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Lo que informa el miedo - Reflexiones sueltas a días de esta última elección


Soy una mujer que ya ha vivido muchos años. Regularmente, cuando converso de la vida con mujeres más jóvenes -lo que ocurre a menudo y son diálogos intensos, profundos y cariñosos- me sorprendo escuchando asuntos que un día me tomaron por entero y que ahora, para mí, han quedado atrás. Hubo una vez en que también me tensionaba en mi deseo de pasar más tiempo con los hijos y la pasión por el trabajo o la creación; hubo un tiempo en que me invalidaba aquello que entonces llamábamos “dolor de ovarios” un par de días cada 28, pero yo seguía como si nada, acorde a los mandatos de mi época, desoyendo ese ciclar del cuerpo femenino que decía que pese al sangrado y su remolino interior había que trabajar igual, ir a la fiesta igual o correr la maratón. Qué falta de respeto.

Escucho a las mujeres jóvenes desde el lugar de haber atravesado ya tantas zozobras y a la vez maravillada de lo que tienen para entregarme. Es impresionante lo que ahora saben y defienden; aquello que yo alguna vez traicioné y ellas se han jurado proteger cueste lo que cueste. Son más fuertes y conscientes del yugo patriarcal.

Hay muchas cosas que las atormentan y quisiera decirles que lo que están experimentando es solo una etapa. Que la vivan, que abran los ojos, que den las peleas que haya que dar, pero que ojalá puedan mirar con perspectiva, que ese momento particular de sus existencias tiene un plazo. Pasará.

Es algo imposible de trasmitir. Me abisma eso. Cómo el transcurso de una vida y lo que se consigue destilar de ella, eso que podríamos llamar “la experiencia”, es tan complejo de compartir con los que vienen más atrás; la enorme dificultad de que el tránsito vivido le pueda ser útil o servir de mapa o quizás de contrapunto a los que toman el testigo de la posta cuando uno va saliendo de la cancha.

Cada generación carga su cruz y parte su camino bastante ciega a lo que signó a la anterior. Es una cadena que a ratos se conecta y la mayor parte de las veces se quiebra o se enlaza mal, con lo eslabones medio torcidos.

Pasa igual cosa en la política. No es ese mi terreno de fortaleza, aunque el destino de mi país ha cruzado mi vida entera. Nunca he sido ajena a él. Definió los cursos de mis decisiones: la carrera, los trabajos, los amores. Tejida he estado por el acontecer de la patria mía.

Esta elección reciente, este triunfo republicano apabullante, esta mayoría de 3/5 de la derecha para darnos legítimamente una constitución que reemplace a aquel engendro impuesto con artimañas -lo recuerdo bien, estuve allí- por la dictadura, me ha golpeado y me lleva a hacerme muchas preguntas.

Sorprendida no estoy. Se veía venir. No así la magnitud. Tampoco es que desconozca que así es el juego democrático: a veces se gana, a veces se pierde, se trata de eso. Me declaro además consciente de la liquidez en que hoy se mueve el electorado, oportunista, individualista, teñidas sus decisiones por la coyuntura inmediata. Y por cierto no se trata de que los republicanos me parezcan unos seres alados venidos de Júpiter. Los conozco bien. Los gremialistas estaban en mi Campus Oriente reinando bajo el manto de su líder, Jaime Guzmán, y supe muy joven leer sus motivaciones y sus anhelos. Conocí su vehemencia y la gran eficiencia de su actuar, pues su cohesión se debe a la profundidad de sus convicciones. Hay en ellos una buena intención, no los mueve el interés ni el dinero, aunque no dejan de servir a ese gran ordenador; creen estar haciendo lo correcto, y parte de su fuerza radica en el tinte mesiánico. Para ellos, la política es un acto de la obra de Dios en la tierra.

Tengo amigos republicanos también. Hombres buenos que con los que he trabajado en ambientes agradables y con quienes he compartido diálogos y risas desde el respeto por la otredad que claramente configuramos cada uno para el otro.

Podemos querernos y compartir buenos momentos, pero sabemos que estamos en las antípodas. Ellos creen fervientemente en cosas en las que yo no creo en absoluto. Y sé que la defensa de esos valores, que motivará sus decisiones y actos, significa para mí, en muchas ocasiones, un cercenamiento a la libertad, mi valor más importante en la lista de las palabras grandes.

Ahí topamos y hasta ahí llegamos.

Por lo mismo, percibo algo que me inquieta. Intuyo que quienes creemos en el crecer de los pueblos, en la justicia social, en el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos, en el de cada quien a ser y vivir de acuerdo a su identificación de género y orientación sexual, en la creación y la expresión sin barreras ni “peros”, en el cuidado a la naturaleza y la necesidad de poner freno a su explotación, esos “nosotros”, pasaremos un tiempo complicado. Los vientos soplaron para otro lado.

Las banderas que creímos ya ganadas y establecidas podrían tambalear y es eso lo que nos hace quedarnos algo callados, estupefactos, luego de los comicios recientes.

Crecí en dictadura. No voy a desplegarme aquí sobre lo que ello significa. Pero sí quisiera poner atención en un elemento específico muy presente en aquellos años: el miedo.

