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Trump o el regreso del significante nazi


Copyright: Ted Eytan / CC BY-SA 4.0


Hace solo unos años, tenías que ser rápido y paranoico para pillarlos, para reconocer su impactante poder; y te decían que estabas histéricamente fuera de foco, inventando m!erda. Hoy es diferente: no hace falta ser particularmente lúcido para identificar eventos semidescartados que corren en una compulsión repetitiva, ni particularmente paranoico para llegar a tus conclusiones, para inspeccionar los nuevos niveles de goce destructivo que llaman a tu puerta.


De hecho, tendrías que ser un idiota para no reconocer las degradaciones que se están reproduciendo una y otra vez, aprovechando el regreso de las tropologías nazis. La relación de Trump con su propia germanicidad involucra la triste historia de lo mucho que la familia Trump quiso volver a Alemania —Estados Unidos probó ser demasiado brutal para los inmigrantes fracasados—, pero los alemanes no los dejaron regresar. La negación de una visa de reingreso es en sí misma una calamidad de proporción no pequeña. En la medida en que los disturbios fronterizos tienden en algunos casos a ser introyectados y desviados de acuerdo con agendas perniciosas, los peligros de una agresión motivada por fantasmas son relevantes para nuestras reflexiones actuales.


En el camino de la obra de Freud —Todestrieb precedida de Agressionstrieb—, la agresión da lugar a la pulsión de muerte que la reemplaza. Aún así, las formas humanas de agresión tienden a subyacer en los comportamientos y en una actitud (Einstellung). Lacan afirmó que las disputas agresivas por espacio (incluida la búsqueda desenfrenada del Lebensraum como grito de guerra histórico) superan el miedo a la muerte o la amenaza de extinción. Cuando Freud nombra objetos y eventos de duelo, antes de que se conviertan en trastornos del duelo, incluye en su lista personas, ideales – y países, cuya pérdida nos hace estar de duelo, si somos ciudadanos más o menos sanos y equilibrados. Cuando no se es tan saludable, poblaciones enteras pueden dejar de estar en duelo, el objeto perdido se atora, dirige opresivamente la psique nacional y no se lo puede dejar ir. Derrida cuestionará algunas de estas determinaciones. Por ejemplo, cuando el psicoanálisis instala el cronómetro de una dosis saludable de duelo: te dan dos años para superar la pérdida y recomponerte, calmarte. Así, por ejemplo, Claudio advierte a Hamlet que se haga hombre y alivie a la comunidad de su duelo excesivo; este paraliza a todos y altera una política fluida que, de alguna manera, vive exitosamente con la violencia de la parte libre de duelo. Pero estar estancado o atascado, desanimado por un doliente rebelde, no representa la única modalidad de trastorno de duelo para un Estado o para una psique individual. A veces, una cultura se prepara para la negación maníaca. Naciones enteras quedan golpeadas por la manía, cuando no bloqueadas por la melancolía en sus hábitos culturales más sobrios. Todo esto queda para ser desarrollado con más cuidado, a pasos vacilantes, con una paciencia increíble. Mientras tanto, algo sigue regresando: una fuerza que inquieta y persigue, modelada políticamente.


En términos de lo que nos está golpeando y cancelando en la forma y variantes de prohibir libros, sentenciar a muerte a comunidades queer, depreciar los brotes raros de inventiva audaz y, para hablar con Bataille, dar vuelta la comunidad de aquellos que no tienen comunidades, no soy la única en la guillotina a quien se le notifica el regreso del significante nazi reprimido, a menudo congelado durante décadas en los refrigeradores de otro tipo de renegación. (Me disculpo por la cualidad paratáctica-disyuntiva de estas afirmaciones. Me siento apurada y mordida por la ansiedad, de alguna manera cronometrada y vigilada. ¡Ach! Permítanme simplificar para ser efectiva). Algunos eventos, algunos golpes políticos todavía te pegan en la guata, te revuelven el estómago y hacen que tu sistema inmunológico se rinda, no solo por tal o cual decreto enfermante o mensaje violento, ni como la vomitiva parte del actual vaivén de la aparición nihilista. ¿Qué significa hoy que te hagan enfermar, enfermar políticamente, en las pretendidas secuelas de una experiencia pandémica que aún amenaza con incesantes regresos? Es difícil no ver la pandemia como un efecto de los desequilibrios políticos y sus comorbilidades. Esto no quiere decir que no se formulen y se adopten, con valentía, en todas partes, incluso por los más indefensos, contrataques significativos, focos de resistencia.


