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Gabriel Boric y el fin de la historia



El presidente de Chile, Gabriel Boric, afirmó recientemente en una entrevista con la BBC que “una parte de él está de acuerdo en derrocar al capitalismo”. Añadió, además, que, a su juicio, el capitalismo “no es la mejor forma de resolver nuestros problemas en la sociedad”. Para dar un poco de contexto, habría que señalar que estas frases fueron respuesta a las afirmaciones del ex ministro de Hacienda Andrés Velasco, quién señaló que “los chilenos no quieren derrocar el capitalismo sino arreglarlo”. Ante eso, el actual mandatario respondió, finalmente, que “eso estaba en permanente disputa”.


Como era de esperar, estas afirmaciones motivaron una cascada de tuiteos, columnas, y posteos, varios de ellos fustigando las declaraciones del presidente. En estos debates, se suele recurrir a un lugar común muy noventero: las alternativas al capitalismo se derrumbaron desde el año 1989, los países que aún porfían en el comunismo (o el socialismo) se condenan a la pobreza, el subdesarrollo y el autoritarismo. Hay que advertir sí, que siempre se tiene el cuidado de decir que China es un caso distinto, que a lo sumo puede llamarse “capitalismo de estado”, y que si el gigante asiático exhibe hoy éxitos en materia económica, se debe a que abrazó varios principios de libre mercado, y no porque haya conservado algunos presupuestos socialistas.


Es imposible que no resuene en este debate Francis Fukuyama y su “fin de la historia”, obra de 1992. En este libro se afirmaba que la dupla economía de libre mercado – democracia liberal había triunfado definitivamente sobre las alternativas de economía planificada o socialismo de estado, dando por cerrado un drama conflictivo que tiene su origen en las disputas filosóficas y políticas en torno al significado moderno de la libertad y la igualdad social. La historia se iría desarrollando, entonces, en un doble movimiento de democratización liberal y de apertura comercial mundial, hasta alcanzar a cada nación de mundo, consagrando los principios del liberalismo como los más idóneos a los intereses profundos de la humanidad.


En estos años logró su entronización la ideología de la globalización que fue interpretada como un proceso de hegemonía mundial del orden liberal: un conjunto de sociedades democráticas que comercian entre sí, con cada vez menos trabas en el marco de una economía de mercado mundial. Todo este aire de optimismo parecía dar razón, de forma más o menos definitiva, a la tesis de la posthistoria: las décadas y siglos turbulentos marcados por grandes acontecimientos de ruptura, crisis, enfrentamientos y revoluciones de carácter ideológico habían llegado a su fin. La globalización sería el destino inevitable y deseable de la modernización y la consecuencia lógica de la maduración de los ideales del libre comercio, el individualismo moderno y la limitación del poder estatal.

Unas décadas antes, a finales de los setenta del siglo XX, una cierta atmósfera similar se instaló entre algunas de las posturas críticas al capitalismo. Se abandonó la idea de superar el capitalismo por la vía revolucionaria, argumentando que, en las sociedades en que el capitalismo ha alcanzado gran despliegue de sus capacidades productivas -representadas por la amalgama creciente entre capital, ciencia y tecnología - el constante ascenso de los niveles de vida de las clases trabajadoras (expresada en el surgimiento de una robusta clase media), la labor mediadora del estado en las relaciones laborales, y la tecnificación del gobierno y el sistema político (su progresiva desideologízación) amagarían el potencial destructivo de la contradicción entre capital y trabajo. La apropiación privada de la riqueza socialmente producida ya no sería una realidad social a superar, sino que lo que correspondía, a lo sumo, era morigerar los efectos de desigualdad social más preocupantes. La distribución colectiva de la riqueza estatalmente planificada y la democratización de las relaciones de producción (la autogestión proletaria), en cambio, se volvieron sinónimos de absurdos teóricos, peligrosas utopías y fracasos económicos.

Autores que se habían identificado originariamente con el marxismo, como Jürgen Habermas, comenzaron a pensar que había sido conjurado el peligro de un capitalismo que se autodestruyera por la lucha de clases, y que el futuro de la política se jugaría más bien en el terreno de lo sociocultural: la modernización traería cambios que activarían la importancia de la sociedad civil, la opinión pública y los movimientos sociales, que presionarían a los gobiernos por dar acogida a demandas cada vez más específicas e identidades políticas cada vez más diferenciadas. Los años venideros girarían en torno a los temas de la igualdad de género, el cuidado del medio ambiente, el respeto por la diversidad de estilos de vida, la crítica del autoritarismo en la familia y en la educación, la paz mundial y el desarme nuclear, la liberación y subdesarrollo de los pueblos colonizados, etc. El desafío del pacto socialdemócrata europeo consistió en responder a esta complejidad social, y lo hizo dejando cada vez más espacio al mercado, tanto así, que los años más gloriosos del llamado “neoliberalismo” fueron encabezados no por libremercadistas furibundos sino por políticas y políticos que se ubicaban en la centroizquierda.


