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La vida en La muerte viene estilando de Andrés Montero

No conocía a Andrés Montero, no más que como un nombre que resuena a propósito del comentario del amigo de un amigo que escuchó que había sacado un libro medio bueno, premiado, y que había que leerlo porque los libros buenos son para eso, para leerlos. Aunque los malos también hay que leerlos. La muerte viene estilando de editorial La Pollera comienza con la imagen de su tapa que ya nos acerca al ambiente al que nos invita la lectura. Si bien se habla en el libro del paso por un “mar verde” como escenario, ese bosque al que se alude se transforma en un espacio más abierto: esa llanura en la que, al pararse a mirar, nos encuentra con el mar a un lado, la planicie en el otro y de frente el viento húmedo de la lluvia o el océano del sur que no termina de llegar.


No estoy muy seguro de si es una seguidilla de cuentos, una novela cuentada, cuentos novelados o una novela propiamente tal. En eso no soy experto ni tampoco creo sea necesaria la definición. Prefiero dejar esa pregunta rebotando sin que el concepto mismo la atrape. Lo que insiste en este relato es la confusión del encuentro entre hechos, lugares, recuerdos y mitos. Hasta qué punto lo que se dice es lo que fue y hasta qué punto que no sea lo que fue es lo necesario para hacer de la vida algo más vivible.


En el contexto de historias de un campo y el mar, patrones, hijos, madres, arrieros, pescadores y viejos, Montero nos lleva de viaje a lugares sorprendentes. Y no lo digo de manera superficial, sino porque su escritura propone ese ritmo en el que el juego de palabras y dichos despiertan al lector como un buen “¡puaf!” (anotación que más de una vez dejé al costado de un párrafo). Hay una sabiduría que se transmite no siempre en palabras porque las palabras a veces confunden y engañan. Se hacen pasar los gestos, las formas de hacer y de no hacer: un hijo que no quiere hacer como su padre y retorna a su historia para crear desde ese lugar donde partió, pero ahora con su estilo y andares; una madre que hace lo que aprendió de su propia madre y se regocija plenamente en ello; hombres que resuelven la llegada de la muerte siempre de la misma manera para continuar con lo que les mantiene vivos. “Una tarde como cualquiera llegó la ausencia, el silencio, y una expresión compartida que no era tristeza sino solamente un profundo cavilar sobre las vidas humanas”, relata Martín, uno de los personajes.


La muerte viene estilando pudiera ser el relato de distintas historias y personas en un lugar común enfrentándose a lo que les despierta la muerte. Pero también pudiera ser la lectura de cómo la muerte se transforma en el motor de las historias que allí se cuentan y de nuestras propias historias. ¿Serían posibles las anécdotas, las preguntas, las transmisiones necesarias, las cavilaciones de cada personaje si la muerte no estuviera presente? Morir no es un problema si más bien la pregunta es cómo vivir la vida que llega. Y también qué es aquello que se deja al paso cuando ella, la muerte, de seguro nos caerá: “...toda la rabia que siente la muerte por cada lágrima que se derrama por un finado, porque nunca nadie va a derramar una lágrima por ella”, dice Eulalia, otro de los personajes importantes de estas historias.


Por quién se llora cuando se llora cuando a alguien se lo ha llevado la muerte. Este libro propone que lo que pudiera nombrarse como belleza no siempre está en la luminosidad ni en la claridad de las cosas. La luz blanca de un tubo fluorescente no construye mejor escenario que aquella luz que permite esconder y velar porque ahí es donde se pueden armar las historias para contar. Contra el ideal de la transparencia, Montero nos propone de muy bella manera una otra cosa para decir.


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