Esa, la de Pinochet, era una cultura de la dominación y el terror. Pasé, como muchos, demasiados años viviendo con miedo. Miedo a ser expulsada de la Universidad, a que mi padre fuera apresado, a que me tomaran detenida y me hicieran quién sabe qué, a ser excluida de algún grupo por pensar distinto, a que la CNI me secuestrara en la calle, a salir al exilio y no poder volver, a que me mataran a mí o a mis amigos. Y, sobre todo, a que esa cárcel horrorosa no terminara jamás y mi existencia estuviese condenada a vivir en ella eternamente.

Hay tantas vidas en el mundo que han quedado atrapadas en contextos insoportables.

El “NO” significó una puerta de salida a aquella asfixia y la apuesta de hacerlo sin revancha. Había en ello, en lo que fundó la Concertación, algo de poesía, de ética y de futuro: no dar vuelta la tortilla, jugar con otras cartas, demostrar que se podía ser respetuoso, atento, que la tortura y la censura no eran necesarias para controlar un país, que éramos hermanos, que podíamos mirarnos a los ojos.

Pero en esa apuesta que signó los años venideros -esos 30 vapuleados años de crecimiento económico, paz social y también mucha gente dejada debajo de la mesa- también estaba la comprensión profunda del miedo. Había mucha conciencia política de lo que podía significar gatillar miedo de los otros.

Si se daba un paso demasiado brusco, si se cruzaban ciertas líneas que a la derecha, a los pinochetistas, a los militares les activaban sus botones de pánico, todo se desmoronaría. Había que ir moviendo esa frontera poco a poco, con cuidado, siempre atentos a la reacción del que es distinto y está del otro lado. Un trabajo cuidadoso como cuando se va enfrentando a un ser humano a su fobia. Un proceso de desensibilización paulatina.

¿Cómo explicar eso a los que no vivieron los recovecos del miedo?

Para los jóvenes progresistas de hoy, que se han criado en libertad y con acceso al mundo y a todas las cosas a través de aparatos electrónicos que les caben en la palma de la mano, esos años concertacionistas son vistos como una transacción obscena. Les da hasta asco mirar lo que se transó entonces y lo que no se hizo. Su actitud nos ha remecido al poner énfasis en lo que falta. Como toda fuerza joven, pide más, señala las pequeñeces y acomodos de los predecesores. “No podemos seguir con lo que falta”, decían algunos rayados emblemáticos del estallido. Ha sido, muy resumidamente, uno de los elementos constitutivos en el discurso del Frente Amplio. Bastante se ha hablado de ello: enrostrarle al “padre”, a la generación previa, su cobardía, su falta de arrojo, sus falencias.

En muchos aspectos concuerdo con ellos porque es verdad que, más allá de ese buen diagnóstico inicial, con el transcurrir de los años hubo, en esa elite concertacionista de la que formé parte, un cierto acomodo, una asimilación a las leyes de “los otros” -el consumo, el libre mercado, la excesiva genuflexión ante el poder del dinero y sus representantes-, pero si en algo no falló políticamente ese período de la historia nuestra fue en mirar siempre, con atención y preocupación, cómo reaccionaría el adversario ( la derecha, el conservadurismo, los poderes fácticos) frente a cada intento de mover el cerco.

No se minimizaba su poder. Se sabía lo que su miedo podía provocar.

La lección había sido aprendida en dictadura y muy especialmente luego del fracaso de la UP: un experimento casi poético de transformación social que se fue a pique por su falta de cohesión interna, la suicida vehemencia de la ultra y la obcecación impulsar muchos cambios profundos simultáneamente sin construir las mayorías necesarias para apoyarlos.

Y, también, digámoslo, por su ingenuidad. El fascismo parecía lejano. Eso no ocurriría en Chile. Éramos un país civilizado, de larga tradición democrática. No fue así.

Los otros, los que se oponían a ese proyecto revolucionario, tuvieron demasiado miedo frente al correr de aquellos cercos. Y el miedo, es muy importante recordarlo, a veces apoca a los hombres, pero también puede volverlos implacables. Los lleva a defenderse con todo. Y, para defenderse, se ataca.

El miedo es el origen de todas las violencias.

Se trata de una emoción básica, incómoda y desagradable. No nos gusta hablar de ella porque siempre es mejor sentirnos dueños, libres, conductores de nuestra vida, valientes.

Pero eso es una estupidez. El miedo signa nuestras vidas y las del colectivo. Es un motor.

Nunca, jamás, minimizar el miedo. Mirando cómo opera y con qué palabras susurra podemos prever escenarios de reacción. Propios y de los otros. El miedo, digamos, es una gran fuente de información.

Y aquí estamos ahora. Los que se cagaron de miedo con el estallido, aquellos a quienes ese terremoto les activó los peores temores, se reagruparon se organizaron y dijeron “no pasarán”.

Y los “progres”, los “rojos”, los que para el estallido social aplaudimos o respaldamos o quisimos ver en esa explosión impensada una gran ola de cambio -al fin la basura sacada desde debajo de la alfombra- no sabemos qué pensar. Ya no somos los dueños de la interpretación. Pasó el momento de ver confirmados nuestros sueños.

