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¿Dónde está el corazón de las ciudades?


I


Como una tradición que no tiene mayor fundamento que el de la repetición, cada primero (o segundo) de enero subo el San Cristóbal, una de las cimas de una península cordillerana convertida en el principal parque metropolitano de Santiago. En su cumbre, una escultura de catorce metros de alto de la Virgen de la Inmaculada Concepción levantada por obra y gracia del Arzobispado de Santiago contempla la ciudad desde 1908, diecisiete años antes de que la Constitución chilena separara oficialmente a la Iglesia católica del Estado.


El sol, desde su nacimiento oriental en el lomo de los Andes hasta su ocaso occidental tras la cordillera de la Costa, ilumina desde el norte la espalda de la virgen, obligando a quienes estamos sentados en sus gradas a movernos ligeramente a la izquierda cada diez minutos el primero de enero. En esos peldaños me siento a cerrar mi ciclo, escribiendo un resumen del año que se fue, mientras mi tenida de deportista amateur es capturada como gentío en los cientos de fotografías y “selfies” de turistas de todo el mundo que sonríen junto a una virgen inexpresiva que busca consuelo en el Cielo católico.


En mis pausas, me pierdo absorto en el anfiteatro natural que rodea a Santiago: el parque tupido del cerro Santa Lucía, las principales avenidas como ríos hacia el sur, el centro densificado con colores tristones, el templo Bahai como bola de nieve perpetua en las faldas de los Andes, los rascacielos azulinos de Sanhattan, el parque de los Reyes fugado como cometa hacia el este y los vergonzosos guetos verticales de Estación Central. En fin, hay algo placentero en contemplar desde estas alturas a Santiago o a cualquier otra ciudad desplegada en panorámica desde un balcón, un mirador, la punta de un cerro, la cúspide de una montaña o la ventanilla de un avión.


En uno de mis primeros desconfinamientos pospandémicos en Chile me escapé a Valparaíso. Con las dos sillas volteadas hacia el borde del balcón, con vista a la bahía y a los cerros, mi amigo Tomás me preguntó algo después de un largo silencio compartido:


—¿Hace cuánto tiempo que no veíai tan lejos?


Ambos nos estábamos entreteniendo (y descansando la vista como quien quita la mirada del computador) escudriñando los detalles de los cerros vecinos, los cachureos arrojados a las techumbres, las cortinas traslúcidas de ventanas ajenas, los cementerios convertidos en cajas patrimoniales, los ascensores nostálgicos (aunque hayan sido renovados), patios privados, pasajes públicos, avenidas empinadas para conductores profesionales, escaleras como enredaderas y tantas vidas anónimas tan intensas como las nuestras.


Quizás por eso en español, como de seguro en otros idiomas, hay un puñado de palabras para diferenciar miradas: contemplar para poner la atención en algo material o espiritual, atisbar para observar disimuladamente, vislumbrar para percibir un objeto tenue o que la distancia o la ausencia de luz lo hace ver confusamente, atalayar para vigilar desde una altura para dar aviso de lo que se descubre u otear para registrar desde lo alto lo que está allí abajo.



II


—Nunca nada va a bloquearles la vista —pensé con admiración al encontrarme con los ventanales anchos y puros de una cocina sobre un monte de la Ciudad Abierta de Ritoque.


En 1965, Alberto Cruz y Godofredo Iommi, junto a otros 8 artistas, arquitectos y poetas formularon Amereida, una visión poética de América en una travesía literal por el interior del continente, uniendo Tierra del Fuego con Santa Cruz en Bolivia. La travesía se hizo carne en el poema homónimo, publicado en dos partes en 1967. Sin embargo, su principal legado tomaría forma tres años más tarde cuando el mismo grupo —académicos de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso que habían refundado la escuela de arquitectura en los años cincuenta— compró 300 hectáreas a precio de huevo al norte del río Aconcagua, a 25 kilómetros al norte de Valparaíso, entre las dunas de Ritoque y la brisa helada del Océano Pacífico.


