” –confesaba años más tarde– el haberse adentrado allí, pero probablemente sabía que, si Pasteur había tenido éxito a causa de su desprolijidad, la aventura podía resultarle a él también fructífera.


Por supuesto que una empresa tan ambiciosa no puede resultar en un éxito rotundo ni tampoco evitar víctimas, enemigos o derrotas. Sus estudios empíricos en laboratorios le condujeron a duras conclusiones respecto de los hechos científicos, su producción y resonancia. Detrás de la sofisticada infraestructura de la ciencia y sus verdades aparentemente inmaculadas, se escondían eventos muchísimo más prosaicos que los esperados. Accidentes, pasiones o pendencias estaban en la minuta diaria del laboratorio y esto lo confesaban los mismos científicos como algo natural e inclusive esperable. Los hechos científicos, concluyó Latour, son “construcciones” de una comunidad de pares dispuestos a aceptar las reglas hechas por ellos mismos.


Como era de esperar, la respuesta de la tribu fue sonora y virulenta. Paradojalmente para ellos, los ataques de Latour hicieron exactamente lo que estos pretendían desestimar, es decir, sus propias pasiones, miedos y prejuicios. Les resultaba tan evidente que ese “constructivismo” socio-antropológico de la ciencia era una tomadura de pelo y poco más que una de las tantas bromas de mal gusto de aquella filosofía “posmoderna” entonces en boga, que no se molestaron mayormente en discutir el fondo del asunto. Abundaron en su contra entonces los argumentos ad hominem, el sarcasmo contra las propuestas teóricas de Latour e inclusive no faltaron alarmistas que acusaron el peligro de fomentar lo que hoy en día denominaríamos “posverdad”. Se habían declarado lo que se llamó desafortunadamente “las guerras de la ciencia” entre un bando de científicos naturales y los sociólogos de la ciencia, entre los cuales destacaba por supuesto Bruno Latour.


Luego de un implícito armisticio, Latour siguió su propia agenda de temas ambientales, antropología social y filosófica, y lo que sería uno de sus aportes más originales para el pensamiento contemporáneo, la teoría del “actor-red” –aunque huelga decir que dicha teoría es en estricto rigor una obra del colectivo del que Latour formaba parte, pero que ésta se encuentra asociada inextricablemente a su pensamiento y divulgación.


Si bien las guerras de la ciencia habían dejado un mal sabor de boca en ambos bandos, al menos los científicos de laboratorio pudieron tranquilizarse al poder desmerecer (hasta hoy) los hallazgos empíricos del rival como algo marginal y evidente para cualquiera que frecuente un laboratorio. Latour, por su parte, ya no insistiría con la misma vehemencia en esta polémica, pues había estado siguiendo una pista teórica mucho más valiosa. Había visto que lo que ocurría en la ciencia era posible de rastrear en otros lugares siguiendo un procedimiento relativamente sencillo, pero cargado de supuestos radicalmente distintos a los que estaban cimentando no solo la investigación científica tradicional, sino que inclusive las visiones de mundo más profundamente arraigadas en la consciencia de todos quienes hemos heredado los tesoros y deshechos de la modernidad occidental.


Latour se dio cuenta de que una verdad científica (digamos, el descubrimiento de una enfermedad o un nuevo planeta) es mucho más que el resultado de una observación sistemática, aplicación de métodos o celo por sesgos subjetivos. No solamente hay bastante menos disciplina en el personal del laboratorio, sino que los propios inventos, debates y descubrimientos científicos no nos entregan imágenes objetivas de una naturaleza mecánica y pasiva, sino que los hechos de la ciencia son, dicho de un modo más preciso empero complicado, traducciones dentro de un plexo de relaciones simétricas entre agentes humanos y no-humanos. Dichos plexos son las redes en las cuales los actores humanos y no-humanos se asocian y producen colectivamente hechos como los que entrega cotidianamente la ciencia. Así, por ejemplo, observa Latour, se puede invertir la relación entre Pasteur y sus descubrimientos, pues también las bacterias han producido a un Pasteur que, por su descuido, las ha dejado fermentar.


Por supuesto que Latour iba a ser consciente de que ideas como estas eran complejas y contraintuitivas, y que requerirían de esfuerzos permanentes de clarificación. Conocida es su aseveración de que cierto faraón egipcio, cuya muerte se constató fue producto de la tuberculosis, no pudo fallecer de dicho mal, ya que esta enfermedad solo se había conocido gracias a Robert Koch en el siglo XIX. ¿Cómo alguien podría aceptar sin objeciones aseveraciones como estas? ¿Cómo iba a ser posible que cayera una manzana sobre la cabeza de Newton si fue gracias a dicho evento –en realidad es más bien una leyenda– que éste descubrió recién las leyes de la gravedad? Por supuesto que estas relaciones causales son escandalosamente absurdas y que bastaría con situar cada suceso en su contexto histórico para dar por finalizado el asunto, a menos que se esté planteando entre líneas un problema mucho mayor. Esos son justamente los problemas a los que Latour dedicó una muy buena parte de su pensamiento.


En el siglo XXI ya nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de objetos responsivos. Aparatos móviles capaces de una multiplicidad de tareas, automóviles que se conducen por sí solos y programas computacionales que se dice son inteligentes y creativos –conscientes inclusive. Según Latour, ni siquiera debimos haber visto esto en el pasado como ciencia ficción, pues nuestras categorías mentales que separan a las personas de las cosas, a la sociedad de su ecosistema, son solo un artificio moderno para esconder el carácter relacional e híbrido de nuestras acciones sobre el mundo y del mundo con nosotros. Con el concepto de “actante” quiso resumir estas fuerzas cuasihumanas con las que vivimos a diario. “Nunca hemos sido modernos”, dice uno de sus libros más comentados, pues el proyecto político de la modernidad que busca someter a la naturaleza a los deseos de una humanidad que se imagina desarraigada de su lugar en el ecosistema planetario se está cayendo a pedazos.

Bruno Latour falleció a los 75 años el pasado 9 de octubre de 2022 en su departamento de París, dejando inconcluso uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos de las últimas décadas. Sin embargo, a pesar de que ya no estará su presencia –entrañable, según recuerdan sus más cercanos– tuvo tiempo suficiente para tejer y tender una red admirable para su actancia que se augura inmortal.



Hugo Cadenas * Académico de los Departamentos de Antropología y de Trabajo Social de la Universidad de Chile. PhD en Sociología, Ludwig-Maximilians-Universität München, Alemania. E-mail: hcadenas@uchile.cl

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