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Nietzsche, el primer filósofo en arriesgar su cuerpo, advirtió contra la forma en que los eventos políticos y las destrucciones recurrentes perturbarían tus órganos, haciéndote querer vomitar. Con arcadas y paralizado por las migrañas, Friedrich Nietzsche, siempre capaz de imaginar la Gran Salud y sus correspondientes recaídas, también nos enseñó a bailar, a medir y calibrar los pasos mientras nos comprometemos, cuando algo duele, con la necesidad, de Dis-Tanz, de un baile de la distancia. Cuando la oscuridad amenaza con ahogar mi capacidad de contragolpear, lanzar ese combo, gritar con furia y agitar los puños, recuerdo la forma en que Nietzsche ha llenado mi tiempo de baile, a veces tomándome para hacer un solitario giro; otras veces, al abrir e inventar un nuevo léxico para la rabia, el último filósofo, como fue llamado, escribió un guion

arremolinado de clase mundial en torno a futuros lugares de calamidad. Nietzsche heredó de Lessing un tipo particular de rabia, al devolver la rabia que hay en el coraje, eso que Hannah Arendt analiza como ira justificada, en contraste con el tipo de indignación apurada y falsa que hace que el mundo sea feo, si no nacionalista. Lessing y Nietzsche, a quienes los alemanes nunca entendieron, estaban libres de cualquier enzima nacionalista, y es sabido que Nietzsche destrozó todos los documentos de identidad que podrían ligarlo con el Reich. Lessing fue deplorado por ser un renegado amante de los musulmanes y los judíos, una posición que puso en acción en su obra Nathan the Wise. Sus niveles de ira jugaban contra la sumisa tendencia a la docilidad y la resignación frente al insulto y la injuria.


De vuelta con mi compañero de baile. En la noche más oscura, Nietzsche se puso lentes nocturnos y se arrojó hacia el ritmo y las posibilidades de la música, el fulgor extático de la futuridad. Nietzsche, graduado en Bayreuth, lo sabe todo sobre el país de Woodstock y el espíritu de la música para levantarnos. Pero no todo el mundo tiene ese tipo de energía que se derrocha a sí misma, que hace un giro dionisiaco, con el riesgo de no recuperarse nunca más. La pelea de Nietzsche con Wagner implica una fatídica retórica de disección, medición y cadencia musicales, eso que Heidegger y Lacoue-Labarthe encuentran crucial, incluso historial, que todavía nos afecta, que nos mantiene en una vara alta del devenir histórico, liberando del pesimismo y las enfermedades conectadas con la decadencia: cualidades de vitalidad que no puedo explicar aquí, pero debo pedir, en este punto, un poco de crédito.


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Por otra parte, me pregunto, amigos míos, si podemos resistir la tentación de permitir actos de cancelación que en cierto modo corresponden a graves episodios de desencanto con el mundo y fatiga ontológica, que ponen en acto un nivel de agotamiento rastreado por Lévinas, Blanchot, Deleuze y Lyotard, entre otros. ¿Podemos darnos el lujo de quedarnos sentados, congelarnos en una ignominia estupefacta o, contra todo pronóstico, todavía es posible/imposible mantener la presión de la ironía y la protesta?


¿Todavía puedo tener este baile, pedirte que te relajes lo suficiente, o solo un poco, para que el lenguaje pueda ocurrir sobre nosotros y el pensamiento armonice con nuestra lúgubre sensación de miseria? (Este no es el lugar, pero cuando se vuelve salvaje y dionisíaco, vomitar en el vocabulario nietzscheano es algo bueno, no solo parte de la oleada de limpieza, sino también una forma de revertir la dialéctica. Esta es otra historia. ¿Lo es? ¿Puede Hegel mantenernos cancelados como medio de supervivencia, en las garras de la más sutil Aufhebung?)


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Para los propósitos de esta tarea, soy una teórica a la que le gusta captar la forma en que opera el poder cuando la autoridad se está quedando sin bencina, como temían Hannah Arendt y Alexandre Kojève, frente a la toma totalitaria del poder. La autoridad es difícil de explicar filosóficamente; no tiene un fundamento fenomenológico ni una máquina conceptual convincente que la asegure. Inventada por Platón, era una forma en la que el filósofo indefenso, expuesto a la violencia estatal y al intento de asesinato, prevalecía sin coerción ni poder real. Podríamos decir que Platón estaba traumatizado por la forma en que el Estado persiguió a Sócrates y necesitaba inventar un escudo antibalas para todos los seres pensantes. Platón inventó la autoridad y, en un contexto cercano, el infierno, pero esa es otra historia, y elaboró una respuesta infalible.