Ahora somos nosotros los que sentimos miedo. Poco aún. Difuso. Pero miedo tenemos. Básicamente, a que todo pueda ser peor.

Al día siguiente de la votación me pidieron en Barbarie que escribiera algo. “Imposible, estoy confundida”, contesté en el chat del comité editorial. Me respondieron: “Ese es un buen título”.

Luego, entre emojis de risa y de llanto, surgirían otros titulares. Una integrante resumió así las cifras de los comicios: “Un cuarto vota republicano, otro cuarto anula o vota en blanco, otro es de derecha y el otro somos nosotros”.

Contesté: “’Nuestro cuarto’, he ahí un lindo titular”

Y luego apareció un tercero: “Lo peor es que puede ser peor”.

Me quedé pensando en este último. ¿Puede ser peor? Claro que sí. Es posible que quienes pertenecemos a “este cuarto” acabemos rechazando la propuesta que de aquí surja; es decir, prefiriendo la Constitución del 80 remodelada por Lagos. Puede ser que se avance en discursos de odio; ya escuché la misma mañana, al diputado del partido triunfador, Cristián Araya, decir que no había que gastar un peso más en encontrar a los detenidos desaparecidos, que lo importante eran “los problemas de la gente”, ejemplificados en el dolor de una familia al que le matan a alguien en una balacera narco. Como si el dolor de los familiares de detenidos desaparecidos fuera menos. Como si ambas cosas no fuesen lo mismo.

En fin. Estamos llenos de ejemplos. Podría ser peor. Y estoy, estamos, los de “nuestro cuarto”, al aguaite. Apostando con cierta parsimonia a que quizás la “liquidez” con que hoy se comporta la escena política nos dé alguna nueva sorpresa, soplando las piezas para otro lado.

No dejo de pensar en el costo que nos ha traído y cuán caro pagaremos el farreo que hicimos en el proceso constituyente anterior. Un espacio en el que todos los países del mundo pusieron los ojos: una Constitución que sería escrita por pueblos indígenas, profesores, activistas del agua, una científica, un buzo. Paridad. Sonaba hermoso y pudo serlo.

Creo no equivocarme cuando pienso que aparte de la locura fragmentaria de ese esquema electoral, de las fake news y todo lo que sabemos, fue la falta de conciencia del miedo de los otros lo que llevó a ese grupo humano a pasarse de rosca en la contra culturalidad de la propuesta que presentó al país. Fue escaso el esfuerzo que se hizo por convencer a quienes dudaban y claramente no hubo trabajo de construcción de mayoría para aprobar. Se pensó que bastaba con la belleza de la renovación.

Con el estallido y la Convención se activaron todos los botones de pánico del monstruo dormido. Ese que en 30 años se había mantenido agazapado, nutrido y contenido.

Bueno pues. Despertó.

Más aún, tal vez lo despertamos.

Algo hicimos con nuestro bullicio confiado, y un poco irresponsable que puede haber resucitado al dragón. No digo que seamos, los de “nuestro cuarto”, enteramente responsables de lo que hoy ocurre, pero es importante, ante un escenario adverso, observar hasta qué medida nuestros propios actos contribuyeron a crearlo.

¿A qué temen quienes ahora están eufóricos y celebran? A distintas cosas. Fundamentalmente, a la ruptura del orden establecido, a que se aborten criaturas, a que las mujeres rompan su lugar en la estructura familiar, a que el mundo LGTB-Trans ahonde aquello, a perder sus privilegios, a un Estado burocrático e ineficiente, a no tener control sobre sus tierras y propiedades, a que nos volvamos Chilezuela.

¿Cómo han logrado que la gran mayoría del país que no tiene tierras, ni dinero, ni privilegios confíe en ellos y los siga?

Me arriesgo a la interpretación simple: nutriéndose de sus miedos. Alimentando la inseguridad que campea, el temor al caos.

¿Estás asustado? Yo con mi manto firme te daré un refugio. ¿Hay que pagar un precio de libertad? Tranquilo, sin seguridad no existe nada. Entrega algunos sueños, deja de lado tanta diversidad, vamos a poner orden y todo va a estar bien.

Y ahí estamos los de “nuestro cuarto”, viendo cómo todo giró en 180 grados.

No tomamos en serio los miedos de los otros. No consideramos lo que esos miedos podían generar y ahora nos toca enfrentar los nuestros.

¿Qué hacer? ¿Volverá el péndulo al otro lado?

No tengo esa bola de cristal ni las herramientas del análisis experto. Recuerdo, sí, qué se hizo antes: resistir, afirmar, no caer en el mismo juego, perseverar, no abandonar, estar.

Se ha hecho eso tanto. Una y otra vez.

No se aprende automáticamente de lo que antes pasó. No podemos traspasar tan prístinamente a los que vienen atrás lo que hemos visto o concluido.

Los ejemplos históricos son gigantescos y parecen no servir bastante poco.

Así es la vida, ¿no? Llevamos siglos en esta vuelta de la espiral. Y, bueno, nada es para siempre.





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