Así nació la Ciudad Abierta de Ritoque, en donde hasta la fecha se han construido ágoras, hospederías (casas) y un cementerio para quienes viven en la comunidad. Además, los académicos de la Católica de Valparaíso imparten, tanto el taller de Amereida como el curso de Cultura del Cuerpo, a los estudiantes de arquitectura entre las dunas y el humedal de Mantagua, mientras que toda hospedería construida es resultado de una exploración y decisión colectiva: la ubicación, los materiales, el diseño y su construcción.


Una de esas hospederías está posada sobre la cima de un estribo de la cordillera de la Costa, rodeada de árboles nativos, dominando las dunas y el Pacífico. La vista del mar enmarcado sobre el lavaplatos es única. Nunca nada va a bloquearles la vista. Sin embargo, dos personas frente al lavaplatos —una lavando y la otra secando— no podrían observar exactamente lo mismo al unísono.


¿Cuántas veces hemos intentado explicar algo que vemos en el horizonte a quien está a nuestro lado y no lo encuentra?


Borgeanamente hablando, hay infinitas dunas y océanos posibles contemplados por infinitas miradas desde la misma ubicación.


Por eso los topónimos no solo permitieron construir un lenguaje geográfico en común —el cerro Santa Lucía en Santiago no es cualquier cerro, sino ese cerro, el que se ve ahí y una orientación compartida —identificar el Santa Lucía nos permite saber dónde estamos y hacia cuál dirección—, sino que también establecer un relato político o un discurso de poder —Santa Lucía fue el nombre católico elegido por los colonizadores españoles para reemplazar Huelén, de origen mapudungún y, por ende, elegido por los dominados—; y permite simplificar (para retener en nuestra memoria) algo de semejante escala física como es, en este caso, el propio cerro y su complejo significado geomorfológico y ecológico.


Por eso no nos importa saber a cabalidad dónde comienza y termina una montaña, no es necesario dibujarlo con exactitud en un mapa porque nos basta con su nombre para simplificarlo y aprehenderlo.


Quizás esa perspectiva aerial y la respectiva simplificación de la geografía fascinó tanto al movimiento moderno en el siglo XX en su cruzada por resetear las ciudades como un cartucho de Súper Nintendo. Desde las alturas, Le Corbusier, fanático de la aviación como fenómeno social —le dedicó un libro en 1935 como metáfora del pináculo de la revolución industrial— podía ignorar las nimiedades atadas a la escala de lo cotidiano y doméstico para así pensar la ciudad categóricamente desde el cielo, derribando, rediseñando y reconstruyendo urbes enteras con su visión pregnante, megalómana y utópica del urbanismo y la arquitectura para dar paso al hombre nuevo, tan en sintonía con el espíritu de la Europa de entreguerras.


Desde las alturas, el análisis de las ciudades y los urbanistas recurre a otro vocabulario. El ancho de las veredas, la calidad de la vida barrial y los ángulos de asoleamiento para entregar luz natural a una habitación desaparecen como reglas y variables siendo reemplazadas por conceptos estructurantes como el curso de los ríos, las posibilidades de expansión, las tasas de densidad, la zonificación, los vacíos intencionales, las zonas grises, los ejes viales y otras abstracciones tanto urbanas como ecológicas.


Si no, la vida sería muy difícil con infinitos estímulos por responder y factores por analizar todo el tiempo, al mismo tiempo.



III


En una de mis primeras clases como estudiante de composición en la universidad, un profesor sermoneó a una compañera iquiqueña por su falta de sentido de orientación.


—¿Cómo no sabes dónde está el norte? —espetó sorprendido, sin saber que mi compañera no era santiaguina— ¡Donde veas la cordillera, ese es el oriente!

