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Contra la literalidad de la vida

¿adónde irás ahora,

expoliado de sombra,

a dónde?

Paul Celan



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«No existen los sinónimos» decía en una entrevista la cronista y editora argentina Leila Guerriero. Para ilustrar su punto, daba el siguiente ejemplo: las palabras oscuro y lúgubre suelen tenerse como sinónimos. Ambas refieren a la falta de luz y al predominio de las tinieblas en un espacio determinado. Sin embargo, a pesar de que sean vistas como similares, no quieren decir exactamente lo mismo. Lúgubre viene acompañado de todo un significado fantasmal, sombrío, tenebroso, que se aleja bastante de un término mucho más neutro como lo es oscuro. Además, esa tilde en la "u" hace de lúgubre una palabra pesada, con gravedad propia, capaz de modificar radicalmente el significado de una oración. De modo que un «sinónimo» no refleja otra cosa que un campo semántico en común que pueden compartir dos o más palabras de una misma lengua, pero más que eso, nada. No hay, por tanto, igualdad entre ellas.


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Que ninguna palabra tiene su doble exacto en una lengua es algo que bien saben los traductores. Las sucesivas modificaciones en el tiempo que han sufrido las traducciones de el «Ulises» o «La fenomenología del espíritu» reflejan, de manera elocuente, no sólo los constantes esfuerzos por dar con la palabra exacta, sino también con el sentido exacto de un sintagma. La cosa se pone peliaguda cuando hablamos de poesía: ahí la cadencia, el ritmo, la respiración, los silencios y la diferencia sonora entre una palabra y otra, a veces hacen imposible la tarea de trasladar a otra lengua lo que aparece en un texto. Por eso, cuando los traductores se ven enfrentados a estos dilemas, toman decisiones difíciles, como la de privilegiar alguno de estos aspectos en desmedro de otros. Ahora bien: las traducciones también reactualizan los textos; ante palabras o términos que han caído en desuso, los traductores vuelven a la obra y la "actualizan" para hacer de su lectura una tarea menos complicada. Y aunque son conscientes de que reemplazar una palabra por otra modificará en algo su sentido, tratan de que la nueva vaya hacia la misma dirección que la antigua. En el fondo, hacen lo posible por no modificar la esencia del texto, pues cada palabra está ahí por algo. Fue producto de una decisión.


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Hace algunos días, la editorial Puffin Books (perteneciente al grupo de Penguin Random House) comunicó a la comunidad lectora que varios de los textos infantiles escritos por Roald Dahl, célebre autor británico, serían modificados en alguna de sus expresiones para no incurrir en ofensas hacia la corporalidad, la salud mental o la raza de las personas. De esta manera, "gordo" se reemplazaría por "enorme", "fea” y “bestial" se reemplazaría por sólo "bestial", entre muchos otros cambios. ¿Cómo se llevó a cabo este proceso? El diario The Telegraph contrató a lectores "sensibles" para que leyeran los textos de Roald Dahl e identificaran pasajes ofensivos, lo que terminó en una propuesta de modificación de las obras en sus partes más complicadas. La determinación ha sido tan celebrada como resistida, sobre todo por escritores de distintas partes del mundo. Sin embargo, más allá de la evidente censura y ahistoricidad de la decisión, este intento de leer las obras literarias bajo el lente de la corrección política se alinea con naturalidad a un fenómeno que ya es un síntoma de nuestra época: la literalidad de toda la experiencia de vida.


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En su ensayo El narrador, Walter Benjamin anunciaba ya que, en la modernidad, la invención de la imprenta y la idea de progreso minarían cada vez más la experiencia de la vida. Si narrar fue para un momento de la historia un componente fundamental de las comunidades, donde quien narraba hacía de ese acto una acción común, de invención y glosa, de tradición y actualización, la modernidad con sus fines y sus instrumentos, sus datos y estadísticas, despojarían a la vida de la experiencia que se obtiene con la narración. Lo que en principio fue una práctica comunitaria, después de la imprenta pasaría a ser una acción individual. Escuchar a alguien lo que le contaron desde lejos, una historia increíble digna de ser referida, no es lo mismo a leerla en una pieza, solo con un libro. Es una diferencia radical que encuentra ejemplos hasta el día de hoy. No por nada la muerte y la enfermedad en tiempos de pandemia comenzaron a transformarse con el paso del tiempo en simples números y estadísticas. Reducidos a una cifra, la experiencia de la muerte y el sufrimiento ajeno cada vez empezó a ceder terreno a la normalización, de modo tal que ya no eran personas con sus historias particulares las fallecidas, sino simplemente números que integraban un porcentaje. La cosa cambiaba, sin embargo, cuando escuchábamos a un personal de la salud o algún vecino contándonos lo de un pariente o quizá lo vivido por ellos mismos. Ahí no sólo el miedo retornaba a nuestra mente, sino también la compasión y el sentido de la responsabilidad. Son estas diferencias las que, en un mundo moderno, y aún más en un mundo tardo moderno, se acentúan hasta el paroxismo. Huir de la cifra, la estadística o los estudios científicos, con su pretendida objetividad, es lo que tal vez subyace entre quienes aún gustan de escuchar historias en la calle o en un bar; es el sustrato que está detrás de los relatos de cuchilleros y bandidos de Borges y Manuel Rojas. Pero también, es lo que ya comienza irremediablemente a perderse en el mundo.


