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Carta a Zadie Smith



Querida Zadie:

He leído tu libro Siéntete libre (Feel Free) y acepto el desafío que propones al final del prólogo: “Es imposible luchar por una libertad que hemos olvidado cómo identificar”. El lenguaje, el mundo y el Self, en tu opinión, son las tres patas temblorosas que sostienen el acto incierto de escribir. Yo agrego que sostienen el acto incierto de vivir. Es claro que ninguna de esas tres patas nos pertenecen propiamente, y no guardamos señorío sobre ninguna de ellas. Al llegar a la existencia, tanto el idioma como el mundo ya estaban allí. No los elegimos. No estoy pensando en “el mundo” en su versión sublime e inabarcable, sino en el pequeño entorno en el que crecimos. No elegimos nuestro idioma, ni nuestros padres, ni nuestro país, ni nuestra condición social. Ese es el mundo cotidiano. Por su parte, el Self o ego, parece no ser más que el tejido creado por nuestra experiencia consciente dentro de tales condiciones, con el resultado de imaginar una identidad (ser alguien). El Self puede entenderse como la narrativa adjunta de nuestras vidas, y, como tal, es de alguna manera un guion. Sin embargo, todo lo que se puede escribir, se puede reescribir. No puedo cambiar el lenguaje ni “ese” mundo, pero sí puedo cambiar la narrativa que despliego sobre ellos y sobre mí mismo.


Me produjo una sensación de serenidad tu descripción del French Market. Este mercado parece estar fuera del tiempo. Tú dices: “Cuando estás parado en el mercado no vas a trabajar, no vas a la escuela y no esperas un autobús. No te diriges al metro ni compras artículos de primera necesidad… estás suspendido en un área urbana al aire libre que ha evolucionado, específicamente, para evitar que la gente haga”. Efectiva y estrictamente, allí no hay nada que hacer. Todas las baratijas que se ofrecen tienen una curiosa cualidad: la de una insignificancia significativa, lo que es un aparente oxímoron. Aparente, porque más pronto que tarde nos damos cuenta de la unidad que subyace a toda contradicción. Tú escribes envuelta en matices y estos son inmunes a la contradicción, pues se deslizan hacia la modulación dialéctica sobre lo que hay. Efectivamente, en este mercado puedes o no comprar cualquiera de los quesos, flores artificiales o lo que sea. Nada allí parece ser una necesidad real para ti. Significa que no estás apegada a ninguno de esos objetos, comidas o artesanías. Entonces eres libre. Dice el Buda: el apego es la “gran cárcel" de los seres humanos. Y esa cárcel es el ego o Self, cuya sustancia es, al final, la red de nuestra historia de apegos y desgarros. No obstante, los apegos del Buda Siddhartha Gautama se escuchan como una constricción y una paralización de nuestras posibilidades como seres humanos. Pero, ¿será así? ¿Debemos desapegarnos?


Cabe entonces una reflexión mínima. ¿En qué consiste el desapego? ¿Significa el desapego abandonar lo que amamos (como él lo hizo con su padre, su esposa y su hijo)? Esa sería una conclusión apresurada. Tal vez sea más exacto decir que el desapego es tratar de no apropiarnos, de no poseer y de no utilizar lo que amamos. Si no lo logramos, el resultado es la aniquilación de lo amado. El valor de las cosas y de las personas no depende de nosotros sino de ellas mismas. “Mi” hija no se define por la idea de que es “mía”, sino porque es ella misma. Podemos vincularnos con las personas, las cosas y la naturaleza, pero todas ellas tienen una estructura, medida y dignidad propias. Por más que alguien diga que la tierra de su finca le pertenece y dé con el pie en el suelo en un gesto de dominio, el planeta, tarde o temprano, le recuerda que esa tierra tiene miles de millones de años, y que toda propiedad en este ámbito, como en otros, no es más que un espejismo del ego. Desde allí se entienden tus palabras acerca del French Market: en él, no necesitamos apropiarnos de algo. Pero esa falta de apropiación ocurre rara vez en nuestra cultura. La tendencia y la tentación es creer que la libertad consiste en elegir y adquirir algo y ser dueños. Pero, lo que generalmente ocurre es que, en lugar de una ganancia, tenemos una pérdida. Con diez libras podemos comprar cien cosas diferentes, pero una vez que hemos comprado una, el resto desaparece, y surge la palabra “mío” sobre ese uno. Pero, ¿no mata esto la libertad de lo adquirido, como ocurre con la planta arrancada de la naturaleza e inserta en la tierra desterrada de un macetero? Esa es la razón por la que es tan difícil ser libre. El impulso de poseer excluye la posibilidad de estar en medio del mundo sólo como parte de él, y no como dueños de algo. Cada decisión de posesión en nuestras vidas reduce nuestra libertad. Podemos compartir la vida con otros seres humanos, con la naturaleza y, literalmente, con el universo, pero cada vez que tratamos de poseer algo no estamos en una relación amorosa, sino en una actividad mercantil.