—¡Pero si todo es cordillera! —respondió enojada mi compañera. Y el resto se rió, porque, claro, tenía razón.


Los Andes son el telón de fondo oriental de Santiago. Su imponencia y magnitud invernal invisibiliza a la cordillera de la Costa, el cordón poniente de la ciudad. Quizás la confundimos con los 26 cerros islas que proliferan en el valle o con algún otro que no sea el San Cristóbal, el Santa Lucía, el Renca, el Blanco, Lo Aguirre o el Chena. Es que es fácil orientarse en Santiago, porque tras los Andes amanece y amanecerá cada día por el resto de los siglos. En su silueta iluminada comienza el día. Mientras que Iquique es una ciudad encajonada entre el Pacífico y la cordillera de la Costa, convertida en un muro acantilado medieval por esas latitudes. Así, nuestra forma de percibir y entender las otras ciudades está definida por nuestra memoria moldeada por la urbe donde crecimos.



IV


Cuando visito una ciudad, necesito saber dónde está el centro.


Bueno, no necesito saber dónde está el casco histórico tan característico de la urbanización conquistadora española en América, sino dónde está el centro de las ciudades, o bien, su corazón (o corazones). No dónde nos movemos los turistas, sino cómo entienden y leen su propia urbe los locales.


En Bogotá el centro parece haber quedado en el patio trasero, atrás, al sur. La mancha urbana de ladrillo arcilloso tan bogotano como el sancocho, se escapa hacia el norte del valle dejando una chorrera de casas, plazas y algunos edificios medianos en su trayectoria. La codiciada ladera de los cerros orientales es servida en bandeja de plata para los más ricos de la ciudad. El más conocido de esos cerros, el Monserrate, en cuya cima se halla una basílica siempre plagada de fieles católicos, resguarda el oriente absoluto de la capital.


En Quito, el centro histórico vive el clásico proceso de despoblamiento explicado de memoria en los libros de urbanismo: las clases altas han escapado en sucesivas olas hacia lugares como la avenida González Suárez en los años setenta, donde se poblaron obras de Milton Barragán, y a pasos de un acantilado que suele amanecer nublado con vistas imbatibles del Valle de Cumbayá hacia el este. A su vez, el valle rural se ha convertido en refugio de las siguientes generaciones de clase alta desde los años noventa, mientras ven por televisión cómo el centro ha sido el lugar de enfrentamiento entre policías y manifestantes en las sucesivas crisis sociales de 2015, 2019 y 2022. El Mirador de los Volcanes, un balcón natural en un estribo del volcán Pichincha, ofrece una vista limpia y panorámica de Quito desde el este. Aquí unos amigos locales definieron la morfología de su ciudad como un chorizo alargado hacia el norte y el sur; ceñido en sus bordes este y oeste por el Pichincha y la falla de Quito. Este “chorizo” también está simbólicamente dividido por El Panecillo, una colina de 200 metros de altura en cuya cima se posa, era que no, la Virgen de Quito, una escultura de aluminio erigida en 1977 que da la espalda al sur. Su orientación no es baladí: en su tercera y definitiva campaña presidencial, el banquero guayaquileño Guillermo Lasso prometió rotar la Virgen hacia el sur, mirando hacia la zona más pobre de la ciudad.


En Asunción, una ciudad que cabe nueve veces en Ciudad de México, el microcentro se despobló y no tiene pinta de recuperarse en el corto plazo, a pesar del actual intento por reformar el puerto fluvial en una zona con oficinas gubernamentales y servicios comerciales. Desde el cielo, la capital paraguaya es la palma de una mano derecha extendida, con su borde exterior rodeado por las aguas del río Paraguay. El dedo pulgar, la flexión de la muñeca y el dedo meñique son la costanera de Asunción; el anular, el medio y el índice, las avenidas importantes. Hacia la punta de los dedos han escapado casi todos y el microcentro ha perdido el 78% de su población en una década, dejando palacetes en ruinas y, a dos cuadras del despacho presidencial —el Palacio de López—, las plazas tomadas por quienes han intentado levantar su propia casa con los escombros del resto. Desde la cima del hotel Palmaroga, uno de los pocos intentos exitosos por repoblar el microcentro, se ve el río nacional como una ancha línea platinada. Un río que corre como cinta de norte a sur por esta “isla rodeada de tierra”, como definiera el escritor Augusto Roa Bastos a su propio país, para luego moverse al este y desembocar en el Paraná, ese ecosistema ecológico, social y cultural de climas tropical y templado tan subvalorado del suroeste de Sudamérica.