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Pues bien, ¿por qué la vida se vuelve cada vez más literal? Benjamin adelantaba una respuesta: por la preeminencia en el mundo moderno de la cifra, el dato duro, la estadística. En definitiva, por la excesiva importancia de la información. En la modernidad tardía, el derrumbe de los grandes relatos, de la tradición, la familia, la religión y el Estado de bienestar, han depositado toda narrativa hacia lo individual. Pero no cualquier individualidad: una colonizada por el consumo y los números. Nos entendemos a través de lo literal, los significados cristalizados. Si escapamos a lo binario, la respuesta es crear más categorías cerradas, los que están ahí a lo más para migrar de una a otra. Pero sigue siendo una hipertrofia de lo literal: significados cerrados e incuestionables, con características ya establecidas por otros, donde la posibilidad de la experiencia singular no tiene cabida. A esto se refiere Miquel Missé cuando habla en su texto A la conquista del cuerpo equivocado sobre la urgencia de muchas personas de identificarse con lo trans, ante la imposibilidad de soportar la incertidumbre y la angustia que generan las legítimas dudas sobre el propio cuerpo. Para Missé, las redes sociales funcionan en este sentido como un lugar donde el individuo se identifica con identidades ya cerradas, ya caracterizadas, ante lo cual el o la joven se calma y se dice a sí mismo: «Al fin lo encontré. ¡Esto es lo que soy!». Sin embargo, cabe preguntarse, ¿es posible narrarse con dudas, con contradicciones, con fisuras, sin necesidad de identificarse en alguna categoría? Muchas de estas nuevas identidades son descritas como un check list que las personas se obligan a cumplir para definirse prontamente. Somos individuos con dificultades para soportar la duda y la contradicción. Buscamos lo fijo, lo coherente. Somos individuos en extremo literales.


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Es común escuchar por parte de artistas, filósofos o críticos literarios opinar que el arte no sirve para nada. Y aunque aquí cabría hacer una pausa para discutir qué significa servir, me apresuro a responder que me opongo a aceptar esa sentencia. El arte sí sirve, y es para hacer de nuestra existencia una vida menos literal. Digo menos, porque es imposible escapar a aquello que se presenta con violencia todos los días, en una época donde la lógica contable ha permeado las propias subjetividades. Pero el arte en general, y la literatura en particular, pueden hacer de los individuos personas menos literales. Una pedagogía que transmita la diferencia entre función referencial y función poética del lenguaje, en vez de cambiar palabras y términos de un texto literario porque son "ofensivas", produce subjetividades capaces de soportar la contradicción. Lo literal, como decíamos, es incuestionable; informa sobre algo, ofrece un dato. Si en el informe del tiempo dice que mañana habrá chubascos, salgo al otro día con chaqueta y paraguas. La literatura, en cambio, pertenece a otra esfera: a la del lenguaje poético, a lo simbólico. Aquí, no se habla de verdades o mentiras, sino de verosimilitud; en la literatura, no existen pretensiones de objetividad (aunque la idea de transmitir objetividad podría ser un propósito deliberado), sino que hay distintos tonos, puntos de vista, personas gramaticales. Por eso, una palabra como "gordo" para hablar de algún personaje depende del tono que el autor o autora quiera imprimirle a la narración. El nivel de compostura o insolencia que posea ese narrador determina las palabras utilizadas, la rapidez del relato, el grado de introspección, etcétera. Modificar textos literarios con los lentes de la corrección política produce la eliminación de toda esa complejidad de la literatura. Pero, lo más preocupante, es que confunde función referencial y función poética del lenguaje. Si los textos literarios ofrecen información de la época en que fueron producidos, no es sino a través de lecturas críticas donde el lector, como un detective, busca pistas y huellas que aparecen en mayor o menor medida escondidas en las obras. La literatura produce pensamiento por sí misma. La información no: es instrumental.


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La literatura acerca a los individuos a la experiencia de la contradicción. Los textos de Freud sobre Dostoievski son solo una pequeña muestra de esta particularidad. Sin embargo, en nuestros tiempos, esta cualidad se ve amenazada por miradas que buscan hacer de todo algo literal, incluso si eso implica amputar una parte de la experiencia humana. Si en vez de eliminar palabras de textos literarios enseñáramos a nuestros niños a diferenciar las funciones del lenguaje mediante ejemplos concretos, enfrentándolos desde ya a las contradicciones de la vida que ofrece el arte en general, tal vez tendríamos adolescentes y jóvenes capaces de sortear con menos dificultad la incertidumbre y la angustia, jóvenes menos literales y capaces de permanecer en esta vida que es una constante caída del paraíso.


Marcelo Ortiz Lara

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