La cosa, sin embargo, ha cambiado. Del optimismo al escepticismo, todo lo que el imaginario de los noventa tenía como narrativa predominante – la globalización como marea neoliberal que elevaría a todos los países y a las clases trabajadoras, trayendo prosperidad y paz universal - ha ido poniéndose en tela de juicio. Nunca le han faltado críticos al capitalismo, es cierto, pero ya desde comienzos del siglo XXI en adelante, se sumaron, uno tras otro, nuevos pelos en la sopa neoliberal.


Según cuentan Alex Hochuli, George Hoare y Phillip Cunliffe en The End of the End of the History (Verso, 2021) desde fines de los años noventa, se articuló una nueva izquierda contracultural que denunciaba el comportamiento depredador de las grandes corporaciones transnacionales, la corrupción de la política “institucional” y su sumisión al interés del gran empresariado, y la profunda alienación consumista de las clases medias y bajas. Esta izquierda anti y alterglobalista combinó a Noam Chosmky, a Naomi Klein, la desconfianza con la política formal, la crítica cultural, la musica contestataria, la actitud punk anti-policía y el carácter carnavalesco de las manifestaciones masivas (por ejemplo, en “la batalla de Seattle” en 1999) En síntesis, todo lo que hoy la derecha liberal y conservadora desprecia y toscamente denomina como “cultura progre” o “woke”. Mientras más se robustecía el capitalismo en el mundo, más evidentes y recurrentes se hicieron sus crisis: el 98 con la crisis asiática, el 2001 con la crisis argentina, y, como no, la crisis financiera del 2007 – 2008.


Esta última crisis pavimentó el ascenso de una nueva izquierda radical con vocación de poder apoyada en movimientos de indignados, ocupantes de plazas y desencantados de todo tipo con los resultados de la democracia liberal y el capitalismo financiarizado. También catapultó el nuevo tipo de derecha que hoy tiene a tantos tirándose los pelos de la cabeza. Los grupos de trabajadores poco cualificadas de países ricos, muchísimas pequeñas y medianas empresas locales, y una parte no menor de la llamada “clase media” alrededor del mundo, se percibieron como los perdedores de una globalización que los arrojó a una competencia abierta e inmisericorde. A la hora de la crisis, los estados desprotegieron a las y los ciudadanos y sus familias, y priorizaron salvar a la banca y el sector financiero. La rabia antielitaria surgió no sólo de constatar los efectos de un capitalismo financiarizado y desrregulado, sino también de una corrupción profundamente arriagada: la predisposición de los grandes competidores a usar todo su poder para saltarse las barreras y límites al capital (legales, contractuales, laborales, políticas, éticas, culturales, ecológicas, etc.) con tal de producir mayores ganancias y ganar el dominio de los mercados.


Una de las consecuencias de esto fue que se volviera más evidente el divorcio entre democracia y capitalismo, lo que hoy nos tiene hablando de democracias iliberales y capitalismos autoritarios. Ante el telos liberal de la historia basado en el despliegue fecundo de la libertad, la nueva reacción de la extrema derecha opuso el viejo motivo hobbesiano: la razón de ser de la política y el estado es proveer de seguridad al ciudadano, aún a costa de ceder muchas libertades cívicas y políticas. El desempleo, la inflación, la delicuencia común, el narcotráfico, a inmigración ilegal y los choques culturales con extranjeros se transformaron en el nuevo “sentido común”. Comprendieron rápidamente que la base de apoyo de la izquierda estaba en la cultura, y no, como era antes, en los conflictos del trabajo y el capital, y se predispusieron a rehabilitar su hegemonia en el territorio cultural como una suerte de inversión de lo progre: reivindicar al macho, blanco, heterosexual, patriarcal, anti-inmigrante, procapitalista, etc. como modo de orquestar el descontento. Esto, por supuesto, ha de verse como un velo ideológico que esconde lo obvio, que es que hay una afinidad entre la crisis actual del capitalismo y estas expresiones antipolíticas que coquetean descaradamente con el autoritarismo, nacionalismo y el fascismo más rancio. El 2016 con el Brexit y el triunfo de Trump, se ratificó el mal tiempo para el optimismo globalizador.