Percibo la diáfana libertad que sentías en medio del French Market. Allí todas las cosas que te rodeaban eran como un paisaje que puede ser observado con una mezcla de serenidad, deferencia y gratitud. Nos complace la mezcla de magnificencia e insignificancia que define al mundo y a la cultura y que, sin duda, nos refleja.

La inactividad, este “no-hacer” que mencionas, como sabes, ha sido uno de los tópicos difundidos por Byung-Chul Han, especialmente en su libro Vita Contemplativa. Este autor, de origen coreano y formación alemana, ofrece una curiosa mezcla de la brevedad perfeccionista oriental y la búsqueda de la estabilidad ontológica, de ese punto de referencia sobre el cual debiera montarse toda actividad. Por eso Martin Heidegger domina su pensamiento y Byung-Chul Han lo expresa en textos y frase breves. Lo que al parecer desecha es la retórica infinita de la filosofía europea occidental. Por su parte, y penetrando en sus tesis, la vida contemplativa se confunde en él con el “pensamiento meditativo” que Heidegger opone al “pensamiento calculador”, propio de la técnica (para una ampliación ver el artículo “La técnica” en esta misma revista). Byung-Chul Han las está emprendiendo en contra de la actividad frenética que caracteriza a nuestra época. Usando el maniqueismo que nos caracteriza en Occidente, piensa que a la actividad se opone la no-actividad. Como señalamos, la reflexión se complica cuando afirma que la inactividad es equivalente a la contemplación y que, además, la hace sinónimo de meditación. Sin embargo, creo que son cosas diferentes. Heidegger no usa la expresión “meditación” en un sentido budista. El pensamiento “meditativo” heideggeriano es la forma más perfecta del pensamiento, en cambio la meditación budista es el intento de eliminación de todo pensamiento. Contemplación, en cambio, es un fenómeno muy diferente. Efectivamente se origina en la palabra latina contemplatio, que es un término compuesto que significa “templo compartido”. El templo es un topos, un lugar o terreno limitado en el cual se construye el edificio del culto. Efectivamente, tem es cortar. Se trata entonces de un topos despejado, reservado y recortado para mirar atentamente hacia el magnífico espectáculo que ofrece lo que hay. Eso es un templo.


Pero, ¿es la contemplación un no-hacer, una mera pasividad? Si todo hacer lo entendemos como “producción” o “fabricación”, evidentemente la contemplación no es eso. Cabe entonces, querida Zadie, preguntarse si la actividad es solo producción material y fabricación. Sin embargo, percibir, sentir, pensar o recordar son actos, refiriéndose con eso a que poseen la actualidad del ahora. El acto reconoce la presencia, pero no implica movimiento, fabricación o resultado concreto de “cosas”. Desde allí se entiende que “teoría” proceda del griego theorein, que significa “mirar atentamente”. Y, lo que se mira es lo que hay como presencia perceptual, estética, emocional, abstracta o ética. La teoría requiere contemplación, es decir, templo y reverencia. Lo que tú y Byung-Yul Han nos dicen es que el frenético hacer no es más que una huida. ¿De qué? ¿De la angustia de nuestra finitud? ¿O de la angustia de lo abismante e inconmensurable, que jamás será nuestro? Sea como sea, la hiperactividad, el herético hacer asociado a una menesterosa creencia en el desarrollo y el crecimiento, es una forma de cubrirnos los ojos, como hacen los niños, junto con decir “no estoy”.


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