Cuando desaparece la autoridad, las implicaciones políticas se amontonan. Algunos de nosotros cuestionamos y resistimos a la autoridad, pero Arendt y Kojève deploraron su desaparición, deseaban con desesperación su regreso ante una usurpación política muy estúpida (donde ya no es una cuestión de política, como ha subrayado Jean-Luc Nancy, sino, en algunos casos, de algo así como una intriga descarriada o juego de poder depravado). El tonto, Donald Trump y sus duplicados, no tiene autoridad, que es precisamente donde radica el problema para un análisis arendtiano-kojeviano, en el violento estremecimiento de la desaparición de la autoridad. Como retrato de grupo, como discurso y plataforma de lanzamiento para la aberración insensata, los tipos totalitarios, a menudo formas de un “hijo perdedor”, han tendido a botar el resto despreciado de ruinas internas, un basurero flotante que empobrece un mundo para hacer crecer un vocabulario fóbico, brutalmente escenificado, como una serie de inversiones proyectivas (he trabajado sobre el daño a escala mundial causado por los hijos despojados y perdedores en Loser Sons: Politics and Authority, de 2012). Sus maniobras retóricas están ligadas a una fantasía de saneamiento.


Quieren limpiar. Miedo a la contaminación, estímulo del exceso xenófobo y la misoginia severa, la repulsión provocada por el olor a mujer, movilizan la supuesta dureza en temas de inmigración y otras operaciones excluyentes por las que ya se ha dado a conocer el equipo de estridentes multimillonarios-supremacistas. En cuanto a su líder, más que nada se muestra pueril, libre de controles superyoicos. Platón, leído por Sarah Kofman, diría que aquí hay un fracaso de la seducción, porque el líder despiadado no ha sido seducido por la Razón. Al mismo tiempo, la estructura-alma tiránica no es simplemente idiota, aunque Lacan ha dicho mucho sobre la figura del “rey idiota”, una irrupción despótica: es un mapa de arcadas sintomáticas que lo restringen y lo atan, un catálogo de acciones chapuceras que sustituyen a una sintaxis política. Él prohíbe y anula, restringe y censura, contradice sin la agonía de la aporía, produciendo la sombra de actos superyoicos que se proyectan hacia fuera.


En algunos barrios, la compulsión imaginaria y maníaca por la limpieza surge por medios que involucran, en algún nivel de conciencia, la fantasía de purificación que alcanza proporciones étnicas e intestinales. Nietzsche deja claro desde el comienzo de su sondeo genealógico que los alemanes, para mantener la limpieza, se apegan a tropos de desorden digestivo, obsesiones con fantasmas de eliminación, evacuación, vaciar lo que se desaloja como tóxico, separable del cuerpo político; pero esto es otro asunto, ¿o acaso no lo es?


La atención hacia los tropos de germanicidad, la acumulación de fuentes de memoria geo-archivísticas, e incluso la declaración en broma de que hoy se huye hacia Alemania mientras que en aquellos días se huía hacia Estados Unidos desde Alemania, no debe dejarse en manos de algún púlpito académico.


Esperen. Me gustaría retractarme del golpe implícito contra los académicos, si es que fue eso, una especie de reflejo automático. Los académicos bajo el régimen de Trump y otros autoritarios son una especie que está en la mira, despreciados y marcados para la extinción controlada. Los defenderé, incluso si los sentimientos no siempre son mutuos y yo misma he luchado contra la universidad como un laboratorio autoinmune que mata cualquier chispa creativa o signo de vitalidad. Al mismo tiempo, sí, que la universidad se ha hecho pasar por un santuario para fintas políticamente correctas, una parte escindida de la universidad alberga a disidentes, ratones de biblioteca y queers como ninguna otra institución de solidez que declina. Me abstendré de encender el canal de historia que presenta episodios deplorables: mal comportamiento ético atribuible a la vida universitaria, instalaciones racistas a pesar de las incrustaciones de acción afirmativa, la arrogancia institucional reproducida en otros sectores de la vida social, etc. Trato estos déficits morales en otros textos y declaro una tregua. Intento hacer, por ahora, una intervención protectora en favor de todos aquellos que quieran estudiar y vivir un descanso de los peculiares latigazos del llamado “mundo real”. Derrida ha indicado en sus muchos trabajos sobre las dificultades y el entusiasmo innovador de la universidad, incluso en su importante artículo “Las pupilas de la universidad”, al que los remito, que debemos la estructuración básica de la universidad al pensamiento alemán del siglo XVIII. Mi pregunta, mientras termino, es breve y provisional, un portal para un análisis futuro, menos apurado. ¿Cómo se ha convertido la universidad en un refugio de la cultura de la cancelación, un epicentro que comparte algunas premisas con la incursión totalitaria? ¿Cómo ha encendido posturas explotadoras que pululan por otras facetas de la difícil co-existencia? Dejemos que la universidad sirva, provisionalmente, como metonimia de una casa dividida que invita a nuestra Despertenencia, la que, para apoyarnos en la palabra de Celan, es algo bueno.



*Traducción: Juan Rodriguez M. con colaboración de Aïcha L. Messina y Fernando Pérez Villalón



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