La pandemia del covid-19 fue un acelerante de estas tendencias. Produjo no sólo un crecimiento raquítico y un estancamiento de los flujos del comercio. En lo cotidiano, significó una catástrofe tremenda para la población menos aventajadas socioeconómicamente: pérdidas de empleo, endeudamiento, arriesgar la salud para sobrevivir, encarecimiento de la vida, etc. Frente a la fragilidad de las estructuras globales de los mercados que sostienen la economía diaria, se puso aprueba la capacidad de los estados para sostener la salud, la vida económica y movilizar recursos públicos, su liderazgo para mantener la cohesión social y la capacidad de crear redes globales de solidaridad. Según afirman Huyng-Hoon Lee y Donghyun Park en Postcovid Asia (2021) después del 2020 se aceleró, también, un proceso de de-globalización asociado al aumento de las desigualdades socioeconómicas, el descontento de los trabajadores autóctonos, las continuas inestabilidades climáticas, el desorden político, las amenazas bélicas, las ansiedades respecto al futuro tecnológico, y el deterioro mundial de la salud mental. El Informe de Desarrollo Humano del PNUD del año 2021 / 2022 afirma que estamos viviendo un periodo de “tiempos inciertos y vidas inestables”, donde convergen los efectos de la pandemia, el cambio geoclimático del antropoceno, las transformaciones tecnológicas y sociales inauditas, y procesos de polarización política que brotan aquí y allá. ¿Se puede culpar al capitalismo de estos fenómenos amenazantes? No como el único factor explicativo, pero sí como un ingrediente central, siempre presente, y que suele agravar muchas de estas patologías sociales.


No deja de tener razón el presidente Boric cuando dice que el capitalismo es un orden institucionalizado orientado a resolver problemas económicos específicos, basándose en la fórmula de la propiedad privada, el trabajo asalariado, el mercado y el movimiento perpetuo de autoengorde de capital. Los fanáticos del mercado pretenden decirnos que dicha formula sirve para todo, porque la innovación con ánimo de lucro, la asignación óptima de recursos vía mercado, la competencia empresarial, el cálculo egoísta de interés serían el epítome de todo lo que podemos entender por racionalidad humana. Pero el pasado y presente del capitalismo muestran también que es un sistema profundamente irracional. Como ha señalado Nancy Fraser, el sistema está socavando sus condiciones de posibilidad de fondo: está acelerando el deterioro de los ecosistemas que no sólo sostienen nuestras comodidades sino la posibilidad misma del vivir; está destruyendo el sentido de lo público y de lo político que permitía procesar conflictos y crísis; está minando, finalmente, las bases psicológicas y sociales para la reproducción social del sistema, al dejar que se agrave la llamada “crisis de los cuidados” que el feminismo ha puesto sobre la mesa. Ni que decir que ninguno de estos efectos impacta igualitariamente: serán las y los pobres, marginados, excluidos, precarizados, los que pondrán sus pocos bienes, cuerpos y vidas para evitar que el colapso no llegue tan pronto a los barrios acomodados.


Puede llegar el día en que no sólo el presidente y sus cercanos alojen, en una parte de su corazón, el deseo de derrocar al capitalismo. Declarar cerrado el expediente del caso contra el capitalismo, no sólo es signo de arrogancia sino, también, una evidente falta de perspicacia histórica y política. El capitalismo no es una entelequia que nace de la biología humana ni cae del cielo de las abstracciones, no es ningún universal a-histórico. Es un proceso largo, profundamente multiforme, dinámico y plástico; con diversas configuraciones épocales, geográficas y culturales que es interdependiente de dimensiones normativas y valores no económicos; un proceso que ha traido beneficios a la par que ha sido tremendamente irrracional y violento (ha convivido con diversas formas de colonialismo, autoritarismo, belicismo, sexismo y racismo); una historia de enormes crisis, sufrimiento humano y contradicciones sin resolver; una forma social que puede mutar hacia figuras insospechadas, y, eventualmente, tener un final. El valor último del capitalismo, si hemos de considerarlo la expresión última de la libertad, la razón y el progreso, o si, al contrario, lo veamos como la amenaza de todos estos valores, es algo que sigue en disputa. Habría que modificar entonces la afimación: los chilenos – y las mayorías del mundo - no desean derrocar al capitalismo… por ahora.

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