Desde la cima del Palmaroga, con las manos en la baranda, se puede contemplar en sucesivas capas el centro diezmado, las aguas platinadas y una pradera verdosa e infinita hacia el horizonte. Eso ya es Argentina.


En São Paulo todo puede ser centro, como el macizo Copan, un rascacielos como virgulilla diseñada por Oscar Niemeyer para una comunidad de más de mil departamentos con código postal propio. La ciudad paulistana es una mole de rascacielos y autopistas en una versión ucrónica de cómo la élite local se imaginó el futuro cuando competía con Nueva York en los años cincuenta, con íconos como el Banespão —oficialmente Altino Arantes—, un rascacielos art decó de 161 metros de alto inspirado fuertemente en el Empire State. En esta ciudad de 17 millones, los rascacielos no dejan ver la ciudad y desde sus azoteas no hay horizonte distinguible ni montañas ni mares que lo corten.


En Ciudad de México —esa urbe metropolitana de 22 millones de chilangos fundada sobre el lago de Texcoco y que se hunde, en promedio, medio metro al año desde los años cincuenta—, el centro son decenas de centros. En un país que es un continente en sí mismo, la ciudad es un país y cada alcaldía es una ciudad. Los mexicanos, a la Ciudad de México le dicen México, y al país, República, como si confesaran que el título les quedó corto. Incluso la señalización de las carreteras nacionales que cruzan o conectan con la capital anuncian que tal o cual pista te lleva a “México”. A secas.


Al caminar por el centro de Buenos Aires o Madrid a una hora tan anodina como lo son las 11 de la mañana de un día de semana, me intriga saber a qué se dedican todas esas personas que toman café sin pausa ni prisa en una terraza, una barra o un mesón —y otros se deben cuestionar lo mismo sobre mí cuando escribo esto—, pero al mismo tiempo me pregunto qué hacen a esa misma hora otros tantos humanos atorados en las autopistas de Ciudad de México y São Paulo. ¿De dónde vienen? ¿Van al centro? ¿Cuál es su centro? ¿Qué es lejos y cerca para todos ellos?


Alguna vez leí a Rodrigo Díaz, un urbanista chileno radicado en Ciudad de México, relatar que en sus primeros años en la capital azteca solía agentarse, es decir, se saturaba de ver tanta gente. No es claustrofobia ni agorafobia, sino el cansancio producido por ver a millones de humanos pululando sin descanso todo el tiempo, como el agua de un grifo reventado. Ciudad de México y São Paulo me transmiten la misma sensación: raudales de personas constantemente saliendo y entrando de las estaciones de metro, congestión en todas las esquinas de todas las intersecciones posibles a las 11 de la mañana, nuevas grúas de construcción en lugares que carecen de cualquier atractivo más allá de estar cercano a otra construcción más grande, autopistas elevadas y hundidas conectando de un punto a otro sin respiro entre los automóviles. Aquí no hay hora peak porque todo el día es hora peak y, es ahí mismo donde radica su belleza, su riqueza, su diversidad. Dos países a la escala de una ciudad.

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Este es un ensayo originalmente titulado “Ciudades” y es parte de Enjundia, el primer libro de crónicas y ensayos urbanos de Nicolás Valencia publicado por Dostercios Editorial.


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