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Terror y temblor



Es un miedo o temor grande, muy grande, que nos hace temblar. El terror, palabra que viene del verbo latín terreo, o sea, temblar, me suena a terremoto, a la tierra que se mueve y nos mueve, que nos hace temblar, sacudirnos. Me pasó, por ejemplo, el 27 de febrero de 2010, en Concepción, cuando en la madrugada la tierra se zarandeó, me zarandeó, nos zarandeó en buena parte de Chile, de aquí para allá para acá, con la compañía de mucho ruido, de loza quebrándose y, creía yo, del derrumbe de la casa donde estaba. Pero no se derrumbó, apenas tuvo alguna trizadura por aquí o por allá. Luego las réplicas daban miedo, quizás terror; y ya de día, y en los días siguientes, al salir a la calle uno sentía, bajo los pies, que el suelo se movía, que ondeaba. Por mucho tiempo creí que ese temblor era real, que efectivamente eran efectos del terremoto, luego supe, no recuerdo cómo, que es solo una suerte de alucinación, un desajuste, imagino, en el sentido del equilibrio que hace percibir ondas que solo están en la mente, que estaban en la mía y en la de todos los que pasamos el terremoto, juntos, en Concepción.

A los extranjeros que llegan a Chile les llama la atención que cuando tiembla, digamos que algo de grado cinco o seis, no hagamos nada, a lo más prestamos atención, pero más bien esperamos que pase pronto para seguir. Temblor sin terror, sería. De hecho, la distinción entre terremoto y temblor sospecho que es chilena; en rigor cualquier movimiento de la tierra es un terre-moto, pero acostumbrados como estamos a que se nos mueva el piso, desarrollamos en nuestro lenguaje esa distinción entre el vaivén cotidiano y aquel, más excepcional, que es destructivo e interrumpe por un rato nuestro día a día.

El terremoto de 2010 me obligó a quedarme en Concepción una semana más de lo que tenía previsto: no había transporte, ni siquiera había luz, tampoco agua, ni comunicación. Recién al tercer o cuarto día pude comunicarme con mi familia, como magia, de repente el celular agarró señal: contestó mi mamá y se puso a llorar; estaba aterrada por no saber de mí.

En esos días de incomunicación, sin luz (agua conseguíamos en vertientes y posos), sin autoridad, ni municipales ni nacionales, empezaron a correr rumores de que vendrían de la población que está al frente a saquear la nuestra. A ellos les llegó el mismo rumor, o el inverso, que nosotros los íbamos a ir a saquear. Temor y temblor, supongo que alimentado por el desconocimiento entre unos y otros, a pesar de vivir al frente. Sí hubo saqueos de supermercados y un tiroteo que nos obligó a escondernos, menos con miedo que con incredulidad, y rabia; o eso recuerdo.

Cuando aparecieron los militares toda la gente aplaudió y se alivió; yo también.

Antes, cuando estábamos solos o nos sentíamos solos, se organizaron turnos de vigilancia durante las noches, grupos de vecinos, yo entre ellos, resguardando el barrio vaya uno a saber de qué o quién. Hasta desarrollamos un sistema para identificarnos y evitar infiltrados: usábamos un trapo blanco cuya ubicación cambiábamos —brazo izquierdo, brazo derecho, una u otra pierna, etcétera— todos los días para reconocernos. Nunca pasó nada, nada que fuera una amenaza, sí conversábamos harto.

Yo, que abogo, contra el trabajo, por el derecho al tiempo, empecé a ponerme impaciente con el paso de los días; quería volver a Santiago, a la rutina rutinaria, frente a la rutina novedosa de acarrear agua, vigilar y también mirar el techo. Quería —¡horror!— volver al trabajo, cuando debiera haber estado gozando ese paréntesis. Y si no gozando, al menos situado ahí, en el terremoto, en el temblor, en esa excepción del orden establecido.


Si fuera filósofo y existencialista preguntaría si había un bien en esa alteración del orden, ¿en el absurdo?, una potencia tal vez desaprovechada; como no soy ni lo uno ni lo otro ni todo lo contrario, solo les cuento que quería volver al mal conocido. Y que no sé por qué.

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